Néstor García Canclini afirma que, más allá de los múltiples vínculos entre Argentina y México, aún prima el desconocimiento recíproco entre ambos países. El reconocido antropólogo dice que, en la actualidad, el exilio se resignifica: ya no estamos bajo dictaduras, pero sí en medio de gestiones políticas, empresariales y de seguridad autoritarios. Si bien se erosiona el Estado de Bienestar y crecen las mafias, aparecen también nuevos vínculos entre comunidades trasnacionales que piensan y actúan solidariamente.



ILUSTRACION: MARCELA DATO / JULIETA DE MARZIANI

 

¿Cómo enlazar la memoria y la reflexión sobre el exilio con lo que viene sucediendo en las últimas décadas? Los regresos de quienes migraron llevaron a hablar del desexilio. Otra torsión fue ocuparse del insilio, o sea de quienes se quedaron en Argentina durante el terror y sobrevivieron escondidos, sin trabajo, cuidándose hasta la desesperación. Gran parte de lo que nombran esas palabras pareciera haber dejado de ocurrir. Sin embargo, tenemos la sensación de que ninguna de esas figuras se cerró. Demasiados trastornos engendran experiencias de extranjería para las que no tenemos términos exactos. Por eso, voy a tratar algunas de esas experiencias y las preguntas que me provocan.

 

No es fácil, desde la perspectiva antropológica, adherir a la doctrina sociopolítica según la cual los argentinos dejamos de ser exiliados el 10 de diciembre de 1983. Quienes regresaron poco después de volver la democracia a la Argentina han contado sus dificultades para adaptarse a un país que había mutado, donde les costaba a veces reconocer a sus amigos y sus calles, ¿Cómo juntar la alegría con los desentendimientos entre quienes migraron y quienes habían permanecido? La ambigüedad entre el fin del exilio y la reinserción en una patria transformada ha sido contada por los escritores, las películas y los hijos de exiliados, como el que decía tener un afiche del Ché en México y después uno de Zapata en Buenos Aires, o el adolescente que relató, luego de acompañar a sus padres y descubrir un país que no había imaginado: “mi visión de Argentina era un asado en el Desierto de los Leones”.

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Quienes nos quedamos en México logramos compromisos de pertenencia y en parte fuimos aceptados, a menudo con entrañable generosidad. Nos dieron dónde trabajar y la nacionalidad, hicimos amigos cotidianos, tuvimos hijos que son mexicanos. Algunos hasta formamos parejas o empresas o fuimos reconocidos como jugadores de fútbol, médicos, profesores, nos dieron premios nacionales, nos citan en publicaciones mexicanas y nos citan para vernos en la Cineteca, en un restaurante de la Condesa o San Ángel, para ir juntos con un grupo de nativos a hinchar -“ser la porra”, se dice en México-  por la selección mexicana.

 

No es poco tener todo esto. Pero si tuve que aclarar la diferencia entre ser hincha y ser porra es solo porque, una y otra vez, hablar como exiliados o postexiliados es estar haciendo traducciones. A pocos meses de cumplir 40 años de vivir en México, antes de usar algunas palabras me pregunto si se dicen así en argentino o en chilango. A veces tardamos en discernirlo y las mezclamos, como aquel escritor al que le escuché una exclamación en la que cruzaba una expresión argentina, otra mexicana y entonaba el conjunto con aire gauchesco: ¡Ah, chingao!

 

Esta ardua tarea de discernir se expandió y complejizó porque en los últimos años crecen en México señales que recuerdan lo que padecimos en Argentina antes de irnos. Imposible no evocar lo vivido entre 1973 y 1976 cuando ahora oímos tiros que no sabemos de dónde vienen ni por qué y decidimos asegurar más las puertas de la casa, cuando tomamos el diario a la mañana y sabemos que encontraremos noticias de los que mataron o desaparecieron ayer. Hay diferencias: ahora no solo anuncian las masacres en la prensa sino en la simultaneidad de internet, no esperamos ansiosos la llamada de los hijos para saber que llegaron bien en el teléfono de la casa sino en el celular. Pero volvemos a tener que cuidar nuestra seguridad desentrañando por qué carreteras ya no se puede viajar y cómo protegernos de los robos en internet.

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En aquellos años de la dictadura –y de la predictadura isabelista- las amenazas y las balaceras tenían signos políticos. Muchos creímos que se peleaba por causas. Ahora sentimos que el peligro acecha desde máquinas de difícil identificación. Durante un tiempo nos contaron que era el narco y, según el presidente Felipe Calderón, saldríamos del horror haciéndole la guerra. Después de más de 100,000 asesinados, casi 30,000 desaparecidos –otra coincidencia con Argentina-, después de tantas noticias diarias de dirigentes políticos que están en la nómina de pago de los cárteles, si esto es una guerra no está nada claro quién combate contra quién. Contribuye a la confusión que la justicia no averigüe (97% de los asesinatos siguen sin investigar) y que si lo hacen las organizaciones independientes, nacionales e internacionales, cada vez más medios lo ocultan. Aunque sea un funcionario de Naciones Unidas el que dice que en México la tortura está generalizada, el gobierno lo rechaza. Es inevitable establecer conexiones con las tragedias argentinas de los años 70 cuando ahora, en Guerrero, los antropólogos forenses argentinos son los que revelan las fosas anónimas, y el gobierno intenta callarlos: otra cooperación científica y cultural entre Argentina y México que es desaprovechada.

 

Así como hay palabras con las que dudamos sobre el país en que debemos usarlas, existen varias que circulan libremente en el comercio lingüístico. En diarios mexicanos no se necesita explicar “corralito” para que los lectores entiendan. En la prensa argentina, leí “mordida” en vez de coima, también sin andar aclarando. No es casual que muchos vocablos internacionalizados correspondan a los mundos de las finanzas legales o ilegales.

 

Sabemos también que los cárteles mexicanos actúan en Argentina, en Colombia, en Perú y en 52 países, con lo cual fortalecen su enfrentamiento con los Estados y practican un tipo de “integración” latinoamericana que hace 20 años no imaginábamos. De esa lógica participan empresarios y ex represores argentinos apresados en México por negocios oscuros, incluidos tratos corruptos con dirigentes de partidos políticos.

 

Para quienes nos exiliamos por persecución política y fuimos recibidos en México con principios democráticos de hospitalidad, es perturbador que buena parte de las relaciones entre nuestros países ocurran en estos circuitos tenebrosos. Me detengo en las tinieblas, en la coincidencia en los dramas que, ni en una nación ni en otra, logramos esclarecer. ¿Fueron quemados los 43 estudiantes de Ayotzinapa? ¿Fue suicidio o asesinato lo que ocurrió con el fiscal Nisman en Buenos Aires? En un caso y en otro, ¿actuaron los servicios policiales o de inteligencia, qué cuota de responsabilidad tuvieron los poderes políticos de un signo, del otro o de quién sabe cuál?

 

Estoy hablando de dos tipos de dudas: sobre qué palabra corresponde a una conversación o a otra cuando en las dos están comprometidos nuestros afectos; por otro lado, la incertidumbre como síntoma de sociedades en las que los cables se vienen mezclando desde hace años para que casi todo se vuelva indiscernible, el enigma se hunda en el silencio, y la investigación simule comunicarse, como cuando no puede saberse quienes mataron a los estudiantes, en títulos periodísticos estridentes. La muerte tiene su secreto; es lo opuesto al insoportable barullo de quienes confunden para exiliarnos del sentido.

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En la última instancia, una maquinaria escondida –o varias-. El carácter opaco de estos manejos corresponde a la pérdida de transparencia en los sistemas políticos o militares y a sus cruces con los negocios furtivos del gran capital. La metáfora de la máquina ininteligible y violenta no es nueva. ¿Acaso en los 70 no se llamaban fierros a las armas y aparatos a las burocracias sindicales, militares, guerrilleras?

 

Estar fuera de todo esto, comprenderlo a medias y no saber cuáles son las palabras apropiadas para nombrarlo ¿será la nueva forma de exilio? Podemos decir que aquella época era diferente por la opresión militar, pero ¿no las asemeja que hoy muchos gobiernos surgidos de elecciones se desentiendan del derecho de las mayorías a tener una supervivencia digna?

 

Algunas reuniones entre científicos sociales mexicanos y argentinos han dado luz sobre la memoria y sobre estas incertidumbres actuales. Como no se trata solo de conocer las sociedades sino de representarlas creativamente e imaginarlas, hay que añadir los intercambios promovidos por escritores, artistas y cineastas. Series como Argenmex, el grupo de ocho programas filmados por Jorge Denti, que se han visto en el Canal 22 de México y el Canal Encuentro en Argentina, testimonian ese ir y venir, aun antes de las dictaduras y por eso está en esa serie la crítica de arte Raquel Tibol, que se instaló en México en los años 40, y también escritores (Juan Gelman, Tununa Mercado y Noé Jitrik), científicos (Rolando García y Emilia Ferreiro), políticos (Héctor Cámpora) y periodistas (Gregorio Selser). Cabe aclarar que la lista original de entrevistados daba un panorama más amplio: se preveían 26 programas y estaban incluidos algunos de los mayores representantes de la contribución argentina a la cultura mexicana, como el editor Arnaldo Orfila Reynal y la psicoanalista Marie Langer, pero por escasez financiera al fin quedaron fuera. Hay saberes y creaciones de muchos otros, profesores y becarios intercambiados en estos años, narraciones y relatos visuales pendientes de ser conocidos en los dos países, coeditados, discutidos. Si lográramos mostrarlos mejor, a la vez en México y Argentina, como dijo una psicoanalista residente en México, sería más visible que gran parte de los intercambios ocurren entre “gente que produce cosas para la vida”.

 

Muchos otros vínculos se han imaginado entre los dos países, o contrabandeados pese a las restricciones aduanales. Se lograron alianzas entre organismos de derechos humanos,  congresos de casi todo, giras de exposiciones y festivales. Pero basta entrar a una librería en México y a otra en Buenos Aires para medir la distancia de nuestro desconocimiento recíproco.

 

El exilio ya no puede ser lo que fue porque no estamos bajo dictaduras, pero sí en medio de gestiones políticas, empresariales y acuerdos de seguridad autoritarios, que dan poco espacio al intercambio cultural y al trabajo académico sobre los dramas actuales. La producción científica es una zona de intercambio clave; también el turismo y la educación y hasta los trabajos de jóvenes emprendedores creativos en las artes y el diseño. En estas actividades el postexilio ha sido muy fértil. Por dar dos ejemplos, cito a los estudiantes universitarios mexicanos que hacen residencias en universidades argentinas y a la inversa. También los muchos  jóvenes desahuciados del mercado laboral después del descalabro argentino del 2001 que hallaron trabajos en México en agencias de diseño y moda, en restaurantes y otras escenas de producción cultural.

 

Pero volviendo a los alarmantes signos de mafias y corrupciones que descomponen  nuestras dos sociedades, o las regresivas políticas económicas que vienen desarmando el Estado de Bienestar, imagino que la tarea sería construir juntos nuevos vínculos trasnacionales, que en la línea de los estudios actuales podría llamarse nuevas ciudades. No lo que concebimos como ciudad cuando hablamos de Buenos Aires o de la Ciudad de México.

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Me refiero a otras unidades de convivencia y sentido que investiga la antropología contemporánea. Por ejemplo, las que se han vuelto visibles en los estudios sobre transnacionalización. Las más conocidas son las ciudades fronterizas, conjuntos de población bi o trinacionales, como Tijuana-San Diego o Ciudad del Este, que están a la vez divididos y enlazados por las fronteras. Luego, hay formas geográficas interrelacionadas, que no son contiguas en el territorio, como las “calles transnacionales” formadas por vecinos que después de migrar siguen teniendo relaciones, vínculos de reciprocidad o de parentesco entre diversas localidades: los barrios chinos o mexicanos en Nueva York y Chicago, las comunidades bolivianas en Buenos Aires. Muchos ejemplos como éstos muestran que, además de las redes de las corporaciones, las televisoras y las alianzas militares, son posibles articulaciones urbanas y formas de organización de los que ya no están juntos pero colaboran. Las comunidades de exiliados o postexiliados en interacción con los habitantes del país de origen son un tipo de comunidad a distancia que crea lazos no hegemónicos entre sociedades. No hay mejor contrapeso a la máquina de exiliar que crear comunidades en las que pensemos, imaginemos y actuemos solidariamente.

 

¿Qué ganamos con este enfoque en vista del deterioro de nuestras sociedades? Voy a contestar con un rodeo. Pienso en las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, cuando Marco Polo le cuenta a Kublai Khan de lugares distantes en los que había otras maneras de imaginar la ciudad juntando los deseos, la memoria y los miedos. Ciudades que reciben “su forma del desierto al que se oponen”, suma de ciudades en la que el “viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía”.

 

En otro momento, el emperador ve en su atlas “las ciudades que amenazan en las pesadillas y las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo [les aseguro que dice Yahoo en ese libro de 1972], Butúa, Brave New World”. Y pregunta si el último fondo no es la ciudad infernal.

 

Podríamos decir que la respuesta de Polo serviría para los postexiliados de esta etapa que aparenta ser postpolítica. Dice así: “el infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquél que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.


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