El pasado 12 de junio, el mundo de la comunicación y los estudios culturales atardeció con la noticia de la muerte de Jesús Martín-Barbero. Amparo Marroquín, su estudiante y amiga, repasa su vida y obra, invitándonos, en esta época de postverdades y desencantos, a volver a encontrar las (nuevas) formas populares de la esperanza.



Son muchas las voces que han recogido la herencia del pensamiento de Jesús Martín-Barbero. Sin duda alguna, el campo de la comunicación se ha fortalecido y complejizado con su mirada, pero sobre todo, con el regalo de su forma de dialogar con muchos otros. Martín Barbero ha sido, para toda una generación, no el lugar de llegada sino el punto de partida para leer a otros.

 

Si bien su obra es extensa, es muy conocido por un libro que cambió el lugar desde donde se hacían las preguntas y desde donde se pensaba la comunicación. El libro De los medios a las mediaciones: comunicación, cultura y hegemonía, publicado en 1987 por la editorial Gustavo Gili, que dirigía el profesor Miquel de Moragas en Barcelona, fue un parteaguas en muchas de las carreras latinoamericanas vinculadas al campo.

 

Circuló, como circulaban entonces los textos, no por whatsapp, ni en pdf, ni en carpetas de drive, sino en fotocopias y facsímiles que iban de mano en mano. Y su llegada provocó debates y combates a lo largo del continente. Junto a otros teóricos y pensadores, colocó piezas para un pensamiento que quería responder ya no a las discusiones funcionalistas o marxistas que venían importadas desde fuera, sino a los acontecimientos locales y las formas de nuestro propio sensorium.

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Jesús Martín Barbero nació el 3 de octubre de 1937, en Cardeñosa, un pueblo cercano a Ávila, España. Fue el menor de seis hijos. Un año antes, en julio de 1936, había estallado la Guerra Civil que enfrentaba el proyecto político de la Segunda República Española contra el Movimiento Nacional. Los padres de Martín Barbero, Domingo Martín y Filomena Barbero, estudiaron hasta la primaria, como era común en la España de ese momento. La familia emigró a Cardeñosa en un intento por huir de los bombardeos que padecía Las Navas del Marqués, el lugar originario de los padres y a donde la familia volvió en 1939, al finalizar la Guerra Civil. El niño Jesús Martín creció durante el régimen franquista, ese que estableció el Estado confesional, devolvió la subvención estatal a la Iglesia católica, abolió el divorcio y el matrimonio civil y regresó la educación, en su mayoría, a manos del clero. Aprendió a leer gracias a su madre, recitando versos de la poesía popular y rural de esa vieja España y de esos aprendizajes le quedó un gusto por la poesía que le acompañaría hasta el final. Su último libro publicado en vida fue El guerrero y el árbol, una compilación de sus poemas.

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En el tránsito de su vida, el joven Jesús, educado en Ávila de la mano del diplomático y sacerdote boliviano, Alfonso Querejazu, se adentró a la filosofía y participó, invitado por su maestro, a unos encuentros en la sierra de Gredos en donde pudo escuchar intelectuales de la talla de Xavier Zubiri, José Luis Aranguren o Pedro Laín Entralgo, que formaron parte de la izquierda postfranquista. Quizá en parte impulsado por esos aires de crítica y aventura, un Martín-Barbero de 26 años emprendió viaje al nuevo continente y aterrizó en la lejana Bogotá del año de 1963.

 

Colombia lo recibió en la Época de la Violencia. Ese larguísimo y prolongado período que había iniciado con el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Era un tiempo de reacciones y protestas violentas en distintos puntos del país, en especial en la capital, en donde el partido liberal y el conservador se enfrentaron constantemente. En 1959, el sacerdote colombiano, Camilo Torres Restrepo había regresado de Lovaina, tras obtener su doctorado en sociología. Un año después, en 1960, Torres Restrepo fundó la Facultad de Sociología de América Latina, en la Universidad Nacional, en Bogotá, junto a Orlando Fals Borda, Carlos Escalante, Eduardo Umaña Luna, Darío Botero Uribe, Virginia Gutiérrez de Pineda, Tomás Ducay y María Cristina Salazar. Martín Barbero se incorporó a trabajar con ellos, traduciendo a Althusser y discutiendo sus textos en grupos universitarios. Ahí también trabajó con grupos cristianos comprometidos y editó la revista Universidad y mundo. Mientras era partícipe de los debates, decidió continuar su formación. Justo antes de irse a estudiar filosofía a Lovaina, pudo seguir de cerca los debates de la segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Medellín, en 1968. El documento episcopal hacía eco de los signos de los tiempos: se colocó lo popular al centro del debate y a los medios de comunicación como protagonistas ineludibles para pensar los procesos de transformación social.

 

En 1969, Martín Barbero llegó a Lovaina. Si Colombia lo había ayudado a encontrarse con un otro tan cercano y distante a la vez, su regreso a la Europa de ese tiempo lo hizo entenderse latinoamericano. Su tesis doctoral (1972) fue un larguísimo diálogo entre su maestro francés, Paul Ricoeur y el pedagogo brasilero, Paulo Freire. El estudio -titulado La palabra y la acción, defendida y publicada en español- toma distancia de los análisis funcionalistas que no reparaban en los procesos de reificación y ocultamiento. Fue en ese texto que reflexionó que, si bien la población no se da cuenta de las implicaciones de las tecnologías comunicativas, era necesario mostrarlas, hacerlas evidentes. Ya desde ahí, su reflexión transitó hacia los puntos de partida de sus trabajos posteriores: la comunicación pedagógica, un proceso en el cual la comunicación puede y debe ser pensada e intervenida. Es la palabra la que es capaz de hacer hablar a las culturas enmudecidas, como nos decía Freire.

 

La comunicación se nombró desde ahí como una cuestión más vinculada a la cultura que a la tecnología, la cultura y la tecnología se nombraron mediación. La comunicación implica más pautas de conducta y educación, que medios masivos y aparatos. Para trabajar esta praxis del sujeto a través de la palabra, Martín Barbero propuso el análisis de tres formas que históricamente han constituido la palabra en acción: el mito, la profecía y la poesía. Son tres formas que consiguen que la palabra no sea sólo palabra, sino acción, tres formas arcaicas, que recuperadas de su auge medieval encuentran hasta hoy eco en nuestras sociedades latinoamericanas que siguen encontrándose a medio camino entre una modernización impuesta y acelerada, y las múltiples, viejas y sabias premodernidades.

 

De Lovaina se fue a estudiar semiótica y antropología a La Sorbona, en París. Y descubrió la posibilidad de los desciframientos simbólicos. Ese Martín Barbero es quien volvió, en 1972 a Colombia, con su maleta llena de mitos, profecías y poemas. Era ese filósofo quien decidió discutir desde Karel Kosik,  Merleau Ponty y Roland Barthes en lugar de dialogar con Aristóteles y sus metafísicas; era ese filósofo quien sintió que no encajaba en la vieja Europa ni en los cursos de las facultades de filosofía, y aterrizó entonces “en la choza favela de los hombres, construida en barro y cañas pero con radio transistores y antenas de televisión” nos dijo en la introducción de su clásico De los medios.

 

 

Después de una brevísima estancia en Bogotá llegó a Cali, en donde fundó la carrera de comunicación social. El resto es historia relativamente conocida entre conocedores. Se dejó tocar por Cali, se dejó interrogar. Descubrió que el pensamiento de los académicos poco servía para explicar por qué la gente miraba los medios de comunicación y cuáles eran esas subjetividades, esas sensibilidades particulares que hacían que un producto cultural, una película, una telenovela se convirtieran en un suceso de masas. Y empezó a estudiar eso que nos atravesaba las entrañas y que el universo racional no sabía explicar.

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Escribió sobre las telenovelas y sus cruces con los populismos políticos. Dialogó con Monsiváis sobre el cine de oro mexicano. Siguió conversando con los teólogos de la liberación para encontrar, incluso ahí, en esos lugares totalmente periféricos las formas populares de la esperanza. Se interesó por el carnaval, por el universo de la risa. Intentó aprender de Walter Benjamin tanto como de sus estudiantes más jóvenes a quienes escuchó, y con quienes discutió muchas de sus propuestas. Fue un profesor latinoamericano. Atravesó el continente discutiendo, revisando propuestas, soñando que dialogábamos sobre nuestras rabias y nuestros sueños. Participó en todos los espacios que pudo, en CLACSO, en FELAFACS, en ALAIC, donde podía escuchar y aprender, donde llegaba, cargado de libros y preguntas. Unos versos de Hannah Arendt, la filósofa que tanto leyó y nos enseñó, parecen estar dirigidos a nombrarlo: “Ya está todo dicho y no queda nada por cantar: propagandista y líder/ y maestro de la oratoria/ arquitecto del espíritu, /educador: maestro y admonitor, profeta / representante de la época, /revolucionario conservador / y siempre descontento / irascible, amable, encantador, /ojos destellantes y gran sibarita [ ]. / Quedamente el sueño se apoderaba de nosotros / y tú te convertías en admonitor nocturno”.

 

El nuevo siglo lo sorprendió construyendo un nuevo proyecto. Viajó a México y vivió en Guadalajara durante tres años (2001-2003). De este viaje surgió la publicación de dos compilaciones de su trabajo, una que tituló Al sur de la modernidad, fue recopilada por la Universidad de Pitssburgh; la otra, se publicó con el título de Oficio de cartógrafo por el Fondo de Cultura Económica. En los últimos años continuó sus muchos diálogos desde distintos países, con muchísimos jóvenes, artistas, profesores, gestores culturales, pero volvió siempre a Colombia.

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La gran mayoría de sus programas de estudio contenían referencias a los autores que leía, casi nunca sugería a sus estudiantes leer sus propios textos. Sus grandes interlocutores fueron sus amigos, que también nos han contado de su herencia. Mencionó a tres de sus indispensables: tuitero intelectual antes de Twitter, nos dijo Omar Rincón (2018); cartógrafo mestizo, lo llamó Rossana Reguillo; escritor capaz de confundir a los libreros, señaló Néstor García Canclini. Maestro generoso y conversador incansable, le gustaba lanzar redes. Provocar. Siempre me ha gustado escuchar a muchos de sus estudiantes contar cuánto se llenaban sus clases -y la pelea por quedarse en ellas, así fuera en el suelo- y cómo más de alguna vez terminaron en aplausos, riendo, prolongando la conversa en caminatas buscadas una y otra vez.

 

El profesor Daniel Badenes, de la Universidad Nacional de Quilmes, ha señalado que “Lo que define a les grandes, pues, no son las certezas sino esos escalofríos epistemológicos, la capacidad de dudar y de preguntar/se”. Y de eso se trata. De aprender a hacernos preguntas. Ahora que Jesús Martín-Barbero nos ha dejado, me gusta pensarlo de pie, abriéndonos una puerta, invitándonos a pasar. Está ahí, con una mirada pícara, como diciendo “entra, anímate… y verás todo lo que vas a encontrar”. Y si le preguntamos nos dirá que no hay mapas, apenas unos bosquejos nocturnos que funcionaron en su momento, pero que ahora tenemos que trazar todo lo que podamos, de nuevo.

 

¿Cómo nombrar ahora nuestras propias estructuras de lo terrible? ¿Cómo decir las guerras nuevas, los muertos que nos amanecen y que seguimos cargando? ¿Cómo alcanzar a bosquejar apenas a los jóvenes orillados de nuevo frente a otras violencias? O esos nuevos miedos pandémicos que nos persiguen como pesadillas de un siglo obsesionado con la vigilancia y la instalación definitiva del capital. Desde algún lugar, el maestro sonríe y nos muestra la puerta. Hemos pasado por muchos diálogos, hemos vivido tantísimos acontecimientos para entender que no somos solo alienación o solo resistencias. Somos al mismo tiempo gozo y sueños, escapes de la realidad y resistencias cotidianas.


Retomo algo que hemos discutido en otros momentos. No se trata de quedarnos ahora en un homenaje sentimental, en respuestas sospechosamente cerradas y acabadas. Se trata de volver a entender con terquedad y empeño cómo se nos sigue moviendo el mapa de lo conocido hasta quedar irreconocible, se trata (como nos señaló Ricoeur) de ir, desde nuestro Occidente tan frágil, hacia el Oriente del texto. Esa es la pista que podemos recuperar: que la cultura popular pervive desde unas matrices culturales, desde ciertas ritualidades, y que por debajo del gaming y el streaming, de las migraciones masivas y de las violencias, lo popular nos sigue habitando, con una posibilidad política que debemos saber aprovechar. Y a través de la cultura popular se trata, me parece a mí, de volver a encontrar, en esta época de postverdades y desencantos, las (nuevas) formas populares de la esperanza.


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