El escritor y crítico Julián Gorodischer traza un análisis de las estrategias de rebelión que habitan las crónicas de Pedro Lemebel. ¿Cómo se rebelaron sus textos a la moral denigratoria? ¿Cuál fue su legado a las generaciones latinoamericanas futuras? La comunidad imaginaria que construye, afirma, no se victimiza ni aun agonizante, como esperaría el macho homófobo de una loca estigmatizada.



Foto: Paz Errazuriz

 

¿Dónde sobrevive Pedro Lemebel? En la materialidad barroca de sus crónicas, “igualmente vitriólica y compleja” –la describió su amigo Carlos Monsiváis-. Textura recargada, apasionada (“satín terciopelo, resplandor respingado”) que caracteriza a una época literaria que se extinguió con la partida de Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, Néstor Perlongher, Manuel Puig, y ahora Lemebel, el chileno de los amores ilusorios y la denuncia constante al sistema de castas que estructura al mundo homosexual.

 

Fue dueño del arte del errar; se sumergía en los hedores de los márgenes; rechazaba la normalización que le ofrecía el papel de escritor consagrado. Lemebel narra en resistencia: contra “la virulencia homofóbica” pero también contra “el oro postal de la clásica estética musculada”; contra “el estigma de la plaga, contra el sidario condenado por la moral pacata”. También, contra la loca que atesora ‘el modelito’ especialmente comprado para asistir a la próxima premiere luctuosa.

 

De 1986, data su célebre manifiesto, leído en un acto de izquierda en la Santiago que se despedía de Pinochet: “No necesito disfraz/ Aquí está mi cara/ Hablo por mi diferencia/ Defiendo lo que soy/ Y no soy tan raro…

 

Lo suyo –describió Monsiváis, a quien adoraba- “es asumir la condena que las palabras encierran (maricón, puto, pájaro…) e ir a su encuentro para desactivarlas… ¿Se puede ser escritor y militante? –se preguntaba Monsiváis-. La respuesta viene del hecho prosístico: su militancia es indistinguible de la forma en que la expresa”.

 

El veneno discursivo -hecho de rapidez de réplica y asociación libre, agudísima capacidad de observación y remate sarcástico- es su capital simbólico. Reivindica el sexo orgiástico, suele expresarse en femenino plural; rechaza la pornografía industrial que encuentra fetiches en naciones, razas y colores de piel, o cualquier otra manifestación de un placer funcional a la mercantilización del cuerpo.

 

Lemebel se apropia de la terminología condenatoria (bujarra, marica, loca, trava, culorroto) y Chile encuentra a su anti-cronista, quien da forma a un mito benéfico sobre los antaño condenados. Su “marica” se abuena, abusa del diminutivo, se feminiza; construye un nosotros mejorado en el que los nombres propios sólo revalidan el status grupal; están ahí como referencias inalcanzables y admirables: desde Madonna a Marilyn.

 

El lenguaje autodiscriminatorio –como señala Monsiváis- provee al colectivo gay sudamericano de un sistema de restauración simbólica. “¡Cómo se ve bonita (la agónica) y se deshoja de costras. Sin AZT, a puro pulso la linda, a puro ánimo resiste tanto. Era el sol, el buen tiempo, el calor…”.

 

“El sida se había transformado –sigue- en una promesa de vida; se imaginaba portadora de un bebé incubado en su ano por el semen fatal de un amor perdido…”. La figura de la “agónica” es pura sonrisa. Los “maricas” velan a los protagonistas -en estas aguafuertes funerarias- como si se tratara de la previa de la discoteca, entre risas. Otra vez, Lemebel feminiza a todos los participantes del relato; Loba Lamar es comparable a los mitos eróticos del espectáculo; el escritor le cambia el signo a la decadencia física, encontrando en la combinación del moretón y la piel un tono de moda (“el rosa pálido combina bien con el lila cereza”), haciendo lo que –según Judith Butler- caracteriza a la formación de un sujeto comunitario: “los desprende de ese conjunto previo de saberes y normativas que hasta aquí fijaban un marco de conducta normal”. En esa movilización –definió Monsiváis- Pedro Lemebel es una de las voces más poderosas y menos sujetas a las disipaciones de la moda. “Error de género, verdad del deseo”, añadió la periodista María Moreno, sumándose al coro de voces que lo aclaman.

 

Todavía podemos reconocer a Lemebel, a través de sus crónicas, en pose chismorreante y eufórica; lengua viperina y amor de hermanas, como cuando en Loco afán, se desvive para conseguirle a la agónica Loba duraznos frescos en pleno invierno, porque los solicitaba. La compara con Heidi, con Madonna; la beatifica; la llena de glamour; la mete de prepo en el panteón de los deseados y admirados del sistema del espectáculo en el que, por su tendencia a la abstracción (a vivir como dentro de una ficción), parece habitar.

 

Son seres levitantes, las chicas de Lemebel; angelitos rosados, ambiguos, andróginos, o plenamente feminizados (en este caso se asexúan, se mamifican). Frente a la figura libidinosa, “perversa”, pervertida, monstruosa que caracteriza al imaginario macho sobre la loca o la trava, Lemebel opone un arquetipo de mujer-hombre que podría estar inspirado en la figura de “desrealidad” enunciada por Roland Barthes en sus Fragmentos de un discurso amoroso.  Las historias de Lemebel son afines al ideal romántico barthesiano: “Se entregan a la Imagen en relación con lo cual todo ‘real’ lo perturba”, escribió el autor de Fragmentos….

 

 

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Ser, según el “manifiesto lemebeliano”, significa oponerse. “La gente guarda las distancias/ la gente comprende y dice: Es marica pero escribe bien/ Es marica pero es buen amigo/ Super- buena- onda/ Yo no soy buena onda/ Yo acepto al mundo/ Sin pedirle esa buena onda/ Pero igual se ríen/ Mi hombría me la enseñó la noche/ Detrás de un poste…”, me dijo, como si improvisara un poema, aquella vez, en 2006, cuando lo entrevisté en Buenos Aires para Página/12.

 

“…Mi hombría fue la mordaza/ No fue ir al estadio/ Y agarrarme a combos por el Colo Colo/ El fútbol es otra homosexualidad tapada/ Como el box, la política y el vino/ Mi hombría fue morderme las burlas… Comiendo rabia para no matar al mundo”.

 

Así surge la posibilidad de la desestigmatización: reaccionando contra una agresión originaria asociada al grito de tablón, la hinchada y la tribuna pública. Lemebel dice: “Voy a pelear la visibilidad. Mi hombría es aceptarme diferente, esperar paciente que los machos se hagan viejos, porque a esta altura del partido la izquierda tranza su culo lacio en el parlamento…”

 

Esperar agazapada para dar el zarpazo y dominar los estamentos donde se juega la representación, no conformarse con los rincones tolerados/ permitidos: la loca de Lemebel, la loca combativa, se hace fuerte en lo que la asordinada, la sometida, disimula: pone “el culo”, se pintarrajea y taconea, habla en agudos quebrando la voz. Donde “la heteronormatividad” (Butler) prescribe disimulo, Lemebel decide ostentar.

 

En “Su ronca risa loca”, escribe: “Algo en ese montaje exagerado excede el molde. Algo la desborda en su ronca risa loca. Sobrepasa el femenino con su metro ochenta, más tacoaltos. La sobreactúa con su boquita de corazón pidiendo un pucho desde la sombra”. Pese al abuenamiento, los adjetivos dulcificantes, diminutivos, comparaciones con princesas y niñas y santas, “la compañera” mantiene una batalla constante por el control del sentido, lo que Butler denomina: “repudiar el campo de abyección”.

 

Como el enamorado de Barthes, Pedro Lemebel libera exclamaciones y canta sólo porque sabe que esa esperanza de redención a través del espíritu es lo que la realza y la potencia para oponerse al estigma. La reapropiación positiva de la palabra “marica” se da en el contexto latinoamericano que Robert McKee Irwin define como de “naciones viriles”. Frente a la profusión de terminología peyorativa, de mitologías negativizantes que asocian el homosexual al depravado, de la vigencia de un canon normalizador que observa la virtud sexual en la capacidad de erección y reproducción, la comunidad imaginaria que construye Lemebel no sufre, ni se victimiza ni aun agonizante o con amigas y parientas en la tumba. Sufrir, padecer, llorar a los gritos -no así derramar una lágrima más glamorosa- es lo que el macho homófobo esperaría de una loca estigmatizada.

 

Por eso, la loca pobre y chillona de Lemebel no es autocompasiva, no se enreda en los vericuetos de su propio yo egomaníaco -como el macho esperaría que ella hiciera- sino que reacciona siempre en términos combativos: “¿Van a dejarnos bordar de pájaros las banderas de la patria libre?”, se pregunta en Loco afán en una diatriba anti pinochetista.

 

La batalla se libra sin sangre. Pero jamás, Lemebel, pone la otra mejilla; no comulga con el aparato normativo represivo de la cristiandad occidental; su personaje no es culposo; su “loca” es, por lo contrario, fatalmente desinhibida, lujuriosa; se anima (loca-macho) a cruzar las fronteras que Georges Bataille ubica entre “lo normal” y “lo prohibido”. Está unos pasos más allá de lo prohibido, donde se disuelven los organigramas de la familia tipo o numerosa y la reproducción garantizada.

 

“Y se rieron de mi voz amariconada/ Pongo el culo compañero/ Y ésa es mi venganza”, escribió. “Que la revolución no se pudra del todo, a usted le doy este mensaje, y no es por mí, yo estoy viejo, y su utopía es para las generaciones futuras, hay tantos niños que van a nacer, con una alita rota, y yo quiero que vuelen compañero. Que su revolución les dé un pedazo de cielo para que puedan volar…”.

 

Logró asumir un sexo, ya no heredarlo. Gozó, desde entonces, de una nueva jerarquía; su obra se corrió del sistema de expectativas de la exclusión y hoy lega, a las minorías latinoamericanas futuras, la posibilidad de legitimarse sin respetar mandatos ajenos a sus deseos y necesidades.

 

 

*Foto: Paz Errazuriz


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