junio 17, 2014

Manu for export

Tal vez, sea el deportista más importante de la historia argentina. Un ídolo sano con vida ordenada. Oriundo de Bahía Blanca, una ciudad que tiene más escuelas de básquet que de fútbol. Siete escritores y periodistas escriben sobre Emanuel Ginóbili: analizan su condición de bahiense, la relación compleja de las estrellas con las ciudades que los vieron nacer y el estigma de ser un argentino de barrio que triunfa en el exterior.

 
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Alejandro Belvedere/Telam

I.Créanme, usó un saco mío

 

Por Oliver Galak

 

Al lector no tiene por qué interesarle que mido 1,68 y peso 83 kilos. Pero, por los próximos 2 minutos, sería bueno que retenga esa información. O, si prefiere, que simplifique: un gordito al que nadie en su sano juicio confundirá –salvo por la pelada- con Manu Ginóbili. Y sin embargo hubo un día en el que el ahora cuádruple campeón de la NBA usó un saco mío.

Emanuel  tenía 13 años y cursaba el primer año del secundario en Bahía con mi hermana Leticia. Un día vino a casa, junto con otros dos compañeros, a  grabar un video para una materia. A mí, dos años mayor, me tocó el rol de camarógrafo. La idea era hacer una especie de noticiero. La filmadora familiar (una Canon aparatosa que grababa en video 8) estaba lista, pero la imagen resultante todavía necesitaba un toque más de verosimilitud. A ese flaco desgarbado detrás de un escritorio –claramente, el más tímido de los cuatro protagonistas- le faltaba algo para dar en cámara el porte de conductor de noticiero. “Pongámosle un saco”, propuso alguien.

El saco que usé en mi Bar Mitzvá cubría ahora el torso de un futuro gigante entre gigantes.

No tengo mayores recuerdos sobre ese falso noticiero. Tan sólo que una de las “publicidades” anunciaba: “Colectivos Maruja, usted maneja y su familia empuja”, mientras Manu hacía como que empujaba el Regatta Weekend de mis viejos.

Años después, con mis hermanos buscamos denodadamente ese video. Revisamos decenas de horas con viajes familiares, cumpleaños, actos escolares… y nada. Terminé aceptando que esas imágenes iban a quedar por siempre enterradas, sobrescritas por alguna entrega de diplomas o alguna joda de fin de año. Lo único que lamento es que hoy, cada vez que cuento que le presté un saco a Ginóbili, no pueda exhibir la prueba definitiva que desmantele esa sonrisa incrédula de quien me escucha.

 

 

II. Un grado de separación con lo que más queremos

 

Por Diego Geddes

 

En Bahía Blanca no funciona la teoría de los seis grados de separación con Manu Ginóbili. Todos lo tenemos muy cerca. Mis amigos de toda la vida jugaron al básquet contra él (me dice Franco, por whatsapp: era flaquito, buena mano, pero no el más talentoso de los hermanos; vivía para el básquet, no salía de joda, no tomaba una gota de alcohol, se quedaba tirando al aro todo el día), mi vieja fue su profesora en el secundario (un amor de chico Manu, respetuoso, buen alumno, habla inglés e italiano, un ejemplo), mi abuela Blanca pasó sus últimos días en el geriátrico de la familia de Manu (este Ginóbili es un miserable, mirá lo que nos da de comer, un pollito con puré de zapallo, nos tiene como soldados cenando a las 8 de la noche, se quejaba mi abuela, extrañando su vida de departamento y sus pantagruélicas cenas a las tres de la mañana mirando tele).

 

En ellos tres (mi amigo, mi vieja y mi abuela) resumo todo lo que puedo decir de Ginóbili, y todo lo que somos nosotros cuando hablamos de Ginóbili: el deportista que con esfuerzo e instinto de superación permanente puede triunfar en la mejor liga del mundo, el argentino educado y buena gente que podemos llegar a ser (¿un reverso de Maradona?) y también el Robin Hood que Manu debería ser y no es, en el fondo una consecuencia lógica de todo su sacrificio. ¿Por qué debería regalar su dinero a los que no nos esforzamos ni para buscar el control remoto? A los bahienses que vivimos lejos de la ciudad, Ginóbili nos sirve también para conectarnos con nuestros amigos, con nuestra familia y para recordar a mi abuela con una sonrisa. Apenas un grado de separación con lo que más queremos.

 

III. Yo jugué contra Ginóbili

 

Por Ignacio Molina

 

Jugábamos los sábados o los domingos a la mañana. En invierno, para combatir las lesiones por congelamiento, el grupo de padres que siempre nos acompañaba nos daba un gel para las manos. Nosotros, los de Napostá, no teníamos problemas para golear a los clubes más alejados del centro: Pueyrredón, Velocidad y Resistencia, Estrella, La Falda, San Lorenzo del Sud. El panorama se complicaba cuando visitábamos a los más grandes: Estudiantes, Olimpo, Pacífico, Villa Mitre, Bahiense del Norte, equipos que entrenaban muy fuerte y que contaban con futuros jugadores profesionales de la Liga Nacional, de las ligas europeas y hasta de la NBA.

 

Alejandro Belvedere/Telam

Alejandro Belvedere/Telam

En sus charlas técnicas, el entrenador, que integraba el equipo de primera del club, nos inculcaba el compañerismo y el amor al barrio como motivaciones principales. Cuando ESPN llegó a la tevé por cable, nos juntábamos en la casa de un pibe, a la vuelta de la cancha, para ver los partidos de los Chicago Bulls, Los Angeles Lakers o los Boston Celtics: Magic, Bird y Jordan en directo y a todo color. 

 

Pese a que a nivel nacional casi todos éramos hinchas de alguno de los tres representantes de la ciudad, a nivel local seguíamos a Napostá a todas las canchas. Luego de ganar un playoff por no descender, a finales de los ochenta, tuvimos que irnos corriendo de la cancha de Alem perseguidos por la hinchada futbolera de sus vecinos de Tiro Federal.

 

Como jugador, mi mayor hazaña fue en la cancha de Pacífico: aunque jugaba de ala y no tenía buen tiro externo, metí el triple de la victoria sobre la chicharra final. Ese día fui sacado en andas por mis compañeros, pero a la fecha siguiente, cuando, gracias a un error mío, perdimos por un punto de locales con Bahiense del Norte, casi me quiebro un dedo al pegarle con el puño a la puerta de chapa del buffet. “Ya está che, no te calentés”, vino a consolarme uno de los pibes del equipo contrario. Ese pibe era narigón, se llamaba Emanuel pero le decían Gino, había sido la figura del partido y tenía un hermano mayor que ya salía en el diario.

 

IV. Mucho más que Tévez

 

Por Sonia Budassi

 

La tapa de “La Nueva” del lunes es justa: el 90 % está dedicada a Manu. El otro 10 % a la victoria de la selección argentina de fútbol. El cuerpo larguirucho sin panza se extiende a lo largo del formato sábana y aplasta el pie de página: un Messi y un Di María apaisados, puestos casi de compromiso.

 

Ver a Manu en la prensa nacional también genera una suerte de orgullo próximo. No el fanatismo ante lejana estrella como acaso sientan, incluso, los nacidos en el Ejército de los Andes con el carismático Carlos Tévez, quien veranea en Ibiza y apenas vuelve al barrio. Manu declaró, después del partido del domingo: “Ahora voy a disfrutar el calorcito acá, antes de irme a Bahía y me congele” (sic).

 

Cuando los bahienses lo admiramos en la tele, en los medios, en la cancha, sentimos la cercanía cómplice que podrías sentir por tu propio tío, por tu abuela, por tu amiga de la infancia. El ídolo nació en tu ciudad. Y todo parece ser verificable: sus méritos, sus propiedades y su historia. Datos irrelevantes o fundamentales como que, cuando le ofrecieron un contrato en La Rioja sus compañeros del Ciclo Básico –aquel anhelado colegio al que se ingresa vía examen- lo reprobaron: “Cómo te vas a ir, lo del básquet es pan para hoy y hambre para mañana. Aparte acá tenés a todos tus amigos y sin título secundario no sos nada”.

 

Dice el colega y compatriota Ignacio Molina que el caso Ginobili es distinto al de diversos deportistas en sus tierras natales. Que haya nacido en Bahía, y no en otro lado, es un factor trascendental para su éxito. “Bahia Blanca is the unquestioned epicenter of basketball in Argentina, a pocket of indoor athletic passion that defies the national obsession with fútbol”: hasta lo dice la web de Los Spurs. De chica fui mil veces a la cancha a ver a mi hermano jugar en Barracas, y otras mil fui con él a alentar a Estudiantes, el club del que somos hinchas y donde tuve el honor de jugar al voley ya de adolescente mirando con envidia a los basquetbolistas.

 

Manu es aspiracional desde la cuna. El héroe soñado de la clase media. Blanco y discreto, sano y estudioso, se casó en Bahía con la hija del ex jugador Luis Oroño. El mito del laburante hijo de la inmigración europea. Jamás se lo podría acusar de “grasa” o “cabecita negra”, de incomodar por sus desvaríos el canon de las “buenas costumbres”. Definitivamente, no es de los que te subrayan el quiebre, la disrupción. Su obediencia es tan exorbitante como su talento. Hasta, dicen, terminó la escuela rindiendo libre. Si no fuera famoso, podríamos cruzárnoslo en la cola del Banco Provincia de la calle Undiano, o en la del mercado municipal, a la espera de pescado fresco de la Ría y quejarnos aburridos del frío sin que nada en él nos llame la atención.

Facebook Manu Ginóbili

Facebook Manu Ginóbili

V. La posibilidad del roedor

 

Por Patricio Eleisegui

 

El comentario, despojado de más datos, me llega desde la ventosa Bahía Blanca casi como una confesión. Alego no entender. Me agregan: “Es todo lo contrario a lo que ves en la cancha”. No puede ser. Justo “Manu”, el jugador que jamás se guarda nada. Justo “Gino”, el compañero que se desdobla y todo lo soluciona. El que te la pasa. ¿Será posible? Me corrigen: “No, posible no: rata”.

 

Ahí es cuando quiero dejar de escuchar. Pero el confesor bahiense, periodista honorable si los hay, continúa. Me acerca situaciones, testimonios de otros. “Hace unos años, el club del que salió ‘Manu’, Bahiense del Norte, necesitaba cambiar el piso de su cancha. Lo contactaron al jugador para ver si, de onda, lo pagaba él. Era figura en Estados Unidos. Para el club era una enormidad de plata, para Ginóbili dos mangos. ‘Manu’ lo resolvió armando una rifa. Y él compró dos números. Algo así como 100 pesos”.

 

Digo que no puede ser, ni que fuera un muerto de hambre… “¿Hambre? Entonces vos no sabés lo de su casamiento”. Contesto que no. “Ya llevaba dos años en la NBA. Ese día, al finalizar el evento, había hogares de niños y otras organizaciones de Bahía que esperaban lo lógico: que ‘Manu’ donará la comida que había sobrado de semejante fiesta. El tipo hizo la jugada al revés y se mandó todo a la casa. Debe haber estado veinte días a canapés y sanguchitos de miga”.

 

Mientras sigo boquiabierto, me destacan pedidos de Ginóbili a un foro de Apple para liberar un iPhone sin tener que pagarle a un técnico. Y, como al pasar, un par de polémicas extra: juicio a una comunidad mapuche por unas tierras en Villa La Angostura y lío por impacto ambiental de su proyecto inmobiliario en Las Grutas.

Por un instante, la imagen que tengo de una de las estrellas de la NBA tambalea. Después, elijo creer que nada de lo escuchado es cierto.

 

Eso, aunque la búsqueda que hago por Google, con el asunto “Ginóbili tacaño”, me invite a pensar lo contrario.

 

VI. Les cagó el negocio

 

Por Dante Leguizamón

 

Faltan cuatro minutos y cuarenta y ocho segundos para el final del primer cuarto y los Spurs están recibiendo una paliza de la mano del mejor jugador del mundo, LeBron James. Miami Heat es dueño del partido. Hasta que Emanuel Ginobili –narigón, pelada en la coronilla, cara de portero que tiene que cerrar la cancha al final del partido- toma la pelota y se mete entre los gigantes del Heat para contestar las jugadas espectaculares de Lebron con la jugada más sencilla, zonza y básica de este deporte. La jugada que aprenden los chicos cuando empiezan a jugar al basquet: una bandeja.

 

Doble y falta. O sea: dos puntos y la posibilidad de un tercero gracias a un tiro libre. Y se acabó lo que se daba. Acaba de comenzar y va a durar pocos segundos, pero de repente Manu Ginóbili se hace dueño del partido y lo lleva a donde su equipo lo necesita. En los siguientes dos minutos, Ginóbili fue el dueño del partido. El dueño de una final de la NBA.

Backstage de la filmación de un comercial de la cadena HEB / Facebook Manu Ginóbili

Backstage de la filmación de un comercial de la cadena HEB / Facebook Manu Ginóbili

Con Manu en la cancha San Antonio pudo comenzar a concretar eso que tiene de mágico, maravilloso y único el deporte: convertir las fortalezas de un grupo, de un colectivo -de un equipo- en una maquinaria arrolladora que 30 minutos más tarde de aquel comienzo es capaz de dejar a Lebrón James sentado en el banco de suplentes, llorando desconsolado y rendido.

 

Ayer el negocio era que ganara Miami. No sólo porque a la liga le convenía un sexto y hasta un séptimo juego, sino porque los contratos televisivos y publicitarios prefieren a las estrellas antes que a los equipos. La liga toda está pensada para eso. Ayer y mañana también el negocio va a preferir el juego de 1 contra 1 (duelos personales entre dos jugadores, si es posible estrellas y si es posible norteamericanos) en el básquet NBA antes que el juego de 5 contra 5, en el que un equipo compite contra otro. Ayer y mañana el show del básquet va a preferir a los jugadores como Lebrón que pueden ganar solos un partido, antes que a los jugadores de los Spurs argentinos, italianos, autralianos, neocelandeses o franceses más dispuestos a hacerse cariños, darse besos en la cabeza y palmaditas cariñosas en la cola que a los flashes de las cámaras.

 

VII. El deporte lógico y perfecto

 

Por Ramiro García Morete

 

Estuve en el Mundial `90. No el de fútbol en Italia sino el de básquet en Argentina. Amo por igual ambos deportes. La belleza del fútbol reside en que es ilógico e imperfecto. Eso lo hace verdadero. La verdad del básquet habita en que es lógico y perfecto. Eso lo hace bello.

 

Fui al Luna Park con nueve años y vi en una tarde cuatro partidos con los mejores basquetbolistas extra NBA, por entonces estrellas inalcanzables. Argentina terminó octava.

 

Con los años, las distancias se acercaron gracias a León Najnudel: un proyecto sostenido, una idea rectora, un sentido de pertenencia. Las consecuencias también fueron razonables: el mejor equipo de la historia del deporte nacional, un grupo de amigos y entre todos ellos, Emanuel Ginóbili.

 

Podría decir que es el jugador que mejor entiende un juego de altos donde entender te hace más alto. Podría decir que es el jugador que justifica las millones de horas y sueños de básquet que deseché cuando opté por el rock (allí donde la lógica no tiene sentido). Ciertamente, creo Manu hizo realidad el sueño del pibe de todos los que alguna vez tiramos a un aro.

 

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