julio 7, 2014

Una mujer puerca y un Dios personal

La actividad iniciática de nuestra comunidad anfibia fue en la Feria del Libro, con los diez encuentros entre autores y lectores de la revista. Hace pocos días hicimos una invitación al teatro y también tuvimos respuesta: una Licenciada en Letras tomó la posta y reseñó “La mujer puerca”, la obra dirigida por Lisandro Rodríguez que se presenta los sábados de julio en Guardia Vieja 4267.

FOTO NORA LEZANO 4

 

Por: Libertad Fructuoso

 

Foto de portada: Nora Lezano

 

Si no conociéramos la trayectoria teatral de la actriz (desde sus inicios con Pompeyo Audivert hasta su trabajo con Ciro Zorzoli y Alejandro Catalán) o de su actuación en TV (en Guapas, en Por ahora, entre otras series), quizás no percibiríamos que, como vendedora ambulante, falsea su voz durante 50 minutos, con un hiperrealismo que resulta cómico por su alto poder expresivo y por su perfecta capacidad de mímesis. Este personaje femenino está entrando en los cuarenta años y hace un racontto de su vida, de su relación con Dios y de la pérdida de la inocencia.

 

La obra ironiza sobre el discurso católico a partir de las distintas interpretaciones que se le pueden dar a la Biblia. A cada mártir, le corresponde un agresor reflexiona el personaje, que se cansa de esperar el milagro, mientras practica una religión cuya relación con Dios quiere ser puramente íntima y personal. Como la inquieta el silencio divino, hace su propia lectura de la Biblia. Quiere establecer en directo su propio diálogo con Dios, pero la cuestión del destino no le cierra del todo: A veces no hay que preguntar mucho… el pensamiento de Dios es raro, explica.

 

Literalidad y metáforas religiosas ponen en jaque a una moral desgastada, recargada de estatuillas, de vírgenes, de santos, que busca ser renovada e interpelada por ella. La estética kitsch de un catolicismo rutero del interior de Buenos Aires, donde los feligreses son camioneros y prostitutas que todo lo dan. Allí, María Magdalena es el modelo de mujer que cabe, que se entrega para hacer el bien a hombres panzones, cansados, que no han podido bañarse por días. 

 

El lugar de la mujer en la religión, incómodo y siempre outsider, aparece tironeado por

una tía castradora que oficia de tutora y que la hace cargar con la muerte de su madre, que falleció en el propio parto. Su única mediación con el discurso católico es esta familia que quiere normarla o pervertirla: sus primos que la corretean con las braguetas abiertas y esta tía que le dice que es puerca y la insta a bañarse y refregarse para sacarse todo olor que tenga que ver con lo humano.

 

Un vestuario rosa chicle combina con una puesta en escena simple y sintética, una crema Hinds arriba de una mesa y otras pocas posesiones de la austera protagonista. Iluminado con bombillas eléctricas blancas pero agonizantes, el escenario -que se deduce, es el cuarto de un convento-, tiene el clima de una guardia de hospital venido a menos o de una iglesia new age desvencijada.

 

La atmósfera de decepción y desilusión cuestionan la moral católica y los discursos sobre la religión: ¿Hay que perder el asombro para ver a Dios? Una gestualidad sensible y un guión sencillo, pero filoso, apuntan a distinguir en la obra que ingenuidad y ternura no tienen que ser sinónimos.  

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