Cada vez que sube el "blue" aumentan las especulaciones sobre una devaluación, los grandes empresarios y la clase media salen en busca del billete verde y sube la presión contra el peso. Curtido en este terreno, el gobierno despliega una batería de medidas económicas, financieras, judiciales y policiales para llevar al dólar con rienda corta hasta diciembre. Alejandro Rebossio, el periodista capaz de contar como ninguno el laberinto de las cuevas, explica las claves de un mundillo con lógica voraz y jerga de verdulería.



El equipo económico de Daniel Scioli preveía, desde hace unos meses, que durante la cuenta regresiva hacia las elecciones presidenciales argentinas, inversores de distintos tamaños intentarían hacerse de dólares como fuera. Especulan con una devaluación para cuando, por primera vez en 12 años y medio, un argentino sin apellido Kirchner asuma la presidencia el próximo 10 de diciembre.

 

Unos usan todo el cupo que les permite la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) para comprar dólar ahorro, cuyas ventas baten récord mes a mes. Por el dólar ahorro se va un cuarto de los ingresos de divisas de la cosecha agrícola argentina. El Gobierno de Cristina Kirchner lo libera con generosidad para evitar que los ahorristas busquen otros medios para embolsarse de los billetes verdes.

 

Algunos compran “lechuga” en el banco y se van derechito a las “cuevas” a cambiarlas por pesos y hacerse una ganancia rápida, alta, miserable para los grandes bolsillos, pero atractiva para el oficinista de clase media. Por ejemplo, quien pueda cambiar 10.000 pesos por dólares y después puede venderlos en el mercado ‘blue’, como se le llama al negro, obtendrá un beneficio de 2.900 pesos. Es lo que se denomina hacer “puré”: le sirve para acompañar al ministro de Economía, Axel Kicillof, en su objetivo de domar el “blue”. Claro que algunos inversores preferirán esperar a diciembre con el sueño de comerse un plato más rendidor.

 

Pero muchos carecen de ingresos justificados ante la AFIP para conseguir “rúcula” o les parece poco el cupo que le dan o son empresas y, por tanto, carecen de la posibilidad de acceder al dólar ahorro. Entonces estos individuos y compañías buscan  dólares en los mercados paralelos. Los inversores más sofisticados van a su sociedad de bolsa amiga y consiguen los verdes por tres vías: en efectivo en el blue, es decir, por el método ilegal; o comprando acciones o títulos públicos que cotizan en dólares para venderlos tres días después y hacerse de los billetes en una cuenta en Argentina, el llamado “dólar bolsa”, o en el extranjero, el conocido “contado con liqui”.

 

Estas triangulaciones son legales, aunque están bajo control de las autoridades porque más de uno usó dinero no declarado para hacerlas. Incluso la Procuraduría de Criminalidad Económica y Lavado de Activos (Procelac), que conduce el fiscal Carlos Gonella, cuestionó la legalidad de la fuga de capitales por el ‘contado con liqui’, pero la Corte Suprema rechazó el planteo semanas atrás.

 

Ante estas posiciones encontradas, el presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, también negó cambios en el contado con liqui. No por nada los inversores de Wall Street que se han reunido con él en privado se han llevado una muy buena impresión.

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Otros ahorristas más rudimentarios van derecho al blue. En vez de ir a las cuevas de las sociedades de bolsa, incluidas las que tienen los grandes bancos, recurren a aquellas instaladas en las casas de cambio legales -las que sobreviven porque en los últimos tres años de cepo cambiario cerraron 22 sobre un total de 60-, las financieras, las agencias de viaje o los “arbolitos” que vociferan sin temor en la calle Florida la palabra “cambio”.

 

En las últimas semanas, el Gobierno argentino ha recurrido a sus ya conocidas inspecciones por las cuevas del microcentro. Inspectores del Banco Central -la ley penal cambiaria castiga el mercado ilegal de divisas-, la AFIP, la Comisión Nacional de Valores (CNV, que controla a los operadores de bolsa), la Unidad de Información Financiera (UIF, que vigila el lavado de dinero) y la Procelac caen por sorpresa y en conjunto con uniformados de la Gendarmería Nacional o la Policía Federal para aplicar multas y hasta clausurar establecimientos. Por ahora, ni hablar de presos.

 

La teoría económica diría que en un mercado reprimido el precio debería subir, pero el blue suele caer en los días de inspecciones. Son jornadas en las que los “cueveros” prefieren hablar poco por teléfono por temor a pinchaduras. Más que nunca, se limitan a operar con la clientela conocida.

 

Pero además de los métodos más policíacos, la dupla Kicillof-Vanoli –de relación a veces tensa– también recurre a los instrumento de mercado. Es decir, ordena que la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES) venda títulos públicos en dólares para hacer bajar el contado con liqui.

 

Pese a que el ministro de Economía y candidato a diputado dijo este fin de semana que el blue mueve menos dinero que la quiniela, está claro que a él y al resto de las autoridades les preocupa que no se dispare la brecha respecto de la cotización oficial para evitar ruidos políticos en plena campaña electoral que dañen las expectativas económicas. Cada vez que sube el blue, se disparan las especulaciones sobre una devaluación, se retroalimenta la sed de verdes, se demora la liquidación de la cosecha y esto a su vez refuerza la presión contra el peso.

 

En el arte de domar al dólar también está la renovada estrategia del Banco Central de subir las tasas de interés para los plazos fijos en pesos. Hasta la llegada de Vanoli a esa entidad, en octubre pasado, sólo los grandes ahorristas podían acceder a las mayores tasas. Ahora los minoristas consiguen más rendimiento que los mayoristas gracias a que estableció pisos para las tasas de depósitos de hasta un millón de pesos. Vanoli promociona los plazos fijos y dice que rinden más que la inversión en dólares. Siempre habrá quienes especulen con una devaluación que eche por tierra esa sugerencia. Lo que está claro también es que los bancos buscarán compensar la suba de las tasas de los plazos fijos con el encarecimiento del crédito que ofrecen a sus clientes, lo que podría desalentar la tibia recuperación económica respecto de la recesión de 2014. El presidente del Central les respondió que deberán resignar rentabilidad en lugar de encarecer los préstamos.

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Pero los cazadores de lechuga no solo van al billete. Bajo el pensamiento de que el dólar oficial está “barato”, buscan consumir aquello que se rige según su cotización: desde el pago con tarjeta de viajes al extranjero hasta la adquisición de bienes con componentes importados y que podrían encarecerse en caso de devaluación, como los autos o las lanchas. Siempre habrá quien planee algún negocio stockeándose lo que sea a la espera de que una “devalueta” provoque un salto en la inflación y le rinda buenos dividendos con la reventa. No por nada en el equipo de Scioli también le temen a un salto de precios en la medida en que se acerque la primera vuelta electoral de octubre y aún más si el gobernador bonaerense debe pelear el balotaje en noviembre. No debe faltar aquel que esté comprando papel higiénico para almacenarlo vaya a saber dónde. Se lo podría llamar dólar “brown”.

 

Es previsible que mientras gobierne Cristina Kirchner se haga lo imposible por evitar una devaluación que desequilibre el final de su gestión. Ya lo dijo Vanoli: “No hay posibilidades de que en el futuro alguien provoque una devaluación de la moneda porque los argentinos conocemos cuáles son los efectos. Tuvimos el ejemplo en enero de 2014. En Argentina hay que ganar competitividad con otras herramientas, porque una devaluación lo que genera en el país es la suba de los precios, con lo cual no se logra competitividad, bajan los salarios reales y se genera recesión”.

 

Habrá que ver si Scioli y Macri opinan lo mismo. El candidato de la derecha que busca correrse al centro ha prometido liberar el cepo cambiario el 11 de diciembre y jura que el peso no se devaluará porque lloverán dólares de nuevos inversores. No muchos comparten su confianza. En el equipo de Scioli consideran que habrá que ir liberando los controles, pero de a poco, aprovechándolos para asegurar la moderación que tanto cultiva su jefe, con la conciencia de que el actual esquema desalienta que lleguen capitalistas a cambiar alegremente sus dólares por 9,17 pesos, pero con la idea de que también una reducción de impuestos podrá devolver competitividad al sector productivo. ¿Y cómo compensaría Scioli esa poda tributaria? Ese un asunto para otro artículo, pero el asesor estrella del gobernador, Miguel Bein, ha abogado públicamente por un recorte de subsidios y el consiguiente aumento de tarifas de los servicios públicos.

 

Las expectativas de devaluación crecen en la medida que el dólar se fortalece en todo el mundo, el real brasileño y otras monedas latinoamericanas se devalúan, la inflación argentina sube más que la cotización de la rúcula oficial y los exportadores de productos agrícolas que no son commodities -materias primas de cotización internacional- como la soja y el maíz (desde aceitunas hasta arroz), de manufacturas (desde vino hasta autos) o de servicios (desde software hasta anuncios publicitarios) encuentran dificultades para vender sus encarecidos productos en el exterior.

 

En lo que va del año, la inflación fue del 6,7% según Kicillof o del 11,5% según el índice de la Ciudad de Buenos Aires, que gobierna el presidenciable Mauricio Macri, mientras que el dólar subió el 8,5% respecto del peso. En cambio, la moneda norteamericana se apreció el 26,2% en relación al real, el 20% respecto del peso colombiano, el 10,3% en comparación al mexicano y el 15,7% medido frente al uruguayo.


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