Registrar un meme, comprar un tuit, ofrecer un cuadro, es decir: pensar como bienes digitales las piezas que circulan libremente en la red. Darles valor incluso una vez compartidas en la web. Los "non-fungible token" son la novedad del momento y permiten hacer cosas como esas. Esteban Magnani escribe sobre NFT, criptomonedas, nuevas burbujas y capital, temas que serán eje de Futuros Aumentados, el programa que actualiza los principales debates culturales, económicos y filosóficos vinculados a lo digital.



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Zoe Roth se hizo conocida por una foto de 2005 en la que aparece sonriendo en primer plano mientras detrás se incendia una casa. La imagen se transformó en un reconocido meme de las redes sociales. La precocidad de Zoe para la viralidad podría haber quedado ahí, pero ahora, con veintiún años, volvió al protagonismo virtual gracias a la venta de esa imagen por casi medio millón de dólares. Una vez superada la sorpresa (y la envidia), caben varias preguntas ¿Cómo se puede vender un meme que está en todas partes y todos pueden ver? ¿Qué significaría “comprar” en este caso? ¿Se puede “poseer” algo que todos tienen como quien compra un libro o, mejor aún, el cuadro único de un gran pintor? 

 

En los últimos meses miles de personas parecen haber encontrado respuestas a esas pregunta a juzgar porque pagaron (a veces miles o cientos de miles de dólares) por registrar como propios bienes digitales que circulan libremente por la red, desde tuits, memes, obras de arte o gatitos hasta jugadas de la NBA o del fútbol americano

 

¿Qué obtienen a cambio de su dinero? La posibilidad de registrar un NFT o “non-fungible token”, un “vale” criptográfico que deja sentado que son dueños de esa pieza única, indivisible y que nadie más podrá registrarla como propia sin comprarla al dueño. De esa manera se intenta resolver el “problema” de la abundancia de un bien, algo que lo haría invendible, para crear una escasez artificial que permita comercializarlo. 

 

Por el fino desfiladero que va entre la disrupción tecnológica y la chantada circulan los NFT, la novedad del momento.

 

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Blockchain

 

El sistema que se utiliza para hacer los registros de NFT son las cadenas de bloques o blockchain, un sistema criptográfico que permite documentar de manera inviolable que tal persona (en realidad, una identidad asociada a una billetera virtual) compró una determinada obra y es su único “propietario”. La plataforma más utilizada para esta función es Ethereum, que utiliza su propia criptomoneda para las transacciones, los ETH.

 

Blockchain es, resumidamente, una combinación de tecnologías que permite registros digitales seguros y descentralizados. Bitcoin es su ejemplo más difundido y conocido: por medio de este sistema cada transacción que se hace debe ser validada por los nodos que pertenecen a la red. De esta manera, en lugar de contar con una institución centralizada que produce billetes y se encarga de que nadie los falsifique, hay una red de pares que valida y registra las operaciones. Esto hace de bitcoin una moneda muy atractiva para quienes desconfían del Estado, tanto desde el extremo libertario como el anarquista. Y también la hace muy atractiva para los especuladores, por supuesto, que ven en ella las oscilaciones que la transforman en una ruleta de ganancias y pérdidas, siempre esperando gozar de las primeras y evitar las segundas, por supuesto.

 

Las cadenas de bloques permiten también contratos inteligentes o smart contracts, en los que se registra una sucesión de transacciones que no se pueden modificar. Con estos contratos, por ejemplo, podría hacerse un registro inmobiliario inviolable y avalado por la red de pares. Este tipo de uso de blockchain es lo que aprovechan los NFT para registrar la propiedad de todo tipo de bienes, incluso aquellos que por su abundancia no parecían susceptibles de propiedad exclusiva. De esta manera se crea una escasez artificial no del objeto en sí, si no de la posibilidad de registrarlo como propio aunque siga circulando por internet, cualquiera pueda verlo o copiarlo y no se obtenga ningún derecho de propiedad sobre los ingresos que podría producir. En este contexto la palabra “poseer” adquiere un nuevo y elusivo (¿incomprensible?) sentido.

 

El clímax del interés 

 

Los NFT se hicieron conocidos sobre todo en 2017 con el éxito de los CryptKitties o CriptoMininos, una colección de gatos de existencia puramente virtual que se pueden comprar y vender en la plataforma de la empresa AxiomZen. Si uno evita un primer impulso de asociarlos a los álbumes de figuritas, ve que en realidad son otra cosa. En primer lugar, los gatos se pueden reproducir y la descendencia hereda las características de los padres, determinadas por un “genoma” de 256 bits. Estos gatos a su vez se pueden vender y comprar de acuerdo a su apariencia, color, expresión y, sobre todo, por el tiempo que les lleva estar en condiciones de tener nuevas crías: sí, estos gatitos se reproducen y se venden con el mismo criterio que un semental o una gallina ponedora, por así decirlo. Los gatos más caros suelen ser los de las primeras generaciones y se han llegado a pagar 170.000 dólares por uno, aunque la mayoría se subasta por un puñado de dólares. ¿Se puede decir que es un juego? Para muchos parece más bien una inversión especulativa, alejada de la producción de bienes reales, cuyo valor reside, justamente, en que otros creen que tiene valor.

 

Este modelo de NFT resulta muy tentador para los artistas que hacen obras digitales, virtuales o totalmente etéreas y tienen dificultades para monetizar sus obras desparramadas por internet. El clímax del interés lo produjo la subasta de ““Everydays-The first 5000 days”, una composición de Mike Winkelmann, conocido como Beeple, que reúne fotos tomadas cada día desde hace trece años: el comprador “se la llevó” por 69 millones de dólares. Nada más y nada menos. El exabrupto comercial encendió los sensores de los artistas al mismo tiempo, alimentando lo que a todas luces parece una burbuja.

 

Como la apertura de una billetera virtual para almacenar critpomonedas (necesarias para adquirir NFT), elegir las piezas, hacer las transferencias, etc. no es simple, existen numerosas plataformas, como OpenSea, Rarible o Sorare entre otras para simplificar la tarea. Los artistas pueden ofrecer sus obras allí de manera simple y los potenciales clientes acceden al listado desde la pantalla para comprar con un par de clicks. 

 

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Hecha la trampa

 

Como suele ocurrir, la contracara de la simplificación de los NFT es… bueno, la simplificación también para quienes quieren hacerse unos pesos sin demasiado esfuerzo. Si bien los NFT son registros prácticamente inviolables, su conexión con la realidad es resbaladiza. Es por eso que hay quienes escanean la red en busca de “obras digitales”, desde gifs animados a fotos, de dibujos a animaciones, que se pueden ofrecer por centavos. De alguna manera los cacos virtuales venden piezas robadas y esperan que en la confusión general de internet su accionar pase desapercibido.

 

Otro problemita es que los NFT son registros de unos pocos bits por lo que no podrían almacenar la copia de un video o una foto con buena resolución en ese archivo. La solución que se encontró para eso fue registrar en la cadena de bloques no la pieza en sí, sino un link a donde está alojada. Como sabe cualquier que haya visto el mensaje “Error 404″, los links pueden fallar porque, por ejemplo, el servidor está temporalmente caído, dejó de existir o el dominio venció, dejando al comprador con las manos vacías. En el mejor de los casos se trata de una caída temporaria del sitio que los aloja o una problema de compatibilidad de las plataformas, pero también ocurre a veces que el autor realiza una denuncia por los derechos sobre una pieza y esta es dada de baja en el sitio que los aloja. En ese caso el NFT, el registro en la cadena de bloques, permanece inmutable pero apunta hacia algo que ya no está. Es como tener un título de propiedad legal y certificado por escribano de una casa en la Atlántida. 

 

Burbujas de burbujas

 

El boom de los NFT es subsidiario al boom de las criptomonedas. Blockchain, una tecnología que tiene un uso potencial valioso, en este caso es utilizada para empujar un poco más las tranqueras del mercado hacia lo que parecía invendible, con la particularidad de que no limita el acceso: todos vamos a poder seguir viendo las jugadas de la NBA  o el cuadro de Bleepie de 69 millones de dólares sin ninguna desventaja respecto de sus “dueños”.

 

Sobre esta tecnología, combinada con la necesidad de los artistas de construir nuevas fuentes de monetización para sus obras, se monta una suerte de juego del avión en clave tecnofinanciera en el que se tienta a otros a llevarse más dinero del que ponen. Por supuesto, la clave del juego es retirarse a tiempo, justo antes de que la burbuja llegue a su punto de máxima expansión y deje con las manos vacías a quienes se durmieron. La única otra razón para pagar, por ejemplo, 2,9 millones de dólares por el primer tuit de la historia, de solo cinco palabras, podría ser la obscenidad del capital, un gesto similar a encender un cigarro con un billete de cien dólares delante de alguien con hambre. Si puedo, ¿por qué no voy a hacerlo?

 

Mientras la cotización de bitcoin sigue oscilando como un sube y baja,  totalmente desconectada de la economía real, la tentación de apostar a “la próxima burbuja” resulta irresistible: el riesgo es alto, pero la diferencia que se puede obtener lo justifica. Artistas, tecnología, especulación, humo y necesidades genuinas; en el mismo lodo todos manoseados.

 


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