Cinco años atrás, después de cuatro finales perdidas, Messi dijo adiós a la selección. Sentía el hartazgo por la derrota pero también por el griterío que despertaba: que no cantaba el himno, que hacía cosas en el Barcelona que era incapaz de hacerlas con la celeste y blanca, que había convertido a la selección en un club de amigos. Pero el Diez se secó las lágrimas y volvió. Y en ese mismo suelo del Maracaná que lo dejó sin copa del mundo, un día volvió a hacernos felices y descansó sobre sus rodillas.



Foto de portada: Heuler Andrey / Luciano Bisbal / DiaEsportivo

Fotos de interior: Télam 

 

 

La escena es ordinaria, el escenario común que entregan los móviles de los canales deportivos cuando la cámara enfoca la puerta del vestuario a la espera de que los jugadores salgan después del partido. El vestuario le pertenece a la selección argentina y todo sucede en New Jersey, un territorio poco tradicional para las historias del fútbol. Es 26 de junio de 2016. Argentina acaba de perder con Chile, como el año anterior en Santiago, otra final de Copa América. El jugador que sale es Lionel Messi. El movilero que lo recibe es Martín Arévalo, planta permanente de TyC Sports en esos años de selección. La charla empieza con algunas generalidades que no le importan a nadie, ni siquiera a Messi, porque lo que Messi quiere decir lo dice al minuto y medio, justo en el instante en que a sus espaldas pasa Javier Mascherano. Messi quiere decir que ya está, que se terminó para él la selección. 

 

—No es para mí —dice.

 

Lo más parecido a un epitafio.

 

 

La angustia por la renuncia del ídolo se tramitó con cadenas de WhatsApp y hashtag que se hicieron trending topic para pedir que Messi no se fuera. Habían pasado dos finales de Copa América consecutivas, tres finales contando el Mundial 2014 y cuatro para su trayectoria si íbamos hasta 2007. Era el hartazgo por la derrota pero también por el griterío que despertaba: que si cantaba el himno, que si lo cantaba fuerte, que si caminaba la cancha, que si se escondía en las difíciles, que si todo lo que daba lo daba en Barcelona, que si convertía a la selección en un club de amigos. Tuvo -tuvimos- que escuchar todo eso. Messi volvió -o nunca se fue- y la vida siguió hasta que cinco años después, sobre el suelo del Maracaná, el mismo lugar que lo dejó sin la copa del mundo en 2014, descansó sobre sus rodillas como si entrara en un estado de nirvana.

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Podíamos decirle a Messi que no importaba si tenía mundiales o copas, que lo queríamos así. Pero Messi es un animal competitivo, una aplanadora de récords personales, de premios individuales, y como esto es fútbol se nutre de logros colectivos. Era lo único que le faltaba con la selección. Durante la Copa América de 2016, la de la renuncia, se convirtió en el máximo goleador de la historia de la selección. Superó a Gabriel Batistuta, al que cinco años después ya le sacó una ventaja de 22 goles. En esta Copa América, la que puso el final a la maldición de 28 años sin títulos, Messi jugó todos los minutos de los siete partidos. Fue el goleador y el asistidor, una doble función que marca su influencia sobre el equipo.

 

Pero no fue Messi el jugador de la final. La final contra Brasil fue la suma de un equipo, su plan de juego y su compromiso. El gol fue de Ángel Di María. La comandancia la tomó Rodrigo De Paul. Gonzalo Montiel cerró las compuertas para los cuchillazos brasileños. Nicolás Otamendi puso en la cancha la experiencia. En el transcurso del torneo hubo aportes de todos. De Marcos Acuña, siempre. De Leandro Paredes o Guido Rodríguez, según se los haya necesitado. De Giovani Lo Celso en el pase y de Nicolás González en la aceleración. De Germán Pezzella o Lucas Martínez Quartas cuando Cristian Romero no pudo jugar. De Nicolás Tagliafico y Nahuel Molina cada vez que les tocó. De Alejandro “Papu” Gómez, con goles. De Emiliano Martínez en los penales y en los partidos. De Lautaro Martínez, tres goles; pero sobre todo en la presión desde arriba. De Sergio Agüero -uno de los más grandes, de los que arrastraba las finales-, porque también hay que saber aportar cuando tenés apellido y mirás la mayor parte del tiempo desde afuera. Fue la construcción de un sentido de pertenencia en base a hombres comunes que rodearon al superhéroe. Sus pibes para la liberación.

 

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Messi llevaba una carga que lo excedía. Los 28 años de desierto se comieron a generaciones de grandes futbolistas. Hubo títulos de las juveniles y oros olímpicos de la Sub 23, pero al equipo mayor se le escapaba lo que jugaba. Messi apareció como el genio al rescate, destinado a ser un redentor, el encargado de terminar con la nostalgia del pasado maradoniano. Se le pedía a Messi que fuera Maradona, pero Messi quería ser Messi. Eso era muchísimo. Se idealizaron las finales de Diego cuando la que ganó contra Alemania, en México 86, fue sobre todo la obra de un equipo, la de otros hombres comunes que rodearon a un genio limitado por la marca rival. Messi acaba de ganar, contra Brasil y en el Maracaná, un título que nunca pudo tener Maradona, que sabía cuánto pesaba una copa del mundo (y qué más quería con algo así). Son felicidades distintas, de tiempos distintos, pero todo entra en una misma tradición de largo plazo: la de la selección argentina.

 

Esa tradición es la de Maradona y la de Messi. Y es tan profunda que ambos se quisieron sin empujarse: los besos de Diego a Messi, sus consejos cuando fue su técnico, el posteo de Instagram en el que el genio de hoy le dedica el triunfo al genio que no está. Ahí mismo es cuando Messi nos habla a los argentinos, nos pide que nos sigamos cuidando, recuerda a los que sufrieron con esta “mierda de virus”. Como si ejerciera, como nueva versión, un liderazgo paternal. A los 34 años, campeón de América, ya no tiene que explicar lo que quiere. Es el que dice a dónde hay que ir.

 

 
 
 
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Messi ejerció durante muchos años un liderazgo silencioso. Hablaba lo justo, en general poco. Su conducción, ya como capitán, era gestual. El silencio desorientaba, sus eventuales interlocutores intentaban interpretarlo, mirarle la cara. Se construyó también la idea de que su capricho era ley. Tenía compañeros a los que dejaba la palabra, que actuaban como sus ventrílocuos. Javier Mascherano tomaba ese lugar. Hubo una arenga de Mascherano que cada tanto es visitada en los recuerdos. Fue antes del partido con Bélgica en el Mundial 2014, los cuartos de final, el muro con el que se topaba la Argentina desde 1994. “Ya estoy cansado de comer mierda”, les dijo a sus compañeros antes de salir a la cancha. El relato de esa intimidad cuenta que lloraron todos en el vestuario, incluido Messi. Mascherano ponía en palabras lo que también él sentía. Vendrían las derrotas en las finales, el tránsito caótico hacia Rusia 2018, y esa estadía traumática en Bronnitsy, los días de mayor desconexión de Messi con la selección. Significó el final de Mascherano en la selección y entonces lo que comenzó, además de una renovación en el equipo, fue la era de un Messi más verbal, su propio community manager en redes, la voz de sus compañeros afuera de la cancha. 

 

—No podemos ser parte de esta corrupción —fue su frase más combativa. 

 

Se la tiró a la Conmebol en la Copa América 2019.

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Decidido a dejar de comer mierda, Messi armó una comunión con un cuerpo técnico que lo escuchó sin condescendencia y con un grupo de jugadores que lo admira y respeta sin temor. Paredes contó que la primera vez que se acercaron a Messi con De Paul fue con un mate y un mazo de cartas. Le tocaron la puerta de la habitación y lo invitaron a jugar al truco. La nueva guardia que armaba Lionel Scaloni comenzaba a rodearlo en un episodio que sirve para pensar lo que ocurre en la cancha. Hubo hasta la final con Brasil una idea de que era Messi quien salvaba al equipo. Y sin embargo lo que ocurría era que el equipo le daba el terreno para brillar. En ese diálogo, esa necesidad mutua, Messi no pudo haber sido un general si no estaba rodeado de coroneles. 

 

Es eso lo injusto de lo que se recuerda de él en las finales perdidas. Messi fue decisivo para llegar hasta ahí, pero también necesitás que a otros les salga. Necesitás que De Paul ponga un pase largo perfecto y Di María controle de taco y la pique. Y que sea gol. Fue un premio para Di María, pero también es la reivindicación de una generación. Messi, que sabe de qué se trata, debió haberlo sentido propio. Lo que no salió otras veces, salió el sábado en el Maracaná. Pero casi siempre, en casi todos lados, se analizan resultados y se olvidan los partidos. ¿Qué se hubiera dicho del traspié frente a Ederson después del pase de De Paul si el destino hubiese sido una derrota? Por suerte lo contrafáctico es eso, contrafáctico, una imaginación.

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Que el gif del final en el Maracaná sea un grupo de jugadores corriendo hacia él para abrazarlo muestra que el equipo estaba decidido a una ofrenda. Eso también es un liderazgo construido no sólo desde el talento o la palabra, sino además desde lo humano. Nadie quiere ver a un mal tipo campeón, nadie lo celebra como lo celebraron sus compañeros, que por supuesto además tenían lo propio, lo que ellos mismos ganaron. Claudio Gugnali, ayudante de Alejandro Sabella, lo dijo en estas horas durante una charla con TyC Sports: “Es un buen pibe”. Hay algo de eso en el abrazo cariñoso de Neymar, en la complicidad después del partido, en la alegría de Luis Suárez, sus ex compañeros. En cada dimensión de la vida los que quedan, al final, son los compañeros.

 

Messi convenció a sus compañeros. Y sus compañeros lo convencieron a él. Era acá o quedaba Qatar, que parece tan lejos. Ahora ya está, se puede viajar más liviano. Messi será para siempre la imagen de un desahogo, la alegría de un país golpeado, como el mundo, por una tragedia sanitaria. El fútbol no cambia el curso de las cosas, pero a veces permite un alivio aunque sea transitorio. Un grito, una noche en la que no te querés ir a dormir.

 

Hace cinco años, en ese junio de 2016 lleno de confusión, después de lo que había sido su renuncia televisiva, había que esperarlo. Que se secara las lágrimas y volviera a hacernos felices. No fue tan sencillo. Volvió para no mirar de Rusia desde afuera. No fue ahí que el círculo se cerró. Pero llegó el momento. Acá está.


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