Miles de personas pasaron por la plaza a despedir un cuerpo que durante más de dos décadas fabricó las esperanzas de un país enfrentado. Los que quedaron afuera, los excluidos, se consolaron repitiendo las dos palabras que condensan la vida de Maradona: alegría y pueblo. Emiliano Gullo narra el funeral de un hombre que, además, también jugó al fútbol.



Sara hace fuerza para mantener el equilibrio. Llegó en tren desde Longchamps. Es jubilada. Tiene unos 70 años y un cuerpo chiquitito y frágil. Un cuerpo al ras. “Voy a pasar, vengo a despedirlo porque lo llevo en el corazón”, dice. Se sostiene de un póster viejo de un Diego Maradona joven. Lo sostiene a la altura del pecho, como un escudo. Como si pudiera protegerla de los palazos de la Policía de la Ciudad. De los balazos de goma. De los gases lacrimógenos. Todo eso que la policía acaba de tirar en la esquina de Avenida de Mayo y 9 de Julio para impedir que ella y otras miles de personas lleguen a la Casa Rosada. Venían marchando desde Constitución por Carlos Pellegrini y doblaban sobre Avenida de Mayo para conectar directamente con el cuerpo. 

 

Una columna kilométrica plegada en L espesa de colores: azul y amarillo, rojo, rojo y blanco, celeste y blanco, azul. Música y alcohol. Un festejo de la muerte triste y colorido. Un festejo -quizá- mexicano.El sol pegaba recto cuando el gobierno tomó una decisión operativa basada en el horario de finalización decidido por la familia: a las 13 puntuales se cierra el paso en esa esquina y en todos los accesos directos a la plaza. Los que quedaron afuera aguantaron una hora. ¡Diego somos todos! ¡Dejá pasar, botón! ¡¿Cómo que no podemos pasar?! ¡Que de la mano, de Maradona, todos la vuelta vamos a dar!

 

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Y no aguantaron más. Los excluidos avanzaron como avanzan los excluidos: con lo que tienen. El orden respondió con lo que tiene: camión hidrante, balas de goma, gases, palos, escopetas. Del otro lado -los de adentro- avanzaban mansos hacia Balcarce 50. Sara se alejó despacio cuando escuchó los primeros itakazos. Ya está de nuevo a metros del cordón policial. Como el resto de los excluidos que volvieron después de la primera represión. Son los que quedaron afuera. Son los que no van a entrar nunca. Los más maradonianos de un velorio que fue de 6 a 16 y dejó a cientos de miles sin poder despedirlo. Los médicos dicen que Diego sufría de miocardiopatía dilatada: una patología que produce el agrandamiento del corazón. La gente, en la plaza y afuera de ella, repetían dos palabras: alegría, pueblo. 

 

A Diego Maradona lo encontraron muerto el miércoles 25 de noviembre a las 11:30 de la mañana. Tenía 60 años. Horas después, los deudos comenzaban -comenzábamos- a copar la geografía Maradona. La Boca, La Paternal, Villa Fiorito, El Obelisco. En cada uno de ellos, la multitud convertía la tristeza individual en alegría colectiva. “A mí no me despide nadie, a mí se me festeja”, podría estar diciendo Diego. También en Segurola y Habana. Una esquina y un barrio. Una metáfora y un lugar. Con Diego, una esquina es un país. Su muerte hizo llorar a Sara en Longchamps y a Emmanuel Macron en Francia. Diego, la energía igualadora. Una foto viral del miércoles muestra a un cartonero en cuero, con su carro de fondo y las manos en el aire detenidas en un agite. Delante suyo, tres micrófonos buscan captar su opinión. Lo escuchan. 

 

Lejos de un dios, Diego se parece más a un protector de los condenados al infierno de la Divina Comedia, para los que Dante Alighieri escribió como bienvenida. “Abandonen todas sus esperanzas ustedes que entraron”. A ellos parece haberles dicho durante toda su vida. “De las esperanzas de ustedes me encargo yo”. Villa Fiorito haciendo jueguitos en Oxford. 

 

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Martina y Malena tienen 20 años. Vinieron desde La Plata. A ninguna de las dos les gusta el fútbol. “Vengo a despedirlo porque es un hecho histórico. Me interesa el Diego político. El que le dijo que no al ALCA. El que fue a repudiar a Bush. El que siempre bancó a Fidel y a Evo. El que banca a Cristina. Nunca vi un partido suyo en mi vida ni me llama la atención. Esto es otra cosa”, dice Martina y apura el paso sobre avenida de Mayo y Maipú para entrar en el vallado que entablilla el camino hacia la Rosada. A lo largo de todo el recorrido, los hinchas van a preservar el orden. “¡No podemos hacerle esto al Diego che!”, grita un grupo de muchachos y vuelve a acomodar las vallas. 

 

Mientras tanto, en el salón de los Patriotas Latinoamericanos, Alberto Fernández se acerca al féretro para sumar una camiseta más. Esquiva las pelotas de fútbol que muchos ofrendaron. Las remeras, las banderas, que yacen en el piso. Corre las de Boca y la Selección, despeja algunas ofrendas, y deja la 10 de Argentinos Juniors apoyada prolijamente. Hace lo mismo con un pañuelo de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. 

 

Todavía faltan un par de horas para que el velorio se haga caos, aunque la represión de las 6 de la mañana ya dio el primer aviso. Ahora -media mañana- hay clima y organización de recital internacional. Calidez, tranquilidad, alegría, cantos. En el perímetro de la plaza, los asistentes cuentan con baños químicos y asistencia sanitaria. El aroma a carne y a chorizo asados invitan a desayunar pesado. Militantes del Movimiento Evita reparten botellitas y bolsas de agua. La policía pide por favor. Metros antes del ingreso, una mesa de madera ralentiza el paso final para que un asistente rocíe de agua y alcohol las manos de cada uno de los ingresantes. Víctor es de la Unidad Básica Diego Armando Maradona, del Barrio Rivadavia, Bajo Flores. Hizo dos horas de cola y sólo le faltan metros para la meta. Se lo nota calmo. “Justo el sábado terminamos un mural con el gol del 86. Teníamos la esperanza de que pudiera visitarnos, pero se fue muy rápido. Fue nuestra inspiración. Fue todo”.

 

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Un poco más atrás, lejos de la organización internacional, viene Waldemar. Tiene 39 años. Barbijo negro con escudo de River. Los ojos hinchados. Se acaba de cruzar en la fila con su amigo Juan y su hijo. Los dos tienen la camiseta de Boca. Apenas se abrazaron quebraron en llanto. Fue un cruce rápido. Un abrazo de aguante. Sin palabras. Waldemar se quedó donde estaba. Juan y su hijo siguieron caminando. “Es que ayer, cuando nos enteramos, Juan se descompuso. Me preocupé mucho. Hablamos pero recién lo encuentro. Estamos hechos mierda. Mi hermano no pudo venir porque me dijo ´yo al Diego no lo voy a ver adentro de un cajón. Al Diego lo quiero siempre bien`”. 

 

Waldemar es de Lanús y peronista. “Se nos murió otro compañero. Al que le diga que se equivocó le doy los zapatos de Maradona cinco minutos, nada más. ¡Entregó su cuerpo por nuestra alegría, loco!”, dice y vuelve a llorar. Yo también. 

 

“Diego era la contracultura. Cuestionó a la FIFA veinte años antes. Solo. Lo bancó a Evo Morales para que se juegue en la altura. Le regaló la tapa del inodoro a Fidel con la foto de Bush. Siempre, siempre estuvo del lado del pueblo”.

 

 

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Waldemar va a ingresar apenas unos minutos después de que cierren el paso en Avenida de Mayo. Una vez que suceda, exactamente a las 13, van a comenzar los rumores. Como en la cancha, como en su vida, nadie sabe cómo ni para dónde va a salir Diego. Muerto tampoco. 

 

Lo van a estirar hasta las 18. Fácil. Mirá todos los que somos. Viene gente de Tucumán, de Rosario, de todos lados. Lo sacan en helicóptero. ¿Casa Rosada y Helicóptero? Me estás jodiendo. Lo entierran mañana. Vayamos al entierro.  

 

Nadie podía imaginar que una de las muertes más importantes de nuestra historia -¿la más?- sería resuelta como un trámite on line. En un horizonte delirante pero nada utópico podíamos ver a Lula llorando frente al cajón. A Evo apoyando la 10 de Bolivia sobre el cajón. A Maduro acomodando una gorra bolivariana. A Messi con Cristina.   

 

La solemnidad de evento internacional durará poco. Poco antes de las 15, cuando la policía porteña tire gases en Avenida de Mayo, la vicepresidenta Cristina Fernández va a entrar con una camiseta de Gimnasia en la mano al Salón de los Patriotas Latinoamericanos para despedir a Diego. Como lo hizo hace diez años con Néstor Kirchner. Exactamente en el mismo lugar.

 

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Después de las balas de goma y los piedrazos, un chico y una chica vuelven a la esquina de Avenida de Mayo y 9 de julio. Llegaron de Avellaneda. Él está en cuero. Tiene la cabeza del mismo platinado con el que Diego se dibujó la línea en la cabeza para su última temporada en Boca. El pibe ríe. Salta con los miles. “Olé, olé olé olé, Diego, Diego”. Ella tiene el pelo corto y una camiseta de la selección italiana. Apenas pasan los 20 años.

 

— ¿Qué es El Diego para ustedes?

 

Ella desvía la mirada hacia él. No puede. La abraza. Se recompone pero las lágrimas no la dejan empezar. Se limpia los ojos, irritados de tanta tristeza y tantos gases policiales. Toma aire y dice:

 

— Para mí es esto. Es pobre primero. Igual que yo. Yo primero soy pobre y después soy todo lo demás. Y es vida. Es mucha vida todo el tiempo. Por eso estoy acá. De hecho, lo conozco poco. Pero lo conozco así y lo quiero seguir conociendo porque lo quiero. 

 

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La única certeza que se mantendrá hasta el final de la jornada es el lugar a donde irá el cuerpo. El cementerio privado Jardín Bella Vista, donde ya están enterrados Doña Tota y Don Diego. ¿Pero cómo, no va a Chacarita?, se indigna uno cuando escucha la información en la fila. La sorpresa es lógica. Es cierto, Diego Maradona para siempre en un barrio privado de cadáveres suena a venganza del enemigo. El cuerpo, al menos. Solo el cuerpo, que a esta altura de su vida se había transformado en un objeto molesto. En una carga para él mismo. Los dioses descansan. Diego, protector de los condenados, no descansa ni muerto porque él mismo sabe que el infierno nunca deja de arder. En Fiorito. En Nápoles. En La Boca. En La Plata. 

 

De pronto, algo extraño. Liberaron los accesos. Una multitud entra desesperada a la Plaza de Mayo. Es la hora final, las 16. Lo hacen corriendo como en un recital empezado. Ya no hay alcohol en gel. Ni asistentes para el ingreso. Ni gazebo, ni caminito para ordenar el tránsito. Ni policía. La gente trepa las rejas de la Casa de Gobierno. Es el alambrado del partido de hoy. Un pequeño grupo logra entrar al Patio de las Palmeras. Como en la cancha, los sacan con gases. En la explanada se prepara la Gendarmería Nacional y la Policía de Seguridad Aeroportuaria. Una fila de gendarmes sale por la puerta principal. Se planta escudos arriba. Tienen por delante una plaza explotada de enamorados. Miles y miles que van a hacer cualquier cosa para saludarlo. Otra vez corridas. Carro hidrante. Organizado por la Policía Federal, el cortejo fúnebre sale por detrás y en breve estará en el carril exclusivo del metrobús en la Autopista 25 de mayo. Flores, gritos, manos que se estiran hacia el cajón. Así durante los 40 kilómetros que tiene que recorrer hasta Bella Vista. En la puerta del cementerio lo esperan otros miles de enamorados. Y, otra vez, la policía. Todos vamos a terminar viendo desde algún dron cómo unas treinta personas entierran, en una ceremonia muy íntima, al hombre más público del planeta. 

 

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También se puede ver que el cajón sólo está cubierto por una bandera argentina. ¿A dónde habrán terminado los regalos de las doscientas mil personas que pasaron por la plaza? Muchos llevaban dos remeras. La que tenían puesta y la segunda como ofrenda. Juan -21 años, Don Torcuato- hizo la fila temprano. Entró sin problemas y le dejó su camiseta de Boca. También tenía una de la selección pero no se la pudo sacar porque la tiene tatuada en la espalda. De omóplato a omóplato -en tamaño real- lo cruza el apellido Maradona con la tipografía del Mundial 94, cuando nos cortaron las piernas en Estados Unidos. Cuando conocimos la efedrina. Cuando puteamos a la FIFA. Cuando lloramos con Diego. Podíamos ser campeones. 

 

El número -el 10- ocupa el resto de la espalda de Juan. Es el 10 de México 86. Cuando le ganamos a los ingleses. Cuando le robamos a Dios. Cuando fuimos campeones. Cuando fuimos felices con Diego. “Volveremos, Volveremos, volveremos otra vez”. Porque Diego, además, también jugó al fútbol.  

 


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