Durante semanas, Yamila Heram y Julián Gorodischer miraron sin parar los vivos más taquilleros de Instagram, esos cuyo público se mide en “más de un River” y suceden en “modo reality”. Puro postbroadcasting. Analizaron esas charlas tan evanescentes como el wifi casero, la materialización de la vida privada a través de las pantallas, la conversación horizontal que replantea el formato de la entrevista y las derivas de esa aparente espontaneidad.



Estamos ante la escenografía de lo doméstico que contiene una conversación que es puro devenir: autorreferencialidad, cultura del espejo y autopromoción de figuras del espectáculo global y local. Es medianoche y, cual previa de boliche, el Vivo de Instagram recalienta el panorama del prime time. Con una gran cantidad de seguidores y de likes, se asigna un precio mayor a la mercancía icónica: a ese par de personajes que reconvierten la disposición de los sujetos y el encuadre para la charla mediatizada. Uno encima del otro, en una pantalla partida al medio.

 

A la cuarentena le debemos esta hegemonía del Vivo: es una transmisión rústica, casera y monocromática que saca chispas en la mención del nombre propio de cualquier injuriado. Por ejemplo, la transmisión de Yanardos resulta la conjunción, la mezcla, el ida y vuelta de un ping pong entre redes y TV. “Holiiis”, repiten infantilmente impunes Yanina Latorre y Lizardo Ponce. “La amo”/“Me odia”: son frases estructuradas en binomios dicotómicos que se escuchan hasta el infinito. Ser o parecer auténticos es el sostén que los vuelve atractivos; una pared con un cuadro, una copa de vino o una ventana entreabierta, de fondo, nos transportan a esa casa que habitan sin ningún lujo, del otro lado –tan cercano- de la pantalla de la computadora o el celular. Se achica, como nunca antes, la distancia entre el ignoto y el famoso. En estos Vivos se cuela el signo de una posibilidad no mediática del ser.

 

 

A última hora de la noche, Instagram disgrega un puñado de íntimos ambientes aptos para que no se diga algo consistente. Los tempos de la charla se estiran en una conversación sobre la nada, ya que solo la cuarentena habilita el permiso para el flujo de indecibilidad e improductividad. Es un fluir de lenguaje sin tema; un intercambio tan evanescente como el wi-fi casero; es speach sin cauce. Esta es una deriva de la televisión en la que se da la primacía del bache de sentido, el lapsus, el tiempo muerto.

 

La pandemia y el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) -con la crisis sanitaria y económica que acarrean- hacen que atravesemos un momento comunicacional complejo y sin precedentes. Nuevas rutinas mediadas por las pantallas, de quienes tienen pantallas y conectividad, dejan al descubierto la desigual posición que ocupa cada actor en el repertorio disponible de imágenes. Las redes sociales conjugan en un todo la materialización de diferentes aspectos de la vida colectiva, individual, privada y pública; nos informamos, trabajamos, socializamos, jugamos, educamos, nos entretenemos, y un largo etcétera que en muchas ocasiones se parece más a un “como si” en la aparente y nueva normalidad.

 

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Los Vivos de Instagram existen desde el 2016 pero hoy, septiembre de 2020, han llegado a su grado de esplendor. La Argentina es el segundo país de Latinoamérica con más influencers: hay 1,1 millones en Instagram -según el estudio realizado en junio de este año por Influencity, consultora especializada en redes sociales-. El mainstream de los vivos de IG no es la infectóloga que nos orienta con un discurso pedagógico sobre el coronavirus. Tampoco es la pediatra que nos ofrece consejos de crianza. Ni la abogada que habla de los amparos de salud. O el periodista que realiza el lanzamiento de su curso. Ni el músico que entrevista a una talentosa charanguista. Menos aún la docente que da clases vía vivos.

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Lali Espósito y Peter Lanzani (agosto 2020). Él construye imagen pública de actor intelectual: durante la cuarentena ya vio 65 películas –dice-, y se desmarca del “recordar a Casi ángeles” que motivó el Vivo de Telefé. El público se mide en “más de un River”. “Y nosotros diciendo la nada misma”, suelta Lali, tentada. Es una conversación horizontal que replantea el formato de la entrevista: se espontaneiza el vínculo. El marco es el rectángulo de la pantalla del celular. Se habla de la rutina monótona del día a día; en primera persona, cocino, leo, escribo, miro pelis, entreno. “Está bueno, boludo, leer”, comenta Lali, inhibida ante el personaje de él. Hay demasiadas sonrisas en el capítulo de los niños lindos de la usina Cris.

 

 

BadBunny, el reggaetonero estrella (mayo): “A mí no me gusta hacer laiv porque siento que me está mirando una cámara de seguridad”, dice. Él es intenso, y maneja bien el punch. “Mundo, si te vas a acabar –invoca en su Vivo- acábate ya, cabrón. Deja de hacer sufrir a la gente; deja la tortura”, dice, refiriéndose al Covid-19 sumado a un sismo en Puerto Rico. La transmisión es tan exacerbada como su carisma y su música: durante más de tres horas, canta con una cuchara, sacude el culo y perrea frenéticamente con su pareja de cuarentena. Regala intimidad: la cámara queda abierta y por varios minutos se ve un composé de sillón con almohadones y un split largando aire, mientras él no está ahí.

 

Nico Vázquez y Gime Accardi con Emilia Attías (abril 2020). El vivo es un caudal correntoso de “ideas que rebotan en la cabeza y no sé cuál va a salir primero”, dice alguien. 

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Hay diferentes tipos de Vivos: pedagógicos, introspectivos, sentimentales, de entrevista, de amistad; salud pública, promoción, musical, institucional. En cuarentena, funcionan como ventana al mundo: se nos da algo a conocer, se muestran habilidades y se comparte conocimiento. Y están los Vivos de los 80 mil usuarios conectados, en modo Reality. Son una vidriera para promocionarse como marca. Son destacados por cantidad de visualizadores, de baja permanencia ante la pieza completa, y su activa participación mediante el chat lateral a la derecha de la pantalla.

 

El Vivo cristaliza lo que se viene declamando y practicando puertas adentro de los hogares: compañía, ilusión, distracción, alienación, todo esto así, junto y mezclado. Se conjugan en un mismo espacio físico: placer, trabajo, ansiedad, limpieza, actividad física, comida, cuidados, entretenimiento y aburrimiento. El que compartieron, el 31 de marzo, Úrsula Corberó (La casa de papel) y el músico colombiano J Balvin tiene otro glamour que Yanardos, que monopoliza el prime time. En el éxito local, predominan los chillidos y las manos a la boca para tapar risas tentadas motivadas en pobres y ausentes; en el global, hay mucho flirt entre las dos figuras ultra populares del starsystem hispano-americano. Ellos sueñan con una “rumba de dos días” para cuando terminen las respectivas cuarentenas, y entonces vuelvan los temas, la imaginación, el deseo. Exhalaciones y suspiros ante la mención de las exquisiteces que comen, ella en Buenos Aires –junto al Chino Darín- y él en Medellín.

 

 

 

En los Vivos prevalece la idea de lo espontáneo, lo cotidiano y lo doméstico; entrar en un mundo íntimo que nos sumerge en el puro presente. Es el devenir del lenguaje que recorre aspectos de la vida misma, el sentir, la afectividad, en una aparente naturalidad quebrada por las menciones a marcas, distribuidoras, compañías productoras que hacen explícito que todo se trata de una acción funcional con respecto a un fin último: mercantilizar(se).

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Septiembre: la notificación avisa que transmite Paulo Londra. El trapero se muestra consumido por una autoproclamada ansiedad frente a la difusión de sus nuevos temas. En otro Vivo –el del periodístico irlandés Backstagecast- se observa una situación más tradicional de entrevista con el actor Paul Mescal, de la maravillosa serie Normal people. Alguien pregunta; alguien responde. En esta democracia del hacer, alguien siempre corre el riesgo de no ser escuchado entre el ruido simultáneo de cientos de conversaciones al mismo tiempo, o de enredarse entre las estrategias de su propia promoción.

 

Continuidad y mutación del género de la espontaneidad aquí devienen ensayo, guión e ilusión de un “como sí”. Aquí, también, audiencia, público, seguidores, consumidores se hilvanan en la intimidad del espacio privado, esa espontaneidad que por momentos –parecería- no tiene los filtros que sí se usan en los Vivos. Filtro de imagen, sin filtro de palabra. Podemos rastrear préstamos y continuidades en los Vivos del mainstream de los medios y géneros que los precedieron. La historia de los medios y los lenguajes audiovisuales nos ayudan a contextualizar, a corrernos de la inmediatez del puro presente. Por ejemplo, la radio: palabra y diálogo. También, la transposición a los programas conversacionales de la televisión durante la transición democrática. Gran hermano y los reality-shows. El panelismo, que sumó discusión, polémica y meta-televisión.

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Por motivos de pandemia y ASPO este año aún no se emitió el programa faro de la televisión de aire, Showmatch Bailando por un sueño (Canal 13) pero el reality-polémica mutó a su segunda opción, Cantando por un sueño. Mismo todo pero con segundas figuras y la incorporación de más influencers. Los programas de panelismo satélite del certamen juegan un rol clave en la promoción de estas jóvenes figuras, muchas de ellas desconocidas para el público adulto de la televisión. Ellos van y vienen, entran y salen de los medios tradicionales a las redes con cierta naturalidad. Pura etapa de postbroadcasting. “No me grites que acá no estamos en un Vivo, estamos en la televisión”,  le dice Ponce a Latorre en Confrontados (Canal 9).

 

El 12 de septiembre se emitió vía streaming, previo pago de 450 pesos, “Hashtag en vivo” con los rediáticos del momento: Lizardo Ponce, Yanina Latorre, Santi Maratea, Martín Cirio, Lucas Spadafora y Lola Latorre, con producción de Dabope (Chato Prada, Ezequiel Corbo y Federico Hoppe). #Yanardos y el Cantando…: cortan los vivos para ver el certamen o lo inician al finalizar. La tematización del Cantando…, ese mix entre panelismo, reality y redes deviene en la etapa de monetarización. Un cambio de fase, ¿una profesionalización? ¿El fin del aura de la espontaneidad?

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Desde los estudios comunicacionales, desde hace más de una década se viene pronosticando y discutiendo en torno a la “muerte”, cambio de fase y mutaciones de la televisión. Hay un punto de coincidencia: el desplazamiento hacia otras formas de consumo. Los cambios tecnológicos en las formas de distribución de contenidos audiovisuales digitales inciden tanto en la producción como en el uso de los datos y la personalización de los consumos vía programación algorítmica.  

 

Después de Facebook –con 2498 millones de usuarios activos por mes-, Instagram es la red con más interacciones, y el 71% de los usuarios de esta red social son menores de 35 años. En ese marco, el secreto de la expansión ilimitada del Vivo es su condición de puro presente: vibración de acompañamiento y diálogos en los que a sus protagonistas sólo se les pide parecer conectados entre ellos. No importa de qué hable el par típico, no hacen falta noticias. Aquel Estoy ahí, lo veo, me habla que le atribuyó el semiólogo Eliseo Verón al presentador de noticiero aquí encuentra su panacea; plasma una utopía de la función fática del lenguaje orientada solo a mantener el canal abierto. 

 

El Vivo se prolonga durante tres a cuatro horas, más vasto e inaprehensible que cualquier otro género del espectáculo. El tiempo del ocio y el tiempo productivo aquí están mediados por una pantalla y una aplicación. El derecho a la desconexión en tiempos pandémicos –ante el Vivo eternizado- deviene en necesidad e ilusión. Ese tiempo de ocio, siempre disputado por la industria cultural, ha mutado. ¿Cómo nos desconectamos? ¿Nos desconectamos? No. Nos conectamos para desconectarnos.


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