¿Por qué el caso de M. detuvo al país? ¿Qué hizo falta para que enfoquemos la mirada en los cuerpos de las infancias vulneradas? Mientras se niega el acceso a la vivienda -una puerta a la educación, la salud y el trabajo- vivir en la calle se vuelve destino cerrado, la última amenaza de la fragilidad. ¿Qué pasa mientras no miramos? Celeste Abrevaya escribe sobre el caso y se pregunta si la pandemia despierta la empatía social.



En la obra de teatro Yo también hablo de la rosa, el dramaturgo mexicano Emilio Carballido cuenta la historia de Toña y Polo, dos niños pobres que faltan a la escuela. Polo falta porque no tiene zapatos, recién se los van a comprar la semana siguiente; Toña, porque no hizo la tarea. Pasan la tarde juntos. Se meten en una cabina de teléfono, quieren sacar unas monedas para conseguir golosinas. Caminan cerca de las vías de un tren, aparece una alfombra de basura, el sol explota sobre uno de los barrios populares de México. Revisan botellas, papeles, chapitas. Encuentran una lata llena de cemento. La hacen rodar, la quieren llevar a la vía. La empujan entre risas nerviosas, visualizan la travesura. Suena un silbato a lo lejos. El tren se acerca. Ya no hay modo de detener lo que pasa. Se oye el estruendo del descarrilamiento. 

 

La obra transcurre con distintas voces que interpretan ese acontecimiento, y la primera escena es un disparador de otras situaciones de las que el autor quiere dar cuenta. Empiezo a escribir esta nota sobre M., recuerdo ese texto de Carballido y me pregunto qué tiene que pasar para que una comunidad se decida a ver de cerca una situación. Tiene que descarrillar el tren para que estemos todxs mirando. 

 

Nos acostumbramos a que las pibas aparezcan muertas en una zanja. Por eso la noticia de la aparición con vida de M. es una bocanada de aire que conmociona, por el alivio de saberla “sana y salva”. ¿Sana y salva? ¿A dónde duerme M. hoy? Tengo un lapsus: en lugar de duerme tipeo muere. ¿Dónde duermen hoy esxs 870 niños y niñas de CABA que no tienen un techo? ¿Y mañana?

 

M. (7) vive en situación de calle junto con su mamá Estela. El lunes 15 de marzo fue secuestrada por un hombre que “cartoneaba” por la zona, las dos lo conocían. Estela fue a hacer la denuncia pero no se la tomaron, le dijeron que había que esperar 24 horas. Entonces lxs vecinos se organizaron para hacer una denuncia pública: las redes sociales y los medios en seguida se hicieron eco. El Ministerio de Seguridad de la Nación activó Alerta Sofía, y en un operativo conjunto de las Fuerzas policiales provinciales y de la Ciudad, M. fue encontrada el jueves siguiente. 

 

Más allá de los detalles, el caso no puede pensarse de forma aislada y descontextualizada. Más que enfocarse en el hombre que se la llevó y por qué lo hizo, el desafío está en abrir la perspectiva e indagar qué circunstancias habilitaron el secuestro.

 

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A pocos metros de Cildañez, el lugar donde desapareció M., cruzando la autopista Dellepiane, está el Parque Indoamericano. Allí, en diciembre del 2010, centenares de familias tomaron tierras en busca de un techo. El operativo de desalojo de la Policía Federal y la Metropolitana causó la muerte de dos personas, y cinco resultaron heridas con balas de plomo. 

 

Ese corredor que se arma sobre Avenida Escalada incluye además a Villa 20, protagonista también de las tomas del Barrio Papa Francisco, y se ramifica para Castañares donde está el barrio Carrillo, y donde, desde arriba del puente, se ven las obras que en su momento había iniciado la Asociación Madres de Plaza de Mayo con el proyecto Sueños compartidos, hoy abandonadas. Del otro lado, hacia Avenida Roca, las viviendas de Proyecto Comunidad. Más atrás, Lugano 1 y 2. Hacia el fondo está Villa Olímpica, un barrio de edificios que el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta construyó para lxs deportistas que compitieron en los Juegos Olímpicos de la Juventud en 2018, y en el que hoy residen familias de clase media asediadas por el incremento de las cuotas de los créditos UVA. 

 

De acuerdo a información sistematizada por el equipo de la legisladora por el Frente de Todos Maria Bielli, el presupuesto en vivienda viene decreciendo desde el 2017. Su pico máximo fue del 5,1% (vinculado a la construcción de Villa Olímpica), y a partir de ahí no paró de descender: 4, 2 % en 2018, 3,7% en 2019, 2,3 % en 2020, y 2, 0 % en este 2021. Por otra parte, los subsidios habitacionales rondan los $5000 para personas que están solas y $8500 para familias. ¿Quién puede alquilar algo por ese monto?

 

Esa es la foto histórica de un problema habitacional estructural de la Ciudad de Buenos Aires. M. forma parte de ese entramado. Dentro de las capas de vulnerabilidad que se acumulan en cifras y estadísticas, ahí están ella y su mamá. De acuerdo al último censo del 2019 sobre personas en situación de calle, 870 son niños y niñas. 

 

El acceso a la vivienda es urgente y fundamental. Es la base para garantizar derechos como el trabajo, la educación y la salud, que de otra forma se ven obstaculizados. La calle conjuga distintas dimensiones de la fragilidad que implican vivir bajo la amenaza de un abanico muy amplio de situaciones. En la Ciudad de Buenos Aires no hay una salida de la calle, ese destino cerrado que con suerte encuentra refugio algunas noches en paradores que no dan abasto y que muchas veces son escenarios de hostilidad y expulsión. La línea histórica dibuja un déficit estructural en relación a políticas integrales que comprendan a la vivienda como un derecho social más allá o más acá del mercado.

 

En la Ciudad de Buenos Aires existen dos paradores para hombres (Retiro y Beppo Ghezzi), uno para mujeres y niñxs menores de edad (Azucena Villaflor) y cinco para niños y niñas (CAINA; Sin Fronteras, La Boquita, La Balsa y Nueva Vida). “Si hay respuestas es gracias a las redes que tenemos lxs laburantes. El Equipo móvil tiene una sola camioneta que recorre la ciudad para llevar a los paradores a lxs chicxs. A las familias las separan, nadie quiere ir”, me cuenta una trabajadora que hace años acompaña a chicxs en situación de calle antes de pedirme que evite mencionar su nombre. 

 

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¿Qué fibra nos toca la desaparición de M.? ¿A dónde vuelve ahora que la rescató la Policía? ¿La rescató la Policía? ¿O la rescató también el barrio? ¿A dónde estábamos mirando todxs antes de que se la llevaran? ¿A dónde vamos a mirar ahora? ¿Qué significa cuidar la experiencia de las niñeces y qué pasa cuando el Estado se olvida deliberadamente de ese cuidado? Su mamá, ¿qué posibilidades tenía de mirarla? 

 

—Mi hija está con problemas de adicción, pero a mi nieta la tenía como a una reina, pregúntenle a todos —dijo su abuela—. Saben las veces que pedí para que la curen, y nadie ayudó.

 

¿Quién mira a las personas con consumo problemático que viven en la calle? Muchas veces es la iglesia la única institución que da algún tipo de respuesta.

 

Las madres y M., tres generaciones de mujeres entrelazadas por una historia de marginalidad y ausencias. La advertencia más común que lxs adultxs le hacemos a lxs niñxs es que no salgan a la calle solxs, que se queden cerca. Afuera están los peligros, y los peligros no cambiaron, la imagen del peor terror es que venga un señor grande y lxs someta. ¿Cómo funciona esto cuando no tenés casa? ¿A dónde le dice la madre que se quede si su casa es la calle? 

 

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La pandemia nos chocó de frente con la necesidad de construir vidas sostenibles, dignas de ser vividas, descentradas de la lógica del capital como eje vertebrador. El secuestrador de M. la llevó engañada, le prometió una bicicleta. Una bicicleta: el símbolo de las infancias, de la libertad de sentir el viento que pega en la cara y de las rodillas con moretones. La vuelta a la manzana que damos solxs por primera vez. La plaza y lxs amigxs. Ese abuelo que te enseñó a andar sin rueditas. El secuestrador la miró.

 

Hay muchas M. en nuestras ciudades. M. es un niño descalzo con la panza inflada que entra al Mcdonald’s pidiendo una hamburguesa. La misma hamburguesa que le regalaron a ella el día que la encontraron, y que quedó inmortalizada en una foto, con las clásicas bolsas papel madera del payaso más famoso del mundo, con su nombre escrito a mano y un corazón dibujado. ¿Qué chico no quiere una cajita felíz? M. es también ese pibe que te ofrece pañuelitos mientras tomas café en un bar de Palermo, al que mirás medio de costado, esquivando esos ojos adultos que se te clavan como una patada ninja en el medio del pecho, y al que -a lo sumo- le comprás una coca o le das veinte pesos. 

 

¿Qué pasa entonces cuando no miramos o miramos de reojo? ¿Cuál es el impacto de esa ausencia de miradas en el cuerpo de esos niños y niñas? ¿Qué le pasa a unx niñx al que se le niega sistemáticamente el derecho al cuidado? 

 

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M. no estaba yendo a la escuela. Y la escuela no sólo educa. La escuela contiene, aloja y cuida. Pero con la escuela no alcanza. No alcanza con un puñado de docentes que se sienten interpeladxs y ponen el cuerpo y la cabeza para resguardar a esos pibxs. El derecho al cuidado en las niñeces tampoco puede depender de las redes familiares ni de los recursos disponibles que esas familias tengan, o incluso de la organización y la solidaridad de la comunidad, que en el caso de M. fueron clave para darle visibilidad y difusión al caso. El cuidado es una responsabilidad social y es el Estado el que debe asumir un rol protagónico para garantizarlo. 

 

Al comienzo de la pandemia, cuando el gobierno dictó las medidas de aislamiento, la contradicción principal pivoteaba entre la economía y la vida. ¿Pero qué pasa con estas vidas que quedaron al desamparo más absoluto? Durante el año pasado se dispararon las fortunas de las personas con mayor poder adquisitivo del mundo, mientras millones de trabajadores informales y familias sin acceso a recursos se vieron arrasadas. Configuraciones de familias monoparentales como la de M. se vieron especialmente afectadas por la crisis social y económica que se desató después.

 

Dentro del paquete de medidas de emergencia, se estableció el congelamiento de alquileres de inmuebles que vence el próximo 31 de marzo a nivel nacional. Millones de familias trabajadoras que alquilan tienen hoy un miedo latente a quedarse literalmente en la calle por no poder afrontar los precios exuberantes de los propietarios y las inmobiliarias. ¿Habrá colaborado este contexto en la sensibilización que produjo el caso de M.? Los latigazos del neoliberalismo y la pandemia sacudieron también a sectores medios tomados muchas veces por un discurso del sentido común que los distancia de situaciones de vulnerabilidad más extrema. Sin embargo, la experiencia subjetiva de verse acorraladx, con la soga al cuello y el bolsillo agujereado, acorta esas distancias. Eso que está pasando también puede sucederme. Empatía.  

 

La única salida es cambiar el paradigma. Que la economía se ponga al servicio de la sostenibilidad de la vida. Que las políticas públicas privilegien enfoque de derechos y perspectiva feminista. La contracara feroz de la feminización e infantilización de la pobreza es la masculinización de la acumulación de las riquezas. 

 

¿Qué significa volver sostenible una vida? En su etimología proviene del verbo activo transitivo “sostener” y del sufijo “ble” que indica susceptible o que puede ser. Poder sostenerse: los cuerpos de las infancias en situación de vulnerabilidad necesitan apoyos, necesitan redes, cuidados que los impulsen a poder pararse y armarse. Porque lxs pibxs no son el futuro, son el presente. 

 

Colaboración: Agustina Martínez Alcorta

 

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