La crisis primero y la pandemia después obligaron a miles de bares y restaurantes de Buenos Aires a bajar sus persianas. Despedimos a un bar que cierra como a un viejo amigo: con una foto, una anécdota y un emoji de corazón roto. Ese adiós virtual es un género en sí mismo, una marca de época. Mientras explica por qué necesita que reabran La Giralda, Inés Ulanovsky conversa con otros artistas sobre haber sido felices en lugares que ya no existen.



“A los lejos veo una luz que titila como una marquesina. 

Espero que sea un bar.”       

María Moreno, Black Out

 

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Despedimos a un bar que cierra como a un viejo amigo: una foto, una breve anécdota o recuerdo personal y un emoji de corazón roto. Ese adiós virtual es un género en sí mismo y una marca de esta época. La certeza de finitud aparece en ese plato, ese mozo o ese café que fueron parte de nuestras vidas y que ya no volverán. Fuimos felices en un lugar que ya no existe.

 

La crisis económica primero y la pandemia después se llevaron puestos a miles de bares y restaurantes de esta ciudad. Desde el sindicato de gastronómicos advierten que es el peor momento que les tocó vivir y que en el último año cerraron más de 2800 comercios y se perdieron unos 23.000 puestos de trabajo registrados. 

 

Una respuesta antipática y muy habitual al posteo-despedida es que se llora el cierre de un bar al que ya nadie iba. Entonces es inevitable sentirse culpable y quedarse con la sensación de que se podría haber hecho algo, por ejemplo ir más seguido y tal vez así, salvarlo del final.

 

¿Qué hicieron esos bares por nosotros? Mucho. Nos dieron de comer y beber, nos ofrecieron una silla para descansar, una mesa para trabajar y una ventana desde donde mirar. Fueron lugares perfectos para hacer tiempo o para no hacer nada. Un universo paralelo en donde los mozos con años de oficio desarrollaron un manejo sobrenatural de la memoria, el equilibrio y la elegancia. 

 

La mejor mesa del mundo

 

Mi bar es La Giralda. Todos los viernes y todos los sábados de 1990 fui feliz ahí. Con mi amiga Florencia cursábamos primer año de la secundaria y todavía no pertenecíamos del todo a ninguna de las tribus estéticas, políticas o musicales disponibles en el universo adolescente. Mientras buscábamos, ese bar se convirtió muy pronto en un lugar al que ir. Era barato para la precaria economía que manejábamos a esa edad y esas mesas diminutas de madera y mármol nos contuvieron de inmediato. Podíamos pasar horas ahí consumiendo apenas una coca o un café y desde la mesa de la ventana -probablemente la mejor mesa que exista- observábamos el mundo adulto y empezábamos a ser parte de él.

 

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Me voy al bar

 

Martín Kohan todavía vivía con sus padres cuando estrenó una de las frases de su vida: “Me voy al bar”. Ese bar era El Savoy, ubicado en Cabildo y Rivera, y era el lugar adonde le gustaba ir a leer. Desde hace 40 años su bar es La Orquídea (Corrientes y Acuña de Figueroa). Ahí él escribe a mano: las novelas en cuadernos Rivadavia de tapa dura y lapiceras a tinta y las columnas, artículos y notas de clase en cuadernos de tapa blanda, más que nada de Boca Juniors con bolígrafos marca Faber. Cuando tiene que dar clases en la facultad para en el bar Sócrates (Puan y Pedro Goyena) y elige Los Galgos o La Ópera si tiene que ir al centro. Para él los bares son la posibilidad de estar solo y con otros a la vez: “Esa es la clave para mí. No tener que elegir entre soledad y compañía o en todo caso elegir esa clase de soledad: soledad con otros. Para encontrarme con alguien prefiero siempre el bar y no mi casa (o la de otro). Es más fácil irse de un bar que de una casa.” Kohan prefiere escribir en el bar y no en su casa aunque forzado por la pandemia hubo días que debió hacerlo: “No sé si hay diferencias objetivas entre lo que escribo en bares o en mi casa en el resultado de lo escrito pero sí hay una diferencia (muy grande) en la experiencia de escribir. La del bar la disfruto más, me gusta más ese entorno (la calle, el movimiento, la otra gente). Lo que no me gustan son los bares literarios, los bares de escritores. No me gusta esa connotación, esa sobreactuación. Tampoco creo que los bares me hayan formado. Eso funciona más bien en la mitología de Discépolo. En mi caso, no: ni dados, ni timba. Y filosofía, en la universidad. Los bares son un lugar donde estar, no hace falta pedirles más. Con eso es más que suficiente”.

 

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Sola en los bares

 

Hilda Lizarazu compuso “Sola en los bares” a principio de los 90, una canción perfecta que se convirtió de inmediato en un hit. Ahí se contaba la historia de una joven trans que no era hombre ni mujer pero también tenía -al menos para mí -una segunda lectura: era una invitación a animarse a estar sola en un espacio en el que históricamente predominaba lo masculino. Para Lizarazu los bares de Buenos Aires son espacios indispensables: “Son emblemáticos y poéticos y los sitios de reuniones de la ciudad, son contenedores de soledades y de historias personales”. Durante los 80 la joven Hilda trabajaba de ayudante en un estudio fotográfico y al terminar cada jornada visitaba el bar Seddon en el centro porteño. En los 90 fue una asidua concurrente a El taller, en Plaza Serrano. Hoy no existe ninguno de los dos. Hilda va sola a los bares pero también va acompañada: “amo los bares, disfruto mucho el aroma y el sabor del café, el silencio y el soliloquio. Me gusta estar sentada con luz natural frente a un ventanal mirando la gente pasar. Los bares para mí son siempre un gran plan.”

 

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Buquebus a Tailandia

 

Toda mi vida pensé que mis padres se habían conocido en el bar La Paz pero hace unas semanas esa versión fue desmentida por mi papá. No sé en qué momento se produjo ese equívoco histórico del que me apropié pero evidentemente me gustaba la idea de que hubiera un bar en el origen de mi existencia. La Paz cerró en abril por la crisis y por la pandemia, pero unos años antes ya había cambiado dramáticamente su fachada, cuando debió cederle todas las ventanas que daban a la Avenida Corrientes a un kiosco Open 24. Antes de eso fue el bar de María Moreno: “Ya no hay bar pero obviamente La Paz fue el mío. Soy un clásico de mi época, que vamos a hacer. Había otros como El Ramos si nos agarraba la trasnoche o La Giralda a la mañana pero mi bar fue La Paz durante los 20 años que fui. Fernando Noy lo llamaba Buquebus a Tailandia”.

 

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Se vende

 

Es 2021 en Buenos Aires, es el mediodía y es otoño. Camino por Medrano hasta Gorriti. En esa esquina hay un bar o un ex bar con un cartel de “se vende”. Sobre el frente, pintado con dos tonos de verdes distintos, se proyecta la sombra de un árbol. En la ventana pueden leerse dos de mis palabras preferidas: Café y Bar. Me asomo a ver el interior y descubro que no hay absolutamente nadie. Las puertas y las ventanas están abiertas y el bar todavía permanece intacto, hay mesas de fórmica blanca, sillas, una barra, tazas, platos, vasos y todo lo que se necesita para ser un bar. Me parece de una belleza descomunal. Saco algunas fotos del bar fantasma más lindo que vi y las publico en Instagram. Escribo que lo quiero comprar pero para dejarlo intacto y que así sin reciclarlo se vuelva a llenar de gente. Varios me responden que hagamos una vaquita o una sociedad para comprarlo entre todos y salvarlo antes de que deje de existir. 

 

 

Hasta el fin de existencias

 

Leandro Lattes es un diseñador argentino que vive en Madrid desde 1991. En el 2002 y durante tres años fotografió incansablemente los bares de esa ciudad porque empezaban a desaparecer, cambiaban su aspecto por uno más “moderno” o directamente cerraban. Leandro hizo un registro minucioso de esos bares y cafeterías tradicionales y creó un inventario visual y amoroso de barras, mesas, banquetas, sillas, carteles, pisos, escaleras, baños, luces, vasos, servilleteros, vitrinas con comida y carteles con la palabra Bar. Espacios cotidianos que vistos a través de sus ojos se volvieron extraordinariamente bellos. Con ese material editó un libro llamado Hasta el fin de existencias 2, la segunda parte de un proyecto de registro más general de la ciudad. La foto de tapa es un detalle de la marca -apenas perceptible- que un vaso dejó en una mesa de madera. Casi 20 años después Leandro sigue en Madrid. Le pregunto por mail si visita alguno de esos bares y me responde que no porque ya casi ninguno existe. 

 

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Los restos de una ciudad

 

Martín Rodriguez dice que él creció cuando los bares no eran “notables”, simplemente estaban: “Son lugares en los que pasa de todo, es donde quedan los restos de una ciudad, los que ya no circulan. El tiempo ahí pasa más lento. Conviven las modas. Lo viejo y lo nuevo”. Rodríguez fue cambiando de bar preferido según la época, el trabajo, los estudios o las mudanzas: “Ahora mi bar es una parrilla. Todos los días que puedo ando por ahí, si no como, tomo café. Los bares son los comités que quedan ahora que ya no quedan”. De noche el paisaje cambia: “Con unos amigos fuimos muchas madrugadas al Tolón y ahí veías caer la resaca de la ciudad que iba muriendo. El marido de Adriana Aguirre o Jacobo Winograd, escritores, comisarios y yiros. Yo creo que los bares son mil cosas pero también son esos lugares donde hacemos las paces, nuestras Moncloas personales, el partido vecinalista, los lugares donde firmamos cheques en blanco, treguas, reconciliaciones. Son templos de amistad. En los bares está lo que no termina de morir”. 

 

Mesas en la calle

 

Es 2021 y es otoño. Una pandemia nos mantiene en vilo desde hace más de un año y solo en Argentina murieron más de 92.000 personas a causa del Coronavirus. Las restricciones van cambiando según lo que indique el termómetro sanitario. En el momento que escribo esta nota los bares están habilitados únicamente para el servicio de delivery y TAKE AWAY, eso es lo que dicen los carteles que cuelgan de sus ventanas. También está permitido sentarse al aire libre. Las mesas le ganaron terreno a las veredas modificando considerablemente el paisaje urbano. Por momentos la ciudad parece un gran set de filmación de una película de Pino Solanas pero empieza a hacer frío y la gente casi no se sienta. Eso es lo que dice el encargado del Bar La Ópera que está abierto pero completamente vacío, un lunes a las 11 de la mañana. Jorge y Bernardo, dos mozos históricos esperan la llegada de algún cliente. La Ópera resiste: “No hubo que echar a nadie pero estamos muy endeudados. Esperamos que con las vacunas todo esto por fin termine”, dice el encargado mientras mira por una ventana en la que puede leerse: “Desde 1928, 80 años juntos”. A pocas cuadras de ahí todavía existe uno de los bares más lindos de la ciudad: el Mar Azul. Está abierto. Un señor con barbijo toma un café sentado en una mesa de afuera. Detrás de la barra Carlos Encina, el titular del bar desde el año 2006, prepara un tostado: ”El habitué de este bar era el que trabajaba en las oficinas de la zona y desde hace meses que no están viniendo”. Carlos que ya está vacunado tiene fé en que pronto todo empiece a mejorar. 

 

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Sonido ambiente

 

Para el músico y productor Nico Cota el sonido que hay en los bares es muy inspirador: “Hay una música que se arma naturalmente entre las conversaciones de los habitués y los ruidos de la máquina de café. Es horrible cuando aparece una tele a todo volumen, porque te corta todo pero es muy lindo cuando ese sonido ambiente se mezcla con una balada clásica que suena de fondo, ese mix es muy bueno.” La idea de aura también podría aplicarse a los bares para dividirlos en dos categorías: originales y reproducciones seriadas. En ese sentido Cota siente que los bares con historia son un refugio para él mientras que nada parecido le pasa con los que se “aggiornan” o los que son  franquicias impersonales. Durante años fue habitué de El Dado, un bar ínfimo ubicado en Paraná al 300 que también cerró: “Ahí íbamos varios músicos a desayunar después de tocar toda la noche en Oliverio. Era una de esas barras hermosas con los mejores sandwiches de la zona hechos en el momento, buenas medialunas y el logo del dado grabado en las tazas de café. Apilabamos los instrumentos debajo de la barra y desayunabamos hambrientos y re manija por lo que habíamos tocado”. Nico Cota siente que los bares también se heredan: “Mi viejo me hizo conocer Le Caravelle, La London o El Florida Garden, todos lugares hermosos con esa mística tan de la ciudad. Yo también comparto eso con mi hija. Tengo muchos recuerdos familiares en los bares”

 

Ayer, hoy y siempre

 

Es lunes 21 de junio de 2021, hay sol y es feriado. Me encuentro con mi amiga Florencia y caminamos por Corrientes, sin detenernos nunca desde Medrano hasta Paraná. La calle está desierta. Son las 12 del mediodía y casi todos los comercios están cerrados. No queda claro si por el feriado, por el confinamiento o por la crisis pero parece el fin del mundo o como mínimo el fin del centro porteño. Llegamos a La Giralda que está cerrada desde 2018. La información que circula es que están terminando eso que llaman “puesta en valor” y que su reapertura sería inminente. Con la remodelación cambiaron el cartel del frente por uno con letras doradas que es simil antiguo pero es nuevo. “Ayer, hoy y siempre” dice -también en dorado- una de sus ventanas, eso antes tampoco estaba. Nos acercamos para mirar hacia adentro pero los vidrios están completamente tapados con papel madera y no es posible ver nada. Paradas frente a esa ventana por la que vimos el mundo en 1990, nos prometemos volver juntas el día que reabra. Pienso en el destino de las mesas de mármol, las mini botellitas de las vitrinas, los espejos biselados, el neón del fondo celeste y verde y los mozos de siempre y me doy cuenta de que necesito que todo eso siga estando ahí. Al cierre de esta nota el artista plástico Daniel Santoro postea en su cuenta de Instagram una foto de un cuadro llamado “Teorema de La Giralda”. La obra es preciosa y me alivia saber que al menos ahí todo permanece intacto: están las mesas de mármol, las paredes de azulejos blancos con guarda negra, el cartel de neón (prendido) que dice chocolate con churros, las luces de tubo y las ventanas de madera por las que se llega a ver la marquesina del cine Lorca. Hay hombres sentados (adentro), nadie usa barbijo y no hay rastros de ninguna pandemia.

 

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