El intento de pacificación de las favelas y de transformar a la ciudad en una sede pulcra de megaeventos quedó trunco. La llama olímpica ilumina protestas, violencia policial y obras inconclusas. Río de Janeiro incorporó lo que se quería ocultar y lo hizo parte de su imagen en el exterior: la violencia, la desigualdad y la corrupción se reconvirtieron en experiencias exóticas y autóctonas para el turismo.



Fotos: Agencia Brasil

 

Junio del 2016. Con granadas caseras y fusiles automáticos, unas veinte personas irrumpen en la madrugada dominical del Hospital Municipal Souza Aguiar, en el centro de la ciudad de Río de Janeiro. Sus movimientos son sorpresivos, efectivos y letales. Disparan por los pasillos, matan a un guardia, hieren a un enfermero y rescatan a Nicolas Labre Pereira de Jesús. “Fat Family”, como todos lo conocen, los esperaba acostado en una camilla. La respuesta es inmediata. Un megaoperativo invade cincuenta favelas. Deja ocho muertos en menos de tres días. “Todos criminales”, dicen las fuentes policiales ante los vecinos. El principal escenario de la cacería es la zona norte y oeste de la ciudad.

 

Octubre 2009. Un viejo pescador de manos curtidas y piel bronce arregla la red con la que se gana la vida. Deja traslucir una sonrisa y comienza a cantar “cidade maravilhosa…”. Una joven vestida de blanco inmaculado baila y ríe en Copacabana mientras continua la estrofa cheia de encantos mil…”.  Un hombre blanco percute una cajita de fósforos completa la canción “Cidade maravilhosa, coração do meu …”. Lo mira un barrendero negro que desiste de limpiar la calle ya pulcra para enredarse y desenredarse con un soberbio paso de samba. Alegría carnavalesca, democracia racial y convivencia pacífica son parte del canto de sirena con el que spot oficial del “Comité Institucional de los Juegos Olímpicos Río 2016” intentaba cautivar a los inversores globales para sucumbir ante el irresistible encanto de Río de Janeiro.

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El spot de 2009 integra el agresivo intento de “modernizar” la ciudad a partir de una vertiginosa metamorfosis útil para seducir a un capital global que encontró en los megaeventos cariocas –Juegos Panamericanos 2007, Río + 20 2009,  Jornada mundial de la juventud 2013, Copa del mundo FIFA 2014 y Juegos Olímpicos y Paraolímpicos 2016 –  una fuente de negocios excluyentes. La crónica policial desnuda la realidad violenta y desigual. En el lejano 2009 se podía imaginar que esa violencia era controlable o, al menos, factible de ser escondida. Sobre esa intención, Río de Janeiro fue creando y recreando un cuento que le permitió llegar a la cima del competitivo mercado global de las nuevas ciudades-mercancías con los Juegos Olímpicos.

 

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Miles de cariocas rodean a la llama olímpica que, de mano en mano, llega desde Grecia. No le sacan fotos ni la aplauden. Piden vivir en la “Río de Babel” que el diario O Globo retrato en su editorial de los días previos a la inauguración de los Juegos. En una ciudad, que cambia a pasos virulentos y donde hasta los propios cariocas se sienten extraños, la vida cotidiana transcurre entre un agrio asombro de lo que es y una resignada “saudade” de lo que fue. Porque Río de Janeiro se vuelve cada día más excluyente, violenta y elitista.

 

La cifra de familias erradicadas violentamente de sus hogares entre 2009 y 2015 llega a 22.509. Eso dice el informe del Comité Popular Rio Copa e Olimpíadas 2015. Se tratade 77.206 personas  de las llamadas “comunidades”, de las favelas. Se lee, se escucha y se sabe: el derecho a la ciudad es selectivo. El avance de la frontera inmobiliaria, la especulación financiera, la industria turística, los negociados estatales/privados por la obra pública y el rediseño del transporte, todas maquinarias que motorizan los megaeventos, exigen un reacomodamiento de las personas.

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La “Favela do Sambódromo” ha desaparecido. Las sesenta familias que la habitaban desde hacía 15 años el predio fueron trasladadas a Campo Grande, a 60 kilómetros. El sambódromo debía alargarse para facilitar el camino a la gloria de los maratonistas del mundo. “Cuando llega el Estado y te dice que tenés que salir, es un golpe. Un golpe muy grande”, diceMaycomBrum, uno de los tantos vecinos de favela.

 

Para una persona que vive en un barrio que no estorba el nuevo diseño urbano o para cualquiera que resistió estoicamente a una erradicación, el panorama es casi igual de sombrío. Solo basta querer comprar una casa, pagar un alquiler, tomarse el colectivo o ir al supermercado. Río de Janeiro es hoy la ciudad con el costo de vida más alto de Brasil. En los últimos cinco años, el precio del metro cuadrado que menos subió tuvo un aumento del 29,4%. Peor suerte corrieron los alquileres. Hoy, los inmuebles cariocas son los más caros de toda América Latina. El transporte, con obras inconclusas por toda la ciudad, ya aumentó dos veces en lo que va del 2016.

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Vinicius, un taxista, enumera sus gastos diarios mientras maneja. “En Río faltan muchas cosas, pero hay una que siempre está sobrando: el mes”.

 

La situación económica y política de los gobiernos involucrados tampoco invita al optimismo. El Estado de Río de Janeiro está literalmente fundido y el gobierno federal está usurpado por una alianza golpista que parece ir improvisando un proyecto de país sobre una premisa básica: restaurar a partir de la revancha.

 

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Pero lo más disruptivo al mito narrativo de la “cidade maravilhosa” del spot y al proyecto modernizador es la frecuencia con la que se asesina en Río de Janeiro. Entre 1980 y 2010 cerca de 250 mil personas fueron muertas violentamente solo en este Estado. Ni el más ingenuo de los optimistas pensaría que en estos últimos seis años la cifra disminuyó sustancialmente. Como dice el sociólogo Michel Misse se trata de “cifras de guerra”, aunque en Río de Janeiro no haya ninguna. En su intento por competir en el mercado global de los megaeventos, el Estado de Río quiso tomar cartas en este asunto y llevó adelante un proceso de higienización social que avanzó a “dos manos”: la “mano invisible” del mercado y la “dura” del sistema penal. Y si de represión letal se habla, un actor resulta ineludible: la policía.

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Hay dos verdades irrefutables en Río de Janeiro. Una es su suntuosa naturaleza que dibuja paisajes sencillamente irrepetibles. La otra, menos feliz: la policía está muy lejos de funcionar dentro de lo deseable. El gran problema de las fuerzas de seguridad cariocas –en la que se depositaron las esperanzas de la “pacificación”– es que además de ser corrupta, mata. Y mucho. La punta de lanza fue un proyecto relativamente novedoso: las UPPs (Unidades de Policía Pacificadora), creadas en 2008 por un programa de la Secretaria Estadual de Seguridad. Su aparente objetivo era retomar el control de los territorios definidos como “peligrosos” y restaurar un régimen de ocupación permanente por una Policía Militar de rostro servicial y amigable. Una “pacificación” violenta seguida de una “paz” armada. Los “blancos” de las UPPs, que ya se contabilizan en 20 favelas, fueron estratégicamente seleccionadas para formar un cinturón de seguridad que permita blindar la ejecución de los grandes proyectos urbanísticos para los megaeventos. Como “beneficio adicional”, el sistema ofrecía garantías de seguridad para los bienes y las personas que circulan por las zonas a revalorizar.

 

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Durante los primeros años, las UPP lograron bajar algunos índices de violencia. Pero el índice de gatillo fácil se mantuvo alto. Informes como el de Amnistía Internacional, de la ONG Human RightsWatch (HRW) o de universidades públicas de Río de Janeiro lo confirman. En la última década, 8.000 personas murieron en manos de la policía, después de descender entre 2007 y 2013, las cifras vienen aumentando desde 2014.

 

Las voces que defienden estas políticas de seguridad argumentan que la Policía está ejerciendo su legítimo derecho de defensa, pero las estadísticas de 2015 dicen que por cada policía muerto en servicio en Río, el cuerpo policial mató a 24 personas. Si el derecho a la ciudad es selectivo, también lo es el de vivir. No todos tienen las mismas posibilidades de encontrarse con una bala policial. En 2015, tres cuartas partes de las víctimas eran hombres negros, en su enorme mayoría vecinos de las favelas. Hombres, negros y pobres.

 

“Debo matar, debo matar… y destruir, y destruir…Destrucción!”, corean media centena de policías militares del BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales) mientras desfilan por las calles del barrio Santa Teresa. Con camiones blindados y una calavera como estandarte, sombras armadas se esparcen por todo un vecindario que sigilosamente espía para confirmar sus peores temores. La violencia ni empieza ni termina en los cuarteles policiales. El poder judicial  recuerda a la distópica burocracia de Terry Gilliam, que deja a las claras que el título de la película “Brazil” no es mera coincidencia. La impunidad policial va de la mano de la judicial. En el 94% de los casos de gatillo fácil, el policía acusado fue absuelto. Y también es apoyado por un sector de la sociedad. En las calles, los bares, las plazas, las playas, la radio o la televisión brasilera, muchos cariocas se hacen eco de la frase que dice “el mejor criminal es el criminal muerto”.

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 Es en esa misma sociedad donde también brotan innumerables gestos de resistencia. Si algo sobra en Río de Janeiro es el movimiento. Hay organizaciones de familiares como las “Mães de Manguinhos”, que denuncian a voz ronca los asesinatos policiales en la comunidades; movimientos sociales como “Povo Sem Medo”, “Se a cidade fosse nossa?”, “MTST” o el “Comité Popular Río Copa e Olimpiadas” que discuten creativamente que tienen y que desean de los espacios públicos; también están los estudiantes de secundario llevan a cabo una histórica lucha con más de 70 escuelas tomadas en reclamo de una reforma educativa y presupuestaria. Sin contar a una formidable cantidad de artistas que pululan en recovecos perdidos de la ciudad haciendo escuchar su voz. La ocupación del que fue el Ministerio de Cultura de Río de Janeiro, que duró más de 60 días, fue un símbolo de la más rica convergencia entre arte, cultura y política. Allí se hermanaron desde Caetano Veloso, Seu Jorge o Chico Buarque hasta jóvenes artistas que tenían –y tienen– mucho para decir y mostrar.

 

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Río está lejos de haber logrado su imagen publicitaria de ciudad moderna, segura y pacificada. Si bien ese intento “modernizador” tuvo una arremetida contundente en muchos aspectos, sus logros oscilan entre la decepción y el fracaso para los diagnósticos de sus propios gurúes. Es un proceso que quedó, como tantas cosas en esta ciudad, a mitad de camino. Pero su estado trunco no parece haber herido gravemente la imagen de joya codiciada por el capitalismo global contemporáneo. Los inversores extranjeros continúan buscando lograr ganancias en eventos; el migrante interno sigue llegando del norte y nordeste; extranjeros –refugiados africanos, europeos new age o académicos críticos latinoamericanos–  arriban día tras día para improvisar proyectos de vida en una ciudad que los obnubila. El turismo mundial mantiene a Río como la ciudad más visitada de América Latina.

 

Si el proyecto “modernizador”, anhelado tanto por el capital global como por las elites brasileras, fue incompleto ¿Por qué Río de Janeiro parece ser hoy más que nunca la meca latinoamericana para el capital global? ¿Dónde está el encanto de la “cidade maravilhosa” versión 2.1?  Una posible respuesta sería pensar que Río ha sabido actualizar exitosamente su tradicional “mito de maravillosa” en sintonía con la metamorfosis que viene sufriendo. Ha mantenido magnéticas imágenes de la histórica alegría carnavalesca, la majestuosidad de su naturaleza o el irreprimible hedonismo de sus cuerpos. Pero lo más interesante parece ser lo que ha incorporado. En su versión siglo XXI incluyó aquello que no puede disimular: la violencia, la desigualdad, el narcotráfico, la ineficacia, la corrupción. Ese “excedente” socialmente “indeseable” es parte ya de lo narrativamente exportable en tanto experiencias exóticas, auténticas y autóctonas.

 

En un capitalismo que desplazó el motor de su sinergia de los bienes y servicios a las experiencias, Río sigue siendo inimitable. Promete vivencias inagotables, intensas y extravagantes. Río espectacularizó lo escurridizo, lo irreprimible, lo indomesticable. Estetizó y estilizó sus desventuras. Los “detrás de bastidores” pasaron a ser la escenografía principal, montando una sociedad del espectáculo en la que millones vienen a buscar lo que saben que van a encontrar.

 

El ejemplo cruza el cine con el turismo. Dos de las películas más taquilleras en lo que va de siglo XXI en Brasil y con mejor recepción en el extranjero son “Ciudad de dios” (2002) y “Tropa de Elite 2: el enemigo ahora es otro” (2010). Ambas comparten una estética realista cuya principal virtud es montar un creíble y verídico “reflejo” de ese “otro” Río. Un espectáculo narrativo de lo aparentemente abyecto. La lógica no es patrimonio exclusivo de la “ficción”. Desde hace algunos años, y como consecuencia directa de la “pacificación” de las UPP, en varias favelas de la zona sur, nació un nuevo emprendimiento turístico: “las favelas experiences” o “favela tour”. Tal como su nombre lo indica se trata de recorridos guiados por algunas de las comunidades “exitosamente pacificadas”. Su síntesis es la foto de David Beckham comprando una “modesta” casa en la favela de Vidigal. Fue en esta dinámica de lo impredecible que Río de Janeiro mostró su famosa creatividad, flexibilidad e improvisación. “Acho um jeitinho” y actualizó su aura de “cidade maravilhosa”.

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Las obras se apresuran. El ejército se despliega. Las alarmas antiterroristas se encienden. Los deportistas precalientan. Los revendedores hacen números. La llama está por arder y la apoteosis de Río se ve en el horizonte. Probablemente los Juegos Olímpicos sean un “éxito” para sus organizadores y sus voceros vernáculos y foráneos. Más de un carioca pensará lo mismo. Pero también habrá movilizaciones, protestas y conflicto, eso imposible de disimular, aun con un gobierno golpista que no titubea en  desenvainar la espada. En esas contradicciones, Río de Janeiro se trasviste, se narra, se fantasea, como cada año, cada mes, cada día, como un carnaval sin tiempo, que en su misma belleza inconmensurable contiene su fatídica maldición.

 


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