Los empresarios que esperaban una devaluación y los ahorristas de clase media que delinquen por un dólar comenzaron el año montados a la fiebre verde. Porque el dólar les importa a todos: marca el ritmo del presente y el futuro. Alejandro Rebossio, el periodista que trazó como ninguno el mapa de las cuevas ahora indaga en las estrategias de los peces gordos para maximar sus ganancias remarcando y en la carrera desesperada de la clase media, aterrada por perder la capacidad del consumo.



D.C., un director cincuentón de una de los grandes fabricantes de alimentos de Argentina, suspendió sus vacaciones de enero. Se quedó en Buenos Aires, intuía, desde que Guillermo Moreno dejó el gobierno, un verano complicado. En sus oficinas, en la casa, en todos lados chequeaba su Samsung de pantalla táctil a cada instante. Por eso, la mayor devaluación del peso en 12 años lo agarró en estado de alerta. El 22 de enero, cuando el dólar subió de 6,87 a 7,14 seguía por las webs de Clarín y La Nación el minuto a minuto de la devaluación que el gobierno, como lo aseguraban sus funcionarios, venía resistiendo desde 2011. Al día siguiente, el valor del dólar escaló a 8,02: 17% en 48 horas. Cuando le sonó el celular y vio en la pantalla el contacto de un proveedor, D.C. ya se imaginaba lo que venía.

 

El proveedor le vende a D.C. envases de cartón. Esa mañana del 23 de enero lo llamó y le dijo: voy a dolarizar los precios. El argumento era que su insumo era una materia prima con cotización internacional. Y de un saque subió automáticamente un 17% los precios de sus envases.

 

Minutos después sonó de nuevo el Samsung de D.C. El fabricante de envoltorios de plástico le informó que dolarizaba los precios porque producía un derivado del petróleo, que cotiza en la moneda de Estados Unidos. Entonces D. C. se apuró en buscar al proveedor de envases metálicos. Quería primerearlo, anticiparse para tener margen de negociación.

 

-Te tomo el pedido, pero no tengo precio –le contestaron.

 

-¿Pero cuánto me vas a cobrar? –preguntó desde sus oficinas de La Boca.

 

-No sé. Al precio del dólar del día de entrega. Y pagame cash.

 

D. C. no está acostumbrado a que le exijan pago en efectivo. Su empresa es grande, emplea a 2.000 personas. Con el argumento de defender al consumidor, el gobierno de Cristina Kirchner ha empezado a llamar a los proveedores de esa y otras compañías de alimentos para que moderen sus aumentos. Pero ante aquel primer cimbronazo por la devaluación, D. C. citó a un empleado del área de compras para preguntarle por los productos importados que ellos comercializan en Argentina y que debían abonarlos en divisas. Quería saber cuánto stock tenían guardado. Lo inquietaba saber cuánta mercadería ya estaba viniendo en barco desde EE UU, México o Brasil. Después empezó a pensar cuándo aumentaría sus propios precios.

 

Dos semanas después me recibe no en la Boca, sino en el microcentro, en las oficinas de la consultora de prensa que contrata su compañía. Viste una camisa a cuadros y un pantalón azul de vestir. Cada tanto el celular vibra sobre la tapa de un libro de lomo negro que habla de la Gestapo. Fue un diálogo franco en el que, de todos modos, D.C. repetía el libreto del empresario crítico del kirchnerismo. Hasta habló de “los planes Trabajar”. Es probable que D.C. no se haya referido a los 100 mil subsidios que distribuyó el gobierno de Carlos Menem cuando el desempleo rondaba el 15%, sino a las 3,5 millones de asignaciones universales por hijo que ha distribuido el actual gobierno con la condición de que los desempleados (6,4%) y trabajadores en negro (34%) envíen a sus niños a la escuela y a los controles sanitarios.

 

Y con el tono elevado, apresurando las palabras, dice cosas como estas:

 

-Si vos tenés 30 pesos en el bolsillo, yo quiero todos tus pesos, todos. Hago productos para que vos me compres. Yo no soy un cura o pastor evangélico, soy un empresario.

***

-¿Qué hacemos con el dólar a 7,14?

 

El responsable financiero de una de las empresas telefónicas instaladas en Argentina llamó a G.S., director de su firma.

 

-A 6,87… -le respondió G. S. Cuarenta años, la piel tostada, G.S. no parecía preocupado por posibles devaluaciones.

 

-No, ¡está a 7,14! –lo corrigió el financiero.

 

G.S. no lo dudó: dispuso rápidamente que se dolarizaran los precios de todos los modelos nuevos de teléfonos. Son aparatos que se ensamblan en Tierra del Fuego con 100% de piezas importadas. El manual y la caja son industria argentina. A los modelos viejos les congeló el precio: también son hechos con componentes extranjeros, pero G. S. no quería quedarse con un sobrestock de productos de futuro obsoleto. Las instrucciones se cumplieron en minutos en todos los locales de su empresa. Días después, en su escritorio de paredes blancas y cuadros con publicidades de su marca, en pleno centro de Buenos Aires, G.S. ya había perdido buena parte del bronceado. Sus amigos lo llamaban y le pedían que les reservara el último modelo un celular de alta gama. Tenían miedo de que los precios del dólar y del aparato se dispararan hasta volverse inalcanzables.

 

–Cuidá tu teléfono porque no sé si va a haber reemplazo –les aconsejaba G.S., con el celular en el bolsillo y un auricular con cable conectado a la oreja.

 

La devaluación de por sí encarece en términos de pesos los bienes importados, pero además el secretario de Comercio, Augusto Costa, está demorando el ingreso de productos extranjeros que no se consideran esenciales, según lo que cuentan algunos empresarios. Es que el equipo económico que asumió en noviembre con Axel Kicillof a la cabeza se fijó el objetivo de frenar la caída de más de un tercio de las reservas del Banco Central que ocurrió entre 2011, cuando marcó un máximo histórico, hasta hoy.

 

En teoría la devaluación incentiva la exportación y desalienta la importación, con lo que entran más divisas al país y se recomponen las reservas. A su vez, estos recursos del Banco Central son clave para evitar nuevas depreciaciones del peso, y su consiguiente impacto inflacionario, y le permiten al país pagar la deuda externa e importar la energía y los insumos necesarios para no detener el ritmo de la producción. Pero el primer impacto de una devaluación es inflacionario y empobrecedor, y eso lo advertía Kicillof cuando era viceministro de Economía el año pasado.

 

Aquel 22 de enero devaluatorio, N. J., un ingeniero industrial de 33 años que trabaja en una compañía proveedora del campo argentino, estaba muy lejos de su oficina del centro porteño: iba en un auto con volante a la derecha rumbo a Stratford-upon-Avon, el pueblo donde nació y murió William Shakespeare, a 168 kilómetros de Londres. Manejaba la hermana, que vive en la capital británica por el trabajo de su marido. Atrás iba su mujer, embarazada. Los dos primeros hijos del matrimonio habían quedado en Argentina al cuidado de los abuelos. Este joven graduado en la Universidad Austral había organizado diez días de visita a su hermana para aprovechar el “dólar barato” de las primeras tres semanas de enero. Pero N. J. no lograba distraerse con el verde de los campos ingleses: a cada rato leía las noticias en el teléfono. Así se enteró de la depreciación de los pesos con los que iba a tener que pagar esas vacaciones en cuotas.

 

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-¡Uy! ¡Se fue a la mierda el dólar! –les dijo a su mujer y a su hermana.

 

Con un master en administración de empresas también en la Austral, el joven padre de familia calculó primero que todos los gastos con tarjeta iban a terminar siendo una cuenta en pesos más abultada de la presupuestada. Antes de partir hacia Londres había logrado autorización de la AFIP para hacerse con algunos dólares. Como eso no le alcanzaría para todos los gastos, N. J. planeaba pagar el resto con tarjeta.

 

N. J., al igual que el empresario telefónico G.S., se convertiría días después en uno más de los miles de argentinos que volverían a comprar dólares para ahorro, después de 19 meses de abstinencia, del llamado “cepo cambiario” que comenzó en octubre de 2011 en el país en el que se han acumulado más dólares en efectivo per cápita fuera de Estados de Unidos.

***

El lunes 27 de enero se puso en marcha el levantamiento parcial del cepo, pero el sistema informático de AFIP se saturó de consultas y solo 239 personas pudieron hacerse de dólares. Aquel día, N. J. aterrizó en Ezeiza después de su periplo inglés. Dos días después tenía turno para hacerle la revisión de los 30 mil kilómetros al Citroën Picasso que había comprado nuevo en 2011. El miércoles 29 se batió el récord de operaciones cambiarias, 53.845. En febrero se calmó la demanda diaria, sobre todo porque pasó el síndrome de abstinencia y porque el Banco Central logró bajar el dólar a 7,78 pesos. El 18, por ejemplo, hubo 9.010 transacciones.

 

Cuando N. J. llegó con su auto a la concesionaria en Florida, en Vicente López, en el Gran Buenos Aires, sientió el primer topetazo de la devaluación en su vida.

 

-Ahora sale 5.500 –le dijo el empleado de la concesionaria. El precio de la revisión era, unos días antes, de 5 mil.

 

-¿Qué aumentó? –le preguntó N. J.

 

-Hay mucha incertidumbre en los precios.

 

Un día después, el 30 de enero, N. J. se decidió a comprar dólares. Viajó en su Citroën de Florida al centro y en la computadora de su oficina se metió en la web de la AFIP. Quería ver cuánto lo autorizaba a comprar. “Si la AFIP me da 300 dólares, no voy ni a palos a hacer la cola en el banco”, pensó. Pidió permiso para adquirir dólares por 100.000 pesos (12.836 dólares) y la agencia tributaria le aceptó poco más de 7.000 pesos (898 dólares). Entonces se fue a una sucursal del banco Santander, a dos cuadras de su oficina. Llegó a las 11, sacó número y esperó una hora. El aire acondicionado no funcionaba. No dejó los billetes en el banco sino que se los llevó encima: tiene una deuda en dólares con un familiar por la compra de su departamento y debe ir reduciéndola. Desde la década del 70, los inmuebles terminados en los barrios ricos y de clase media en toda Argentina se pagan en general en dólares y en efectivo, según los registros hallados de aquel tiempo por los investigadores Alejandro Gaggero y Pablo Nemiña, del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES).

 

Antes del cepo, N. J. retiraba dólares por cajero automático o los adquiría por Internet.. Comenzó a ahorrarlos en 2007, cuando la moneda norteamericana cotizaba a 3,40 pesos. Cambiaba solo los meses en que le sobraban pesos. Pese a su amplia formación en negocios, sus alternativas de inversiones se reducen al básico dilema de la clase media argentina: dólares o plazo fijo en pesos. Y N. J. opta ahora por comprar dólares.

 

-Cuando el dólar estaba estable, yo hacía mucho plazo fijo en pesos. Si tuviese guita, compraría inmuebles. Pero no la tengo.

 

N.J. tiene su propio cálculo para cotizar el dólar: hace un promedio entre el dólar oficial y el blue. Hoy, para él, 1 dólar es igual a 10 pesos.

***

Después de los dos días de devaluación, Kicillof y el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, anunciaron que se levantaba parcialmente la veda para comprar dólares. Desde entonces y hasta el 18 de febrero, la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), el organismo que autoriza las operaciones según los ingresos declarados por cada contribuyente, contabilizó 410.000 transacciones (179.000 en cinco días de enero y 231.000 en 13 días de febrero), varias de ellas hechas por las mismas personas, que tienen un cupo mensual. Cada mes pueden comprar el equivalente al 20% de sus ingresos, siempre y cuando ganen más de 7.200 pesos (924 dólares). También hay un límite de 2.000 dólares mensuales, que solo podrían comprar aquellos afortunados con un salario de más de 77.900 pesos (10.000 dólares). La devaluación y la liberación parcial del cepo empujaron a empresarios a subir precios y a ahorristas a comprar “lechuga” o “rúcula”. El jefe de Gabinete habló de especuladores: “Hay grupos poderosos que ponen los precios que se les antojan y también existen comerciantes inescrupulosos y empresarios que aumentan por las dudas”.

 

Economistas filokirchneristas como Aldo Ferrer consideran que es natural que los empresarios especulen: “El empresario es un maximizador de ganancias. Y si usted lo pone a ganar plata especulando, va a especular”. Desde la heterodoxia económica, observan una combinación de ajuste ortodoxo, es decir, recorte de gastos como los subsidios al colectivo y suba de tasas de interés, con los acuerdos con empresas de consumo masivo para fijar Precios Cuidados, como los 100 productos básicos de los supermercados, sobre un universo total de 10.000. El gobierno acaba de aplicar multas por 1,3 millones de pesos (166.000 dólares) a los comercios que no los colocan en las góndolas. Capitanich también ha acusado además de especuladores a los que compran dólares y no los dejan en una cuenta bancaria por un año, como anima el Gobierno, sino que se los llevan a cajas de seguridad en bancos o a sus casas, pese a que los que así proceden sufren un recargo tributario del 20% que solo se puede recuperar con un trámite burocrático en 2015.

 

Ni Martín Ussei, contador de 34 años que vive en Santa Rosa, La Pampa, ni Ciro P., rosarino de 27 que trabaja en la remisería del padre, planean dejar los verdes en el banco por un año. Ussei, secretario administrativo de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de La Pampa y líder de la juventud socialista de Santa Rosa, no se sorprendió cuando se enteró de la noticia de la devaluación del 22 de enero. La esperaba.

 

A Ciro lo soprendió, pero no tanto. Estudiante de las carreras de economía y periodismo, que no terminó, vive informándose. Y después opina:

 

-Y no sé si el 20% alcanza. No tengo conocimientos de teoría económica, pero veo altos los costos en dólares. Por ejemplo, el costo de los autos o del turismo en el exterior. Un Volkswagen Vento estaba igual que un Mercedes-Benz antes de la devaluación. O ir al Caribe 15 días te cuesta 3.000 dólares, cuando acá, por la misma atención y confort, gastás lo mismo.

 

Ciro vive con sus padres en el Parque Independencia y el año pasado se bañó en las playas de Cancún, previa compra de dólares en el mercado blue.

 

-Me dio por las pelotas porque tengo todos los ingresos en blanco y la AFIP no me dejó comprar ni un dólar. El celular que lleva en el bolsillo lo compró hace dos meses a 3 mil pesos. Ahora vale 4.500.

 

 

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El jueves 30 de enero Martín Ussei se presentó en el Banco de La Pampa. Oriundo de un pueblo del interior de la provincia, Rancul, tierra ganadera, pero de padre carpintero y madre comerciante, vive en pareja con su novia en un monoambiente que alquilan por 1.800 pesos (230 dólares). Ahorra verdes para comprarse algún día su casa. Antes de ir al banco, probó si la AFIP lo autorizaba a usar 10.000 pesos (1.280 dólares) para comprar moneda estadounidense. Le dejó adquirir poco más de 4.000 pesos (512 dólares). Imprimió la autorización y caminó hasta el banco. Había unos veinte clientes en la cola, casi todos con el certificado de la AFIP en la mano.

 

Ninguno de los tres empleados a los que les preguntó le pudieron resolver el trámite. Al día siguiente, volvió a insistir. Quería comprar dólares y dejarlos en su cuenta.

 

-No llegó la reglamentación. Si querés, tenés que hacer un plazo fijo por un año -le respondió el bancario, que carecía aquel día de la información correcta.

 

En realidad, días después se aclaró que para evitar la retención tributaria del 20% había que dejar los dólares en nueva cuenta especial por un año, pero con la posibilidad de retirarlos antes pagando ese recargo.

 

A Ussei le pareció demasiado tiempo dejar el dinero inmovilizado por un año. Su plan es seguir atesorando dólares, siempre y cuando no le llegue muy abultado el resumen de la tarjeta de crédito con los gastos de las vacaciones en Tucumán.

 

A Ussei no le va tan mal. A veces se arriesga más allá del dólar. El año pasado invirtió en acciones. Un amigo bien asesorado le recomendó hacerse de papeles de empresas exportadoras porque se beneficiaría con una eventual devaluación. Compró acciones de la siderúrgica Siderar, del grupo Techint, y del fabricante de aluminio Aluar. Hizo plata. Pero le da miedo la volatilidad de la bolsa. Por eso, ahora, apuesta al dólar. Cuando estaba la prohibida la compra encontró el atajo del dólar bolsa. En septiembre, los bonos que adquirió en pesos le pagaron capital e intereses en billetes con la cara de Franklin. Hace unos días el peso argentino lo tentó: una sucursal del banco Santander ofrecía una tasa del 22,75% para los plazos fijos en pesos a 90 días. Lo pensó. Pero desistió.

 

El tema de la casa propia lo obsesiona. Se anotó en el Programa de Crédito Argentino (Procrear), que creó el gobierno nacional para financiar la construcción de viviendas. Se pueden presentar los que tiene terreno propio o los que aspiran a un sorteo de lotes en tierras fiscales. Ussei se anotó, aunque no tiene terreno. Un predio de 15 por 30 metros en Santa Rosa cuesta 400.000 pesos (52.216 dólares). También allí hay fideicomisos para comprar viviendas en construcción, pero insumen cuotas mensuales de 13.000 pesos (1.664 dólares). Por eso decidió ir comprando lechuga.

 

En diciembre pasado tenía en la mira una casa que costaba 800.000 pesos. Que ahora cuesta un millón.

***

El martes 28 de enero Ciro P. se metió en la web de la AFIP para probar cuántos dólares estaba habilitado a comprar. Pidió autorización para comprar lechuga por 20.000 pesos (2.567 dólares). Todos apuntan alto porque saben que la AFIP después les rebajará las pretensiones. Ciro consiguió que le autorizaran 2.545 pesos (326 dólares). Después anuló el permiso porque no tenía esa cifra para concretar la operación. Siguió jugando y probó cuánto podían comprar sus padres. Su madre, profesora de bioquímica, 3.161 pesos (405 dólares). Su padre, nada.

 

-No somos una familia desesperada por los dólares. Es una inversión no sofisticada. Si rinde, mejor. En gran parte de mi vida mis viejos no ahorraron nada. Quizá este mes yo intento comprar. A 8 pesos está barato si los economistas dicen que debería estar a 11,40.

 

Ciro ahorra para comprarse un día un departamento. Lo más barato que ha visto dentro de los barrios de Rosario por los que busca rondan 450.000 pesos (57.766 dólares).Son casas en construcción. No ahorrado ni la mitad de eso. En dólar contante y sonante apenas tiene mil que retiró con tres tarjetas de crédito en cajeros automáticos de Cancún. Muchos argentinos recurrieron a la misma técnica para hacerse de verdes en el extranjero. Hace dos años compró un Volkswagen Voyage, es decir, un bien de consumo, pero a modo de inversión.

 

-Compré un auto porque cada año subía 25% y el plazo fijo en pesos me daba 18%. Los sucesivos récords de venta de autos en Argentina se explican, en parte, por la clase media que se volcó a bienes de consumo para resguardar parte de sus ingresos ante una una inflación que superó el 20% anual desde 2006, con la única excepción de 2009 (15%), según el promedio que arrojan los índices de las agencias provinciales de estadísticas.

 

Antes de ser nombrado viceministro en 2011, Kicillof señalaba que los índices de las provincias eran los más creíbles para medir precios. Ahora, como ministro, sinceró la inflación e informó que en enero, devaluación mediante, subió el 3,7%, frente al 2,5% que habían calculado las provincias en diciembre. Ciro tiene un plazo fijo en pesos desde los 18 años, cuando comenzó a trabajar con el padre. Con el tiempo lo fue engordando.

 

-Prefería el plazo fijo porque me da inseguridad guardar los dólares en casa. Me equivoqué.

***

-Lo que tratás, es de recuperar la facturación en dólares que tenías antes de la devaluación –dice, G.S, el director de la empresa telefónica.

 

La otra opción, explica el empresario, es la que eligieron muchas casas de electrodomésticos: no vender. No vender un producto dolarizado a cambio de pesos que, creen, pueden devaluarse más. El aumento de precios de los celulares no amilanó a los consumidores de clase media para arriba. Al contrario, apenas se devaluó el peso, se apresuraron a comprar bienes tecnológicos por miedo a que se encarezcan más o a que hubiese desabastecimiento. Así fue que la demanda de teléfonos de modelos viejos y nuevos se mantuvo igual de intensa que en 2013. Pero a lo largo de 2014 G. S. prevé vender menos equipos de alto valor.

 

-Entre billetes con la cara de Evita y tecnología, el tipo prefiere tecnología.

 

G. S. suele reunirse con la ministra de Industria, Débora Giorgi, el secretario de Comunicaciones, Norberto Berner, y el subsecretario de Comercio Interior, Ariel Langer. En el equipo de Kicillof, al que pertenece Langer, se preguntan si la idea de Giorgi de ensamblar electrónica en Tierra del Fuego es rentable para el país dado que cuesta millones de dólares en divisas para importar piezas, millones de pesos de impuestos desgravados a las industrias radicadas de allí y una cantidad exigua de empleos, según la visión del ministro de Economía. Con ellos G. S. habló para que le autorizaran importaciones. Está preocupado por su inventario. También llamó a los bancos por el financiamiento. Algunas casas de electrodomésticos ya han reducido el financiamiento sin interés de 12 a 6 cuotas y la compañía de G. S. va camino de lo mismo.

 

De regreso en Buenos Aires, G. S. está haciendo números sobre los incrementos que intentará acometer en las tarifas del servicio de telefonía celular. Sabe que esos aumentos deben anunciarse al Gobierno 60 días antes, según establece la ley. Y el incremento que en principio planeaba para junio, ahora quiere darlo en abril. -Después de la devaluación, queremos ver cómo se mueven los precios. La idea es que nuestras tarifas sigan la inflación. Voy a tratar de aumentar lo antes posible, pero no sé si voy a poder. Hay que ver qué aguantan los consumidores.

***

Cuando Guillermo Moreno renunció, D.C., el director de la fábrica alimenticia, se ilusiónó con una descomprensión de algunos controles: entre 2006 y 2013, Moreno sólo autorizó a las empresas como la de D.C. aumentos del 3, 7 o 9 por ciento, según un criterio que clasificaba los productos en “masivos”, “selectivos” y “boutique”.

 

Junto con otros empresarios del rubro, D.C. participó de varias reuniones con el nuevo elenco gubernamental: Capitanich, Kicillof y Costa.

 

-No somos marxistas –aclaró Costa en un encuentro en diciembre, mientras negociaba la canasta de los Precios Cuidados. Se refería a la etiqueta con que los diarios calificaban al equipo económico.

 

Para D.C., nada más lejos del marxismo que Kicillof y su equipo de graduados y profesores de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

 

-Lo que están haciendo ahora es lo más coherente de los últimos años –se refiere el empresario a la devaluación y la suba de tasas. Y pide más: dice que todavía falta recortar el gasto público para bajar la inflación.

 

Cuando Costa anunció en diciembre que los Precios Cuidados iban a regir a partir de enero, los empresarios aprovecharon las Fiestas para remarcar antes del congelamiento.

 

-Algunos subieron los precios 20% o 100%. Nosotros subimos entre el 20 y el 40. Sin Moreno, se abrió la tranquera.

 

En lo que va de febrero, D.C. asegura que no ha subido los precios. No retocó los alimentos 100% nacionales, ni los importados, ni los fabricados con insumos extranjeros o con materias primas agrícolas producidas aquí pero con cotización internacional. Pero, dice, sus productos fueron encarecidos en las góndolas por los propios supermercados. Solo se salvaron los 100 bienes incluidos en los Precios Cuidados. Claro que D. C. dio la orden de restringir los envíos a los supermercados de productos de los Precios Cuidados. Su argumento es que quiere reducir su “exposición al riesgo”. No quiere vender productos con precios que supuestamente han quedado desactualizados y por los que se hará de unos pesos devaluados que el día de mañana tal vez no le sirvan para reponer la misma cantidad de una mercadería encarecida.

 

-Yo quiero que mi producto llegue al cliente. Como verás, lo único que funciona (para controlar los precios) es el mercado. Además, tampoco quiero tener problemas.

 

Se refiere, claro, a problemas con el gobierno.

 

-No es bueno que te llamen. También tenés problemas con los medios porque buscan maliciosamente contar que tu producto vale 60 pesos en tal lado, pero en Carrefour sigue a 30.

 

La empresa de D. C. no solo ha restringido la venta de los productos de Precios Cuidados sino también la de alimentos importados, dada la incertidumbre sobre su reposición. Apenas se devaluó el peso, la compañía eliminó las promociones de esos artículos en los puntos de venta y los descuentos que les dan a los supermercados por cumplir metas de unidades vendidas.

 

-Acá aumenta el que necesita y el que no también, ese que gana en pesos pero ve que otros ganan en dólares.

 

El 7 de febrero Buenos Aires amaneció con afiches que escrachaban a los principales ejecutivos de supermercados, casas de electrodomésticos y la petrolera Shell por “robar el sueldo” de los trabajadores. Lo firmaba Unidos y Organizados, las agrupaciones juveniles del kircherismo.

 

-Hasta hace poco los supermercados no nos dejaban a los proveedores aumentarles los precios, pero ellos los subían –explica D. C.-. Después de los escraches, ellos te piden la lista nueva. ‘Aumentá todo lo que quieras’, te dicen. ‘Yo subo los precios y que me dejen de joder’.

 

A medida que avanza en su argumentación, D.C. acelera el ritmo del habla, eleva el tono, y llega al clímax:

 

-Si ahora a los docentes les dan el 60% de aumento que piden, si puedo aumentar mis precios un 60%, lo hago. Seré un especulador… 


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