Alrededor de Tomás Felipe Carlovich, el Trinche, se construyó una narrativa mitológica: era tan bueno como Maradona. O mejor. Trajinó las napas profundas del Ascenso sin grandes logros ni estadísticas superlativas. Ni siquiera hay registros fílmicos de las maravillas que hacía en las canchas. Pero sus fans se multiplican. Un fragmento de “Trinche. Un viaje por la leyenda del genio secreto del fútbol” (Planeta), de Alejandro Caravario.



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La trayectoria del gran Tomás Felipe “Trinche” Carlovich está llena de hiatos. Períodos en blanco entre un club y otro. Momentos a veces prolongados en los que nuestro héroe meditaba sobre si le convenía o no —le convenía a su personalidad, quiero decir— seguir con el oficio formal de jugador. Y se la pasaba en su casa, volvía al picado barrial o simplemente desaparecía.

 

La memoria del Trinche no guarda siquiera un fotograma del interregno en el que, tras abandonar Rosario Central, jugó unos partidos en Flandria, el club de Jáuregui, provincia de Buenos Aires. Solo atina a decir que un colega lo llevó —siempre alguien toma la iniciativa por él—, pero lo que pasó después de esa intermediación se lo tragó una espesa nube que no deja ni distinguir los contornos.

 

La aventura en Flandria fue en 1971, es decir dos años después de su debut y despedida de Rosario Central, y duró unos pocos partidos, en los que metió un gol, en una derrota 3-4 ante Argentino de Rosario, por el torneo de la austera Primera C, que ese año ganó Almagro. Corto, una huella insignificante en los registros. Otro movimiento de ilusionista, que, al margen de la constancia escrita —su nombre en un par de formaciones— instala la sospecha, la ambigüedad tan cara al personaje: ¿estuvo o no estuvo? Los papeles dicen que sí.

 

Pausa larga entonces, apenas interrumpida por esos pocos meses en el Canario, entre la salida de Arroyito y su aterrizaje en Central Córdoba, club que entonces también jugaba en la C y donde se desarrolla el corazón de la novela. Se concentra la trama. Y suceden en continuado los hechos asombrosos que se multiplicarán con el tiempo en variaciones más o menos logradas.

 

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En el club del barrio Tablada, al igual que con un amor inestable, el Trinche atravesó cuatro etapas: 1972-1974, 1978, 1980-1983 y 1986. Consiguió dos ascensos a la Primera B, participó en 236 partidos y metió 28 goles. Ninguno de estos detalles, sin embargo, dice demasiado acerca de la dimensión estratosférica que alcanzó con la camiseta charrúa. De a poco, en una cadena de confidencias, corrió la versión de que, en las napas profundas del Ascenso, a prudente distancia del mainstream futbolero, que todo lo corrompe con su maquinaria publicitaria y mercantil, daba espectáculo un genio en estado salvaje. El mejor de todos. El compendio ideal de la técnica, la astucia y el coraje que solo se fragua en el potrero argentino. El grado cero del mito. Algo así.

 

«Un muchacho que jugaba conmigo, Jorge Ainsa, que también se había ido de Central, me dice: “Trinche, vení, vamos a Central Córdoba, ya dije que te iba a llevar”», cuenta el gran Tomás Felipe las sencillas negociaciones. «La verdad que no sabía qué hacer. Insistió, me dijo que jugaban con Sarmiento de Junín un amistoso. Finalmente acepté. Jugué, hice dos goles y me quedé.» Vio luz y subió. Los relatos del Trinche siempre suenan así. Todo es contingencia, todo pudo no haber sido de esa manera. Lo cierto es que no solo se quedó sino que Central Córdoba se convirtió en un hogar. Hombre de aquerenciarse, confiesa que le habría gustado jugar toda la vida en Tablada. No fue así, pero siempre volvió. La última vez, a los 40 años. Volvió incluso vestido de entrenador, luego del retiro, porque una emergencia requería un tipo con espalda ancha, alguien a quien la hinchada estuviera dispuesta a darle crédito.

 

El historiador del club Julio Rodríguez le da un marco más amplio al arribo de Carlovich. En un correo a este cronista, escribe: «La institución rosarina vivía por esa época otra de sus etapas de transición futbolística y vagaba por la vieja Primera C. Luego del paso del “Gitano” Miguel Juárez en la conducción técnica durante 1968- 1969, el equipo charrúa se aprestaba a iniciar su tempo- rada con muchos valores surgidos de su semillero y que transmutarían al fútbol grande como Oscar Cassinerio, Víctor Longo, Walter Mainonis o Waldemar Nicoletti. En ese esquema, la llegada del Trinche sirvió para sentar las bases de un conjunto competitivo y que pronto rendirá sus frutos en materia de títulos».

 

(…) En esa tradición se inscribe el equipo de 1973, el que logra el ascenso a la Primera B con Carlovich como centro de gravedad y bonificación en el rubro fantasías. Según el Trinche, fue el mejor equipo que integró con los colores azul y rojo de Central Córdoba. «Era terrible cómo jugaba, una máquina. Cada equipo que venía a Rosario sabía que tenía uno o dos goles en contra desde el vamos», la agranda. Como siempre, sin entrar en detalles de funcionamiento ni en partidos que merezcan el subrayado. «Me entendía con todos», resume su paradigma de excelencia. Estamos, una vez más, en el comedor de la casa de la calle Guatemala. Para avanzar en la recreación de aquel equipazo, el Trinche gira la cabeza y busca a un amigo que, como un vigía inconmovible, permanece sentado en la vereda, gozando del fresco. Oteando el vecindario, pero sin voluntad de fisgonear. Para matar las horas. El Trinche le dice Negro o Sugus. Y cuenta que también fue futbolista y que, como él, anduvo alguna vez por Mendoza.

 

—Negro, ¿cómo formaba el equipo del 73? —pregunta el gran Tomás Felipe sin moverse de la cabecera de la mesa. La puerta de calle, como es ley, está abierta.

El Negro entra presuroso y, al cabo de un instante de concentración, informa: Di Benedetto; Severini, May, Scoppa, Piombino; Mainonis, Carlovich, Cassinerio; Sullivan, Fachetti y Ampoli. DT: César Castagno. En el curso de la tarde, el Trinche le pedirá que rescate otras alienaciones.

 

Aquel equipo que el Trinche coloca en lo más alto logró el ascenso tras un firme recorrido, pero no le sobró nada. A solo un punto terminó Sportivo Dock Sud, que acaso inesperadamente encarnó el rival a vencer, ese duelo que siempre acecha —y deben acatar— los aspirantes a la vuelta olímpica. En el partido de la primera ronda, Córdoba ganó 3-2 y en la revancha igualaron 2-2. Por ahí también andaban Excusionistas, animador habitual de la categoría, Sarmiento de Junín, con un joven Daniel Passarella que ya se ocupaba de patear los penales, y Deportivo Español, entre otros escudos de cierto nombre. En una categoría de batalla más que de proclamas líricas, los rosarinos imponían un fútbol de gran calidad y contundencia. Arquero y defensa firmes, el Trinche como regista —en el sentido cinematográfico más que futbolero— y delanteros temibles. «Ese equipo era un dream team», se jacta Luis Sullivan, el wing derecho de paso vertiginoso y aliado perfecto de un pasador de fuste como Carlovich. «Hoy jugaría en Primera. Me acuerdo que en un amistoso le ganamos a Rosario Central. No sé si corresponde decir que los rivales nos tenían miedo, pero sí muchísimo respeto. Era un equipo con una gran

personalidad.»

 

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Puesto a definir el estilo de Central Córdoba modelo 1973, Sullivan dice que «tenía la pelota», aunque no abjuraba del contragolpe porque eran muy rápidos. Sobre todo él mismo. «Hacía los 100 metros en 11 segundos», dice. Así que imaginémonos. «Además, todos pisaban el área, no solo los delanteros; cualquiera de los medio- campistas llegaba al gol. Mainonis, por ejemplo, era un cabeceador extraordinario, de los mejores que vi. Tipo Palermo. Cabeceaba de pique el suelo y no había forma de atajarla.»

 

El ex puntero descree de los discursos que abogan por los plazos largos de trabajo y la necesidad de que los futbolistas se conozcan en profundidad. Para él, «son todos cuentos de los directores técnicos». Aquella formación inolvidable, dice, no tenía tanto rodaje. No era una comunidad —no hacía falta—, sino once tipos que jugaban realmente bien.

 

El envión que tomó ese equipazo le permitió hacer un gran torneo también en la B. Se salteó la traumática adaptación de los recién llegados a una divisional de mayor jerarquía, y quedó primero en uno de los dos torneos que se disputaron. En medio de un intríngulis de campeonatos divididos en zonas y liguillas diversas, a los rosarinos les tocó enfrentar a Nueva Chicago, Unión y Temperley para pasar a la instancia definitoria (¡otro cuadrangular!). No pudo ser. «Empatamos con Chicago 1-1 porque el referí inventó un penal para ellos. Con Unión se dio el mismo resultado y nos eliminó Temperley, que ese año ascendió. Nos ganó 2-1.» El Bocha Forgués, centrodelantero de esa formación en la que ya no estaba Fachetti, hace gala de una memoria afilada.

 

(…) A la temporada siguiente, el equipo se vino abajo. Y luego de un partido desempate con Deportivo Español, en cancha de Sarmiento de Junín —perdió en la definición por penales—, regresó a la Primera C. Las quejas retroactivas apuntan a un compromiso débil de parte de la directiva de Central Córdoba, que hizo imposible sostenerse en un nivel más profesional.

 

«De los últimos 24 puntos, sacamos ocho o seis. Arrancamos bien pero después nos caímos. Nadie cobraba.» El recuerdo amargo es de Eduardo Quinto Pagés, arquero de aquel once. «Cuando jugamos con Español para evitar el descenso, a ellos el presidente Ríos Seoane les cubrió la camilla de masajes con billetes y les dijo: “Si hoy ganan, se la llevan toda”. Me lo contó Néstor Sassone, con el que después jugué en Banfield. Había incentivos distintos: el nueve nuestro, que se llamaba Guerrero, se tuvo que volver a San Pedro porque no tenía un peso.»

 

Para el ex futbolista y oftalmólogo, el entripado por aquella performance decepcionante parece no haber cedido con los años. «Terminamos con una bronca grande. Teníamos un equipazo y nos fuimos al descenso porque la gente no tenía para comer. Y porque había un técnico de mierda que en Buenos Aires ponía ocho defensores. Y en la Capital además nos bombeaban. Había referís que se te reían en la cara. Eran otros tiempos; no había miles de cámaras como ahora.»

 

Al margen de ciertos rencores comprensibles, acaso no se trata de enrostrarles a los directivos de un club modesto su escasa disposición a invertir lo que no tienen. Antes y ahora, la billetera es el límite más palpable de los grandes proyectos. Deportivos y de los otros. Sí resulta oportuno usar esta revisión crítica para pensar si, más allá de su indiferencia supina ante los usos y costumbres del profesionalismo, no le faltó al Trinche el soporte adecuado para llegar adonde dicen que no llegó. Se sabe que, dejando de lado a Maradona, que era capaz de convertir un equipo de medusas en un campeón imbatible, hasta el crack más pintado necesita el empujón político. La mesa directiva que se la juegue, sobre todo cuando hay futbolistas capacitados de sobra, como cuentan que sucedía en Central Córdoba mientras nuestro héroe prestó sus mágicos servicios. ¿O Carlovich prefería permanecer en ligas menores para evadir los efectos castradores de la alta competencia? Francia y el Cosmos de Nueva York son tal vez destinos imaginarios que solo dan la pauta de hasta dónde podría haber escalado el Trinche. Pero jamás figuraron en su hoja de ruta, nunca fueron ni remotamente escalas asequibles del mundo real.

 

Perdón por la digresión especulativa. Volvemos a la historia dura. El gran Tomás Felipe tuvo el ascenso a tiro otra vez en 1986, veterano y a punto de decir adiós en forma definitiva al club donde surgió su leyenda. El adversario fue de nuevo Almagro: empataron 2-2 en Rosario y en la revancha se impuso el equipo de José Ingenieros 3-1, el día en que el ídolo máximo del club de Tablada perdió el micro que llevaba al plantel y arrancó el partido en el banco de suplentes. En ambos choques marcó goles Ricardo Caruso Lombardi, por entonces un enjundioso mediocampista al que nadie le habría augurado un futuro de showman.

 

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El Trinche, para variar, no guarda siquiera un retazo de recuerdo de esta oportunidad desperdiciada. Pero de Caruso nunca se olvidará. En uno de estos duelos por el ascenso o quizás en algún otro —las precisiones son, como sabemos, un ornamento vano en los relatos de Carlovich—, quien luego forjaría una carrera como DT de salvataje le ofreció una muestra gratis de su pillería. «Vino y me felicitó antes de empezar el partido. Me dijo: “Suerte, Trinche” y me pasó la mano por la frente. Me puso una pomada para calentar los músculos que, cuando empecé a transpirar, me cayó sobre los ojos y no me dejaba ver. Me ardía una barbaridad. Me tiraban con el bidón de agua y no había caso. Lo quería matar, pero no lo pude agarrar.» Digerida la trampa, es capaz de reconocer que «Caruso es un chico piola, pero hace mucho teatro como técnico».

 

El Trinche suele incurrir en el pensamiento lateral, que consiste en mirar los bordes, estar atento a la colectora y no tanto a la pista principal. Buscar otros caminos y otras secuencias para razonar. Algo así. El Trinche, al referirse al pasado, se distrae a menudo de la huella que señala el rumbo y repara en pormenores que, por lo general, tienen una superficie áspera. Recuerda los incordios más claramente que las vueltas olímpicas. La patada criminal que recibió en un partido perdido en los archivos —con el nombre de su verdugo y la foto mental de los daños—, mejor que la noche en que la rompió frente al seleccionado argentino del ‘74. Las lesiones, antes que los goles.

 

En una conversación sobre su pasado, difícilmente eluda ciertos episodios. Por caso, el día en que un tal Bravo le hizo un agujero en la pierna con sus tapones de aluminio y él siguió jugando, en contra de la opinión del médico, con un parche improvisado sobre la herida. O el partido frente a Unión en que los rivales le apuntaban al brazo que tenía vendado para hacerlo ver las estrellas. O cuando terminó jugando con una costilla rota. Si pudiera ponerle un título a su currículum, se inclinaría por algo así como «Aguante y dignidad». Nada de habilidades extraordinarias.


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