Paula Sibilia visitó Colombia como disertante en el Congreso “Vida y muerte enredadas: transformaciones del luto en la era de internet”. Esa experiencia le dictó, después, ideas sobre esta carcasa a la que llamamos cuerpo, sus limitaciones, nuestra desesperación por vivir para siempre y cómo el universo digital -desde instagram hasta la reprogramación genética- llegó para eso. El texto es una de las 15 piezas de "Cuerpo", el libro de la colección AnfibiaPAPEL. Además, Ana Minujín lo interpreta para nuestro podcast "Historias que cuenta mi cuerpo".



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El auto es blanco y gigante, imposible no verlo al salir del hotel. La puerta delantera ya está abierta y a su lado el chofer, con impecable traje oscuro, me hace una especie de reverencia. Recién entonces leo la perturbadora inscripción: “coche fúnebre”. Dudo un instante, casi como un automatismo defensivo, pero en seguida acepto mi suerte y obedezco. 

 

Nos dirigimos al Centro de Eventos y Exposiciones de Medellín. Mi conferencia se llama “Vida y muerte enredadas: transformaciones del luto en la era de internet” y abrirá las sesiones del VI Congreso Internacional del Duelo, organizado como todos los años por la Corporación Colombiana de Empresas de Servicios Funerarios.

 

Cuando miro hacia atrás noto que no hay asientos: sólo un espacio vacío previsto para el cajón. Pienso que el cartelito que usualmente lleva el nombre del muerto debería tener el mío esta mañana: Paula Sibilia, en sobrias letras doradas. ¿Cómo será el viaje cuando me toque ir en esa parte del carro? Suenan bocinas: en el universo de los vivos que todavía habito es hora pico y hay un tránsito infernal.

 

 

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Si ponemos el foco en el yo (sobre todo mi yo), hay que reconocer que esta carcasa que llamamos cuerpo tiene sus limitaciones. Tanto la resistencia como la durabilidad de su diseño biológico dejan bastante que desear: además de que nunca lució como a una le gustaría, la cosa se enferma, envejece, en última instancia siempre se muere.

 

¿Cómo vivir sabiendo que en algún momento este organismo va a fallar del todo y junto con él yo me extinguiré como si nada? Y que eso va a ocurrir este mismo siglo, quizás este año, incluso esta maldita noche: ¡impensable! Si carecemos de recursos espirituales para enfrentar las más mínimas frustraciones cotidianas, ¿cómo administrar la catástrofe definitiva que implica una muerte, sea propia o ajena? Y si antes cierta resignación formaba parte del menú básico de todos los mortales, ahora se ha vuelto intolerable admitir cualquier límite a la expansión personal.

 

Una posibilidad es no conformarse y listo, como le pasó al chino Huang Yu con su amado Garlic. “La muerte de su gato lo dejó devastado, así que lo clonó”, tituló el New York Times en septiembre de 2019. “Garlic es irremplazable para mí”, comentó su amo; por eso pagó varios miles de dólares a la empresa Sinogene para que le solucione el problema.

 

Algo comparable a lo que sucede cuando se nos rompe una buena valija o una ropa que nos gustaba o aquella lámpara increíble de la abuela. Lo que quisiéramos es conseguir desesperadamente una copia igualita para poder substituirla de inmediato y así evitar el disgusto de tener que encarar un duelo por lo que fatalmente se ha perdido. Pero aunque sea posible conseguir un velador idéntico al que se hizo añicos, un reemplazo equivalente todavía resulta imposible si la que se rompió es la mismísima abuela, por ejemplo, en vez de su lámpara adorada.

 

¿Y si la clonáramos, como hizo Huang con su gato? En el caso de las mascotas, se trata de una opción ya disponible en el mercado. ¿Pero qué pasa con nosotros los humanos? ¿Qué hace la tecnociencia que no se apura con eso? Pues algo hace y sí que se está apurando.

 

Paisas es el nombre que se le da a quienes nacen en Medellín. Por lo que vengo viendo son amables, un tanto formales y muy orgullosos. El sábado ya no hay más congreso, pero la agenda de los conferencistas internacionales sigue activa: nos llevan a pasear. Hasta Guatapé son un par de horas de ruta, a esta altura el chofer ya entró en confianza y me pregunta qué música deseo escuchar. La charla se distiende, Rubén se pone a cantar y entona bastante bien, bromeamos: si tenemos un accidente, me dice, al menos estamos en el auto adecuado. Risitas nerviosas. En este trabajo lo que no nos falta son anécdotas divertidas, ¿quiere que le cuente algunas?

 

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Cuando la técnica gana proporciones casi mágicas, la muerte deja de ser una fatalidad inherente a la condición humana —por ende, algo inevitable para todos— y se convierte en una especie de falla lamentable de la ciencia en su estado actual. Un desliz que pronto será convenientemente subsanado. Ante ese horizonte que se vislumbra cercano, la muerte es un episodio escandaloso e insoportable: algo que podría y debería haberse evitado, aunque “todavía” no sea posible. 

 

Es cada vez más común que las familias contraten cremaciones, ya no se estilan tanto los pomposos velorios y cortejos de antes… en cierta ocasión estaban a punto de cremar a una señora, de repente el hijo tuvo una corazonada y pidió que abrieran el cajón para ver el rostro de su madre por última vez. ¿Y qué pasó? Pues grande fue la sorpresa al descubrir a otra finada en su lugar, aunque la ropa que vestía sí era la de su mamá.

 

“La muerte cerebral no es totalmente irreversible”, fue la bombástica conclusión de un experimento realizado en abril de 2019 por un equipo de científicos norteamericanos. Ese tipo de novedades no son raras. Ya hace tiempo que los límites entre vida y muerte se han vuelto más difusos, menos evidentes o contundentes que en otras épocas, cuando bastaba tomarle el pulso a alguien para constatar que su corazón había dejado de latir y, acto seguido, se le despachaba el certificado de defunción. 

 

Dos camilleros entran a la habitación del geriátrico donde duermen seis viejitas, ¿cuál sería la que acababa de morir y ellos se tenían que llevar? El enfermero no había llegado aún y el vigilante que les abrió la puerta del edificio sólo les informó el número del cuarto y les indicó el camino. Luego de observar a las seis mujeres, se ponen de acuerdo en que la fallecida debía ser la de la izquierda, porque estaba especialmente pálida y quieta. Se acercan, le toman el pulso y lo confirman: es ella. Cuando la empiezan a trasladar, sin embargo, la señora se despierta a los gritos y ellos casi se mueren del susto.

 

El respirador artificial es sólo un componente del instrumental inventado para revertir lo que antes habría sido un incuestionable punto final. La industria farmacéutica es una poderosa usina de milagros que apenas existía un siglo atrás. Aun así, los cuerpos insisten en su consistencia viscosa y perecedera, demasiado orgánica, y la gente se sigue muriendo. 

 

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Cierta vez el muerto era un matón bastante temido y respetado en la región. Cuando fueron a retirar el cajón del velorio para enterrarlo, los empleados de la funeraria notan que está vacío. ¿Qué ha pasado señores, dónde está el finado? Entonces una niña apunta su dedo hacia uno de los hombres que estaban sentados en las sillas contra la pared, trajeando elegante sombrero y anteojos oscuros… ¡era él!

 

Así es, la gente se sigue muriendo: todos, incluso los ricos y famosos. De allí la urgencia por burlar los anclajes que nos condenan a nuestro endeble sustrato físico, ideando formas de emularlo con materiales más confiables que la mera carne trémula. Lo que se busca, en verdad, es descubrir un modo de desactivar la función muerte para vivir eternamente. ¿Cómo? El flamante universo digital de la informática está allí, también, para eso. La reprogramación genética no es sólo una metáfora, y las impresoras 3D ya fabrican todo tipo de órganos con potente vocación sustituta.

 

En el entierro de este señor, uno de los hijos se adelantó para limpiar y decorar la bóveda familiar. Cuando llegó el cajón, otra hija empezó a cantar una canción que se hizo célebre gracias a un reality show de la televisión, vociferando “Te queremos, Papá”, mientras el resto de los presentes la acompañaba con sus coros y aplausos. Algunos se pusieron a filmar y a sacar fotos, incluso los empleados de la funeraria fueron gentilmente invitados a posar junto al cajón, todo para Instagram.

 

En fin (¡con perdón de la palabra!), como dijo un especialista consultado por el New York Times a propósito de la clonación del gato chino: “Hay una demanda en el mercado, entonces, ¿cuál es el problema?”.

 

 

 


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