Dos fotos casi idénticas: el festejo de Maradona tras la mano de Dios y el de Messi en el primer gol argentino en el camino a la consagración en Brasil. Los cuerpos en alto, las piernas abiertas y extendidas, el brazo derecho flexionado con el puño en alto. “Dos imágenes que albergan en sí la posibilidad de unificar fin y principio sin solución de continuidad, como ejemplo del “volver”, una concepción cíclica de la historia a la que siempre retornaremos”, escribe el italiano Lorenzo Serra en un ensayo que cruza fútbol, tango y filosofía.



En memoria de Horacio González

y de su pensamiento lleno de afecto y de música,

un amigo de mi padre al cual quería mucho

y que cuando lo encontré una noche en un bar de Buenos Aires

me hizo enamorar de la Argentina

 

De aquel fotograma que congela el regocijo de Maradona tras la célebre mano de Dios nace el de Messi tras el primer gol de la selección en la Copa América 2021. Piernas separadas, puño derecho alzado en un salto hacia lo alto. Dos imágenes que albergan en sí la posibilidad de unificar fin y principio sin solución de continuidad, como ejemplo del “Volver”, una concepción cíclica de la historia a la que siempre retornaremos.

 

Es en lo esencial del tiro libre que se reencuentran estas almas distintas y, a la vez, complementarias de la forma de vida argentina, con un Messi que comienza a sobresalir en ese principio luego de los consejos de Maradona.

 

—Cuando le entrés a la pelota no le saqués el pie tan rápido porque si no ella no sabe lo que vos querés (…). Solamente tenés que hacerle entender lo que necesitás y ella lo va a entender.

 

 

Se reencuentran solamente en un instante los dos Diez, en aquella misma medalla que, al darse vuelta, muestra un solo lado y que, sin embargo, siempre alberga en sí la parte escondida. Porque Messi y Maradona parecen no encontrarse jamás: el primero detiene la destrucción y el segundo corre a su encuentro; el primero parece gambetear su demonio interior, del cual no se debe decir nada, y el segundo ha transformado al mundo entero en demonios por los cuales jamás se deja atrapar; Leo hasta hace poco no cantaba el himno nacional y decía “no tengo necesidad de mostrar que lo se cantar, lo siento de la misma manera” y Diego transformó un partido de fútbol en una guerra contra aquello que él, en aquel momento, consideraba una injusticia.

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Exclusivamente en el tiempo-instante circular sucede el encuentro, en el ascenso doloroso de Leo para asumir sus propias características específicas de líder-pueblo, y en el melancólico declive de Diego. En el tobillo ensangrentado de Messi, en la semifinal contra Colombia, para mostrarle al mundo lo doloroso de manifestar la propia interioridad, y en aquel espléndido extracto de Fernando Signorini, histórico preparador físico de Maradona, luego de la discutida descalificación en USA ’94: “han clavado un puñal en el pecho de un niño”. En el Messi, más allá de las lágrimas de dramáticas derrotas y finales perdidas, y en el Maradona, más allá de la danza al compás de “Live is life”.

 

En esta disímil semejanza se destaca el trasfondo argentino, con un Diego que precede históricamente a Leo, el cual a su vez preanuncia ontológicamente a Diego. Caminos distintos para vivir el mismo trasfondo trágico, que se juntan en esta forma de vida de “pensamientos dobles”, y que se reúnen en una síntesis nunca cumplida de tiempos históricos disonantes.

 

El hiato entre disgregación individualista y sentimiento nacional anclado en el corazón de nuestra contemporaneidad no se salva con una retórica vacía o con cansados desfiles nacionales. La disgregación es un dato de la realidad, no una teoría. “En un mundo cerrado ya no podemos respirar”, escribía el joven filósofo marxista György Lukács, porque “hemos descubierto la productividad del espíritu”, y es desde aquí que debe comenzar toda lucha en contra de la disgregación para crear nuevas y posibles formas de “Kultur”.

 

La disgregación y el relativismo actual ya no se pueden colmar con un universal vacío, con rasgos evanescentes. Este, en efecto, no tiene la capacidad de hermanar, sino que más bien, en el tiempo-ahora, acentúa la disgregación interior en su aparente celebración exterior. Endre Ady, poeta húngaro, muy amado por el joven Lukács, escribía una oda a su “odiosamada nación”, la propia tierra magiar, la Hungría. Y, en todo caso, leer esta poesía ahora, introducida en el destino de Occidente, puede asumir múltiples interpretaciones, desde la nostalgia hasta la reprobación, pero raramente podrá asumir la de una posible reactualización.

 

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Porque en nuestro mundo, sigue Lukács, “ser hombre significa estar solo”, y este hiato entre aislamiento forzado y nación no se puede conciliar con una falsa ideología, sino solo disolviendo este enredo en formas nuevas y heterogéneas, necesariamente existenciales, en las cuales sea el amor de un hijo por un padre, o la empatía que se puede sentir al elegir destinos afines a los propios, lo que pueda generar un aparente sentimiento nacional.

 

Aquí está, una vez más, la actualidad de la forma de vida argentina, del carácter romántico de su nacional-popular, porque en Argentina parece que es posible hermanar a las personas y, juntos, escapar del mundo cerrado que todo hermanamiento arrastra detrás suyo. En Argentina, la secularización convive siempre con una especie de “mitología romántica” capaz de convertirse en sentimiento popular y que hace de la Argentina el lugar de nuestra alma, de nuestras soledades, en el cual es posible dar corporeidad a las visiones de nuestra interioridad como si ellas existiesen realmente.

 

“Volver”, un regreso que deviene apertura, y promesa de futuro, como cantaba Carlos Gardel en un tango argentino de 1934, este sentimiento depositado en la cultura argentina, que nace de la nostalgia de los inmigrantes de principios de siglo, obligados a la lejanía de la tierra natal, para llegar, por lo tanto, al volver de los “descamisados” y de la Izquierda Peronista.

 

Un círculo desgarrado por fisuras en el cual puedan encontrarse los tiempos históricos, herencia y destino, entendidos como origen de la propia libertad y, por lo tanto, libertad y destino, de lo cual hablaba el joven Hegel. “Volveremos”, como en aquel canto conmovedor de los compañeros en “Tierra y libertad” de Ken Loach luego de la trágica muerte de uno de ellos, como en la tensión que se dirige hacia un socialismo entendido como “Kultur”, en el cual poder reencontrar, si bien en la disonancia de la “productividad del espíritu” y en la plenitud nunca orgánica de las múltiples diferencias, el propio lugar, capaz de ir más allá de la disgregación y la soledad del mundo moderno.

 

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Es aquí que se abre la posibilidad de aquel fecundo concepto de “circularidad revolucionaria”, una revolución que nace del dolor, en una “Weltanschauung” trágica del mundo, y de allí reencuentra la propia continua energía, en la tensión constante y jamás completamente reconciliable, en dirección a la “fiesta del tiempo” y de la alegría del estar en el mundo. Solo aquí, sobre este terreno, el hiato del cual hablábamos al comienzo, puede ser, tal vez, provisoriamente colmado como para poder decir algún día también nosotros, “Hasta siempre, Italia”.

“Que mi rostro mojado se haga luminoso, y que el llanto escondido florezca”

Rainer Maria Rilke, Elegías de Duino.


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