Las entradas para el Mundial están agotadas y el premio económico duplica el de la edición anterior. Las publicidades denuncian la desigualdad y arengan la épica de lucha. En Europa, los medios amplían la cobertura. En Argentina, se publican tres libros sobre fútbol femenino, Panini comercializa el álbum de figuritas, la TV Pública y Radio Nacional transmiten los partidos y las marcas de ropa usan las imágenes de las futbolistas: las jugadoras venden. Antes de viajar, hay homenajes en la Embajada de Francia y el presidente Mauricio Macri las despide en Ezeiza. ¿Es un Mundial diferente?



Fotos Interior: Stefania León/AFA

 

 

 

Rosa llega al aeropuerto de Ezeiza unos minutos antes de que las jugadoras de la selección embarquen rumbo al Mundial. Aldana Cometti, su hija menor y defensora central, miró el celular varias veces para chequear que su mamá estuviese en camino. Rosa tiene una sorpresa: una bandera que mandó a hacer especialmente para llevarse a Francia y acompañar a las jugadoras, como lo hace en cada partido que juega el equipo nacional. En la tela con los colores de Argentina se lee: “Cumple sus sueños quien resiste”. Las jugadoras se abrazan y levantan la bandera entre todas. Y levantan también una historia y una declaración.

 

 
 
 
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La de siempre

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Argentina aterriza en Francia 2019. La selección mayor de fútbol femenino juega su tercer mundial oficial organizado por la FIFA, después de 12 años de ausencia. Clasificaron tras el tercer puesto en la Copa América Femenina 2018 en Chile y el histórico partido por el repechaje contra Panamá en noviembre. El partido marcó un récord de asistencia con 11.500 personas en el estadio de Arsenal.

 

En este último año, las precarias condiciones que enfrenta(ba)n las jugadoras de fútbol fueron expuestas como nunca antes, lo que atrajo la atención de los principales medios de comunicación nacionales e internacionales. La obtención de resultados deportivos sin el acompañamiento estructural de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) impulsó la urgencia de un cambio de frente para atender a las competencias. La foto de las jugadoras antes del partido con Colombia con la mano derecha detrás de la oreja, en homenaje al Topo Gigio, recorrió el mundo y superó la difusión que había tenido el anuncio del primer paro y huelga de jugadoras en la historia del equipo nacional femenino en septiembre de 2017. En las redes sociales y en entrevistas con los medios, las jugadoras criticaron el escaso apoyo de la AFA, reforzando la concepción cultural del fútbol en Argentina como un espacio regido exclusivamente por y para varones. Estas demostraciones operaron más que nunca como una presión para que los clubes del país invirtieran en la disciplina.

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Ya en Francia, a pocas horas del comienzo del partido de Argentina contra Japón, Aldana Cometti se sienta al lado del técnico Carlos Borrello en la conferencia de prensa en Parc des Princes. Que ella esté ahí es una decisión del equipo de multiplicar las voces. Así también es la estrategia con el periodismo: después de los entrenamientos, responden dos futbolistas distintas. Aldana tiene 23 años, juega en el Sevilla y es una de las 9 de la selección contratada por un club español. Se planta como en la defensa argentina ante un ataque rival:

 

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—Los reclamos valieron la pena porque estamos a 24 horas de cumplir un sueño. Para nosotras, como mujeres, el fútbol siempre estuvo en un segundo plano: necesitamos trabajar para vivir. Hoy, por suerte, puedo jugar y dedicarme plenamente a esto, puedo cobrar un sueldo y brindar todo mi tiempo a hacer lo que más me gusta. Estar acá me hace acordar a las veces en las que salía corriendo de trabajar para llegar a entrenar.

 

Mientras era jugadora de Boca, Aldana trabajaba en la mercería de su familia. Se fue primero a jugar al Granada de España y después a Colombia, donde salió campeona de la Libertadores con el Atlético Huila. Es una de las tres integrantes de este plantel de la selección que junto con Belén Potassa y Gabriela Garton escribieron en el libro Pelota de Papel 3, un proyecto solidario con veintinueve relatos escritos por mujeres futbolistas, directoras técnicas y ex jugadoras. “Nuestra casa es el piso de un aeropuerto, las sábanas son nuestras camperas y la almohada, las zapatillas. ¿Por qué?, nos preguntamos. ¿Por qué tanta indiferencia? ¿Qué hicimos mal? ¿Nos merecemos esto? Nos acorrala un sentimiento que amenaza con desplazar la felicidad: la impotencia”, dice en su texto “Lo bailado”.

 

Gabriela Garton, arquera y becaria doctoral del CONICET, llevó a Francia varios ejemplares del libro “Guerreras. Fútbol, mujeres y poder”, que acaba de publicar Capital Intelectual y que es su tesis de maestría en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural del IDAES, UNSAM. Las jugadoras construyen un relato propio del fútbol, de su fútbol.

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El terremoto en el fútbol femenino llegó a la Argentina por la presión de las normas pautas por la CONMEBOL y la FIFA. Acompañado por los movimientos feministas de América Latina y las organizaciones locales que desafían a la corrupción nacional y la organización del fútbol, el proceso se extendió también al interior de los clubes a través de la creación (por mujeres) de espacios y áreas de género que buscan eliminar el machismo y visibilizar a las mujeres.

 

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El “caso Maca Sánchez–la ex jugadora de la UAI Urquiza que inició acciones legales contra el sexismo en la industria y el deporte– fue la gota que rebalsó el vaso. Al Chiqui Tapia, autoproclamado “presidente de la igualdad de género”, no le quedó otra que anunciar la profesionalización del fútbol femenino. La inyección de dinero y algunos contratos individuales gestionados por unos pocos clubes no alcanzaron: la liga más competitiva sigue siendo semi-profesional, con mayoría de jugadoras amateurs, sin derechos de televisación y con altas probabilidades de cancelación de partidos por falta de servicios básicos como ambulancia o personal médico. Los que (re)organizan el “nuevo fútbol femenino” son los varones de la AFA y Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA).

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En el hotel Meliá en París, las jugadoras le hacen trampa a la hora del descanso y juegan a la play. Ellas también están, ahora, dentro de la pantalla porque EA Sports presentó una actualización del FIFA 19 donde se puede jugar la Copa del Mundo con las mujeres. Ahora ellas pueden elegir jugar con su selección o con la de sus compañeras de equipos del exterior. Ellas pueden elegir jugar con ellas mismas. Mientras algunas rompen el silencio establecido gritando goles de su equipo, otras intercambian las figuritas del álbum de Panini. También sus caras están ahí, en esa tradición de late-nola, de la figu difícil, de “mirá quién me tocó”. 

 

Ruth Bravo, la volante salteña que hoy juega en CD Tacón, en España, también esquiva la siesta y da una nota en el hall del hotel.

 

Ojalá este Mundial marque un antes y un después

 

El resto de las jugadoras también hace público ese deseo colectivo cada vez que tiene un micrófono delante.

 

¿Cuál es ese después que imaginan?

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Más de 45 mil personas asistieron al partido inaugural entre Francia y Corea del Sur en Parc des Princes, una cifra récord para un encuentro de fútbol femenino en este país. Los premios económicos se duplicaron desde Canadá 2015 y pasaron de 15 a 30 millones. Se vendieron más de 950 mil entradas: algunas se agotaron en menos de 48 horas. El diario Le Monde dispuso la misma cantidad de periodistas para cubrir este evento que para el Mundial de Rusia 2018.

 

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Desde FIFA anuncian que este es el Mundial de la equidad. En esta octava edición del torneo, la entidad internacional organizó por primera vez una convención de fútbol femenino para hablar de liderazgo, comercialización y crecimiento de esta disciplina. Además, desde hace un tiempo FIFA difunde una política de desarrollo del fútbol femenino bajo una mirada mercantilista de la disciplina. Una de sus prioridades es “mejorar el marketing y la promoción del fútbol femenino, construir una marca propia”.

 

Los postulados encierran contradicciones. En el entramado de la lucha por mejores condiciones, se tensionan intereses heterogéneos: los de las jugadoras por ser consideradas legítimas profesionales y trabajadoras; los de las organizaciones y estados para pautar cómo debe ser el fútbol de mujeres; los del mercado para homogeneizar mujeres sujetas a patrones heteronormativos de cómo deben ser quienes jueguen al fútbol. Allí no encaja la imagen de un deporte de “lesbianas” o “machonas”.

 

Pero ¿este mundial es igual para todxs? Mientras en la región se establecen los primeros cimientos de una eventual profesionalización, un legítimo reconocimiento a las mujeres que pueden jugar, hablar, comentar, analizar, arbitrar y dirigir el fútbol, en el llamado “primer mundo” la discusión está a otro nivel. El eje de la lucha está puesto en asegurar igualdad de salarios y oportunidades. Ada Hegerberg la primera en ganar el Balón de Oro y campeona de la Champions League con el Olympique de Lyon decidió no participar en este mundial al considerar que las mujeres no son tratadas del mismo modo que los varones, aún después de que la Federación Noruega de Fútbol y el sindicato de futbolistas de ese país firmaran un histórico acuerdo para igualar los salarios. Las jugadoras de la selección de Estados Unidos (tres veces campeonas) demandaron judicialmente a su federación por discriminación de género. Planteles como Las Matildas como se conoce a la selección australiana hicieron huelga para visibilizar la necesidad de un contrato colectivo de trabajo y la asociación de fútbol canceló los partidos programados en 2015 (con más de 60 mil entradas vendidas).

 

Exponer las desigualdades (como hicieron las jugadoras alemanas en el spot “no tenemos pelotas, pero sabemos cómo usarlas”) y las precarias condiciones de preparación (como hizo la selección argentina el año pasado) es noticia, pone el tema en debate e impulsa una serie de medidas necesarias: oportunidades para divisiones juveniles, coordinación de ligas femeninas, cupo en los comités ejecutivos de los clubes y asociaciones, y (como en el caso de América Latina) la profesionalización de la disciplina.

 

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¿Sabés mi nombre?

 

¿Y el mío?

 

Las preguntas son de Alexandra Popp, Dzsenifer Marozsán y Melanie Leupolz, futbolistas de la selección alemana.

 

Jugamos para una nación que no sabe nuestros nombres.

 

El spot se hizo viral. En un minuto, las jugadoras y su DT denuncian la falta de difusión de los campeonatos femeninos, los premios que reciben (“por nuestro primer título nos dieron un juego de té”), los prejuicios, el mandato de la maternidad obligatoria. Las futbolistas se alejan de la romantización de la lucha y como lo hacen dentro de la cancha también rompen con la idea del cuerpo dócil. Una de ellas escupe a cámara. “No tenemos pelotas, pero sabemos cómo usarlas”, y hasta problematizan la importancia del reconocimiento individual por sobre el juego colectivo.

 

Así que no te preocupes, no tenés que recordar nuestras caras. Sólo tenés que saber lo que queremos: jugar nuestro juego a nuestro ritmo.

 

No es el mismo juego ni el mismo ritmo que planteaba el spot de una casa de electrodomésticos en la Eurocopa de Suecia 2013: una jugadora pateaba una pelota sucia para meterla adentro del lavarropas y se sentaba a esperar que el lavado terminara. No sólo Alemania decidió cambiar el foco de las publicidades, también lo hicieron las marcas que sponsorean de una u otra forma el Mundial. Nike apeló en sus comerciales a la emotividad de la superación y la lucha y empapeló las calles de Buenos Aires con las imágenes de Estefanía Banini y Ruth Bravo haciendo pases. El canal Telemundo hizo foco en la triple jornada laboral de las futbolistas y la responsabilidad de las tareas de cuidado. “Aunque no parezca este es un comercial del Mundial de fútbol”, dice al comienzo la arquera argentina Vanina Correa después de servirles el desayuno a sus hijxs mellizxs.

 

Antes de viajar al Mundial, algunas jugadoras de la selección alternaron los entrenamientos en el predio de Ezeiza con eventos de las marcas de ropa que las sponsorean en distintos shoppings de Buenos Aires. Sus redes sociales combinan videos de intimidad de la convivencia, las fotos de los medios donde aparecen y agradecimientos a las marcas.

 

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La santiagueña Mariela Coronel –una de las más experimentadas del plantel, que ya jugó las dos ediciones anteriores del Mundial en las que participó Argentina– mira con recelo y precaución el acercamiento de las marcas y la proliferación de espacios de visibilización para las jugadoras como las redes sociales.

 

 

No nos tenemos que confundir porque ahora vienen las publicidades, los patrocinadores, los medios. Pero eso no es lo nuestro. Tenemos que tener los pies sobre la tierra. Sería una lástima que todo esto se transforme como el fútbol masculino.

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En Niza, acaba de terminar el partido entre Inglaterra y Escocia, rivales argentinos en la fase de grupo. Canal+, que transmite este Mundial, tiene programación especial después de los encuentros. Cuatro periodistas varones y una ex futbolista debaten sobre la fecha y los partidos siguientes. Anuncian el anticipo de Argentina-Japón y presentan un informe sobre la capitana del equipo. Estefanía Banini, “la Messi argentina” dicen. Esa leyenda será el graph que acompañe todo el video.

 

Yo sueño con un fútbol igualitario, que se llenen los estadios como se llenan en el masculino, que se pueda hacer realmente profesional y que no esté mal visto que una chica juegue al fútbol.

 

Eso dice y grita “gol” mirando a cámara. Ella es la capitana del equipo. Se fue del país a los 21 para jugar al fútbol de forma profesional. La foto de ella y Messi fue la que más circuló en las redes antes de que el seleccionado viajara a Francia: la capitana y el capitán juntxs.

 

 
 
 
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Salimos para Francia de la mejor manera, gracias @leomessi

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No me molesta que me comparen con Messi. Pero quiero que me llamen por mi nombre. Quiero que nos conozcan.

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En la mitad de la cancha del París Saint Germain las jugadoras argentinas miran las tribunas vacías que durante el partido con Japón estarán llenas. Salvo para dos de ellas, es la primera vez. En pocas horas, la bandera que mandó a hacer Rosa flameará entre la hinchada argentina. “Cumple sus sueños quien resiste.” será el telón de las argentinas que coparán el estadio Parc des Princes. Son las familiares, las periodistas, las que levantarán el pañuelo verde del aborto, las que le imprimen feminismo y disidencia al fútbol femenino.

 

Las jugadoras tocan el pasto. Hacen piruetas para las fotos. Se filman de espaldas a las tribunas techadas. ¿Podemos cambiar las reglas de juego si la cancha está delimitada por la federación? ¿Estamos en el punto de quiebre para el comienzo de una nueva era? ¿Cuánto podemos hacerlo si nos mantenemos en los viejos engranajes? ¿El anuncio de la profesionalización del fútbol femenino en Argentina establece las bases de un nuevo paradigma? ¿Qué fútbol se está configurando? ¿Cuál es el fútbol que estamos imaginando? ¿Otro fútbol es posible?


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