Frente a un panorama inédito, la incertidumbre nos genera una desesperada necesidad de entender. Así, desde marcos ideológicos diversos se intenta encorsetar los hechos, prever escenarios y direccionarlos según una visión política preestablecida. Pero la pandemia mueve de la zona de confort nuestras convicciones, y nos demuestra que pueden ser varias a la vez. Por Sonia Budassi.



Madrid. Un grupo de universitarios acaba de recibir la noticia: no tendrán clase. La periodista pregunta si entonces dejarán de salir de fiesta. Muchos sonríen con suspicacia, todos dicen que de ningún modo. Cinco días más tarde Belén, recluida en la cuarentena obligatoria española, presa de la ansiedad, responde a la pregunta de si aquel video era cierto o fake. “Es que fue todo muy rápido. Nadie entendía bien qué estaba pasando”, dice y da otro marco de interpretación más allá del escándalo que la nota televisiva buscaba generar. “No puedo creer que pasó menos de una semana”, dice entre sollozos contenidos con clonazepam. Como en todos los denominados acontecimientos mediáticos, los tiempos se aceleran.

 

 

Lo inédito genera incertidumbre, la incertidumbre reproduce desesperada necesidad de interpretación. Y desde marcos ideológicos diversos se intenta encorsetar los hechos,  prever escenarios y direccionarlos según una visión política preestablecida. La realidad adquiere así varias discursividades posibles. A veces de sentido común, otras de una indecible complejidad; algunas resisten los matices. Es natural la tendencia a reducir la angustia de la confusión buscando explicaciones, causas, sentido. Cada tanto, entre la vorágine, aparecen posturas anticientíficas y prejuicios. Todos deseamos estar del lado del bien. La remanida zona de confort según nuestras convicciones políticas -que sin darnos cuenta pueden ser varias a la vez. Sobre todo, ante un tema que parece hecho a medida de la velocidad virtual contemporánea; el virus viral.

 

Desesperados, también le endosamos una ideología a la enfermedad.

 

Las epidemias siempre son una síntesis entre biología y cultura. Ante la del ébola en 2015, surgida en África, el médico Daniel Flichtentrei ya advertía sobre dos temas clave que, con el coronavirus, parecen darse de manera análoga, aunque en un espejo convexo, gigante como la atmósfera que nos cubre a todos y, por momentos demasiado turbio; más que un espejo, resulta una pantalla al mundo que a veces nos impide ver. El Dr. Flichtentrei decía que, por un lado, la enorme conmoción reflejada en los medios de este lado del planeta durante aquellos días respondía “más a la temida posibilidad de que afecte a los más favorecidos, que a la solidaridad con los marginados”. ¿Cómo interpretamos este nuevo escenario en el cual una peste alcanza a países comunistas pero con algo de libre mercado, ese sistema atípico chino? 

 

¿Y a países de la Unión Europea, y otros que quedaron fuera como Inglaterra, gobernado por un conservador antes de haber llegado a Latinoamérica? ¿Cómo se moduló nuestra sensibilidad libertaria y la progre? ¿Cómo se acomoda el tetris dinámico de lo políticamente correcto, qué ideas ganaron terreno en el campo de nuestras conciencias vertidas en redes? En estos días, negadores y conspiranoicos compartieron versiones como que el virus había nacido de una costumbre china inexistente –comer sopa de murciélago- hasta que su origen era estadounidense: habría sido importado por el ejército. 

Desde Estados Unidos negaban lo global de la pandemia: el gobierno lo llamó “el virus de Wuhan”.

  

Todos comunistas. Entre la paranoia y la incredulidad, lo políticamente correcto.

 

Ingeniosas producciones culturales dieron un marco paródico a lo que sostenían con seriedad intelectuales y científicos. Lejos de la separación que aún pervive en cierta estrechez elitista, la cultura popular manifesta tensiones visibles en el campo de las ideas. Así, la cumbia del coronavirus fue una de las mejores piezas de divulgación científica, al explicar las medidas de prevención. Y la canción “Veo comunistas”, vendida como la “El ácido reggaetón que se burla de la paranoia de la derecha” de una banda chilena en referencia al componente chino del relato del virus, sintetiza posturas ideológicas más elaboradas: “Todo el mundo contagiado por el virus marxista, hasta mi nana, incluso los taxistas. Comunistas, son todos comunistas” (…) “el cajero estornudó: ¡comunista!”. Una sobreproducción de memes, videos y canciones nivelan las distintas fases psicológicas en la que se desarrolla nuestra cotideaneidad y la absorción de la información. En un panorama incierto, de mínima, anhelamos entender. O sentenciar diagnósticos y bajar línea. 

 

 
 
 
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El ácido reggaetón que se burla de la paranoia de la derecha. Via @palo.larrain #renunciapiñera #renunciablumel #renunciamañalich

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Cuando nos enteramos de que el coronavirus había llegado a Europa y de allí se aproximaba a la Argentina, surgieron los inevitables vectores de clase en un arco que partió del chiste vía Whatsaspp y se expandió a otros terrenos. Uno de los audios más reenviados decía:

 

—Chicas, yo estaba pensando, si tenemos que morir con todas estas pestes que hay…el que tiene más nivel de todos es el coronavirus. Porque es todo gente que se fue a Europa (…). Porque es muy triste morir de dengue, con el agua del florero…

 

 

El tema de clase reapareció en intervenciones de periodistas y figuras públicas identificados con el “progresismo” y puso en escena a personajes arquetípicos como “los chetos”: la irresponsable diseñadora uruguaya quien asistió a un casamiento con 500 invitados en Uruguay sin cumplir la cuarentena luego de volver de Italia (los audios buchones son dramáticos y desopilantes) y el del “preparador físico”, Miguel Ángel Paz, quien golpeó al guardia de seguridad porque le advirtió que debía guardar la cuarentena luego de su viaje. 

 

La categoría perfecta para liberar el ensañamiento de clase (o resentimiento, palabra tan usada por la derecha arquetípica), contra el cheto individualista; el cheto como correcto chivo expiatorio, el cheto castigado por abusar de su poder: justicia. 

 

La situación también generó desvaríos progres. En un programa de alta audiencia, Alejandro Bercovich, reconocido periodista, terminó azuzando a Miguel Paz reproduciendo un desprecio, justamente, desde el mismo lugar al que pretendía criticar. Y Bercovich no solo es autor de libros agudos como Estoy verde. Dólar, una pasión Argentina, y Vaca muerta, ambos en coautoría con Alejandro Rebossio. Además es un lúcido analista en TV y radio, un audaz y honesto investigador y divulgador de mecanismos de la economía que la mayor parte de los mortales desconocemos y que varios de sus colegas suelen ignorar. En su programa de radio dijo:

 

—Le dicen cheto, pero ni siquiera es un cheto, no le da el piné, (…) es un nuevo rico.

 

Y luego agregó: ni siquiera es propietario, alquila su departamento.

 

El “nuevo rico”, sinónimo de “grasa con plata”, un no aristócrata, usado como insulto. Y puesto casi al mismo nivel que el acto violento e ilegal cometido de manera doble; por no cumplir con la norma, y por la tremenda agresión física.

 

Y en las redes, el progre arquetípico increpaba al facho arquetípico que estaba en contra de la intervención del estado en la gestión de la epidemia luego declarada pandemia.

 

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Todos fachos. Paranoia versus negación

 

Ya manifestada la transversalidad social y económica del virus y su denominación oficial como pandemia, existe una conducta de la cual ya hablaba el doctor Daniel Flichtentrei sobre el ébola. “Prejuicios de diversa matriz entorpecen la lucha contra el brote, tanto en pequeños pueblitos de África como en modernas ciudades capitalistas de este lado del mundo. Ignorancia, pensamientos anticientíficos y preconceptos no afectan sólo a cierta parte de las civilizaciones lejanas de Monrovia sino que, con otros fundamentos, están presentes en una  clase urbana, progresista, y con ínfulas intelectuales”.

 

En Argentina, el caso más resonante fue el del periodista y escritor Martín Caparrós, autor de ficciones notables como Echeverría y de literatura de no ficción como El hambre. En ese libro monumental, leido por el actual presidente desgrana las desigualdades mundiales y estudia, no solo con cifras sino con investigación en el terreno y una prosa bien trabajada, sobre ese desastre cotidiano mundial:  “Cada día se mueren, en el mundo —en este mundo— 25.000 personas por causas relacionadas con el hambre. Si usted, lector, lectora, se toma el trabajo de leer este libro, si usted se entusiasma y lo lee en —digamos— ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre unas 8.000 personas: son muchas 8.000 personas”. El libro, aclamado con justicia, fue leído por el presidente Alberto Fernandez; escritor y el aquel entonces candidato a presidente, se reunieron por ese motivo en 2019.

 

Autor de una nueva novela -Sinfín- publicó en estos días un artículo en el cual tomaba un par de estadísticas para terminar expidiéndose, cual experto, en que el coronavirus no es para tanto. 

 

“En España mueren cada año 6300 personas por gripe”, escribía y confrontaba una peste con otra, en lugar de aceptar que a esa cantidad se le sumaba una nueva enfermedad. Pero en todo caso, se trató de una opinión, una selección de datos intencional para demostrar una tesis. 

 

Lo grave fue que, recién llegado de Madrid, se jactó de no cumplir la cuarentena impuesta por las autoridades al asistir al programa de radio conducido por Ernesto Tenembaun. Mientras ignoraba las medidas sanitarias obligatorias, se quejaba: “Estamos todos locos”, dijo porque varios periodistas habían cambiado la modalidad de las entrevistas pautadas con él del vivo, al Skype.

 

Muchos progresistas hoy enfáticos hasta la militancia virulenta en el mensaje de que hay que quedarse en casa –el concepto de base es la solidaridad social- cambiaron su postura. Durante los primeros días subestimaron el covid19: preocuparse por él implicaría no darle su merecida jerarquía al dengue o al sarampión y enfermedades locales y regionales que afectan a regiones pobres de la Argentina y Latinoamérica. En un contexto en el cual, también, el propio Ministro de Salud, Ginés González García hablaba de una preocupación exagerada. El 5 de marzo dijo: “El dengue es la epidemia más grande que tiene América del Sur. Yo diría que hoy es peor que el coronavirus”. Y comparaba la cifras de muertos. “Tampoco tenemos vacunas, las estrategias son muy comunitarias. Tenemos un pico que todavía no llegó a su cúspide. A mediados de marzo va a ser el pico”, dijo.

 

En la mente de muchos bienpensantes afloraba la imagen contrapuesta de pobres niños con sarampión -enfermedad antes erradicada, presente ahora gracias a los delirios anticientíficos de padres que adrede no vacunan a su descendencia- y dengue, muertos entre barriales y casas precarias, versus, unos chetos de viaje que vuelven con estornudos y fiebre luego de pasar por el freeshop.

 

La toma de conciencia con respecto a enfermedades regionales – y la consecuencia de la indiferencia ante la extranjera- entra en sintonía con la teoría de la necropolítica del filósofo Achille Mbembe. Según él -que sigue a Michel Foucault-, unas vidas tienen más valor que otras. (Boris Johnson, Primer Ministro británico, dijo días antes de tomar medidas, “muchas familias perderán a sus seres queridos”, es decir a los ancianos). Así se generan políticas donde se deja morir a los excluidos ya que no producen ni consumen y, su sola existencia, evidencia las desigualdades y la crueldad del neoliberalismo. Antes del virus, algunos pensadores supieron ver estas políticas en gobiernos latinoamericanos.

 

En su curso Defender la sociedad de 1976  -que Mbembe retoma- Foucault introdujo la idea sobre cómo el racismo de Estado sería uno de los mecanismos del biopoder y de la biopolítica. Es interesante, a la luz de las luchas geopolíticas entre Estados Unidos y China, revisar esta apreciación pero a nivel global, de un modo que excede los territorios nacionales.

 

Biopolítica y geopolítica. El castigo como plaga divina a la globalización

 

En plan meme y en plan ensayístico surgieron teorías sobre la globalización y la regulación del capitalismo: la lectura fue que implosionaba y autoregulaba el sistema previsional –o que había sido producido adrede, en laboratorio, con ese fin. 

 

Se citó la gerontofobia de Diario de la guerra del cerdo de Adolfo Bioy Casares, más allá del virus, unas de las fobias más terribles e invisibilizadas. Y de pronto es cool ayudar a los ancianos (bienvenido sea) que suelen despreciarse en la vida cotidiana y en las representaciones. Pero, al mismo tiempo, la mirada imperante sobre ellos suele ser paternalista, como si no fueran seres con derecho a decidir.

 

La cuenta de tuiter de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Buenos Aires citó al sociólogo Esteban Di Paola.

 

 

“El coronavirus es algo propio de la globalización: se fundamenta en la incertidumbre y en el potencial carácter peligroso del otro. Es el individualismo global inventando sus catástrofes”. Resuena el gerundio: “inventando”…

 

Las medidas de control en Asia y Europa fueron leídas por intelectuales de izquierda de la talla de Giorgio Agamben, otra vez, desde la perspectiva de la biopolítica y la remanida matriz del control de los cuerpos. Publicado en Italia, el diario Página 12 reprodujo su artículo La invención de una epidemia. (Otra vez el fantasma del “invento”; el virus como fabulación de derecha) . Allí critica el aislamiento impuesto por su gobierno y se queja de “las graves restricciones a la libertad previstas en el decreto”. Según él, las medidas mostraban una gran “desproporción” frente a la gripe normal, una suerte de excusa para volver a las medidas excepcionales que el terrorismo ya no propiciaba. Habla de la necesidad de los estados de pánico colectivo al cual sirve una epidemia. Así, explica la crisis por sus efectos y no por sus causas. “En un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla”. 

 

Su contemporáneo francés, Jean Luc Nancy contesta al ninguneo de su colega, en el texto Excepción viral, breve y de contundente sentido común. Acá algunas citas: “Olvida que para la gripe “normal” tenemos una vacuna de eficacia probada.”. “Giorgio dice que los gobiernos toman todo tipo de pretextos para establecer estados continuos de excepción. Pero no se da cuenta de que la excepción se convierte, en realidad, en la regla en un mundo en el que las interconexiones técnicas de todas las especies (movimientos, traslados de todo tipo, exposición o difusión de sustancias, etc.) alcanzan una intensidad hasta ahora desconocida y que crece con la población”. 

 

Entre las voces de izquierda también sonó la de Naomi Klein, activista antiglobalización, autora de No logo. En la coyuntura electoral estadounidense, apoya a Bernie Sanders, precandidato demócrata. Aplicó su categoría de “doctrina del shock”, es decir “la estrategia política de utilizar las crisis a gran escala para impulsar políticas que sistemáticamente profundizan la desigualdad, enriquecen a las elites y debilitan a todos los demás”. En momentos así, dice, la gente tiende a centrarse en las emergencias diarias para sobrevivirlas. Y confía demasiado en los que están en el poder. 

 

En tiempos convulsionados “Quitamos un poco los ojos de la pelota”, dijo en una entrevista con la revista Vice. “El shock es realmente el propio virus”. El presidente Donald Trump negó el tema durante mucho tiempo. Según ella, lo trató como una crisis de “percepción” en vez de una de salud pública. Un camino en zig zag, desde negar hasta aceptar, intervenir o no intervenir.

 

Del previsible relato biopolítico al antagonismo geopolítico

 

El secretario de Estado Mike Pompeo se refirió al virus como el “virus Wuhan”. Trump repitió que se trata de una enfermedad de “extranjeros”. El embajador chino compartió en sus redes una teoría conspirativa que culpa a EEUU del brote. En medio de estas hipótesis lanzadas desde los gobiernos de manera oficial, en tono beligerante y racista, se pone en escena una lucha política y comercial real, que supera la mera gestualidad.

 

 

Luego de que Trump, en plena atmósfera de virus, limitara la cantidad de ciudadanos chinos a quienes se les permite trabajar en agencias de noticias en Estados Unidos, China anunció que expulsará a los periodistas estadounidenses que trabajan para The New York Times, The Wall Street Journal y The Washington Post. También exigió que esos medios, y también la revista Voice of America y Time, le den al gobierno chino información detallada sobre sus operaciones.

 

En las redes y en los medios argentinos, mientras tanto, se erigen mensajes de supremacía moral. Algunos se indignaron porque aún había gente dispersa en la calle, aunque no hubiera habido al momento ninguna prohibición de ir a trabajar para aquellos que no pueden hacer teletrabajo (desde obreros a empleados de comercio a secretarias o meseros y meseras que ganan con su propina, etcétera). 

 

La militancia que nos deja del lado del bien puede terminar en juegos naives donde sobran recomendaciones de lecturas y películas para ver en cuarentena, como si de vacaciones se tratara, obviando incluso que quienes pueden permanecer en su casa y no deben asistir a una fábrica o un comercio a trabajar… ¡también deben trabajar! Los maestros y profesores de todos los niveles, y de danza, inglés, gimnasia con sus clases virtuales, los médicos que no atienden en sus consultorios clausurados, los defesores de personas privadas de su libertad, las nutricionistas, los investigadores, los contadores y sus secretarias, los ingenieros agrónomos, cocineros, psicólogos y así.

 

En las redes circuló una foto: “La romantización de la cuarentena es un privilegio de clase”. Videos emotivos de personas aplaudiendo en sus balcones madrileños como muestra de apoyo a los trabajadores de la salud; testimonios autocentrados sobre los planes para hacer en casa, llamamientos con tono altruista a resistir “indoors”, subrayando una heroicidad cool facturada por Netflix, recetas de cocina y recomendaciones de literatura para construir y proyectar una imagen de sí acorde a las burbujas virtuales a las que pertenecemos. Porque mirar más allá de nuestro monitor puede generar demasiado esfuerzo, y se entiende, hay que bancar los niños en casa o la soledad.

 

En la pugna por el adoctrinamiento, el progre de redes, el militante del teletrabajo y el de derecha caricaturesco olvida a quienes viven al día y deben trabajar fuera del hogar, por lo menos hasta que lo permitan las autoridades en su exhaltación condenatoria: hoy en el subte un energúmeno le gritó a los pasajeros que eran irresponsables por estar ahí. 

 

Hace unos días, en la intención de mostrar solidaridad social, y el énfasis de la miel sin costo al tuitear “quédate en casa” grupos de activistas de izquierda y otros de feministas pedían medidas radicales. Antes de que se suspendieran las clases, artistas pensaban en mandar una carta al gobierno exigiéndolo. Sin dimensionar – y en su derecho- que expertos en salud pública y científicos trabajaban en la evaluación del tema. 

 

Junto al impulso de sentir que “hacemos algo” frente a la incertidumbre, circuló una eurofilia de derecha y de izquierda: si España lo hizo, si Italia y así. La mirada de los privilegiados aún puesta en Europa, estilo generación del 37 con redes pero, en las conferencias en claustros y congresos lo que prestigia -en su derecho- es el estudio poscolonial. 

 

Entre el seductor morbo de apreciar ciudades europeas vacías en fotos y TV, la realidad se mezcla en confusas contradicciones ideológicas difíciles de digerir. ¿Acaso el pedido de no intervencionismo de Agamben no se acercó a la actitud que tomó hasta hace poco el gobierno conservador de Boris Johnson, negado a intervenir? 

 

Si la llamada empatía radical consiste en ponerse en lugar del otro, si se atraviesa el tedio de la heladera tan cerca, el miedo a engordar, los hijos insoportables, tantas horas, estadíos de indiscutible ansiedad del home office, muchos activistas de la red olvidan a los más castigados. Y la lectura de clase es desviada.

 

La romantización del virus llega a su punto máximo en una idealización forzada: en estos días se viralizó la publicación de una periodista colombiana titulada Empatía viral

 

 “Si todo sale bien, todo cambiará para siempre. Las miradas serán nuestro saludo y reservaremos el beso solo para quien ya tenga nuestro corazón, cuando todos los mapas se tiñan de rojo con la presencia del que corona, las fronteras no serán necesarias y el tránsito de quienes vienen a dar esperanzas será bien recibido bajo cualquier idioma y debajo de cualquier color de piel, dejará de importar si no entendía tu forma de vida, si tu fe no era la mía, bastará que te anime a extender tu mano cuando nadie más lo quiera hacer.” 

 

Desde la cursilería y la bobez más consolatoria, y a contracorriente de los antiglobalización aquí citados, el virus sería una feliz y tontolona oportunidad de hacernos caer en la cuenta de que -en teoría- somos iguales. 

 

Entre valiosas investigaciones sociológicas y antropológicas relacionadas a las catástrofes y y sus consecuencias comunitarias, citemos unaAllí, Roberto Barrios escribe: “Para los grupos subalternos, que a menudo sufren la peor parte de los efectos sociomateriales de una catástrofe, un desastre también puede servir como un medio para ilustrar las precarias circunstancias impuestas por el racismo, los sistemas económicos y la política de desarrollo”.

 

Si la paranoia y nuestra ideología ciega pueden enfermarnos de egoísmo, algunas retóricas de la solidaridad, viralizables y aptas para compartir en instagram y chats familiares, desdibujan, al fin, más allá de cualquier fe política, la noción de clase, etnia y género para aferrarse a una sola vertiente de igualdad. La que nos deja en calma cada vez que ponemos #quedateencasa pero nos atormenta cuando, con culpa porque en las redes ABCProgre está mal visto, caminamos en la calle con distancia social.


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