El G20 comenzó con Trump y su clásico desprecio a las cumbres -muy rendidor entre sus votantes- y terminó con los acuerdos de Xi Jinping y Macri. El gobierno, aliado acrítico de Estados Unidos desde 2016, pareció tomar nota del complejo proceso de transición hegemónica que va de Washington a Pekín. ¿Es posible jurar fidelidad a dos contendientes que se enfrentarán política y económicamente durante los próximos años?



La visita del imprevisible e iconoclasta presidente estadounidense era la más esperada y temida por la cancillería argentina de cara al G20. A sus ojos, la suerte de la cumbre dependía de su actitud. El Palacio San Martín no ahorró gestos hacia el inquilino de la Casa Blanca. Si con la ex canciller Susana Malcorra se cuidaban las formas para que el alineamiento con Washington no se asociara directamente a las relaciones carnales de los años noventa, con su sucesor, el experto en protocolo Jorge Faurie, ya no se disimula. Hace un mes se imaginó una visita de 3 o 4 días. Fueron menos, pero vino, para alivio de la diplomacia de Cambiemos.

 

El magnate norteamericano aprovechó cada gesto y oportunidad para, con el histrionismo que lo caracteriza, menospreciar la cumbre del G20 e incluso al presidente anfitrión. Repasemos. No sólo declinó la anunciada cena de gala en la Quinta de Olivos, originalmente programada para el día jueves. El viernes debía presentarse a las 6.55 en la Casa Rosada para un desayuno y reunión bilateral, pero lo hizo esperar media hora a Macri. Trump usó esa primera mañana argentina para tuitear con rabia contra el Fiscal Especial Robert Mueller, quien lo investiga por la “trama rusa”. En los pocos segundos que posaron frente a la prensa, no ocultó su malhumor por el aparato que le transmitía la traducción simultánea (lo arrojó al piso, fastidiado) y después apenas dijo un par de frases de ocasión, recordando lo apuesto que era Macri a principios de los ochenta y a su padre Franco. La reunión bilateral fue breve y, rompiendo una tradición, no hubo ni comunicado ni conferencia de prensa conjuntos (hasta Néstor Kirchner y George W. Bush la tuvieron en 2005 en Mar del Plata, en la bilateral que antecedió la Cumbre de las Américas en la que se sepultó al ALCA).

 

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Lo que sí hubo fue una polémica declaración de la vocera de Trump, Sarah Huckabee, que generó un roce bilateral de alto impacto. Afirmó que ambos mandatarios habían repudiado el accionar económico depredatorio de China. Faurie, para no enturbiar la visita de estado de Xi Jinping, tuvo que salir a desmentirla. El viernes al mediodía, Trump fue el único que faltó –salvo Angela Merkel, por el desperfecto de su avión- a la reunión a solas de los líderes (“El Retiro”), que es cuando discuten sin asesores sobre los temas más complejos y controvertidos. Luego de esos 90 minutos, por fin llegó a Costa Salguero. Allí regaló un meme: dejó a su “amigo Mauricio” parado, solo, sobre el escenario. Trump fue 100% Trump.

 

El G20 dejó pocas novedades vinculadas a la relación bilateral Argentina-Estados Unidos. Macri ratificó su agradecimiento por el apoyo en la negociación con el FMI. Trump prometió financiamiento a inversores estadounidenses interesados en Vaca Muerta y en obras de infraestructura, por unos 800 millones de dólares y a través de la OPIC, el demorado acceso de las carnes al mercado estadounidense (prometido a mediados de 2015, tras la demanda iniciada por la Argentina en la OMC) y abrió la posibilidad de estudiar las restricciones al biodiesel, que desde hace un año bloquearon exportaciones al país del norte por 1.400 millones de dólares. A cambio, Macri continuará con la subordinación económica, política, ideológica, cultural y militar a la agenda de Estados Unidos en la región, con el compromiso en aislar y agredir a Venezuela, seguir abonando a la fragmentación regional (Argentina se retiró de la UNASUR y ninguneó la CELAC, además de suspender a Venezuela del Mercosur) y profundizar la penetración de las fuerzas armadas y las agencias de inteligencias, que tienen en los ministros Oscar Aguad y Patricia Bullrich dos aliados incondicionales.

 

Trump y el G20 del disenso

 

Después de la Cumbre de Hamburgo, todos sabían que la suerte de la de Buenos Aires dependía en buena medida de que el presidente estadounidense no decidiera patear el tablero. Los antecedentes inmediatos invitaban al pesimismo. La Cumbre del G7 realizada en junio en Canadá había terminado con su retiro anticipado, enfrentamiento con el canadiense Trudeau por Twitter y retiro de la firma estadounidense de la declaración final. Trump ahondó la guerra comercial con China y se peleó con Macron en la reunión de París para conmemorar los cien años del fin de la Primera Guerra. La Cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico terminó el domingo 18 de noviembre sin declaración final, por primera vez en 30 años.

 

¿A qué se debe el desprecio de Trump a estas cumbres de líderes? A que intenta conectar con el sentimiento antipolítico de muchos de sus votantes, que vislumbran que lo que allí se discute no resuelve ningunos de los problemas de sus vidas. No casualmente su (¿ex?) asesor Steve Bannon hoy está en Europa organizando una “internacional de ultraderecha”, cuyo último triunfo parece ser el de Jair Bolsonaro en Brasil.

 

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Ya en vuelo hacia Argentina, Trump anunció en un tuit que cancelaba la esperada reunión con Putin (la excusa fue la crisis Rusia-Ucrania, pero en realidad también influyó el avance en la investigación de la supuesta injerencia rusa en las elecciones de 2016, a partir de una explosiva declaración de Michal Cohen, ex abogado de Trump). La suerte de la cumbre pasó a depender, entonces, de la actitud que tendría frente a la declaración final en dos temas claves: cambio climático y proteccionismo comercial. Y, sobre todo, de la trascendente reunión con Xi Jinping, la primera desde la escalada de la “guerra comercial” –que es una de las manifestaciones de la disputa hegemónica entre Estados Unidos y China- que tiene al mundo en vilo.

 

Finalmente, el sábado a la tarde, y luego de acordar un lavado y escueto documento final, el gobierno argentino cantó victoria. En apenas cinco o seis páginas, y apelando a la mayor vaguedad posible, se eluden resolver las principales controversias, se propone la previsible reforma de la OMC (otra instancia multilateral en crisis, como lo mostró el fracaso de la Reunión Ministerial que se realizó en noviembre de 2017 en Buenos Aires), se explicitan los disensos en relación al cambio climático, confirmándose la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París y se plantea un apoyo al FMI, como engranaje clave para garantizar la seguridad financiera. Irónicamente, el documento final se titula “Construyendo consenso para un desarrollo justo y sostenible”. Puro wishfull thinking: mera expresión de deseos para ocultar la crisis de este foro multilateral y su incapacidad de concebir alternativas para revertir las crecientes desigualdades sociales y la insustentabilidad del capitalismo desde el punto de vista medioambiental.

 

Del G20 al G2

 

El punto central de interés fue la reunión entre Trump y Xi Jinping del sábado por la tarde-noche, tras el cierre oficial del G20. Se temía lo peor: el mandatario estadounidense venía amenazando con evitar la esperada distensión. Trump actúa como Augusto Timoteo Vandor en los sesenta: golpear y negociar. Amenazó a China con elevar del 10 al 25% los aranceles a importaciones por 200.000 millones desde el próximo 1 de enero, pero finalmente abrió un compás de negociación y aplazó esta medida proteccionista mientras duren las negociaciones. Así opera Trump. No alcanza una reunión para resolver la disputa geopolítica, geoeconómica y geoestratégica que signará, al menos por los próximos años, el complejo proceso de transición hegemónica desde Washington a Pekín.

 

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Hasta Macri pareció, por fin, tomar nota de esta reconfiguración del mapa de poder mundial. Pasó de intentar reeditar las relaciones carnales con Estados Unidos a un juego a dos puntas. Se ocupó de aclararlo en la conferencia de prensa del sábado: “Tenemos una excelente relación con Estados Unidos y también con China. Argentina no ve la presencia de China como una amenaza, sino como una oportunidad de desarrollo y trabajo para los argentinos”. Lejos de la definición ideológica que planteó cuando asumió hace tres años -recuperar las alianzas tradicionales con Estados Unidos y Europa Occidental, en detrimento de América Latina, los BRICS y los países del llamado “sur global”-, ahora reconoce que depende del financiamiento, las inversiones y las compras chinas. Un baño de realismo en épocas de vacas flacas.

 

El problema es que no hay una estrategia para aprovechar esta disputa hegemónica para profundizar la coordinación política con América Latina en función de ampliar los márgenes de maniobra y de autonomía. Al congraciarse con las potencias pensando que así se pueden obtener más beneficios, Macri termina siendo funcional a la estrategia imperial de fomentar la fragmentación regional.

 

Es difícil jurar fidelidad al mismo tiempo a ambos contendientes.

 

La Argentina for export 

 

“Los ojos del mundo ven nuestro crecimiento”, declaró Macri sin sonrojarse en el cierre del G20, en un país que está oficialmente en recesión, que se prepara para una fuerte caída del PBI y que corrió para ser rescatado por el FMI con 57.000 millones de dólares. Un crecimiento extraño: una inflación de 45%, una de las más altas del mundo, con el consecuente desplome del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones, una deuda que crece exponencialmente y una moneda devaluada al 100%. Un horizonte dificil para los ojos del mundo.

 

“Volvimos al mundo”, insisten como un mantra, esperando que a fuerza de repetición se transforme en sentido común. Siempre estuvimos en el mundo. El tema es cómo. Una opción podría ser priorizar el vínculo con países con similar nivel de desarrollo, para plantear una agenda propia, hacer presión sobre las potencias en función de regular el sistema financiero, atacar las crecientes asimetrías de poder internacional y las desigualdades que generan recurrentes estallidos sociales (como el que ocurre ahora en Francia) y proteger los bienes comunes de la tierra evitando la profundización del saqueo y el extractivismo.

 

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Otra es la que despliega Macri, quien no casualmente se siente querido por los dueños del mundo. Mirado con ese lente, no le fue mal: tendió alfombras rojas, organizó galas y obtuvo fotos de alto impacto. Su asunción acrítica y pasiva de la agenda de los poderos es festejada, como no podría ser de otra manera. Y el gobierno intentará que la “patriada” del G20 que “unió y orgulleció a los argentinos” le permita al gobierno revertir temporalmente la caída de la imagen que acompaña mes a mes el deterioro económico y social.

 

Pero, más allá de esa pretensión, de la euforia auto-celebratoria del gobierno y del embelesamiento mediático con la capacidad argentina de organizar la fiesta para el poder mundial, otras tensiones recorrieron las calles, en la movilización de aquellos y aquellas que no cree que la función prioritaria de un gobierno sea organizar eventos. La Semana de Acción Global, la Cumbre de los Pueblos y la masiva marcha popular del viernes no solo criticó la agenda oficial del G20, sino que también permitió elaborar una serie de propuestas para avanzar en la construcción de una nueva cooperación internacional.

 

En Costa Salguero, en el teatro Colón, en las cumbres, en las bilaterales, en las calles. Siempre se está en el mundo. El tema es cómo y para qué.

 

Fotos: The White House y Casa Rosada.

 


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