La que sería la última conferencia de las FARC antes de la paz sucedió dos semanas antes del referendo que la rechazó. La periodista colombiana Andrea Aldana estuvo varios días en el campamento que describe como un parque de atracciones guerrilleras, donde 350 medios de todo el mundo retrataban a los subversivos como fenómenos de circo. El estado de incertidumbre en el quedó Colombia después del domingo, la hizo volver a mirar esos días. A ir a buscar a las víctimas que perdonaron, a quienes entendieron que tras cinco décadas de guerra no hay vencedores posibles y a quienes creyeron que había una oportunidad para la paz.



Fotos: Andrea Aldana

 

Los quince tanques de guerra que flanqueaban los 154 kilómetros del camino que va desde la ciudad de Florencia hasta San Vicente del Caguán fueron insuficientes para que alguien sospechara lo que en la noche del domingo 2 de octubre se hizo obvio: Colombia es un país que no quiere soltar la guerra. Pero dos semanas antes en la Décima Conferencia Nacional Guerrillera, en la última reunión de las FARC antes de la paz,  entre los asistentes –rebeldes, periodistas, campesinos- se pensaba otra cosa. Allí, en ese campamento, se demostró que era posible la convivencia pacífica entre los rebeldes desarmados y los civiles. Pero los periodistas fallamos en contar esta historia.


 

Una especie de arco con la palabra “Bienvenidos” en español y en inglés recibía a los invitados. Lo adornaba la silueta de Manuel Marulanda Vélez, el fundador de las Farc y quien murió internado en la selva, en medio de la guerra, pero de viejo. Veinte metros después, sobre el costado izquierdo estaba instalado el primer campamento guerrillero a cargo del Bloque Oriental. Frente a este, templada y amarrada a dos palos, estaba la bandera de las FARC, junto a un grupo de periodistas esperando turno para tomarse foto con el trapo de fondo.

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El escenario era surreal: guerrilleros que llevaban más de quince años clandestinos, ahora eran asediados por los representantes de 350 medios de comunicación nacionales e internacionales intentando obtener sus pensamientos más íntimos; los filmaban y retrataban mientras dormían, comían, caminaban, lavaban ropa, incluso mientras se bañaban; el único espacio en el que la “guerrillerada” –como llamaban al grueso de combatientes– conservó su intimidad fue en las letrinas, y eso no es tan seguro. Entonces caló la primera impresión de la Conferencia: un parque de atracciones guerrilleras y, como tal, los subversivos eran retratados cual fenómenos de circo.

 

El segundo campamento, esta vez a cargo del Bloque Sur de las FARC, estaba ubicado en un extremo izquierdo y lejano del sitio donde se concentraba casi todo el encuentro. Este campamento tenía capacidad para albergar a 400 personas en una especie de cuartitos individuales que incluían colchoneta y que nada tenían que ver con las clásicas caletas guerrilleras, a las que se asemejaban más las instalaciones del campamento del Bloque Oriental. No obstante, los cubículos trazados con plásticos verdes y reforzados con un toldillo para aislar insectos, se convirtieron en una suerte de vecindario guerrillero que albergó y alimentó a la prensa.

 

Las instalaciones estaban compuestas por una amplia sala de prensa con un auditorio lateral, un restaurante, las zonas de camping y de literas, una tarima para los conciertos, varios locales para el comercio, una estación de gasolina, un punto para hacer llamadas y otro para intentar conectarse a internet, un aserradero, el sitio donde a puerta cerrada se adelantaba la conferencia con los delegados de las FARC y tres campamentos guerrilleros: el del Bloque Oriental, el del Bloque Sur, y el tercero, un tanto secreto, en el que se hospedaban los delegados y parte del Estado Mayor Central del grupo. La Columna Móvil Teófilo Forero, las fuerzas especiales de esta guerrilla, que después supe no portaba camuflado y durante el día se mimetizaba entre los civiles, eran los encargados de la seguridad y hacer labores de inteligencia. 

 

La pequeña ciudadela se unía por una vía que trazaba unas curvas innecesarias: “¿Notaste que la carretera es el mapa de Colombia?”, me dijo después Félix Antonio Muñoz, un comandante guerrillero. Pregunté quién había construido el camino de esa “Colombia”. Me respondió que un ingeniero; pregunté de dónde salió el dinero para pagarle a él, financiar las instalaciones y el personal. Contestó que no sabía, pero entre bromas insunuó que los fondos venían mitad del Gobierno y mitad de la guerrilla. La metáfora perfecta del nuevo, bien cimentado, y algo confuso país que se intentaba construir.

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Los primeros días de la conferencia, sábado 17 de septiembre y el domingo 18, terminaron y ningún periodista logró las declaraciones de algún miembro del Estado Mayor de las FARC o alguien de su Secretariado. Las entrevistas no eran aprobadas y las ruedas de prensa sólo permitía nueve preguntas para más de trecientos medios inscritos: tres preguntas para los internacionales, tres para los nacionales y tres para “alternativos”. Las respuestas eran superficiales y evasivas.

 

Como la dirigencia guerrillera se negaba a hablar, los periodistas se dedicaron a recoger historias de vida de la guerrillerada, a registrar notas sobre las instalaciones, y a cubrir los conciertos del evento. Por mi parte, renunciando a la nota diaria de los días que estremecieron a Colombia, colgué los zapatos de reportera y salí a caminar por ahí para hablar desprevenidamente con los combatientes rasos y con los campesinos que me cruzara.

 

En las entrevistas “oficiales” de sábado y de domingo, los guerrilleros parecían repetir un discurso aprendido, en el que se manifestaban positivos ante la firma de los acuerdos sellados en La Habana después de 4 años de negociaciones y rubricados en Cartagena por un presidente Juan Manuel Santos, vestido de blanco y acompañado de líderes de toda América Latina. “Con muchas ganas echar pa’ lante”. Pero, a partir del lunes, y ya sin chaleco, ni cámara, ni grabadora, el discurso perdía el camuflaje.

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— ¿Miedos? ¡Claaaro!, todos. Nos da miedo que nos maten. Tememos que el Gobierno incumpla, pero el principal miedo es que nos maten. El paramilitarismo sigue ahí y nosotros vamos a soltar las armas; lo hacemos porque es la orden de los comandantes.

 

— Pero entonces ¿ustedes quieres seguir en guerra?

 

— Nooo. Tampoco. Acá el que no está mutilado, está muerto. El otro ha estado de buenas y al que no le ha tocado, vive todo el tiempo esperando la muerte. Eso no es vida. Tenemos mucho miedo pero la verdad es que casi nadie quiere seguir en guerra. Ni nosotros ni el Ejército.

 

— ¿Ya han hablado con el Ejército?

 

— Sí, y también están cansados. Vea, acá hay que entender una cosa: todos somos soldados de un mismo pueblo y nos estamos matando somos nosotros, no los hijos de los ricos. Nos estamos matando nosotros, y todos tenemos familias que queremos volver a visitar. Esa es la verdad.

 

— ¿Se volverían a armar?

 

— Sí, si el Estado incumple.

 

La última respuesta me la repitieron todos los guerrilleros, rasos y comandantes, al igual que el miedo principal, pero la actitud conciliadora y con ganas de lograr un positivo proceso de paz se sintió durante toda la estadía.

 

El campamento, visto con los resultados del referendo,  fue un espejo fallido de lo que podría haber sido Colombia después del 2 de octubre: más de 900 civiles convivieron, al principio de manera extraña y forzada, luego de manera natural, con casi 500 guerrilleros que ya no portaban fusiles porque, por directriz, debían dejarlos en las caletas confiando a ciegas en los extraños que los rodeaban: una lección aprendida de parte y parte.

 

Una lección que se dio pero allá, en el sur del país, a donde los votantes del No al acuerdo de paz debieron ir a pernoctar, para darse cuenta de que la mayoría de guerrilleros eran muchachos que no superaban los 25 años y que merecían una segunda oportunidad, al igual que los soldados del Ejército Nacional; ambos combatientes de un mismo país a los que no se les permitió votar ni decidir si querían parar de matarse entre ellos.


 

Las Fuerzas Armadas Revolucionarios de Colombia – Ejército del Pueblo, FARC-EP, son un partido político comunista, de más de 70 años, que tomó forma de ejército campesino y guerrillero en 1964, agitado por un país que ya venía en guerra por la violencia bipartidista y que se acrecentó con el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de 1948, episodioconocido como El Bogotazo.

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El gobierno, en cabeza de los conservadores, se dio con saña a la persecución y asesinato de los liberales a quienes veía con ideas desestabilizadoras del régimen, y con serias intenciones de obtener una reforma agraria que distribuyera equitativamente la tierra del país.La violencia azotó el sur, el oriente y el centro de Colombia, y los liberales se organizaron en armas para defenderse porque Jorge Eliecer Gaitán, lista en mano, denunció que catorce mil integrantes del partido liberal ya habían sido asesinados. 

 

Días después Gaitán fue la víctima. El asesinato del caudillo desató el enfrentamiento bipartidista más sangriento de la historia, fueron casi diez años de masacres que en los libros se conoce como el periodo de La Violencia. El enfrentamiento estaba desangrando al país y desestabilizando las instituciones, por lo que los dirigentes conservadores y liberales llegaron al acuerdo de turnarse el poder durante dieciséis años, rotándolo cada cuatro; pacto que llamaron Frente Nacional, y para garantizar su cumplimiento, de mutuo acuerdo nombraron al general Gustavo Rojas Pinilla como perito.

 

En medio del acuerdo para intentar pacificar Colombia, quienes comandaron las guerrillas liberales empezaron a ser asesinados, y el general Rojas Pinilla, que no llevaba un año de arbitraje, declaró ilegal toda actividad comunista, aun sabiendo que en el partido liberal habían fracciones armadas de esta filiación política.

 

Las guerrillas que no habían entregado las armas, y que no encontraron cabida en un partido liberal ahora anclado en el poder, se atrincheraron en las montañas y se refugiaron en los movimientos sociales. Una de ellas fue a dar a Marquetalia, territorio del departamento del Tolima, y al poco tiempo fue atacada y bombardeada por orden de un Estado que empezó a ver en estas organizaciones la amenaza de unas repúblicas independientes.

 

En Marquetalia, entre otros líderes, estaba Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda Vélez, quien exclamó que no se iba a dejar matar y convocó al partido comunista a levantarse en armas para conformar un movimiento de autodefensa. En julio de 1964, la organización tuvo su primera conferencia guerrillera y conformó el Bloque Sur con Marulanda como comandante; la segunda conferencia se dio un año después, en septiembre de 1965, mientras las guerrillas escapaban de la fuerza pública camuflándose en las montañas de la cordillera oriental, en ese segundo encuentro nacieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo, Farc – EP.

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Cincuenta y dos años después, con Manuel Marulanda Vélez muerto y con su ideología aún vigente, las FARC volvieron a reunirse en su décima y última conferencia nacional guerrillera, y esta vez no lo hicieron para debatir estrategias de guerra sino para planificar el camino hacia la dejación de armas y la construcción de la paz.

 

Debatieron quince tesis guerrilleras en las que abordaron todas las implicaciones de pasar a la discusión política inerme y –con algo de miedo porque ya han sido víctimas de la alianza entre el Estado y los paramilitares, y porque ningún proceso de paz en Colombia fue exitoso sin dejar antes una secuela de muertos– aprobaron unánimemente lo pactado en La Habana.

 

Si el acuerdo al que llegaron las FARC y el gobierno colombiano era aprobado por la mayoría de colombianos, hoy los guerrilleros estarían marchando hacia las zonas veredales que tenía destinadas para despojarse del camuflado, colgar los fusiles y hacer el tránsito que sólo duraría seis meses hacia la vida civil. Pero hoy siguen armados y clandestinos en el monte, a la expectativa de si vuelve la guerra o no, porque 6.431.376 personas, de las 48.837.872 que habitan el país, decidieron que no era ni la forma ni el momento de permitirle a Colombia ser menos violenta.


 

—Ay m’ija, yo tenía esperanza en este proceso porque no sólo cubría a los miembros de las FARC, también se iba a crear una comisión de búsqueda de desaparecidos y con ella esperaba encontrar a dos amigos que llevan más de treinta años desaparecidos, y todo por ser de la UP—, se lamenta Eugenia por teléfono, una víctima a la que el paramilitarismo le masacró toda la familia por militar en la Unión Patriótica, y que lleva tres décadas, sin descanso, buscando a sus amigos.

 

—Ay m’ija y ahora, ¿qué va a pasar?

 

La Unión Patriótica (UP) fue el movimiento político que surgió en 1984 luego del cese al fuego entre las FARC y el gobierno del presidente Belisario Betancur, izquierda que hizo su campaña política y en 1986, por medio del voto popular, obtuvo 14 curules en el congreso colombiano. Pero lo que pudo ser un ejercicio limpio de participación política terminó con el exterminio de un partido: 6.500 personas afiliadas a la UP fueron asesinadas por una alianza entre narcotraficantes, paramilitares y agentes estatales.

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—Todos tenemos miedo de que la UP se repita, por supuesto que tenemos miedo— dice Prometeo, integrante de la Delegación de Paz de las FARC que estuvo en La Habana, —por eso es tan importante que el presidente Santos haya reconocido la responsabilidad del Estado en la masacre, es una forma de dar garantía de no repetición.

 

Aunque tuvieron que pasar treinta años para que alguien se manifestara, Prometeo habla del pasado 15 de septiembre, cuando el presidente Juan Manuel Santos aceptó públicamente la responsabilidad estatal por la ausencia de accionesque impidieran en el exterminio de la UP. El acto tuvo que ver con el punto quinto de los acuerdos pactados en La Habana, que habla del reconocimiento de responsabilidades sobre las tragedias ocurridas en el país. Y con este punto también sanaron las víctimas de las FARC.

 

Mientras amasa un bultico de harina con la que dará forma a una arepa, Marta asegura que ya perdonó.

 

—La guerrilla vino y pidió perdón. Nadie me va a devolver a mi hijo, pero nadie imaginó que las FARC iban a pedir perdón y que iban a parecer arrepentidos. Esto no repara el daño, nada repara la pérdida de un hijo, pero sí permite sanar y seguir adelante. Yo ya los perdoné. Vea, ahí también hay niños que conozco, niños a los que el Ejército o los paramilitares les mataron a sus padres. Acá nunca hubo vencedores, todos perdimos.

 

— ¿Va a votar el plebiscito, doña Marta?

 

—Sí. Si hay una oportunidad de que esto no se repita, yo voy a votar que sí.

 

Marta es una de las sobrevivientes de la masacre de Bojayá, pero perdió a su hijo, uno de los 47 niños que hicieron parte de los 119 muertos que dejó esa tragedia. En un combate entre paramilitares y las FARC, el Frente 58 de esta guerrilla lanzó un cilindro bomba que cayó sobre la iglesia, lugar en el que se refugió la centena de civiles que no eran parte de la guerra y que murieron por la explosión.

 

Mitú, capital del departamento del Vaupés, suroriente del país, fue víctima de una toma guerrillera que inició el 1 de noviembre de 1998. Granadas y cilindros cayeron sobre el municipio convirtiendo a Mitú en un infierno que duró 72 horas y dejó la mayoría de las casas, la estación de Policía, la Registraduría, los juzgados, las sedes de comunicaciones, la Caja Agraria, los ranchos, y el parque casi destruidos. 1.500 hombres de las FARC  tomaron por primera vez una ciudad colombiana. Como saldó quedaron 37 muertos y 61 hombres secuestrados, todos miembros de la Fuerza Pública.

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Bojayá y Mitú son masacres que representan la crueldad del accionar guerrillero en la guerra colombiana. Sus habitantes padecieron el conflicto como ningún otro colombiano. Fueron víctimas directas de las FARC y el 2 de octubre dieron un ejemplo de perdón y dignidad.

 

En Bojayá 1.978 personas le dijeron que Sí al proceso de paz y sólo 87 desaprobaron; en Mitú fueron 2.705 los que dieron el sí y 872 se negaron. El 95,78 por ciento de víctimas en el primer caso, y el 75,62 por ciento en el segundo, le enseñaron al país lo que era perdonar. Pero la mayoría de votantes colombianos, concentrados en las ciudades del centro del país, y que en su mayoría conocen la guerra por televisión, decidieron que no era tiempo de reconciliación. Colombia les falló a sus víctimas.

 

El mapa post electoral dejó en evidencia que desde las ciudades decidieron que el conflicto en el campo debía continuar; excepto Bogotá y Cali, que también fueron víctimas directas de las masacres de las FARC y aprobaron el acuerdo de paz. Los votantes del No gritaron y exclamaron que ellos sí quieren la paz, pero no así. El lunes y el martes los medios entrevistaron a sus voceros. Ninguno dijo cuál era el plan B y la propuesta en caso de que el No ganara. Nadie sabe qué hacer. Claudia López, senadora colombiana, les dijo que de ahora en adelante ellos eran los responsables de lo que pasara en el país.

 

López también les exigió que nombraran una comisión y que fueran a La Habana para hablar con la delegación de las FARC, ya que ellos (el Centro Democrático, promotores del No) eran los que querían renegociar el acuerdo. Alejandro Ordoñez, procurador destituido hace poco, y que abiertamente se opuso a los acuerdos, le contestó a la senadora que negociar le correspondía al Gobierno, no a ellos.

 

Antes, en otra entrevista, Ordoñez, que hace parte del Opus Deis y es abierto crítico del homosexualismo, también dijo que el No ganó porque votaron los colombianos creyentes que no estaban de acuerdo con la ideología de género que incluía el proceso. Pero, como leí por ahí, “uno cómo le explica al mundo, sin quedar como idiotas, que muchos votaron No a un acuerdo de paz con la guerrilla por miedo a la homosexualidad”.

 

La respuesta muestra como Colombia quedó así sumida en un limbo, un hoyo negro del que nadie sabe cómo salir. El presidente Santos y Timoleón Jiménez, comandante máximo de las FARC, enviaron comunicados diciendo que la esperanza se mantiene. El cese al fuego bilateral también se mantiene, pero sigue dependiendo del Gobierno y la guerrilla, así que no se sabe cuánto resista. Las voces del No dicen que no hay que alarmarse porque las FARC y Santos conservan la voluntad de paz; ahora resulta que sus expectativas se basan en las palabras de quienes en un principio desoyeron. La otra mitad de Colombia, en cambio, no puede más que llorar.


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