Cuando se enteró de la tragedia, el director del Programa sobre Sexualidad y DDHH de la Harvard Kennedy School lloró, no porque conociera a alguno de los muertos sino porque, dice: “todos pensamos que eso podría pasarnos algún día”. Luego, se preguntó porqué los mismos que siempre quisieron condenar al infierno a los homosexuales, en ese momento, rezaban por ellos. Finalmente, se fue de fiesta. “No interpretemos esta celebración como insensibilidad”, dice: “Nosostros vivimos porque ellos ahora no pueden”.



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Nos despertamos con las noticias sobre la masacre de Orlando. Dormí hasta tarde; fue la primera noche de descanso después de una semana infernal: un funeral, mi cumpleaños número 45, la graduación de Clemente, otro funeral y una fiesta de graduación. Me desperté revitalizado, pero no duró mucho. Varios amigos me habían mandado ya mensajes o escrito por Facebook para advertirme del dolor por la masacre.

 

“Último momento: 50 muertos y 53 heridos en un boliche gay de Orlando”.

 

“Último momento: El peor tiroteo masivo de la historia de Estados Unidos”.

 

“Último momento: El sospechoso está asociado al extremismo islámico”.

 

Era una historia bastante conocida, una narrativa predecible, en especial en estos tiempos locos, en este siglo loco. La única diferencia parece estar en los detalles: nombre, fecha, lugar, gente.

 

Cuando suceden estas tragedias, como historiador siempre me pregunto dos cosas: ¿Por qué parece que ya hubiera ocurrido antes? ¿Por qué parece ser cada vez peor?

 

Mientras estaba parado en el living —literalmente parado, durante casi una hora, conmocionado y estoico— mirando las noticias, revisando Facebook y Twitter, surgieron otras preguntas:

 

¿Qué mierda pasó?

 

¿Por qué mierda sucedió otra vez?

 

¿Quién mierda lo hizo?

 

¿Por qué mierda lo hicieron?

 

¿Qué mierda le pasa a este país?

 

¿Conozco a alguno de los muertos?

 

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Entonces lloré por primera vez. No lloré porque los conocía, sino porque muchos de nosotros somos ellos: todas las personas con las que bailé o bebí o canté o lloré o reí o hablé o debatí o marché o chusmée o celebré o sufrí o cogí (una de las cuales, al final se casó conmigo) en uno de nuestros espacios, en tantos lugares. No hay ni uno de nosotros que no haya temido la posibilidad de esa noche, que no haya pensado que esto podía pasarnos, con el tiempo, algún día. El 12 de Junio es siempre, potencialmente, nuestra realidad.

 

Entonces, con más información y opinión y especulación y análisis, una avalancha de preguntas más severas entró en escena:

 

¿A la gente le importará que haya muerto tanta gente queer?

 

¿La gente se dio cuenta de que los sábados son Noche Latina en Pulse?

 

¿La gente notó que estamos en la semana del primer aniversario de la masacre de la iglesia de Charleston?

 

¿El asesino sabía que era el Mes del Orgullo?

 

¿Alguien relacionará el hecho de que el padre dijera que su hijo estaba enfurecido por haber visto a dos hombres besándose en Miami con el hecho de que la exmujer dijera que se divorció de él porque le pegaba?

 

¿Quién protegerá y cuidará ahora al hijo de tres años?

 

¿A alguien le importa que el presidente Obama tenga que dar otro discurso (el número 18 desde que es presidente) sobre un tiroteo masivo?

 

¿Qué dirán sobre el tema Hillary Clinton y Donald Trump y Bernie Sanders?

 

¿Por qué me importa lo que ellos, o cualquier otro funcionario electo, tengan para decir sobre el tema?

 

¿Alguno de nuestros funcionarios electos, o los candidatos a la presidencia, arriesgará su carrera política para implementar una legislación de control de armas exhaustiva (no solo “de sentido común”)?

 

¿Alguien relacionará la transfobia que azota al país, el contragolpe a los derechos LGBTQ, la retórica antimusulmana y antiinmigrante de Donald Trump y esta masacre en la Noche Latina de un boliche queer?

 

¿Por qué todavía no han entrevistado ni a un representante LGBTQ en los canales de noticias principales?

 

¿Los presentadores de televisión saben ALGO sobre la gente queer o sobre nuestra historia?

 

¿Alguien pensó por un instante en que “notificar a las familias” quizá no es lo que querría la gente queer que murió o que está herida?

 

¿Alguien pensó por un instante que “decir sus nombres” quizá sea una falta de respeto a los muertos queer que no lo habían hecho público?

 

¿Los que están en el hospital quieren que su «familia cercana» los visite?

 

¿Podrán visitarlos sus verdaderos seres queridos?

 

¿Puede la gente gay donar sangre?

 

¿Por qué no hay información coherente o un informe de prensa de la Administración de Alimentos y Medicamentos, la institución que supervisa las transfusiones de sangre?

 

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¿Por qué mierda están todos rezando por nosotros?

 

¿Por qué los mismos que siempre quisieron “sacar lo gay rezando” o “amar al pecador pero no al pecado” o “condenarnos al infierno” ahora están rezando por nosotros?

 

¿Por qué los medios siempre hablan con “agentes del orden público” y “agentes del FBI retirados” y “expertos en contraterrorismo” siempre que muere gente que regularmente es blanco y víctima de la normativa estatal, de vigilancia y de violencia?

 

¿Por qué no podemos hablar nosotros, en nuestros propios términos?

 

¿Es porque todos saben que podemos desenmascarar su hipocresía?

 

Y, finalmente:

 

¿Por qué es tan fácil culpar de todo al “extremismo islámico” (y, por terrible extensión, a todos los musulmanes) como una estrategia práctica para “dividir y conquistar” en vez de hacer responsable a TODOS LOS ESTADOUNIDENSES por las cosas que necesitamos confrontar urgentemente (y tardíamente): homofobia y transfobia, masculinidad tóxica, racismo, violencia contra las mujeres, crianzas de mierda, adicción a las armas, políticos cobardes, ineptitud periodística, salud mental, imperialismo, la Asociación Nacional del Rifle, las fallas en la salud pública y cualquier intolerancia religiosa? Después de todo, Omar Mateen era uno de nosotros, born and raised, nacido y criado en Estados Unidos.

 

Pero no puedo evitar pensar en la sangre.

 

No puedo dejar de pensar en toda la sangre en Pulse —en las paredes y en la pista, en el bar y en los baños, en todos lados—, que profanó ayer al boliche y que evitó que se convirtiera en un lugar sagrado para todos los que lo necesitaban.

 

No puedo dejar de pensar en la sangre de John Poma, cuya muerte a causa del sida en 1991 inspiró a su hermana Barbara y a su amigo Ron a abrir y dirigir un boliche gay en su honor.

 

No puedo dejar de pensar en ese nombre, Pulse, que ahora tiene muchos más significados.

 

No puedo dejar de pensar en la sangre de todos aquellos que, muertos o vivos, son parte de la historia trágica y trascendente del VIH/sida en este país y en el mundo, incluidos, probablemente, algunas de las personas cuya sangre todavía marca y acecha ese boliche.

 

No puedo dejar de pensar en que todavía le temo a mi propia sangre porque la primera vez que pensé que moriría (y que debería hacerlo) fue después de tener sexo con otro hombre.

 

No puedo dejar de pensar en las filas de gente que quiere donar sangre hoy, benditos sean estos aliados, a pesar de que las políticas de donación de nuestro país sean, sin lugar a dudas, homofóbicas, vestigio de la crisis del sida y absurdas en la actualidad.

 

No puedo dejar de pensar en la sangre de aquellos que han sido asesinados y atacados en este país, no solo en los muchos tiroteos masivos recientes, sino también en los linchamientos y palizas, los cruces de fronteras y las detenciones, las ejecuciones y encarcelaciones, los abusos domésticos y las violaciones que nos definen y nos han vuelto insensibles frente a la justicia.

 

No puedo dejar de pensar en la sangre de gente en otras tierras —en Asia, África, América del Sur, Centroamérica, Medioriente; hay demasiados continentes para mencionar— que están en el lado oscuro y asesino del Imperio Estadounidense. Esto también nos ha definido y vuelto insensibles frente a la justicia.

 

Pero ¿qué mundo podríamos construir si pensáramos que somos más que sangre?

 

Tengo una perspectiva única sobre esto porque no tengo relaciones de sangre.

 

Ni mis padres, con los que me saqué la lotería. Ni mis amados abuelos. Ni mis adorados hermano y hermana y sobrina. Ni mis geniales primos y tío. Ni mi amado esposo. Ninguna de mis relaciones con estas hermosas e increíbles personas son de sangre. Cuando era un bebé, me abandonaron. Tuve la suerte de que me adoptara y me criara una familia excepcional. Pasé el resto de mi vida creando una familia de amigos leales que me han amado incondicionalmente y me han acompañado siempre, incluso cuando consideré terminar mi vida por ser gay. Gracias a esta gente, hoy pude encontrar fuerza.

 

Y hoy fue un día especial. Comenzó con una terrible tragedia, una que nunca olvidaremos y que la gente de Orlando está sintiendo intensamente. En estos próximos días, deberíamos honrar y escuchar sus deseos.

 

Pero aquellos que estamos en otros lugares tenemos la responsabilidad de estar de luto y de movernos. Después de varias horas llorando frente a la TV y reaccionando en las redes, decidí reunir a mi gente. Mandé un mensaje de grupo para invitarlos a ir conmigo a la fiesta de Boston Pride. Muchos respondieron enseguida. Nos reunimos con amigos en Back Bay. Nos encontramos allí con otros, algunos eran antiguos estudiantes con sus amigos.

 

La primera canción que oí fue “I wanna dance with somebody”, de Whitney, y sonreí por primera vez en todo el día. Este año, el público era más diverso, estaba más dispuesto que nunca a abrazarse y a bailar y a hablar y a vivir y a amar el presente. Toda la gente con la que me crucé reconocía la tragedia de Orlando, y muchos veían su presencia en una Fiesta del Orgullo como un acto de rebeldía amorosa. Después, un grupo de amigos fue a Club Café, uno de los boliches gay más populares de Boston. Había filas en las dos puertas.

 

Nadie tenía miedo. Afuera, hubo una vigilia por Pulse y por Orlando. Se sentía normal, tan normal cómo eso puede ser para nosotros.

 

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Hay cinco cosas que sucedieron en Club Café y luego de irnos que me parecen importantes. Primero, los que nos juntamos a cenar somos un grupo de queridos y afectuosos amigos que también son una mezcla de identidades de género, sexuales y raciales. Desafiamos a los que nos odian por reunirnos y no nos importa. Somos el futuro. Segundo, entre la variedad de gente que cantó en el piano bar, oímos a un viejo blanco —tan viejo como para haber sido parte de la lucha antes de Stonewall— esforzándose para cantar una balada clásica. Todos aplaudimos porque sigue adelante con su vida a pesar de todo. Espero poder hacer lo mismo. Tercero, mientras con CJ esperábamos para irnos a casa, aparecieron las legendarias Hermanas de la Perpetua Indulgencia, vestidas de negro y claramente de luto, después de haber participado en una vigilia por las víctimas de Orlando. Nos abrazaron y dijeron: «Feliz Orgullo». Al ser alguien que lucha con la religión, esto se sintió muy muy bien esta noche. Cuarto, CJ y yo tomamos un Uber a casa y nuestra chofer, una mujer negra criada en Filadelfia que se mudó a Boston cuando era adolescente, nos contó que está criando a sus hijos para que sean, en sus palabras, “libres”. Su hija de 15 años acaba de ir a su primera celebración del Orgullo. Y a ella le parecía bien “porque no habla de chicos o chicas. ¿Quién sabe?”. Chocamos los cinco y le dimos una pulsera de arcoíris cuando nos bajamos del auto. Y quinto, cuando llegamos a casa, vimos los Tony. No ha habido un día en que necesitáramos esta ceremonia más que hoy.

 

Pero no interpretemos esta celebración como insensibilidad el día de esta histórica masacre. Nosotros vivimos porque ellos ahora no pueden, y lo hemos hecho siempre. Cincuenta personas murieron anoche, más o menos a la misma hora, debo agregar, que la policía allanara Stonewall Inn en junio de 1969. Todavía no sabemos quiénes fueron todos los que estuvieron allí. Pero podemos estar seguros de que había gente queer de todo color, género y sexualidad. Fueron nuestros hermanos y hermanas latinxs. Eran patrones y empleados. Eran aliados y familia elegida. Eran gente como nosotros.

 

Pueden matarnos, pero todavía estamos aquí.

 

Pueden intentar matarnos, pero estaremos aquí siempre.

 

Siempre trataron de matarnos, y por eso somos fuertes.

 

Y estamos aquí y somos fuertes porque siempre creímos en un mundo diferente.

 

Y ese mundo, el mundo que yo y muchos otros conocemos y amamos, aquel que es y ha sido siempre mucho más que sangre, le hace señas a un mundo nuevo para que se acerque, incluso, aunque eso amenace su existencia.

 

¿Qué mundo querés vos?

 

Traducción: Pilar Echave.


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