La serie de Netflix “La era samurai” es ambiciosa: retrata en seis capítulos más de cien años de guerras civiles en Japón. Aunque contundente y eficaz, construye una mirada orientalista que caricaturiza a sus protagonistas. Santiago Brignole, periodista especializado en historia nippona, repasa desde Kansai los logros y desaciertos de la producción y cuenta cómo se vive hoy el legado de los guerreros del pasado.



—¿Qué es lo más importante en el corazón de un guerrero? Desear con el alma y, en cada instante, lograr su propósito.

 

En 2009 tenía veinte años, me estaba por recibir como periodista y, después de incursionar en el extenso mundo de las artes marciales en Buenos Aires, escuchaba por primera vez en un Dojo de Japón las lecciones de mi nuevo sensei. Mi preparación había empezado en mi adolescencia, cuando me apasioné por la esgrima japonesa, lo que hoy conocemos como “kendo” o camino de la espada (剣道). Pero pronto mis inquietudes quedaron chicas para el estrecho mundo porteño interesado en Asia. Entonces decidí conocer de primera mano las claves del Japón antiguo.

 

Para mi fortuna la Universidad Kansai Gaidai me becó para estudiar historia. Me mudé al centro del país, a pocos kilómetros de Kyoto y Osaka. Allí descubrí que el mundo universitario japonés tiene un rasgo distintivo: su sistema de clubes.  No importa la carrera, todo alumno debe inscribirse en alguna actividad extracurricular, con la idea de forjar un crecimiento personal -aunque también, en cierta manera, para propiciar la integración.

 

Así fue que a la semana de arribar ingresé al club de kendo, una práctica íntimamente ligada a los samurai, clase guerrera símbolo de Japón. Su nombre proviene del original “Kenjutsu” o técnicas del sable nippon, que en tiempos feudales contaban con gran cantidad de escuelas en todo el país. El sensei y mis compañeros de práctica me recibieron con sorpresa: era el primer miembro extranjero en años. Es que, a diferencia del karate o el judo, el kendo no es tan entrenado fuera de Japón. Dentro del país, en cambio, es la disciplina más popular del “Budo”(武道) o artes marciales tradicionales nipponas.

 

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Una de las primeras cosas que noté al ingresar al “Dojo” (道場) fue la pulcritud de los uniformes. En kendo se emplea el “Hakama”(袴), una especie de pantalón con siete pliegues al que se le agrega el “Bogu”(防具) o armadura de protección durante el entrenamiento de combate uno a uno.

 

— ¡Santiago, atacá más intensamente, elevá más tu voz! —me repetían mis compañeros. En el kendo, a diferencia de la esgrima occidental, hay un estrecho contacto físico. Y la utilización del “kiai” (気合), que para el oído inexperto puede representar sólo un grito, es el puente entre la fortaleza espiritual y física del kendoka. —¡Sin un kiai fuerte el oponente no dudará en avanzar sobre ti! —me advertían. Y a fuerza de intensos choques pude notar la veracidad de sus palabras..

 

El kendo, como toda disciplina marcial y tradicional de Japón, es muy exigente en cuestiones de imagen y protocolo, ya sea por el orden en que uno debe ponerse el uniforme, la rigurosidad al formarse o el respeto hacia los practicantes más antiguos o “senpai”(先輩). Tener en cuenta estos detalles es lo que diferencia a un experto de un aficionado.

 

En mi segunda semana de práctica, mientras me preparaba para entrenar en el dojo, el Sensei se acercó y señaló mi hakama, que estaba un poco arrugado.

 

—Santiago, acércate así te explico algo. Cada uno de éstos representan las siete virtudes del samurai, que están arraigadas en el “Bushido” o código del guerrero (武士道): la rectitud, el valor, la benevolencia, el respeto, la sinceridad, el honor y la lealtad.

 

Para el maestro y para todo practicante de kendo tener un hakama arrugado implica una falta de respeto a esa ética de quienes podríamos llamar “los caballeros del Japón”.

 

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 “La era samurai, la batalla por Japón”, documental estrenado por Netflix, retrata el período de guerras civiles denominado “Sengoku Jidai”, o período de Estados combatientes (戦国時代), y la posterior unión final del país bajo un solo liderazgo. Esta época comienza con la victoria del temerario Oda Nobunaga, primer gran unificador de Japón, frente al segundo shogunato, Ashikaga (1336/1573), y se extiende hasta el comienzo del período Edo (1603/1868), una suerte de “Pax japonesa”.

 

Aunque más de cinco siglos parezcan lejanos para el espectador occidental, en Japón tienen plena vigencia: es el país con la línea sucesoria imperial continua más antigua del planeta. Según los antiguos libros Kojiki y Nihonshoki (que registran la historia antigua de Japón, incluyendo el origen de sus diversas deidades, etc.) el primer Emperador, Jinmu, comenzó su reinado en el 660 A.C. Aunque los historiadores la cuestionen por su carácter mitológico, la casa imperial y la gran mayoría del pueblo japonés la respalda de forma casi absoluta aún en nuestros días.

 

Semejante continuidad no podría haberse logrado sin el apoyo de grandes fuerzas militares, y aquí es donde aparecen los primeros “Samurai” o servidores (侍). El período de Estados combatientes fue quizás donde se vió la “explosión” de la clase guerrera y su influencia, sin embargo su importancia data de mucho antes. La isla de Yamato (nombre antiguo de Japón), aislada durante mucho tiempo, conforme su crecimiento, terminó entrando en conflictos con la potencia de la China Imperial y la península Coreana, los cuales llevaron a una intensificación de las defensas y desarrollo de las tácticas de guerra.

 

Fue así que, lentamente, un país donde la casa imperial controlaba todos los aspectos empezó a otorgar concesiones a estos guerreros que pronto constituyeron una casta en sí misma. Los clanes militares buscaron más influencia en la esfera de decisiones y se “mezclaron” con la familia del trono de crisantemo (símbolo nacional japonés) mediante matrimonios. Pero muchos de los emperadores no se comportaron como marionetas ni se resignaron a aceptar los cambios. Así, los conflictos armados se intensificaron y derivaron en el primer “shogunato” o gobierno militar del país, el Kamakura (1193/1333).

 

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Esta lógica se mantuvo a lo largo de los siglos. Siempre hubo un emperador, pero en la mayor parte de los casos su influencia en el poder fue casi nula. Quienes lo ejercían en la práctica era la clase samurai. Sin embargo, todo shogun o jefe militar del país legitimaba su posición alegando alguna conexión sanguínea con la casa de Yamato. Siempre hubo un “servicio” al Emperador y su divinidad (explicada en la religión nacional de Japón, el Sintoismo).

 

Entonces, antes de empezar a ver la serie, detectamos un primer detalle: la “época samurai” no surgió en el Sengoku (1467/1568) y el consecuente período Azuchi-Momoyama (1568/1600), sino bastante atrás en el tiempo. Si bien suena atractivo, ciertas imprecisiones y exageraciones fílmicas alejan al espectador de una real comprensión de lo que fueron los protagonistas y su importancia.

 

Nobunaga, el Rey Demonio de Owari

 

El documental cuenta con una serie de historiadores y académicos que sostienen la voz en off que guía el relato. A pesar de la eficacia y contundencia de sus intervenciones, por momentos queda olvidado el contexto cultural que llevó a cada personaje a actuar de tal o cual manera. Quizás, en esto tenga que ver que en su gran mayoría los profesionales elegidos son occidentales anglosajones.El expertise japonés en la materia es el convidado de piedra de la producción.

 

Basta avanzar unos minutos del primer capítulo para detectar este tono: el relato comienza con el velorio de Oda Nobuhide, Padre de Oda Nobunaga, quien fuera Daimyo o señor feudal de la pequeña provincia de Owari. Tal como la producción audiovisual retrata, el “Rey demonio” tuvo una actitud irrespetuosa durante el velorio de su padre. Y este detalle es fundamental porque a partir de la muerte de su progenitor Nobunaga se alzó con el poder del Clan Oda y, más tarde comenzó su plan de dominación total de la nación. Lo que el documental no dice es por qué se comportó así: varios estudiosos dicen que lo hizo para generar indignación y, de esa forma, disminuir la capacidad de raciocinio de quienes serían sus rivales por el control del clan.

 

Aunque la idea de presentar a un Nobunaga desaliñado y sucio atraiga a los espectadores, está bastante alejada de los registros sobre el primero de los tres grandes unificadores del país. El señor de Oda fue un innovador, alguien que rompió los esquemas del “debe ser” en pos de la victoria absoluta. Pero no era un rebelde sin causa. Y quienes conocen la sociedad nippona, saben que aún en nuestros días no seguir los mandatos preestablecidos es casi una quimera. En este país la imagen personal adquiere un rol central, ya que detrás de ella existe una carga simbólica que incluso supera en importancia nuestro rendimiento o capacidad. Tal como decía mi Sensei de kendo, no mantener los 7 pliegues del hakama representa una falta de respeto; ser el mejor de los esgrimistas a nivel técnico no nos otorgará el estatus de maestro. A su vez Conceptos como “honne” (lo que realmente pienso) o “tatemae” (la distancia prudente) entrecruzan todos los aspectos de la vida en Japón.

 

Uno de los mayores cambios introducidos por Nobunaga ocurrió en el plano militar. En 1453 llegaron al país arcabuces provenientes de Portugal. Estas armas llamaron la atención de varios señores feudales o “Daimyo” (大名 literalmente gran nombre), pero la mayoría las descartó y prefirió aferrarse a las tradicionales como la Katana o espada clásica, el arco y flecha y las lanzas. Nobunaga abrazó esta nueva tecnología y llevó su aprovechamiento a estándares que incluso a nivel mundial aún no se habían visto, como en la batalla de Nagashino en 1575 contra las fuerzas de Takeda. En ella los ejércitos aliados de Oda recibieron a la famosa caballería con empalizadas y una descarga de artillería circular de sus arcabuces, diezmando a sus contrincantes.

 

Algo que sorprendente de Japón es que, alejado de un revisionismo maniqueo que busca héroes y villanos, homenajea a vencedores y vencidos por igual, ya que muchos que fueron enemigos en algún momento se aliaron en otro. Este fue el caso del pueblo de Iga, conocido por los famosos “ninja” (忍者). Estos guerreros, también llamados “shinobi” (忍び), eran maestros del sigilo y representaron una seria amenaza para los planes de dominación de Oda. Entrenados especialmente para el asesinato, manejo de información y tácticas de guerrilla, su reputación fue tan importante que incluso luego del ataque de Nobunaga, muchos sobrevivientes fueron reclutados por otros daimyos aliados, incluido quien sería luego el Shogun, Tokugawa, para resguardar sus fortalezas y sus redes de inteligencia.

 

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En uno de mis viajes a Tokio, tuve la oportunidad de preguntarle a un monje budista qué pensaba sobre Oda Nobunaga y su accionar. Aunque estaba en el templo de una gran urbe, el único sonido que se oía en ese momento era el piar de los pájaros. Me miró fijo y respondió claro:

 

— Si fue necesario o no, los historiadores podrán confirmarlo. Como monje, sólo puedo decir que el karma, la ley de causa-efecto, es superior a todos nosotros.

 

La fama de temerario, implacable y hasta cruel del oriundo de Owari, fue bien ganada. Pero hoy la sociedad nippona analiza los sucesos de la misma forma que este monje. En su historia ven una relación de causa-efecto derivada de momentos y necesidades.

 

 

Toyotomi, Tokugawa y la unificación definitiva

La miniserie, además de Oda, enfoca su atención en los otros dos grandes “unificadores” que fueron Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu. Detrás de esta selección se dejó de lado (o se dedicó poco espacio) a grandes personajes del período Sengoku. Tal es el caso de Takeda Shingen, un Daimyo de la provincia de Kai que influyó profundamente en la cultura del país. Shingen, llamado “el Tigre de Kai”, tuvo una épica rivalidad con Uesugi Kenshin, señor feudal de Echigo, quien fue llamado “el Dragón”. Ambos nombres hacen alusión a la famosa leyenda china del tigre y el dragón, los cuales siempre se enfrentan sin que haya un claro vencedor. Las batallas de Kawanakajima (cinco en total) los encontraron siempre “igualados”, e incluso varios testimonios afirman que cuando Shingen murió Uesugi lloró por su gran rival. Las tácticas militares y capacidades organizativas de Takeda fueron tenidas en cuenta por Tokugawa Ieyasu para su gobierno futuro.  El film “Kagemusha” (la sombra del guerrero) del gran Akira Kurosawa, que relata los últimos días de vida del gran caudillo, y su idea de mantener oculta su muerte por tres años con la utilización de un doble o “Kage” (sombra en japonés), manifiesta a la perfección quién fue y qué generó el Tigre de Kai.

 

Toyotomi Hideyoshi continuó la labor unificadora de Nobunaga. A diferencia del “Rey demonio”, tenía un origen plebeyo. En este punto la docu-serie refleja con precisión el modo en que Toyotomi se “inventa” un linaje ligado a la familia imperial. Gran militar y guerrero, Toyotomi sentó las bases para un largo período de estabilidad: su conquista final fue la de la región de Kanto, donde venció al clan Hojo, quienes fueron los últimos en oponer resistencia. Pero el fracaso en su invasión a la península coreana (buscaba llegar hasta China) le impidió concretar su sueño de establecer una dinastía propia y duradera, llevándolo a una crisis emocional y luego a la muerte. Tokugawa Ieyasu, otrora aliado de Nobunaga y luego de Hideyoshi (con cierta resistencia al comienzo), tomó ventaja de la situación y luego de la batalla de Sekigahara, en 1600, se erigió como Shogun, estableciendo un sistema de gobierno que duraría 265 años.

 

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“La era samurai, la batalla por Japón” es ambiciosa: propone retratar en seis capítulos más de cien años de guerras civiles, con muchos nombres y circunstancias que marcaron la historia de un país. Si algo queda claro de ese clima de época es el deseo de superación de la cultura samurai que, con aciertos y excesos, condujo a la unificación de la nación. Hoy, ese legado subsiste en actividades como el kendo, la ceremonia del té o la caligrafía. Esas disciplinas buscan la cultivación del espíritu y el desarrollo humano.

 

Cuando terminé la serie hice memoria y recordé mi último día de entrenamiento en el club de kendo de la Universidad en Kansai. Mis compañeros, senpai, me despidieron con palabras de aliento luego de una intensa práctica. Sobre el final, el Sensei me despidió con una reflexión.

 

—Santiago, el kendo es quizás la imagen moderna más directa que nos dejaron los guerreros del pasado. Pero lo indirecto, como el perfeccionamiento del carácter, la etiqueta, el honor y el respeto, son los valores más importantes que nos brindaron. Siempre tenlo presente en tu entrenamiento.

 

Fotos: Netflix


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