La serie de Luis Miguel se enmarca en los melodramas de “redención”: excusa la peor versión del varón tradicional con un sufrimiento padecido en la infancia. A esa justificación moral se le suma el discurso de lo políticamente correcto. ¿Qué hacemos con la oscuridad de nuestros ídolos? Luis Miguel se enmarca también en los ”mercados de la nostalgia” que buscan conmover subjetividades, armar rituales colectivos y grandes negocios.



Fotos: Netflix

 

“¡¿A qué hora suben el capítulo?!”, “Domingo de pandemia, oscurece temprano, bajón. Solo nos salva Micky”, “Temporada 2 de Luismi: me aferro como si fuese un flota flota.” Estos fueron algunos de los mensajes intercambiados en un grupo de WhatsApp que siguió la segunda temporada de Luis Miguel, la serie, estrenada en Netfllix el 18 de abril. En tiempos de un virus que nos tiene encerradas/os hace más de un año, a través del personaje viajamos en el tiempo hacia esa edad de oro de la juventud propia, cuando teníamos la vida por delante y Luismi se parecía más al Boneta real.

 

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La primera temporada trabajó sobre la infancia del artista, sus inicios en la música, el vínculo tormentoso con su padre y la dramática desaparición de su madre. La segunda, en la consagración de su carrera y en los costos personales que tuvo que pagar para sostenerla. La incógnita sobre lo que pasó con Marcela Basteri es una sombra que acompaña la narración y compone la figura del eclipse del Rey Sol, al tiempo que alimenta los programas de espectáculos locales que no dejan de sacar jugo del tema. 

 

¿Dónde está Marcela? La sospecha de su muerte existe hace tiempo. La diferencia es que hoy ese dato, que durante muchos años fue planteado como un misterio, puede leerse en otra clave: la desaparición de una mujer en  el contexto de un vínculo matrimonial con un varón violento, y su posible muerte entendida como un femicidio. Y esa lectura es habilitada porque vivimos en un tiempo de feminismo expandido: las lentes violetas lograron permear mucho más allá de los espacios de militancia habituales y se colaron en los programas de espectáculos, las telenovelas, los programas de radio, los noticieros, la música popular, los relatos de las mujeres famosas, las mesas de café, las sobremesas familiares, las escuelas, las universidades, los sindicatos, y sigue la lista. Netflix y las biografías de los ídolos populares no han sido la excepción. 

 

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La segunda temporada sumó elementos de conflicto ya no sólo del entorno familiar sino también del laboral. El guión se esfuerza, sin lograrlo, en construir a un nuevo malo de la historia -Patricio Robles, asistente de Hugo López, que se convierte en nuevo manager cuando se funda Aries Producciones- ahora que el padre ya no está. La abuela Matilde también resulta una villana a medio camino. Se lo extrañó mucho a Luisito Rey, un malvado con carisma al que se le podían endilgar todas las desgracias del ídolo, y que habilitaba el armado de un melodrama más clásico con villano, sufrimiento y víctimas claramente identificables.

 

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Igual que en la primera, esta temporada transcurrió en diferentes temporalidades: mediados de los 90’ y mediados de los 2000. Para los 90’ se enfocó en el éxito con los boleros, su vínculo con Armando Manzanero -a quien se le dedica un capítulo, ya que murió en diciembre de 2020 por covid-, la reconversión de su carrera con el disco Aries, el encuentro con su hija y la muerte de Hugo, su manager. A mediados de los 2000 la serie muestra a un Luis Miguel cansado, envejecido -aunque tenía 34 años-, huraño y solitario, que busca retornar la profesión después de un problema en un oído y que huye del pasado y del presente cada vez que puede. Tiene la misma calidad de producción que la primera, actuaciones destacables y escenas para el recuerdo. La ambientación, el vestuario y el parecido de Diego Bonetta al Luis Miguel que recordamos son claves para la narrativa realista que propone construir la serie. 

 

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“La última vez que Luismi cantó en Buenos Aires, me hubiera venido caminando a verlo”, dice Daisy, una joven peruana que mientras atiende un kiosco en Paternal mira de reojo la pantalla de la computadora que reproduce la serie. Lo escucha desde que era chiquita, su mamá lo ponía a todo volumen en la casa de Trujillo que compartían hasta hace unos meses. “La escena que más me gustó es la del abrazo con la hija, ¡cómo lloré! Me partió el corazón la cara de la nena. Imaginate, lo ve por primera vez a los 6 años. Una lo ama, pero hizo muchas cosas mal. Igual, ahora se lo puede entender.”

 

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En la segunda las canciones del Rey Sol funcionan como articuladoras de los conflictos. Cada capítulo comienza o cierra con un tema que Luis Miguel supuestamente grabó en la vida real y que la serie recontextualiza para contar distintas instancias de sus historias de amor, o más bien, de sus amores fallidos. Así, Aries (1993) es un disco dedicado a su madre y el capítulo dos logra unir, a través de “Hasta que me olvides”, la esperanza que se sostiene -o se reaviva, aunque no se entiende basada en qué hecho- por la aparición de Marcela con el encuentro con Michelle Salas, su hija, en una escena final cargada de los matices posibles que el amor filial nos permite transitar. 

 

Ese final de capítulo es memorable: una niña de 6 años abraza efusivamente al padre que desconoce y al artista que admira. Y nosotras, las fans, ilusas y esperanzadas, pensamos que esa historia de amor vendría a reparar la ausencia de la madre en la vida de Micky. Pero la esperanza nos dura solo un momento. Lo que ya sabíamos, y los productores y autores decidieron confirmarnos: Luis Miguel es un excelente cantante y un pésimo padre, y prioriza el hermetismo sobre su historia por miedo al impacto en su imagen, en su carrera. Ese hermetismo, además de mostrarlo preservando la dolorosa verdad que esconde la ausencia de la madre, lo lleva, entre otras cosas, a no reconocer públicamente a su hija. Esto pretende explicar la distancia que los separó durante once años. 

 

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Los criterios biográficos que organizan este tipo de bio-series, señalan analistas del género (González Hernández et al, 2020), lo acercan a una especie de melodrama  de  “redención”. El abandono de su hija, la falta de empatía con su hermano del medio -Alex- y la soledad en la que hace crecer al menor -Sergio-, aparecen justificados por la vía del propio sufrimiento. La versión oficial de la historia -que se vislumbra claramente desde que se sabe que Luis Miguel Gallego Basteri figura como Productor Ejecutivo- pone el empeño en que el público y las/os fans comprendan los motivos que lo llevaron a actuar de esa manera. Un padre violento y una madre desaparecida parecieran ser justificaciones suficientes sobre ese accionar desamorado, frío y ausente. El peso de la historia familiar aparece como el hilo conductor que lo explica todo y que sugiere haber dejado al artista a merced de los condicionamientos y sin margen de acción para cambiar el rumbo. 

 

A esa justificación moral se le suma el discurso de lo políticamente correcto. La falta de escenas de sexo en la segunda temporada rompe ese pacto de complicidad entre fans e ídolo: le podemos perdonar todo a Luismi, menos que no se desnude, no seduzca y no eche mano de sus estrategias de seducción, más aún con el logrado parecido que desarrolla Boneta y que nos hace sentir, por lo menos durante un rato, que el Luis Miguel de los 90´, el mismo que nos enamoró, sigue intacto. 

 

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“¡Cómo nos cuesta el Micky padre!”, dice una fan en el chat. Y es que la serie nos muestra las peores versiones del varón tradicional, porque se esfuerza más en justificar su ausencia en la crianza de su hija, o la priorización de su carrera por sobre los vínculos afectivos, que en mostrarse rendido a las pasiones mundanas que tanto nos gustaría conocer. Hubiéramos preferido verlo más veces dejándose llevar por la atracción hacia las mujeres que conocer tantos detalles sobre el negocio, los contratos y las estafas.

 

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La cantidad de reproducciones de las canciones de Luis Miguel aumentaron exponencialmente luego de la primera temporada de la serie. Incluso logró realizar una gira exitosa en 2019, con estadios repletos de personas que volvían a cantar sus canciones como lo habían hecho 20 o 30 años atrás. Después del lanzamiento de la segunda temporada, “Hasta que me olvides” aumentó las reproducciones en Spotify un 262% durante las primeras 24 horas después de musicalizar uno de los capítulos y “Qué nivel de mujer” se escuchó 1000% más.

Según afirman distintos analistas (Geraghty, 2014; Newland  &  Taylor,  2010) este tipo de productos, dirigidos al gran público pero pensados sobre todo para las/os fans, se organizan en torno a los “mercados  de  la  nostalgia”, los cuales se constituyen en procesos de identificación y añoranza, pero también en grandes negocios. La realidad pandémica nos enfrenta a un espejo a veces gris, a veces cruel, en el que también ha envejecido, a la par nuestra, nuestro ídolo. 

 

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La segunda temporada de la bio-serie basada tiene ocho capítulos -cinco menos que la anterior- y su estreno demoró más de un año por la pandemia, ya que la expectativa estaba puesta en que el episodio 1 coincidiera con los 50 años del cantante, en abril de 2020.

Durante lo (poco) que duró la segunda temporada, con el estreno de los nuevos capítulos, cada domingo a las 21hs, mucha/os trajimos al Micky de nuestros recuerdos al presente por un rato: Boneta encarnó a un Luis Miguel joven, bello, musculoso, y pudimos volver, aunque sea por esos 45 minutos, a un pasado en el que nos recordamos más felices. Esa sensación de nostalgia, también presente en la temporada uno, se agudizó con la pandemia. 

 

“Ahora que termina la serie vuelve lo gris de los domingos”, dice un comentario en las redes oficiales del programa. “Grandes posibilidades de eclipse por la noche. No se pierdan en unas horas el final de temporada de #LuisMiguelLaSerie”, dice otro. En este contexto de aislamiento, donde la tele y las plataformas de streaming son unas de las escasas ventanas al mundo, la cultura de masas vuelve a mostrar la potencia para conmover subjetividades individuales y armar rituales colectivos.

 

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¿Qué mensaje moral nos deja la serie? ¿Es legítima esa narrativa justificatoria? ¿Qué hacemos con la oscuridad de nuestros ídolos, aquellos que forman parte de la banda musical de nuestra vida?

 

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El final de la primera temporada nos dejó con la angustia sobre el paradero de Marcela, ese amor tan fundante como negado en la vida del artista. Esta segunda, en cambio, nos muestra las tensiones y contradicciones surgidas en torno a su búsqueda, una verdad que se escapa cuando apenas empieza a asomar. Y ese dolor y esa ausencia parecen opacar todas las demás historias de amor. Muestra que nuestra cultura se organiza en torno de ese amor filial de una manera determinante: “Si no eres tú, Marcela, que no sea ninguna…” 

 

Si como reza un pasaje de la serie que trata sobre la vida de otro gran ídolo mexicano: “Nada ha sido fácil para Juan Gabriel, solo el éxito”, queda claro que Luis Miguel ha elegido su carrera y su desarrollo profesional por encima de cualquier otro sueño o deseo, incluso el de proponerle matrimonio a quien, dicen, fue el amor de su vida. Así, el mérito de convertir la tragedia en arte lo muestra tan exitoso y millonario como solo. Un Rey Sol que ya no está eclipsado sino tomado por la oscuridad, al menos, hasta la temporada siguiente…

 

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Nota de las autoras: agradecemos la mirada siempre atenta y generosa de Libertad Borda

 


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