Ernesto Meccia reflexiona sobre la salida de circulación de la biografía de Alberto Migré. Se pregunta si obstaculizar su lectura es una forma de censurar la visibilidad gay y de seguir encerrando en el armario sexual a una persona que no llegó a abrirlo por la moral de su época. Y muestra la potencia política de ciertos secretos.



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Quienes amamos la escritura y el mundo de los libros y algún día escribiremos la historia de la literatura LGTBI en Argentina necesitamos una explicación sobre este hito que fue noticia la semana pasada y corrió con la velocidad de un rayo. Migré: el maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país, biografía escrita por la periodista Liliana Viola, comenzó a ser retirada de las librerías. Sí: prohibida su venta y distribución. Tras un acuerdo entre el heredero de los derechos de autor del biografiado, la editorial y la autora (tal la forma legal para evitar el juicio), se sacará de circulación en todos sus formatos. Desde el vamos: un hecho extremo, un acuerdo inédito en un contexto democrático.

 

La máxima justiciera que algunos fans pusieron a circular dice que no hay pie de plomo que pueda acallar una obra valiosa, al contrario, ese pie será responsable de que se convierta en un clásico, más aún en tiempos de replicación instantánea vía Internet.

 

Migré es un libro que roza las 400 páginas. Parece una tesis doctoral. Si algo puede imaginar el lector mientras lo lee es el trabajo de investigación serio y minucioso. Es una obra polifónica porque reconstruye la vida del autor a través de muchos testimonios de primera mano (desde actores y actrices que trabajaron con él hasta viejas cartas de televidentes). La autora leyó entrevistas originales en papel (dadas entre 1958 y 2006) que están en los sobres del Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, además de visitar el archivo de Víctor Agu que contiene los guiones originales mecanografiados. Es una obra justa con quienes la hicieron posible: lo atestigua la lista de créditos que está sobre el final (en la que figuran casi 70 personas), otra forma de poner en valor no solo la vida de Migré sino también la voz colectiva de quienes lo conocieron. Dicho no sea de paso: la censura del libro desestima también esas voces signadas por un palpable amor hacia el biografiado. También por el respeto, la admiración y la veneración.

 

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Entonces: ¿cómo pudo llegarse a ésto? Víctor Agu (el denunciante) es un guionista que escribió junto a Migré durante la última etapa de su carrera. Desde su muerte es el heredero, algo que en el lenguaje jurídico se denomina “derechohabiente”. Es decir, es la persona que deriva sus derechos de otra, convirtiéndose en responsable y custodio de la obra de la última en todos los sentidos. Agú alega que la autora infringió la normativa de los derechos de autor, al haber transcripto información. Sin embargo, en un post realizado en Facebook la semana pasada ese alegato queda relegado a un plano más que menor, ya que el heredero realiza otra denuncia: que se habló sobre la “vida privada” de Migré (junto a “algunos traidores que dijeron ser tus amigos (y que) por una fotito te traicionaron”).

 

Discursivamente, en el post, Agú opera dos equivalencias: hablar sobre la “vida privada” del biografiado es hablar sobre su (homo)“sexualidad” y este habla es, ipso facto, “amarillista”. “Querido maestro Alberto Migré: no querías que hablen de tu vida privada. Sin embargo, lo hicieron. ¿Qué parte no entendieron estos amarillistas? Cómo atrasa hablar de la sexualidad del otro!!!”, dice al comienzo. Como si fuera poco, más adelante lamenta que Migré no haya podido “defenderse” del color amarillo, colocando a la autora y a los “traidores” en un insensato lugar de atacantes en un libro que –reitero- derrama reconocimiento y amor: “cuando se habla de la vida privada en un libro, solo la persona de la que hablan puede defenderse”.

 

Entre emotivo y épico, el post cierra así: “Querido papá del corazón, maestro y amigo: en un país donde la justicia hace agua por todos lados, hoy se hizo justicia por vos. Entre melancólico y dichoso, quiero compartirlo con quienes te aman”. Como vemos, Agú abre aquí una grieta abismal y taxativa (los que aman y los que no aman a Migré) y se coloca a él mismo en un lugar “experto” distribuyendo al mundo, especialmente a quienes lo conocieron, en un lado u otro. Por cierto, una operación moralista y arbitraria.

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Se imponen unas cuantas reflexiones y varias preguntas.

 

Primero. Las personas somos sagradas, nuestras ideas no. En un contexto democrático todos somos libres para escribir y expresarnos. Nuestras ideas son mejores o peores y, al no existir ninguna entidad supra que nos regule, ante una idea “desafortunada” de los demás, cada quien es dueño de salir a contestarla o a refutarla, si es preciso. Como pensadores todos estamos en competencia. Tenemos que ganar la adhesión hacia aquello que pensamos entre otros que reflexionan sobre los mismos temas pero –con igual derecho- no piensan igual o parecido. Me veo en la obligación de hacer un pedido: generemos controversias, no prohibiciones.  En este plano, si alguien se vio importunado por las ideas de la autora de “Migré” lo lógico es salir a competirle con ideas mejores. Si las ideas son “amarillistas”, lo razonable hubiera sido que salieran los afectados a contestarlas con el color que crean necesario. Pero no hay idea publicada que justifique la prohibición del libro que la contiene (claro que existen excepciones, pero es indudable que no es este el caso). Y no vale decir que un muerto no puede defenderse. La indefensión en el sentido argüido por Agú no es una verdad eterna, independiente de tiempos y lugares. Pienso: ¿de qué tendría que defenderse, hoy, Migré? ¿De ideas progresistas que, producto de las luchas políticas, tomaron fuerza luego de su muerte, redefiniendo y mejorando la vida de tantos homosexuales?

 

Segundo. “Migré” es el segundo libro dedicado al autor (el primero fue de Nora Mazziotti, publicado en un lejano 1993), y es el primero que aborda su vida de manera integral. ¿Qué más puede querer alguien que vela por su obra –asumo que eso debe significar ayudar a su trascendencia y vigencia- que se publique una investigación de esta magnitud y que, como por arte de magia, ponga a todos los medios a hablar nuevamente del biografiado, resucitándolo de alguna manera? Recordemos que la obra de Migré está en gran parte perdida y que las nuevas generaciones nunca podrán verla más que a través de relatos. El de Viola es uno de esos relatos. ¿Cómo puede entenderse, entonces, esta movida judicial? ¿Dónde, antes que en este libro, se habló del patrimonio cultural aportado por la obra radial y teatral, además de televisiva de Alberto Migré? ¿Dónde se rescató del olvido a tantos artistas cuyos nombres no aparecen en YouTube ni en las revistas de celebrities? Llegados a este punto es imposible no preguntarse: ¿Qué supremacía de derechos de autor puede primar contra este acto de justicia para la memoria de Alberto y la memoria popular en general?

 

Tercero. ¿Cuál ha sido el rol de la editorial? Es una pregunta central. Migré es una publicación de Sudamericana, hoy un sello perteneciente al Grupo Penguin Randhom House. Las palabras oficiales fueron: “La editorial respeta los derechos de la propiedad intelectual a la vez que respalda la libertad de expresión. Por eso, está abierta a la publicación de una nueva versión del libro que respete esa propiedad intelectual de terceros y mantenga la vigencia de la investigación de la autora”. Quienes tenemos familiaridad con el oficio editorial estamos acostumbrados a afinar el pensamiento para evitar los conflictos con nuestras obras. Cuando los libros se elaboran con mucho material de archivo, es habitual que tanto editores como editados empecemos rondas de conversaciones imaginando puntualmente posibles focos de tensión. Obviamente, es algo que realizamos ex ante. Nadie quiere tener un problema. Desde mi punto de vista, es evidente que para Sudamericana antes de ir a imprenta el libro no tenía problemas de derechos de autor. Me pregunto entonces qué trama habrá existido más allá de las versiones oficiales para que se desapegue de un libro que había tenido amplia repercusión.

 

Cuarto. Quedémonos por un momento en las implicancias de los derechos de autor, un tema polémico que, sin duda, necesita todavía mucha militancia en Argentina. Sin embargo, pareciera que las reacciones no son las mismas. Existirían infractores e infractores. Quien escribe estas líneas, muchas noches, cuando no puede dormir, va a YouTube y se deleita mirando las historias de Rolando Rivas, taxista durante sus dos temporadas. Lo hace desde bastante tiempo atrás, algo que permite la inferencia un tanto básica de que allí no pesa ninguna prohibición (espero que no haya ninguna en ciernes). ¿Por qué, entonces, sí la prohibición exclusiva sobre esta biografía? ¿Qué muestra de más que no muestre YouTube? Queda la sensación de que no existe una demanda judicial por exceso en la exhibición de contenidos artísticos (en sentido estricto, la única fuente posible para el accionar judicial) sino en contenidos de otra naturaleza: los vinculados a la homosexualidad del biografiado que -por definición- son catalogados como excesivos por Víctor Agú.

 

En otras palabras: el celo custodial no está puesto en la obra y sí en la persona, como si el derechohabiente, en realidad, se ocupara de otra cosa que –tanto como su contraria- no son judicializables: seguir facilitando las llaves del armario sexual a una persona que, como tantas otras, no tuvo la oportunidad de abrirlo debido a circunstancias sociales, culturales y políticas adversas. Escribo y me entristezco al pensar que alguien pueda tomarse tan al pie de la letra un pedido realizado en condiciones tan distintas a las actuales. Pensemos qué triste es eso. Es como si hubiéramos tenido un familiar gay y siguiéramos hablando de él a trece años de su muerte con términos neutros y esquivos, y con discreción, o sea, del único modo en que pudo hablar y moverse durante su vida. ¿No es acaso un sinsentido? ¿No es una complicidad con el silencio y la invisibilidad? ¿No seríamos los ninguneadores perfectos del ser cuya memoria queremos honrar?

 

Quinto. Tengo (¡tenemos!) muchas dudas de que Alberto Migré haya sido tan taxativo respecto de permanecer dentro del armario, la metáfora más justa sobre la inhumanidad de tener que vivir una vida totalmente privada, como decía Hannah Arendt. Por ejemplo, en la revista Noticias, en una nota titulada “Hace diez años que estoy en pareja” habló en género neutro. No se sabía si su pareja era varón o mujer. Más tarde se negó a volver a hablar sobre el asunto pero no por propio deseo, sino por respetar el de su pareja que se había sentido expuesta ante sus declaraciones. Complementariamente, una de las anécdotas del libro abona la presunción. Liliana Viola se entrevista con Nora Cárpena, una actriz icónica de la galaxia Migré, quien cuenta que una vez le preguntó al divo sobre la justeza de los libretos destinados a los actores, que siempre les hacía decir a las mujeres lo que ellas deseaban escuchar. “¿Cómo sabe usted tanto de los hombres?”, preguntó Nora; y Alberto: “Ay, Nora, es muy sencillo… Yo les hago decir a ellos lo que quisiera que me dijeran a mí”.

 

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El secreto es un gran tema. Una de las principales premisas que se manejan es que, en sí mismo, es una imposibilidad; representa una movida del lenguaje y de los sentimientos que está destinada –más tarde o más temprano- a autodestruirse. Uno de los indicadores más importantes de esto es que, por lo general, contamos nuestros secretos a los conocidos (no a los desconocidos). Al hacerlo, los convertimos en especialistas de nosotros mismos, en conocedores expertos de los “fondos” de nuestra personalidad. Es probable que, indirectamente, les estemos pidiendo que no nos olviden y que la forma más efectiva de hacerlo sea –justamente- a través de lo que ocultamos (a todos menos a ellos) porque es de gran significación.

 

Lo que acabo de exponer como teoría es al mismo tiempo una anécdota que podrían contarnos millones de familiares y amigos de homosexuales que ya no están. En todas las familias y/o en todos los círculos de amigos existían los destinatarios de ese secreto. Suele creerse que eran uno solo, lo cual solía ser falso. Era tanta la necesidad expresiva de las personas estigmatizadas que vertían el secreto al mismo tiempo y/o sucesivamente en varios conocidos, aunque entre ellos desconocían que había otros que lo sabían.

 

Yo estoy convencido de que los seres humanos buscamos la comunicación a pesar de que a veces sea imposible. Tiendo a creer que no pocas veces quienes confían un secreto confían en que cuando ya no estén, los conocidos se encontrarán para hablar de lo que ellos dieron para hablar. Las oportunidades que no tuvieron, de alguna forma, las visualizan en la posteridad. En el futuro no ven las llaves del cofre sino sus palabras al viento. Y si no hubieran visualizado ésto –algo que nunca sabremos- nadie tiene derecho a dejarlos en penitencia para siempre.

 

Busco imágenes para cerrar este escrito. Primero aparece la contratapa del libro de Liliana Viola. Lo veo a Alberto apuesto y joven con la cabeza gacha mirando un long play. Está sentado y a sus espaldas aparece un oso muñeco. Pienso en cómo habrá sido su infancia. Luego aparece otra que me conmueve y me devuelve el optimismo. Imagino que mucha gente querida por él se reúne y comparte en voz alta ese secreto que va dejando de ser tal porque nunca fue tal. Y en ese gesto lo liberan de lo que no debió vivir. Ni él ni nadie. Escriben el “¡Nunca más!” del mundo del espectáculo popular.

 

Y basta. No hay movida judicial que pueda con eso.

 

 


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