noviembre 23, 2016

Fotolibros para salvar el lenguaje

El fotolibro le da al libro clásico nuevas miradas y puntos de vista lúdicos con el formato: libros-objeto, libros que comienzan por ambas tapas, libros acordeón. Las nuevas tecnologías de impresión y encuadernación permiten además la posibilidad de autopublicar con tiradas reducidas, originales y hasta firmadas. Mientras la imagen digital se expande al infinito, los fotolibros se vuelven piezas cuidadas de distribución de obra.

Por Guadalupe Arriegue*

 

La escena fotográfica se diversifica. En el mundo, el fotolibro gana cada vez más adeptos como soporte predilecto para la circulación de imágenes. A diferencia de una muestra o exhibición, donde el espectador es quien se acerca al espacio donde está montada la obra, los fotolibros entran en las casas de los lectores. La Feria de Libros de Fotos de Autor, con quince años de historia, es el espacio natural en donde estos libros se reúnen, una vez al año en la Ciudad de Buenos Aires, para ver la luz todos juntos.

 

Desde los inicios, la fotografía como disciplina ha sido entendida como escritura; basta con asomarse a la filología de la palabra.  Ahora bien, por su especificidad que es nada más ni nada menos que su reproductibilidad al infinito, la grafía –el signo– de la luz por definición es múltiple. La base de la fotografía no está en el negativo, sino en la acción del positivado: en la copia.

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Este es el trípode que define a la fotografía: luz – escritura – copia. Luego las técnicas de obtención y fijación de los rayos lumínicos van cambiando: las cámaras oscuras, analógicas, digitales, laboratorios, computadoras, celulares, impresoras, etcétera. Las tecnologías se diversifican y la técnica no deja de expandirse. Desde el daguerrotipo a la fotografía como la conocemos hoy en día no han pasado aún dos siglos. Impresiona imaginar qué es lo que se viene.

 

El placer (visual) del texto

 

Existen una variedad de tipos de escrituras. En El grado cero de la escritura, Roland Barthes nos dice que cualquier escritor siempre está atado a la palabra, esto es, a la convención del lenguaje y a la Historia. Sin embargo, existe una palabra revolucionaria, y es justamente la palabra poética. Ahora bien, ¿qué pasa cuando el escritor es fotógrafo, y no utiliza la palabra sino la imagen? En este caso, cabe conjeturar, la figura del autor no solo no está muerta (lo lamento, Roland) sino que ha resucitado inexorable y se ha convertido en artista visual.

 

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De este modo, las imágenes liberan al lenguaje: crean una escritura que está libre de toda sujeción normativa. O por lo menos mucho más libres que el lenguaje literario –metido en el corset de la lengua–. Las escrituras se multiplican al infinito. En la foto, está la utopía del lenguaje.

 

El fotolibro le otorga al libro clásico nuevas miradas y puntos de vista lúdicos con el formato: libros-objeto, libros que comienzan por ambas tapas, libros acordeón. Los autores despliegan su creatividad editorial. Luego, la posibilidad de autopublicar –con las nuevas tecnologías de impresión y encuadernación– permite hacer tiradas reducidas, originales, firmadas. Los fotolibros se vuelven piezas cuidadas de distribución de obra.

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Hay algo de ritual en el gesto de elegir un fotolibro para explorarlo. Las fotografías son disparadores y construyen un intercambio entre el sujeto que lo mira y aquel que seleccionó y armó el relato.

 

Del mismo modo que sucede con la literatura. Sin embargo, si seguimos la corriente de que una imagen vale más de mil palabras, entonces ¿cuántos relatos hay en la Feria de Libros de Fotos de Autor? La respuesta es inasible. Para asomarse, queda venir a la Feria, seleccionar los fotolibros que más gusten y subirse a la alfombra mágica.

 

Feria de Libros de Fotos de Autor

Espacio FoLa, Distrito Arcos (Godoy Cruz 2620 / 2626).

Apertura al público: jueves 24 de noviembre a las 12 hs.

Cierre: domingo 27 de noviembre a las 20 hs.

Horario: de 12 a 20 hs.

Valor entrada: $70

 

*Guadalupe Arriegue es fotógrafa y licenciada en Letras.

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