¿A qué debería apostar la Argentina de la pospandemia para reducir la pobreza? Una parte del progresismo exige parar el crecimiento por su impacto ambiental, y enfocarse en redistribuir. “Aumentar el PBI no sólo no es contraproducente, es un objetivo fundamental para el bienestar social”, dicen Daniel Schteingart e Igal Kejsefman. Los autores rastrean los gestos políticos históricos que hoy desacreditan la idea del crecimiento, y aseguran que la transformación productiva hacia actividades más verdes no es contradictoria con el desarrollo económico.



“No importa el PBI per cápita, lo que importa es la distribución.” “El PBI ha muerto.” “Somos un país rico, hay pobreza porque hay demasiada desigualdad.” 

 

Hay un interesante debate al interior del progresismo en torno a la relación entre crecimiento económico, desigualdad, bienestar social y sustentabilidad ambiental. Están quienes sostienen que la clave para la Argentina pospandemia no es tanto el crecimiento (por ejemplo, porque supone mayor presión ecológica), sino la reducción de la desigualdad, considerada el principal problema local. Las frases citadas son parte de esa discusión, reflejan una visión extendida en parte de la izquierda y quienes se identifican como nacional-populares y plantean una  pregunta: ¿alcanza con repartir mejor? 

 

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Distribución, crecimiento y pobreza

 

Mientras que el concepto de desigualdad se refiere a algo relativo (A tiene más en relación a B), el de pobreza refiere a algo absoluto (A no logra satisfacer sus necesidades más elementales). Es fundamental tener en cuenta esta diferencia conceptual, ya que muchas veces se la confunde. 

 

Vamos a ilustrarlo con algunos ejemplos. Supongamos un país en el cual la línea de pobreza es de $10, de modo tal que una persona que gana más que ese monto no es pobre y una que gana menos sí lo es. Imaginemos que en ese país A y B ganan $5. Ambos son pobres; a la vez, no hay desigualdad en ese país, ya que tanto A como B ganan lo mismo. Ahora imaginemos que en ese país A gana $12 y B gana $24. Ambos dejaron la línea de pobreza, pero ahora hay más desigualdad, ya que B gana el doble que A. ¿Cómo puede ser? Ocurrió que hubo crecimiento, es decir, “se agrandó la torta”. En el primer ejemplo, la economía del país implicaba un ingreso total de $10. En el segundo, de $36; si bien hubo un incremento de la desigualdad, el aumento de la torta fue tan profundo que permitió sacar a ambas personas de la pobreza. Ese proceso viene experimentando China desde los ‘70: hace medio siglo, el gigante asiático era un país con una enorme pobreza y una reducida desigualdad. Hoy  la pobreza ha caído en una forma nunca vista en la historia, pero también es más desigual. Ambos procesos conviven con el crecimiento económico como telón de fondo.

 

Ahora supongamos otro país, en el cual A gana 2 y B gana 20 y que  medio de un proceso redistributivo, A y B pasan a ganar 11. A pasa a estar por encima de la línea de pobreza, y el tamaño de la torta es el mismo (22) en cada caso, es decir, no hubo crecimiento. Esa solución aportada muchas veces por  ciertos discursos progresistas para acabar con la pobreza, presupone que Argentina es un país rico. 

 

¿Es Argentina un país rico?

 

En espejo con quienes creen que “Argentina es un país de mierda”, la propuesta de que “alcanza con redistribuir” supone que somos un país rico, y que el principal problema es el ingreso mal distribuido. Pero Argentina, si bien es un país de mitad de tabla para arriba en la mayoría de los indicadores sociales y económicos, no deja de ser un país de ingresos medios que viene de una década de caída del ingreso per cápita y con una elevada desigualdad (comparada con los países desarrollados). Entre ambas posiciones encontramos un diagnóstico común (implícito) y contrario a la evidencia histórica: “Argentina no puede crecer ni desarrollarse” porque es un país “inviable” o porque es un país dependiente. 

 

Respecto a este último punto, tan caro a buena parte de la izquierda argentina, asoma la contradicción entre la idea de que “Argentina es un país rico, y repartiendo mejor se resuelven los problemas” y la idea simultánea de que somos un país periférico y subdesarrollado. 

 

Nadie puede negar el carácter periférico de Argentina. Tampoco pueden eludirse las diferencias existentes al interior de la llamada “periferia”, categoría que abarca  países con buena calidad de vida como algunos del este europeo,  los más pobres del África Subsahariana y los relativamente industrializados, como Argentina y Brasil. Todos estos comparten rasgos como ser importadores crónicos de tecnología, pero también hay diferencias abismales entre ellos. En las últimas décadas, han tenido trayectorias de desarrollo disímiles: Argentina, Brasil y México registraron un magro crecimiento en contraste con lo ocurrido por ejemplo en gran parte de Asia. 

 

Pensar en “trayectorias nacionales de desarrollo” -en donde los países periféricos tienen distintos rumbos en materia social y económica- pareciera ser más adecuado que afirmar una imposibilidad a priori de mejorar la calidad de vida de las mayorías, como ocurre cuando tomamos conceptos como “dependencia”, “periferia” o “subdesarrollo” de modo rígido y sobresimplificador. 

 

¿Argentina es un país rico? El siguiente gráfico muestra la relación entre el PBI per cápita y la tasa de pobreza justo antes de la pandemia. En este caso colocamos al PBI per cápita en el eje horizontal (medida con la vara argentina actual) y la tasa de pobreza en el vertical. La correlación (que no implica causalidad) entre ambas variables es altísima: en general, los países de alto ingreso per cápita tienen baja pobreza, y viceversa. A pesar de sus falencias (como la omisión de la variable distributiva, la falta de una contabilidad ambiental o de las tareas de cuidado), no hay nada más erróneo creer que “el PBI per cápita ya fue”.

 

 

Gráfico 1: PBI per cápita y tasa de pobreza (símil vara argentina), circa 2019

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Fuente: elaboración propia en base a PovCalNet.

 

 

En 2019 Argentina tuvo un PBI per cápita de 22.000 dólares. Ningún país con ingreso per cápita semejante eliminó la pobreza. Solo los países que tienen PBI per cápita superior a unos 38.000/40.000 dólares tienen pobreza inferior al 5%.

 

El gráfico muestra que en torno a valores intermedios de PBI per cápita (entre 10-20 mil dólares) existe una gran dispersión de tasas de pobreza:  la desigualdad pareciera explicar el grueso del diferencial entre países. Esto en parte es cierto, pero en parte no. Por ejemplo, Belarus (BRS) y México (MEX) tienen PBIs per cápita similares, pero uno tiene una pobreza relativamente reducida medida con esta vara y otro más del 50%. Lo que explica ese diferencial es que Belarus es muy igualitario (reminiscencias soviéticas, al igual que gran parte de Europa del Este) y México muy desigual. Si la torta de Belarus y México es de 10 porciones en cada caso en Belarus A se lleva 4 y B 6, y en México A se lleva 2 y B 8. Si la línea de pobreza fuera de 3 porciones, entonces Belarus no tendría pobres y México sí.

 

Sin embargo, vale tener en cuenta varias consideraciones. Primero, la medición de la pobreza por el método de línea supone una categoría dicotómica “pobre-no pobre”, y es la línea de pobreza la que define tal separación. Una persona que está $1 por encima de la línea de pobreza cuenta como “no pobre” del mismo modo que una persona de clase media acomodada o un multimillonario. A la inversa, una persona que está $1 por debajo de la línea de pobreza figura como “pobre” del mismo modo que otra que está $10.000 por debajo, y a pesar de que en realidad sus condiciones materiales de existencia son prácticamente idénticas al que gana $1 por encima de la línea. 

 

Medir la pobreza de esta manera homogeneiza al interior de los subgrupos de pobres y no pobres (algo parecido a lo que ocurre cuando hablamos de “países periféricos” como un todo homogéneo). En segundo lugar, las líneas de pobreza son siempre arbitrarias: no existe una línea más “verdadera” que otra, ya que eso supondría tener una definición de “necesidad básica” universal y unívoca. ¿Qué incluimos dentro de las necesidades básicas? ¿Alimentos y nada más? ¿Qué alimentos? ¿Ropa? ¿Qué ropa? ¿Ir al cine, irse de vacaciones, comer afuera, tener un celular, son necesidades básicas? Dado que las respuestas no son únicas,  las líneas de pobreza no son “naturalmente verdaderas” sino decisiones arbitrarias. Todos los países usan varas distintas (a mayor nivel de desarrollo, tienden a considerarse como básicos otro tipo de consumos. En el gráfico anterior, lo que hicimos fue comparar distintos países si todos usaran la vara argentina, que, insistimos, también es arbitraria. 

 

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¿Qué ocurre si subimos la línea al doble de la canasta básica, algo más parecido al modo de vida de la clase media argentina? Para una familia tipo eso equivale hoy a unos $120.000 por hogar, en tanto que para una pareja adulta sin hijos a unos $70.000 por hogar.

 

Con esa vara, en 2019 Argentina hubiera tenido al 68% de la población por debajo de esta línea (el doble de la canasta básica actual). En el resto de los países con ingreso per cápita similar (Uruguay, Costa Rica, Chile, Belarus, Bulgaria, México o Costa Rica), entre el 48 y el 85% de la población se habría ubicado por debajo de tal condición. Dicho en otros términos, el PBI per cápita que tenemos actualmente no alcanza para que la gran mayoría de la población viva como algo parecido a una clase media argentina. Entre una medición y la otra, la igualitaria Belarus pasó de tener al 7% de la población debajo de la línea al 55%. No es que Belarus fuera tanto menos pobre que Argentina, sino que en realidad tenía muchas personas “apenas” por encima de la línea de pobreza argentina, de modo que cuando pusimos una vara un poco más exigente muchas de ellas quedaron por debajo de la nueva línea.

 

Lo que muestra este ejercicio es que: 1) la distribución del ingreso por supuesto que importa (por eso México está peor que Belarus), 2) la distribución no hace milagros, 3) la periferia es muy heterogénea, y 4) el PBI per cápita, a pesar de sus limitaciones, continúa siendo un indicador de gran importancia. Si la torta no es muy grande, por más igualdad que tengamos no podremos satisfacer las necesidades de las mayorías (podemos ser todos iguales pero pobres). Recién a partir de los 38/40 mil dólares per cápita anuales encontramos sociedades en las que  la gran mayoría de su población tiene  niveles de ingreso por encima del doble de la canasta básica argentina. 

 

Las discusiones sobre si es necesario o no crecer parecieran cobrar sentido una vez que los países alcanzan niveles de PBI per cápita de esa magnitud más que cuando tienen los de Argentina. 

 

Gráfico 2: PBI per cápita y tasa de pobreza (dos veces la vara argentina), circa 2019

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Fuente: elaboración propia en base a PovCalNet.

 

 

¿Qué ocurre con la relación entre desigualdad y pobreza (volvemos aquí a la vara equivalente a una canasta básica de Argentina)? Para evaluarlo, usamos  el coeficiente de Gini (el indicador más utilizado para medir desigualdad, que es 0 si todos ganan lo mismo y 100 si una persona se apropia de todo el ingreso de una sociedad). Si bien hay cierta correlación inversa entre Gini y pobreza, es más débil que con el PBI per cápita. A modo de ejemplo, Moldavia es uno de los países más igualitarios del mundo y, sin embargo, su PBI per cápita es tan bajo que más del 60% de la población es pobre. Italia, España o Alemania son más desiguales que Moldavia y sin embargo tienen niveles de pobreza bajos. La razón es que el PBI per cápita es notoriamente más grande en estos países y, a pesar de cierta mayor desigualdad, las condiciones absolutas de vida de la población son notoriamente mejores que las de Moldavia. Si, como se afirma a veces “todo se explica por la (des)igualdad” y “el PBI ya fue”, entonces, ¿cómo se explica que las y los moldavos emigren  a países como España o Italia o mismo a las “periféricas” Rumania y Turquía,  países más ricos pero más desiguales? 

 

El gráfico muestra  cuestiones adicionales relevantes. En primer lugar, la mayoría de los países desarrollados posee niveles de desigualdad inferiores a los de Argentina hoy. Eso fue producto de lo ocurrido en el siglo XX, momento en que las dos guerras mundiales -que obligaron a subir la carga tributaria sobre los más ricos para costear las contiendas- y luego la competencia soviética generaron presiones igualadoras que persisten hasta hoy (aunque en algunos países, como Estados Unidos, esto se revirtió en las últimas décadas). De esa época también datan los primeros planes que el Primer Mundo formuló para fomentar el desarrollo del Tercero (como la Alianza para el Progreso o el desarrollo del este asiático, con Corea del Sur y Taiwán como emergentes notables de ese proceso).

 

En segundo orden, es llamativo cómo al interior de los países desarrollados hay diferencias. Esto sugiere heterogeneidades al interior del llamado “centro” (esto es, el reverso de la “periferia”). Por ejemplo, Estados Unidos tiene una desigualdad muy elevada comparada con el resto de los desarrollados. De hecho, la desigualdad norteamericana es casi idéntica a la nuestra; si tienen baja pobreza es porque el tamaño de la torta es el triple del nuestro, lo que equivale a que los pobres estadounidenses ganen el triple que los pobres argentinos, y a que los ricos estadounidenses ganen el triple que los ricos argentinos. En contraste, los países nórdicos tienen niveles de desigualdad notoriamente inferiores a los estadounidenses y mucho menores a los nuestros. Eso implica que los ricos de nuestro país ganan apenas menos que sus ricos, pero los pobres de nuestro país ganan muchísimo menos que sus pobres. El tamaño de la torta es mucho más grande en Dinamarca que en Argentina, pero la diferencia es abrumadora particularmente al comparar los pobres daneses respecto a los pobres argentinos. Como ya dijimos: la desigualdad por supuesto que importa, pero sin PBI per cápita no vamos ni a la esquina.

 

Gráfico 3: Desigualdad (coeficiente de Gini) y pobreza (vara argentina actual), circa 2019

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Fuente: elaboración propia en base a PovCalNet

 

 

 

Bienestar, felicidad e ingreso

 

Muchas veces  la crítica al crecimiento y al PBI per cápita viene acompañada por ideas  como que “el bienestar debe medirse de otro modo, como por ejemplo la felicidad”. Si bien es totalmente necesario incorporar múltiples indicadores de bienestar, lo cierto es que la gran mayoría de ellos correlaciona mucho más con el PBI per cápita que con indicadores de desigualdad. La esperanza de vida al nacer  ha pasado de 28 años a 72 en los últimos 200 años, como consecuencia del incremento del PBI per cápita en gran parte del mundo y de las mejoras científico-tecnológicas derivadas de la Revolución Industrial. En los países de mayor ingreso per cápita, la esperanza de vida supera los 80 años. De hecho, los únicos dos países del mundo con ingreso per cápita menor a 25.000 dólares con esperanza de vida de 80 años son Chile y Costa Rica, ambos más desiguales que Argentina. La cantidad de años de educación también correlaciona mucho con el PBI per cápita, del mismo modo que el acceso a infraestructura como electricidad, calefacción o telecomunicaciones. 

 

¿Qué ocurre si tomamos indicadores de bienestar subjetivo, como “felicidad”? Hace ya varias décadas que se mide esta autopercepción de bienestar, con  preguntas como “¿cuán satisfecha/o se encuentra usted con su vida?” o “¿cuán feliz se siente usted?”. Los datos del sitio Our World in Data muestran que la relación entre PBI per cápita y satisfacción con la vida es fuerte: en general, las personas de los países más ricos tienden a sentirse más felices y viceversa. Finlandia, Dinamarca y Suiza son los países en donde la población dice estar más satisfecha con sus vidas. Sin embargo, hay algunos grados de libertad en esa asociación: la desigual y periférica América Latina es, para el ingreso per cápita que tiene, una región en donde la población se autopercibe relativamente feliz. En contraste, el relativamente igualitario Este europeo es una región en donde, a pesar del ingreso per cápita, la percepción de infelicidad es mayor. Aquí las razones son varias: América Latina es una región de lazos sociales densos (un factor que, además del PBI per cápita, incide muchísimo en el bienestar subjetivo), en tanto que en el Este europeo la pérdida de sentido de comunidad derivada de la caída del socialismo real implicó un menor bienestar subjetivo (particularmente en las generaciones mayores que vivieron el tránsito del comunismo al capitalismo). El bienestar subjetivo correlaciona mucho con el PBI per cápita y con indicadores ligados a la intensidad de los lazos sociales (como el tener vínculos densos con la familia, las amistades o la comunidad) y no demasiado (o al menos, no de un modo fuerte) con la desigualdad. 

 

 

Gráfico 4: Satisfacción con la vida y PBI per cápita

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Fuente: elaboración propia en base a Our World in Data.

 

 

El crecimiento al banquillo de los acusados 

 

A pesar de sus limitaciones, el PBI per cápita sigue vivito y coleando, y continúa siendo un indicador  fundamental para medir cómo vive la población de un país. Por supuesto, es necesario complementar ese indicador -como a todos- con otros como los ligados a la distribución del ingreso (el Gini) y a la huella ecológica de las actividades productivas. De hecho existen experiencias como en Ecuador donde la contabilidad ambiental se incorporó a las cuentas nacionales. Si el PBI per cápita es relevante, entonces el crecimiento del PBI pasa a ser un objetivo fundamental para mejorar la calidad de vida de las mayorías. Sin embargo, hace rato que parte del progresismo ha dejado de poner el foco en la necesidad de crecer. ¿De dónde viene esa “sospecha” que recae sobre el crecimiento?

 

En primer lugar, pareciera haber una reacción ante ciertos discursos de derecha. El énfasis discursivo de la derecha en el crecimiento tiene larga data y, sin dudas, se encuentra presente en la memoria colectiva. En 1964, el ministro de economía de la dictadura brasileña, Delfim Netto, afirmaba que “primero es necesario hacer crecer el pan para luego repartirlo”. Una formulación similar adoptó en Argentina el dictador Onganía a fines de los ‘60, cuando sostenía que primero se debía atender el tiempo económico (crecimiento y modernización económica), luego el tiempo social (la distribución) y finalmente el tiempo político (apertura democrática). Más cerca en el tiempo, en  los años ‘90, una década caracterizada por un crecimiento y modernización económica notables, pero junto con una brutal suba de la desigualdad, la pobreza, el desempleo y la precarización laboral; la torta creció, y no solo ese incremento  fue a parar a los más ricos, sino que en términos absolutos las condiciones de vida de los más pobres se deterioraron. A diferencia de lo que viene ocurriendo en China (en donde la desigualdad sube pero a la vez la pobreza baja a tasas récord), en los ‘90 el aumento de la desigualdad fue tan profundo que más que compensó el crecimiento. De ahí la idea compartida por buena parte del progresismo de que crecer y luego repartir “es una estafa”.

 

En segundo lugar, la “sospecha” del crecimiento viene asociada al movimiento ambientalista. Ya en los años ‘70 comenzó a advertirse -con buen tino- sobre los problemas ambientales derivados del crecimiento económico (el cual hasta el momento ha requerido usar más materia y energía). Si, como vimos, mejorar el PBI per cápita va muy de la mano con una mejora de muchísimos indicadores sociales, también ha ido en simultáneo con un creciente deterioro ecológico. Dentro de los problemas ambientales asociados al crecimiento, el calentamiento global es uno de los más desafiantes. Pero también se advierte que son los países más ricos los que más pueden financiar la transformación productiva hacia actividades más verdes y sanear el ambiente porque son actividades de alto costo. Este tópico, que por mucho tiempo estuvo ausente en los análisis sobre crecimiento y desarrollo, empieza por fin a formar parte del debate en la economía.

 

En los últimos años, la incorporación de la agenda ambientalista a la plataforma política de la izquierda y de movimientos nacional-populares redobló la “sospecha” del crecimiento presente en los progresismos. De este modo, hoy encontramos ciertos discursos que podrían resumirse así: “Como la derecha pide crecimiento y no le importa ni la igualdad ni los problemas ambientales, nosotros pedimos igualdad y cuidado ambiental y relativizamos las bondades del crecimiento”. En lugar de ofrecer una síntesis superadora que permita congeniar crecimiento+igualdad+cuidado ambiental muchas veces se adopta una postura reactiva que termina regalando a la derecha un concepto tan fundamental como el de “crecimiento”. En este sentido, el progresismo corre el mismo riesgo que con la agenda de la inseguridad, en donde hasta el momento ha sido incapaz de proponer una postura atractiva para la población, y ha regalado también ese tópico a la derecha.

 

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Una cuestión adicional a tener en cuenta: la fórmula redistribucionista con torta constante supone una profunda tensión política, ya que implica actores sociales que resultan ganadores y otros que resultan perdedores, y que harán todo lo posible por vetar ese cambio distributivo. El crecimiento, dada cierta distribución, es justamente una de las formas de relajar la puja distributiva, ya que se abandona la lógica del juego de suma cero por una en donde todas las partes, en mayor o menor medida, ganan en términos absolutos. 

 

Si el crecimiento es fundamental para que Argentina pueda reducir la pobreza y para que las mayorías vivan mejor, las preguntas que siguen podrían ser: ¿cómo hacemos para que crezca la economía? ¿Redistribuir mejor ayuda a crecer más? ¿Cómo desacoplamos crecimiento económico de impacto ambiental? ¿Qué rol cumple la inversión pública en el crecimiento? ¿Y la privada? ¿Y la extranjera? ¿Podemos crecer si no exportamos más? ¿Cuánto influye la educación en el crecimiento? ¿La corrupción afecta el crecimiento? ¿Podemos crecer sin industria nacional? ¿Y sin el agro? ¿Y sin la minería? ¿Invertir en ciencia y tecnología incide en el crecimiento? ¿Desregular mercados y bajar impuestos ayuda al crecimiento? ¿Subsidiar a determinados sectores ayuda al crecimiento? Son todas preguntas fundamentales y también presentes en el debate público, y que exceden al contenido de esta nota. Pero en todas, hay un presupuesto común: si no crecemos, no alcanza con redistribuir.

 

 


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