¿Cómo se suple la falta de un orden de reconocimiento al trabajo, las habilidades y el saber? ¿De qué modos una sociedad enfrenta un régimen injusto de premios y castigos? En el estreno Punto de Partida, la nueva pieza del Laboratorio de Periodismo Performático de Anfibia y Casa Sofía, un túnel, un recorrido en la oscuridad y el murmullo de voces disidentes demuestran que hay espacio para un sentido más plural y complejo que el de los discursos de la cultura mediática masiva.



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Videos: Martín Kraut

Fotos: Camila Salcedo

 

 

Es un domingo de fines del verano; transcurre la primera función de Punto de partida (una nueva pieza de periodismo performático, que se estrena hoy) …

 

En el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti se concreta el anhelo del colectivo artístico-periodístico Voces disidentes -que integran Mateo Corrá, Silvia de la Plaza, Clara Manterola, Beatriz Grafia y Regina Scorza-. Querían plasmar una visión de “lo real” que no lo expusiera al modo lineal y mono-dimensional del artículo de diario, que se propone como espejo de lo que sucede. Aquí, “lo real” es una instancia de creación y reflexión continuas, que se reproducen en el momento mismo en que la performance se desarrolla.

 

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Caminar en lo oscuro

Somos unos quince e ingresamos en un hábitat oscuro, donde nos sentimos inseguros y desconectados unos de otros; no hay senda que nos conduzca sino apenas rumores que se nos dicen al oído, sorpresivas tocadas de hombro o de brazo que nos inducen forzada pero suavemente a avanzar. Estamos y andamos tan dispersos, desagregados, sin objetivos (en la oscuridad) como corresponde al universo temático elegido para esta pieza surgida del Laboratorio de Periodismo Performático. Acá no se dice (se pone en escena) un tema, la “meritocracia”, o quizás sea de su extinción, o su anhelo idealista, de lo que se trate todo este asunto.

O, en definitiva –como quedará claro después de escuchar esas otras voces de otros ámbitos que se infiltran como fisuras a “lo instituido” mientras recorremos, como espectadores, un túnel en cuyas paredes, al ser iluminados con los celulares, se activan determinados nodos de voz- el tema son las compensaciones que se organizan (verbo clave conjugado siempre en presente y plural) para suplir la falta de “un sistema de gobierno –según definición de la RAE- que adjudique responsabilidades en función de los méritos personales”. 

Punto de partida no se queda en una lamentación melancólica sino que propone, con sus imágenes y sonidos, alternativas a la desazón que da comprobar que no hay reconocimiento ni progreso en función de esfuerzo, habilidades ni posesión de saber. La extinción de un “orden de mérito”, entonces, se suple –como se ve en la primera parte de la pieza, esencialmente danzada- con una organización de los cuerpos que produce belleza en las asociaciones y el movimiento. En medio de la oscuridad de la inmensa sala del Centro Cultural Haroldo Conti, los cuerpos convierten ese martirio -de sostener a un otro que descansa sobre uno- en una figura de armónica disposición, y músculos en tensión, que atrae las miradas y convierte a los parásitos –que en ella se apoyan- en caricaturas para un paródico espectáculo de burlesque.

 

 

 

A la caza de voces

Tras la introducción bailada, nos inducen a pasar al túnel, donde tampoco está prevista una circulación unilineal: vamos y venimos con los celulares; nos proponen juntarnos y hacer de la pesquisa de voces ocultas -silenciadas por los discursos de los políticos y las expresiones del poder mediático- una tarea colaborativa. En el “ayudarnos, compensarnos, asistirnos” hay una sublimación posible para el anhelo frustrado de un reconocimiento al individuo. Entre el aplastamiento de una clase sobre otras, la desigualdad y la organización mercantilista de las relaciones, habrá posibles variables comunes a las voces de los postergados, que se superponen unas con otras y, aun así, siguen siendo audibles en el silencio del oscuro túnel, si se las quiere escuchar.

Desempeñar un rol –como nosotros ahora, lejos de la pasividad del espectador teatral- significa permanecer in situ por tiempos largos; sentirnos un poco incómodos con este “estar” no dirigido por un epicentro focal, librados a nuestra suerte en un ámbito inhóspito. La historia fluye tan desprolija, superpuesta, repetida como la vida que el periodismo performático pretende revisar, sin impostaciones ni adulteraciones, como una corriente que es captada, justo cuando ocurre.

 

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Allí, dentro del túnel de Punto de partida, cada vez que encontramos un “nodo de voz”, una voz hegemónica (de Javier Milei a Susana Giménez; de Baby Etchecopar al kiosquero de una esquina cualquiera) pierde volumen y emerge una voz oculta: la del marginado por los medios masivos. Simbólica, avanzando en torno a metáforas, Punto de partida devuelve a “lo real” una capa de sentidos múltiples. La exposición del tema se complejiza; ya no hay una separación ficcional entre “Información” y “Opinión”. La misión se resuelve como rearticulación de los volúmenes de quienes hablan; Punto de partida (sin ambages, como en el ejercicio de una militancia textual) devuelve entonces la nitidez a una palabra tan clandestina como el rol que nos asignan: el de fisgones a oscuras que permanecen agazapados, quizás agachados, esquivados o empujados por otros como nosotros. Y las voces, son cada vez menos certeras, tímidas, como pidiendo permiso, pero logran tomar por unos instantes el control de la situación:

 

“Hoy por hoy no hay trabajo. No hay trabajo. Mi hijo no consigue; tiró currículum por todos lados; sale; va y viene, todo el día buscando trabajo. No hay trabajo. No hay, no hay (…)”.

  “Poder estar todos juntos con mi familia. Estar bien. No pido un chalet ni un auto porque -ojalá dios quiera, sí- pero no se puede. Entonces, estar bien con la familia (…)”.

“Llega un momento qué decís: bah me voy a matar y ya fue. Pero no. No es el caso porque tengo tres nenes (…)”.

 

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Cada vez que encontramos un nodo –los que rastreamos sonidos-, ¡aparece algo de humanidad!; una voz nos habla de uno a uno; hay que esmerarse para lograr escucharla; no es una voz pública, mediática, ni repetida en cadena durante toda una jornada, sino testimonios de una vida personal, maneras del decir y del hablar que comparten el tono bajo de la tristeza y la resignación.

“¿Con mucho esfuerzo lo consigo?” “¿Tengo las mismas oportunidades que el resto?”. Cerca del final, las preguntas disparadoras ya parecen parodias de una brutal ingenuidad: además, éste no es un territorio de respuestas. Por contraste con los géneros tradicionales de la información -organizados en relatos lineales y miradas unívocas expuestas como versión única de los hechos: una realidad que nos es dada cual mandato-, el periodismo performático disgrega, desarma y reconfigura: lo real es, aquí y ahora, una interpelación a lo más profundo de nuestras creencias…, sobre nuestras vidas personales…, sobre nuestras historias colectivas.

 

 

 


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