La escritura es una práctica constitutiva de la formación y el desempeño de lxs cientistas sociales. Sin embargo, la reflexión sobre su importancia está relegada. Por eso, el Programa de Estudios sobre Escritura en Ciencias Sociales de la Escuela IDAES aborda el proceso como práctica central del oficio, y lo debate en las primeras jornadas en conversación con académicxs, periodistas y escritorxs.



En el marco del Programa de Estudios sobre Escritura en Ciencias Sociales de la Escuela IDAES , el 6, 7 y 8 de julio, destacadxs cientistas sociales, periodistas y escritorxs compartirán su mirada sobre estrategias para abordar lo social desde otras formas de escritura. Participarán, entre otrxs, Selva Almada, Javier Auyero, Martín Caparrós, Marina Franco, José Garriga, Rosana Guber, Eduardo Gruner, Elizabeth Jelin, Martín Kohan, Irene Klein, Mariana Luzzi, Ernesto Meccia, Federico Navarro, Julieta Quirós, María Graciela Rodríguez, Rafael Toriz, Gabriel Vommaro y Ariel Wilkis. Todas las actividades serán abiertas y de acceso gratuito a través de Facebook.com/IDAES

 

Escribir una tesis, un artículo, un libro, una reseña, un ensayo. Escribir  para dar cuenta del mundo que nos rodea, para producir conocimiento, para comunicar saberes. Escribir vitalmente y por oficio, y también, la mayoría de las veces, por obligación: para nuestrxs pares, para ser evaluados, con deadlines que nos pisan los talones. Escribir desde la antropología, la sociología, la historia, pero también cruzando sus fronteras, en los márgenes de las disciplinas y de éstas con otras formas de pensar lo social: la literatura, la fotografía, el cine. Escribir mientras investigamos y mientras leemos, o para empezar a entender qué pensamos sobre algunas cosas. Escribir de a poco, con paciencia y sin ella, como artesanos. Ser leídos, ser criticados, corregir. Escribir nuevamente. 

 

Difícilmente alguien pueda poner en duda que escribimos, pero ¿los/as cientistas sociales somos escritores/as? A lo largo de nuestra formación y de nuestro oficio, sociólogos/as, antropólogas/os, historiadoras/es contamos con diferentes experiencias de escritura. Si tenemos suerte, incluso, exploramos distintas prácticas y géneros, dependiendo también del lugar que cada quien tiene en el campo y fuera de él, y de las posibilidades de circulación de nuestros textos y producciones. Y sin embargo, es raro escuchar a un/a investigador/a en ciencias sociales definirse, lisa y llanamente, como un/a escritor/a.

 

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La explicación más obvia a ese dilema es que no nos consideramos así porque sociólogas/os, historiadoras/es, antropólogas/os hacemos algo más que escribir. No solo porque nuestras disciplinas alojan distintas actividades profesionales, sino porque incluso aquellos/as que se dedican a la investigación científica llevan adelante un conjunto de tareas que exceden por mucho a la escritura. La escritura, posiblemente la más visible de nuestras tareas y la más expuesta, es una actividad entre otras, pero no se trata de una práctica accesoria sino de una actividad constitutiva en la construcción de conocimiento.  Recapitulemos.

 

A lo largo del proceso de investigación tomamos notas de campo, apuntamos ideas de un modo frenético y apresurado, armamos relatos para fijar la memoria, reescribimos e intervenimos también en relatos de entrevistados y en documentos de archivo. Luego, en el pasaje del trabajo empírico y el análisis de datos a la redacción de un texto, volvemos a escribir, pero de un modo distinto. Acontece el momento de la escritura propiamente dicha,  un momento que suele ser experimentado como un suceso tortuoso y repleto de dificultades. Esa incomodidad no solo ocurre por el esfuerzo de sistematización y cohesión que implica pensar lo social, sino también porque el papel nos devuelve muchas veces una imagen tosca y deteriorada de nuestras ideas. Aquello que tenía sentido en nuestras mentes se refleja torpe y obvio, autoevidente, en el texto.

 

Y así comienza otro ejercicio. A través de la escritura comenzamos a complejizar esas ideas, a enriquecerlas. Pero no lo hacemos de un tirón. Hay jornadas donde esbozar un párrafo es todo un logro. Otras donde nos sentimos “inspirados” y el trabajo se vuelve también un estado de creación. Pasajes que no logramos resolver y que a los pocos días encontramos la salida. A veces hay que abandonar el teclado y dedicarse a otras cosas para que las ideas se destraben. La escritura, como otros oficios, es un ejercicio de perseverancia pero también, como indica Irene Klein, de exploración. Implica hallar un registro, una voz, un tono. Implica también pensar lectores, un público imaginado que nos lee.

 

Es por todo esto que sin escritura no hay ciencia. Porque la escritura no es, como advierte el historiador Iván Jablonka, el mero vehículo de resultados, ni el paquete que uno ata a las apuradas una vez terminada la investigación, sino el despliegue de esta, el cuerpo de la indagación: atraviesa la lectura de otros textos, la elaboración de preguntas, la elección de una estrategia metodológica, la recolección de datos y la sistematización de información. Pero también y fundamentalmente, porque el momento de la escritura, aunque se pueda planificar, es una experiencia siempre expuesta a la incertidumbre: no se conoce lo que va a pasar antes de que ella suceda. En la escritura algo pasa. Como explicaba Michel Foucault, escribimos porque todavía no sabemos qué pensar de eso que nos gustaría tanto pensar: porque la escritura nos transforma y transforma lo que pensamos. 

 

 

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La caja negra de la escritura

 

Entonces, si advertimos su relevancia en nuestro oficio ¿por qué parece ser un tema relegado frente a otros? ¿Por qué la indagación sobre el arte de escribir, sobre esta artesanía extraña, para retomar la expresión de Hebe Uhart, no despierta las mismas discusiones que los problemas teórico-metodológicos? ¿Cómo se explica que, tomando ahora las palabras de Clifford Geertz, el modo en el que producimos textos no merezca tan delicada atención? ¿Qué pasa si abrimos esa “caja negra”? 

 

Cuando comenzamos a pensar estas jornadas compartíamos una certeza: la escritura es un oficio esquivo para lxs cientistas sociales. Hoy no podemos más que dudar, o al menos sospechar, de este supuesto inicial. Afinando un poco podríamos advertir: casi ningún/a investigador/a, desde su propia experiencia, puede ser indiferente a los dilemas que nos atraviesan en tanto escritoras/es. Lo que escasea, sin embargo, son los espacios colectivos de conversación y trabajo sobre el oficio de escribir lo social desde nuestras disciplinas. En este punto, resulta curioso que si bien nos leemos entre colegas, nos sugerimos textos, materiales, esperamos ansiosos la lectura de pares que respetamos, raramente nos “metemos” en la escritura del otro/a. Como si al hacerlo violáramos un pacto de intimidad. ¿Qué hay en esa caja negra que nos impide hablar de las formas en que escribimos?

 

El contraste, de hecho, es grande si observamos lo que sucede en torno a los/as escritores/as de ficción. Existen infinidad de entrevistas, artículos, libros, talleres en los cuales novelistas, cuentistas, poetas, incluso ensayistas piensan en la escritura como un oficio; que desarrollan estrategias y recomendaciones a sus pares o a futuras/os aprendices; que analizan el modo en el que otros/as corrigen, editan, enseñan, trabajan su escritura. Pero salvo escasas excepciones, estas enseñanzas no abundan en las ciencias sociales y aún hoy pocos/as investigadores/as comparten públicamente sus problemas en tanto “escritores/as”. Y así, sin espacios de reflexión colectiva, la escritura se vuelve, como ya advertía Howard Becker, un “misterio”, una actividad que no parece llevada a cabo por personas de carne y hueso. 

 

Abramos, entonces, la discusión; generemos espacios de diálogo. No solo para mejorar la calidad de nuestros textos sino como un modo de reflexionar colectivamente sobre las condiciones de producción de nuestras ciencias sociales, que es también un modo de reflexionar sobre su sentido y su papel en la sociedad. Indaguemos juntos/as en los porqué de algunos procesos que nos atraviesan: el proceso de privatización de nuestras escrituras, el hermetismo de nuestros protocolos y, fundamentalmente, la desatención cada vez mayor a nuestros lectores. Porque una escritura que no bucea, que no se interroga, que no se comparte, corre el riesgo de repetir fórmulas y quedar en un universo acotado de interlocutores/as. Y porque aquello que experimentamos como una dificultad individual, profundamente subjetiva, resulta ser, en la mayoría de los casos, una dificultad experimentada también por nuestros/as pares. 

 

Y finalmente también hacerlo por las/os recién llegadas/os, por todos/as aquellos/as nuevos/as estudiantes que transitan la universidad y se ven inmersos en un proceso de escritura permanente, pero no encuentran en su formación más que algunos manuales y las tan invocadas normas APA. Pensar y ocuparnos de enriquecer nuestras escrituras y la formación de sociólogos/as, historiadores/as y antropólogos/as como escritores/as, para no dejar a esos/as jóvenes solos/as y resolviendo sobre la marcha y en función de sus capitales previos, cómo atravesar ese agujero negro.

 

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Las vicisitudes de escribir lo social

 

¿Qué es escribir lo social desde las ciencias sociales? ¿En qué se distingue de otros registros de escritura sobre el mundo que nos rodea? Se trata de plasmar en lenguaje y de manera coherente los dilemas clásicos y contemporáneos de las ciencias sociales, y también por eso, de adquirir conciencia sobre cómo influyen nuestras tradiciones y disputas: estructura/acción; objetividad/subjetividad, positivismo/constructivismo; sociedad/individuo. Hablar de fuerzas sociales, de sujetos, personas, actores, individuos o agentes es elegir en qué metáfora de la sociedad nos inscribimos. Y también lo es definir si narramos en primera o tercera persona y por qué: si hablamos en plural porque nos referimos a una comunidad científica; o si preferimos la distancia de nuestro objeto y por eso mismo, un lenguaje más neutral; o si por el contrario nos interesa la primera persona para mostrar que estuvimos ahí e incluso para construir desde esa presencia, nuestra legitimidad como investigadores/as. 

 

Escribir lo social es además definir cómo usamos el lenguaje nativo, cómo aparece la voz de nuestros/as interlocutores/as en el texto (qué compromiso adquirimos con elles), cómo describimos los escenarios por los que transcurre la vida social y sus personajes, qué atributos resaltamos y cuáles omitimos. Escribir lo social desde nuestras disciplinas supone además saber cómo y dónde introducir un concepto, un dato, un hallazgo. Y es también crear nuevos conceptos. Es materializar en un texto la dialéctica entre forma y contenido, entre perspectiva metodológica y lenguaje. 

 

Pero escribir lo social puede ser todo eso y algo más. Puede ser encontrar el tono justo para retratar ese enigma, hallar una respiración acorde al vértigo de una descripción, o explorar una manera de narrar que sea fiel a una forma de mirar. Así, escribir lo social puede ser también una música, un ritmo, una intriga, una capacidad para captar los detalles que, como dice Caparrós, nos hablan de nuestro presente, lo capturan.

 

Es esta vocación, este compromiso con la escritura misma, lo que buscamos provocar también con la pregunta: ¿los cientistas sociales somos escritores? Porque sin escritura no hay ciencia y porque abrir la caja negra es una invitación a tallar nuestra artesanía extraña, un oficio con sus propias marcas, ritos y códigos. Y sobre todo, porque puede convertirse en el inicio de una reconquista, una forma de volver a tener en el horizonte de nuestros textos a esa sociedad que tanto nos apasiona. 

 

 


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