Ensayo

¿Existe el adoctrinamiento escolar?


Vigilar y denunciar

Con anuncios de medidas de fuerza, las clases comienzan en 13 jurisdicciones del país y en la Ciudad de Buenos Aires se debaten cambios en el reglamento escolar para “combatir el adoctrinamiento”. Aún cuando desde 1983 existen mecanismos institucionales a donde recurrir en casos de abuso de autoridad o propaganda partidaria en el ámbito escolar, las propuestas para denunciar docentes siguen creciendo. Si desde hace más de diez años este tema preocupa mayormente a los adultos, el crecimiento de las organizaciones juveniles de derechas lo convirtió, por primera vez, en una preocupación de varios grupos estudiantiles. Marina Larrondo analiza las demandas de los estudiantes: ¿qué significa para ellos adoctrinar?

—Los militares mataron a mucha gente. Eso no se puede negar. Pero también los Montoneros asesinaron a muchos inocentes. Los profesores te cuentan sólo una cara de la historia. 

Gastón estudió en una escuela técnica pública en Moreno. Allí, recuerda, experimentó cómo los chicos que piensan distinto se callan frente a las opiniones politizadas de los adultos:

—Los docentes pueden doblar el pensamiento de un joven y hacerlo dudar. Por eso yo creo que las leyes en contra el adoctrinamiento escolar tendrían que ser más duras. 

Gastón terminó el secundario y, desde entonces, participa activamente —aunque con altibajos— en la juventud de La Libertad Avanza. Lo que más le preocupa, cuenta, es “el adoctrinamiento escolar”. 

Desde 1983 existen mecanismos institucionales a donde recurrir en casos de abuso de autoridad o propaganda partidaria en el ámbito escolar. En los últimos diez años, los centros de estudiantes secundarios o cuerpos de delegados que defienden los derechos estudiantiles se multiplicaron y las organizaciones juveniles tuvieron un crecimiento constante que incluyó, más recientemente, la aparición de juventudes de derechas que participan del movimiento estudiantil. Sin embargo, algunos legisladores y organizaciones juveniles tienen en carpeta proyectos destinados a combatir el adoctrinamiento. Todos están basados en mecanismos de denuncia directa a docentes en organismos (aún más) especializados creados a tal fin.

Desde 1983 existen mecanismos institucionales a donde recurrir en casos de abuso de autoridad o propaganda partidaria en el ámbito escolar.

La reciente y sorpresiva modificación del reglamento de escuelas de la Ciudad de Buenos Aires, propuesta por Jorge Macri, fue aún más lejos que todos esos proyectos: el artículo era lo suficientemente amplio como para clasificar cualquier intervención pedagógica o discusión sobre política en el aula como una influencia o intromisión partidaria. Y, como novedad, incluía a los alumnos: si eran ellos quienes proponían el tema, esto debía ser informado a los equipos de conducción. Luego de una lluvia de críticas, algunas de sus formulaciones fueron modificadas.  El objetivo es el mismo: controlar la discusión a través del miedo a hablar. En la ambigüedad de su formulación radica su pretendida eficacia. 

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Desde la recuperación democrática, el financiamiento, la repitencia, el abandono o la calidad de los aprendizajes ocuparon la agenda educativa de modo ininterrumpido. No así el “adoctrinamiento”: ¿cómo y cuándo comenzó a ser utilizada esta palabra para describir un problema que demanda medidas y políticas?. 

Hace poco más de 10 años, en el programa Periodismo Para Todos, Jorge Lanata denunciaba que La Cámpora se infiltraba en las escuelas secundarias. Dictaban talleres sobre democracia con un juego llamado “El héroe colectivo”, basado en la tira El Eternauta. Según el informe, el juego “bajaba” un mensaje colectivista que remitía a la narrativa del gobierno. El propio Eternauta era una alusión clara a Néstor Kirchner, fallecido poco tiempo atrás. Una estudiante militante del Partido Obrero de Tandil le ponía el cuerpo a la denuncia desde su propia experiencia personal sobre lo acontecido en un encuentro estudiantil. Se sumaron algunos padres que denunciaban que jóvenes con pechera de La Cámpora habían pintado una escuela y se habían tomado fotos con sus hijos. 

El informe fue “una bomba” y a pesar de que los casos se habían reportado en la Provincia de Buenos Aires, el Ministro de Educación de la Ciudad, Esteban Bullrich, se hizo eco y creó un 0800 para que los padres denuncien “la intromisión de La Cámpora en las escuelas públicas”. El número quedó luego en desuso pero la idea fue reflotada durante la presidencia de Mauricio Macri, esta vez, para denunciar a los docentes que hablaran de Santiago Maldonado en horas de clase. 

Hace poco más de 10 años, en el programa Periodismo Para Todos, Jorge Lanata denunciaba que La Cámpora se infiltraba en las escuelas secundarias.

En el año 2021, se hizo viral un video de una docente del partido de La Matanza que le gritaba, furiosa, a un estudiante que criticaba al kirchnerismo: era una clara escena de violencia. A pesar de que los supervisores actuaron y la docente fue rápidamente separada de su cargo, la discusión pública volvió a tener al adoctrinamiento escolar y a “la indefensión” de los estudiantes como centro de las preocupaciones. 

Más tarde, la Ley de Educación Sexual Integral fue también identificada como un problema de adoctrinamiento por sectores de padres (#ConMisHijosNoTeMetas) y por algunos grupos juveniles de derecha radical e, incluso, se la encuadra como una excusa para impartir ideología de género o pornografía. También se volvió viral el video —filmado a escondidas— de una docente cordobesa que enseñaba a sus estudiantes a colocar un preservativo. La docente fue defenestrada en las redes sociales, incluso por comentaristas jóvenes que lo entendieron como un contenido ideológico y no educativo. La ESI se convirtió, en muy poco tiempo, en un objeto de disputa por la identidad política en sí misma. Del otro lado, una chicana suele ser “a vos te falta mucha ESI”.

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Si desde hace más de diez años el adoctrinamiento preocupa mayormente a los adultos, el crecimiento de las organizaciones juveniles de derechas lo convirtió, por primera vez, en una preocupación y una demanda propia de varios grupos estudiantiles, aún de quienes no se encuadran en uno. 

Desde el año 2020, Ari integra Estudiantes Organizados, una agrupación a-partidaria que nuclea estudiantes secundarios de distintas provincias. Junto a los compañeros de la organización comparten que muchos docentes opinan “de más” en el aula, pero la preocupación también alcanza los sesgos ideológicos que encuentran en los contenidos obligatorios: 

—En Cuba hoy se vulneran los derechos humanos. En Venezuela también. De eso no se habla. (…) La educación es un derecho humano y de eso no se habla tampoco. En un montón de escuelas no se habla con la amplitud que debería hablarse de derechos humanos. 

Si desde hace más de diez años el adoctrinamiento preocupa mayormente a los adultos, el crecimiento de las organizaciones juveniles de derechas lo convirtió, por primera vez, en una preocupación y una demanda propia de varios grupos estudiantiles.

La postura de los militantes propiamente libertarios, en cambio, es más radical que la que expresa Ari. Definen el problema como estructural: toda la educación es, hoy en día, un gran sistema adoctrinador. Las posturas de izquierda, peronistas o “progres” contaminan completamente la escuela y la universidad. 

Juan, un estudiante secundario de un colegio parroquial de Lanús, sostiene que adoctrinamiento es “imponer un pensamiento y no permitir que se estudien muchos tipos de pensamiento, porque hay muchas verdades”. Esto, dice, se ve muy claro en su orientación, Economía y Gestión: 

—Toda la economía que se estudia en la escuela es de corte keynesiano o regulacionista, el neoliberalismo y el liberalismo son considerados una mala palabra y eso es “una verdad” que ni siquiera puede discutirse. 

Estas ideas también circulan entre otros chicos y chicas, al igual que la sensación de que, en los contenidos escolares, la década de los noventa es sólo vista como un periodo oscuro donde todo fue malo. Sienten que sus opiniones siempre quedan del lado del mal, del error.

En contraposición, Juan prefiere los “profes” que enseñan no sólo lo el programa manda, si no que también dicen “existe esto, lo otro”, te dan a vos la posibilidad de desarrollar tu pensamiento y poder decidir.

Es curioso que los “docentes adoctrinadores” nunca tienen ideas de derecha. Contenidos como la Revolución de Mayo o la Revolución Francesa no son identificados como “ideas liberales” que la escuela promueve y que se valoran positivamente. 

Entre un grupo de estudiantes no identificados como activistas, “adoctrinar” no se reduce a que un profesor opine o exprese su postura política, sino que busque evitar o censurar la diversidad de opiniones o puntos de vista sobre los temas, incluso desde el maltrato o el menosprecio. Para otros, el adoctrinamiento no existe de plano, puesto que en la escuela hay espacios para contestar o  plantear inquietudes en caso de abusos de autoridad docente. Al referirse a los contenidos escolares, consideran que las cuestiones de género y la Educación Sexual Integral son importantes y deben ser tratadas en la escuela. En su gran mayoría, coinciden con que en la escuela no se habla de la violencia política de los años setenta, sólo se alude a la represión y a la violencia estatal. También reclaman aquello de lo que la escuela no habla.

Vida saludable, salud mental y emociones, bullying, orientación vocacional, emprendedurismo y educación financiera son temas que los jóvenes entienden como absolutamente prioritarios y que deberían estar en primer plano. Algunos sectores docentes y académicos progresistas son muy críticos de ciertos contenidos, como emprendedurismo o educación emocional, ya que las consideran también ideologizados y/o vinculados a intereses de agencias externas a la escuela que buscan influir a los jóvenes desde perspectivas conductistas, individualistas o de mercado. Las investigaciones muestran que son un pedido y un conjunto de preocupaciones de las juventudes, más allá de su orientación y más allá de la escuela. 

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—Hay mucha gente que es socialista sin saberlo (...) los jóvenes llevan menos tiempo expuestos al mecanismo de lavado de cerebro que es la educación pública, independientemente que sea de gestión estatal o privada, porque cuando determinan los contenidos, están recontra rojos los contenidos.

Con estas palabras, el 6 de marzo de 2024, “el primer presidente libertario de toda la historia de la humanidad” inauguró el ciclo lectivo del colegio Cardenal Copello. Lo acompañaban algunos de sus funcionarios y el ultra católico Secretario de Educación. Frente a un auditorio de adolescentes que lo miraban fascinados y reían de sus ocurrencias, también denunció a una profesora de Microeconomía de la Universidad de Belgrano por, supuestamente, perseguir a su colaborador, Iñaki Gutiérrez, por “ser liberal”. Pidió a la ministra Pettovello y al Secretario de Educación que “pongan en orden este desborde que hay en la Universidad de Belgrano”. 

Vida saludable, salud mental y emociones, bullying, orientación vocacional, emprendedurismo y educación financiera son temas que los jóvenes entienden como absolutamente prioritarios.

No hay registros de un discurso similar de un presidente de la Nación dirigido a estudiantes, ni de una denuncia para que el ministerio nacional controle “desbordes” del accionar docente en una universidad, al menos desde la recuperación democrática. Sin embargo, el acto no tuvo casi repercusión. Apenas una solicitada firmada por investigadores y pedagogos que circuló por Google forms y levantaron algunos diarios en una plana menor. Las asociaciones que nuclean escuelas religiosas, la Academia Nacional de Educación, el ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, los sindicatos docentes y hasta las principales organizaciones del movimiento estudiantil no se pronunciaron al respecto. Sólo Estudiantes Organizados calificó como inadmisible el adoctrinamiento “venga del lado que venga” y le dedicó un posteo en sus redes sociales. 

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El campo educativo —y en especial la Historia de la Educación— suele reservar el término “adoctrinamiento” para ciertos períodos del siglo XX vinculados a la transmisión vertical, organizada y sistemática de una doctrina —casi siempre estatal— presentada como una verdad autoevidente, cuya contestación es imposible o puede costar la vacante, el trabajo o la propia vida. Esas condiciones no existen en nuestros sistemas escolares. 

El ejercicio de la voz, la participación y el reclamo estudiantil están vigentes y funcionan, o deberían y pueden funcionar en las escuelas argentinas. La propaganda política y religiosa en las aulas está prohibida desde hace décadas, los contenidos escolares se dirimen en espacios institucionales y regidos por leyes. Pero también cambian, al igual que los intereses de los estudiantes. Siempre habrá una disputa política legítima en torno a ellos. Querer eliminarla e imaginar una neutralidad imposible en la enseñanza, apelar a la censura y al silencio en lugar del (desacreditado) diálogo, presentar a los estudiantes como seres indefensos —y tratarlos como tales— es una estrategia peligrosa que busca convencer a los alumnos de su impotencia, de que su única forma de participar de la discusión acerca de aquello que se aprende en la escuela es delatar y denunciar.