junio 26, 2014

Piquetes en la prehistoria de las redes sociales

En 1997 el periodista Sebastián Hacher cortaba rutas junto a trabajadores desocupados de Cutral Có. Por entonces se autodenominaban “fogoneros”. Cinco años después, en pleno auge del “piquete y cacerola”, conoció a Darío Santillán. El 26 de junio de 2002, Hacher cubría un corte en Puente La Noria cuando se enteró que había balas de plomo en otro puente, el Pueyrredón. En un nuevo aniversario de los asesinatos de Kosteki y Santillán, un relato íntimo sobre las memorias de la protesta y la prehistoria de las redes sociales.

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Sebastián Hacher entrevista por primera vez a Darío Santillán en el Puente Pueyrredón. Enero de 2002.

En mi recuerdo suena Pipo la Serpiente, de Los Abuelos de la Nada. Sé que es un recuerdo falso. El 26 de junio de 1997 apenas había escuchado los hits más conocidos de la banda. Tenía veinte años y estaba en una ruta de Cutral Có. Ese día, el aniversario de la primer pueblada, hicimos un operativo para rescatar a los fogoneros  buscados por la policía. Los sacamos del pueblo en un micro.  Es una historia de la que casi no hay registro.

 

A los pocos días volvimos y hubo un corte en las 500 viviendas. Era de noche, hacía como diez grados bajo cero y no había ningún medio de comunicación. No existían los celulares y mucho menos la fotografía digital.  Yo tenía la muela hinchada: mi primer flemón, y también la primera vez que estuve al lado de tiros de verdad. La policía quiso reprimir, y los fogoneros los corrieron hasta que los antimotines quedaron envueltos en la niebla. Nadie sabía bien quién disparaba, ni contra qué. Los balazos venían del medio de la bruma y el viento de Cutral Có –ese lugar común para cualquiera que conozca la zona- confundía las distancias.

 

Había un tipo al que le decían El Orejón, o algo así: ese era de los malos. Estaba el Pelado con una carabina cromada, bastante vieja. ¿Hacía un fogonazo cuando tiraba o me inventé ese recuerdo, igual que el de la canción?

 

Después del quilombo se levantó el corte y me escondieron en las 500 viviendas. Tenía fiebre, la cara muy hinchada y ni bien amaneció pasé por el hospital. Venís del piquete, dijo la enfermera. Tenía olor a humo, la cara tiznada. Me dio penicilina y un café con leche. No sos de acá, dijo. Y era obvio: en esa época usaba el pelo por la cintura.

 

Foto tomada por Sebastian Hacher en el obrador del MTD donde trabajaba Darío Santillan.

Foto tomada por Sebastian Hacher en el obrador del MTD donde trabajaba Darío Santillan.

En el 2002 estaba en Indymedia. Nos dedicábamos a seguir a los movimientos sociales y administrábamos el sitio web donde cualquiera podía publicar. Habían pasado seis meses desde el quilombo de diciembre y la consigna era dormir con los borceguíes puestos y la cámara cerca.  Yo tenía unos trepadores negros que no lustraba nunca, una digital compacta de 4 megapixeles -un lujo para la época-y una oficina en San Telmo.

 

A Darío Santillán lo conocimos en enero, en pleno auge de piquete y cacerola. Tenía un par de años menos que nosotros, pero se imponía.  Hablaba firme, y miraba con ojos claros. Era un poco cascarrabias y bastante exigente.

 

Lo entrevistaba seguido, para contar la línea de los movimientos de desocupados. La primera vez fue en enero de 2002, en Puente Pueyrredón. Una chica que después se fue a vivir a España nos sacó una foto en el cordón de la vereda. Yo pesaba menos de cincuenta kilos.

 

Volví a hablar con él en la Autopista Buenos Aires La Plata, para un documental que hacían dos pibes gringos. Es uno de los pocos videos en los que aparece Darío hablando a cámara.  Después de la masacre, el que lo editó decidió que yo no tenía que aparecer y cortó los planos donde se veía ese despojo humano en el que me había convertido en aquella época. Lo hizo en pos del trabajo colectivo y etc. Cada tanto, cuando alguien reconoce mi voz en las preguntas y me escribe para confirmar que soy el entrevistador, me pongo orgulloso en secreto.

 

 

 

Dos semanas antes de que lo mataran, me fui un par de días al barrio La Fe, en Monte Chingolo, donde vivía y militaba. Él decía que teníamos que mostrar el otro lado de los movimientos sociales: no quedarnos solo con el palo y la cara tapada.

 

Fuimos al comedor del barrio, después a una fábrica de bloques que él intentaba montar y a una movilización a Presidente Perón, que  estaba muy picante. De ese día me acuerdo más: Mariano hablando arriba de un monumento, Darío con un palo cuidando que nadie nos hiciera nada porque en cierta forma éramos sus invitados y se sentía responsable.  Aquella vuelta escribí un texto no muy memorable, algo meloso, que nadie leyó hasta después de la masacre.

 

El día del asesinato yo había perdido la disputa por ver quién cubría cada piquete, y me tocó Puente La Noria, con Raúl Castells. Cuando me enteré de que estaban reprimiendo en Puente Pueyrredón me tomé un remis  -un Dodge 1500 cremita- y fui para allá. Llegué cuando ya no quedaba nadie. Volví para la Capital y fui a la oficina.

 

Tengo grabado el momento en el que me confirmaron que uno de los muertos era Darío: bajé el tubo del teléfono y se los conté a todos. Una chica se llevó la mano a la boca y ahogó un grito. Se iba a largar a llorar. La frenamos: había que trabajar. Fuimos los primeros en confirmar la identidad de los muertos y, sobre todo, en contar su historia.

 

Estuvimos tres días sin dormir. El objetivo era desarmar el discurso oficial. ¿Así qué la crisis causó 2 nuevas muertes, escrito así con números en la tapa del diario?  En la batalla por el sentido se la mandamos a guardar a los medios: el discurso de la interna piquetera y del asesinato sin nombre propio no duró ni un día. 

 

Tardé un año en hacerle un homenaje a Darío. Después escribí sobre el tema varias veces y  participé de movidas colectivas: un sitio web que recopilaba toda la causa judicial y que ya no está en línea, varios homenajes, un trabajo de fotos de la Cooperativa Sub que ganó una bienal de arte (compartimos el premio con la organización de Darío) y algunos documentales.

 

Cada tanto googleo y hago una arqueología de esa época. Muchos de los materiales ya no están online, pero en los rincones de internet todavía se pueden ver las fotos y algunos de los textos, la mayoría hechos con más corazón que pericia técnica. En el mundo físico, en el mismo lugar donde murieron Darío y Maxi cientos de artistas tomaron la posta: la estación Avellaneda se convirtió en un museo ardiente.

 

Con Cutral Có es distinto: la memoria quedó en manos de los medios. No hay relatos propios, epopeyas escritas al pie del cañón ni el registro de voces que cuenten algo distinto. Cuando veo las imágenes del cutralcazo veo algo gris, envejecido, contado por locutores con tono de voz  afectado y la música dramática de las mesas de edición de los noticieros.

 

El 26 de junio de 2002 significa muchas cosas. Entre otras, fue el día en el que los medios tradicionales enredaron la bufanda en los ejes de nuestra carreta. La de los pibes y pibas que hace doce años, en la prehistoria de todo esto, usábamos internet para comunicarnos.

 

 

 

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