La pregunta de los policías como trabajadores es incómoda, pero no es nueva. El doctor en Historia Diego Galeano propone un recorrido desde la fiebre amarilla, que mató a un altísimo porcentaje de la población porteña y marcó por décadas la memoria urbana, hasta el control social que ejercen hoy las fuerzas de seguridad ante la cuarentena obligatoria. ¿Qué rol juega la policía, quién la alienta y quién la controla?



 

 

La Plata, 2020. Poco después que el gobierno nacional decretara el aislamiento obligatorio en el territorio argentino, Sergio Berni reunió en el Ministerio de Seguridad una parte de la tropa policial bonaerense: “el deber nos convoca”, gritó a sus subordinados. A los jóvenes que el año anterior habían jurado fidelidad a la bandera frente a la gobernadora Vidal les recordó que en aquel ritual prometieron defender a la patria “hasta perder la vida”. Así reactualizó viejos tópicos de la liturgia policial – el sacrificio y el martirio – ante una masa de agentes a punto de ser enviados a la trinchera de la guerra contra un virus. 

 

Días más tarde, después de una reunión en Olivos, la ministra Sabina Frederic elogió al personal de las fuerzas de seguridad por “ponerle el cuerpo” a la cuarentena. Anunció un primer balance con miles de detenidos y vehículos secuestrados. Durante un tiempo todo pareció enfocarse en lo que María Pía López llamó una “condena social de la subjetividad cheta”, que prolongaba la furia colectiva por el crimen de Villa Gesell y los rugbiers matones. Hileras de camionetas rumbo a la costa y hasta un surfista proveniente de Brasil le daban las últimas pinceladas a este telón de fondo. Pero a esas imágenes se le empezaron a superponer otras de apremios ilegales en las barriadas del país. Tres gendarmes fueron expulsados por humillar a dos pibes de la villa 1-11-14 y agentes bonaerenses ensayaron un viejo baile de colimba en La Matanza. La ministra Frederic tuvo que usar una videoconferencia del Consejo de Seguridad Interior para advertir a sus pares provinciales sobre el problema de la violencia institucional en tiempos de cuarentena.      

 

Fiembre-amarilla_01Port2 (Foto. Policía de la Ciudad)El coro de balcones en las noches de aislamiento dejó una ristra de videos filmados con celular. Uno registró a los vecinos de Recoleta aplaudiendo a recolectores de basura. Atrás del camión, policías motorizados desfilaban como mendigando gloria, sabiéndose los últimos en la fila de elogios a los servidores de la emergencia. El ilustrador correntino Facu difundió en su Instagram un dibujo en el que incluyó a un agente policial en una columna de siete trabajadores (desde un bombero hasta una maestra, pasando por cajera de supermercado, enfermera y médico) que se cargan el país entero al hombro. Pero una versión retocada de la imagen circuló por las redes. Encima del mapa de la Argentina le agregaron un cartel que dice “gracias a todos por su trabajo”, cortado por dos palabras que quiebran el mensaje y flotan sobre la gorra del agente policial: “vos no”. 

 

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Esta sustracción del panteón de los héroes de la pandemia puede leerse como un episodio de una larga querella en la historia de la policía. Entre la retórica misional del sacrificio, las denuncias por abuso de la fuerza y el problemático vínculo con el mundo del trabajo se dibuja un camino sinuoso que enlaza el pasado con el presente. 

 

***

 

Buenos Aires, 1871. El joven periodista Eduardo Gutiérrez escribía para el diario El Plata Ilustrado sobre “aquellas siniestras e interminables noches de marzo y abril”, en las que el silencio apenas era interrumpido “por el ruido de los carros cargados de cadáveres”. Habían pasado algunos meses desde la epidemia de fiebre amarilla que mató a un altísimo porcentaje de la población capitalina y marcó por décadas la memoria urbana. La historiografía (1) de esa epidemia destacó que los avatares biológicos del virus son insuficientes para explicar lo sucedido. Que las condiciones de vivienda, alimentación y trabajo en la ciudad, así como el ejercicio del poder médico, la vigilancia municipal y policial, fueron resortes fundamentales del acontecimiento.  

 

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También lo era la circulación de personas y mercancías en un mundo cada vez más conectado. Aunque poco se sabía sobre las formas de transmisión de esta enfermedad, sobraban relatos con sospechas de los navíos que llegaban desde los puertos del espacio atlántico. Un año antes del comienzo de la epidemia, un cronista de La Prensa advertía que la misma peste que había llevado a la tumba a gran parte de los montevideanos hacía estragos en Río de Janeiro: “está a nuestras puertas”. La conciencia de los efectos sanitarios de la globalización habitaba el imaginario epidemiológico desde antes que la bacteriología moderna y sus vacunas trajeran algún alivio a estas costas. 

 

Ecos de esa tensión entre proteger la vida de la población y mantener la economía en marcha, que hoy atraviesa a las elites políticas, se constataban en las cuarentenas a los barcos, clausuras de mataderos y saladeros de carne. El presidente Sarmiento se mostró reticente a adoptar esas medidas recomendadas por médicos higienistas, porque las certezas científicas le parecían insuficientes para coartar “libertades económicas”. A estos recelos del gobierno se le sumaban las resistencias de la población a las intervenciones orquestadas por los especialistas del Consejo de Higiene Pública, que fueron escoltados por agentes policiales en sus visitas sanitarias a conventillos y casas de inquilinato. 

 

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En esas jornadas de marzo evocadas por Gutiérrez, la muerte se llevaba entre cuatrocientas y quinientas personas por día. La alta sociedad porteña empezaba a escapar hacia la zona norte, bien lejos del foco inicial descubierto en San Telmo durante enero. El terror al contagio, sin embargo, no fue una reacción inmediata y a fines de febrero nada detuvo los desfiles y bailes de máscaras del Carnaval. En un diario de la epidemia escrito por el periodista Mardoqueo Navarro puede leerse, en la entrada de 24 de febrero, que cuando la fiebre amarilla pasó de San Telmo al barrio del Socorro, a la “locura carnavalesca” le siguió primero cierta calma y luego un pánico generalizado.

 

Poco después las calles de Buenos Aires eran un desierto en el que, como beduinos, solo se veía pasar agentes policiales que acompañaban inspecciones domiciliarias y caravanas de carros fúnebres a la recién improvisada necrópolis de la Chacarita. El artículo escrito por Gutiérrez no era otra cosa sino un elogio a la “sublime abnegación” de la policía, que le había puesto el cuerpo a la epidemia mientras las familias del patriciado – e inclusive políticos del poder municipal – huían hacia tierras más aireadas, abandonando la ciudad. En esos mismos años, la policía porteña empezaba a reorganizarse y trataba de conjurar su fama “mazorquera”, urdida por la crítica a su papel represivo durante el rosismo. De la epidemia de 1871, al parecer, salió un poco mejor parada de lo que estaba al comienzo. Pero dentro de la institución, en los años siguientes tuvo lugar una disputa simbólica sobre la construcción de la memoria de ese triunfo.

 

De un lado, algunos órganos de difusión de la voz de los agentes subalternos – como La Revista de Policía – se animaban a esbozar demandas laborales de los vigilantes de calle, que se habían expuesto a los gérmenes de la epidemia pese a sus magros salarios. Reclutados en las mismas huestes que alimentaban lo más raso y mal pago del mercado de trabajo urbano, muchos de esos vigilantes perdieron la vida en su contacto con los “focos infecciosos”. El peso de esas muertes todavía se notaba en los años 1930, en una larga lista de “caídos en cumplimiento del deber” hecha por el historiador policial Ramón Cortés Conde. Aunque enfocada en los muertos en la “guerra contra el delito”, empezaba por los nombres de los vigilantes fallecidos en la epidemia de 1871. Sin embargo, en el siglo XX, la lectura que aproximaba estas muertes a reclamos por mejores condiciones de trabajo había sido aplastada por una visión de la policía como misión heroica que presupone este tipo de “sacrificios”. Muchos de los funerales de los caídos, transformados en verdaderos rituales públicos de celebración de la cultura del arrojo, terminaban en entierros en el Panteón Policial que – emulando el ejemplo castrense – se erigió en ese mismo Cementerio de la Chacarita nacido en los días febriles de 1871.           

 

Fiembre-amarilla_04 (Foto. Ejército Argentino)

La representación sacrificial del oficio ganó fuerza a lo largo del siglo XX. En tiempos dictatoriales, la retórica de los caídos en combate mostró ribetes cada vez más políticos y los rituales fúnebres en la Chacarita se volvieron nodales para la reproducción de una cultura institucional mesiánica y autoritaria. Hoy el Panteón Policial sigue en pie y el discurso que llevó a su edificación, material y simbólica, también. Muestra de esa vigencia es la arenga de Berni al comienzo de la cuarentena. La misma maniobra que bloquea el lenguaje de los derechos laborales exalta la vocación de servicio y la vieja matriz sacrificial: “aquellos hombres y mujeres que no sienten el llamado del servicio”, que “perdieron el calor de la llama sagrada de la vocación” fueron invitados por el ministro a dar un paso al costado. En la fuerza policial que salía a hacerle frente a la pandemia, concluyó, no había espacio “para los tibios ni para los temerosos”. Fiel a su estilo, el ministro no dudó en reiterar, en tono de amenaza, que en la policía no había “lugar para los librepensadores”. Para los soñadores de mejores condiciones de trabajo tampoco. 

 

Cuidadosamente editada y divulgada en redes sociales, la performance no se dirigía solo a sus subordinados. Al mismo tiempo en que buscaba crear un clima de aceptación del empleo de la fuerza por parte de una policía que – como a fines del siglo XIX – no logra despegarse de su etiqueta de violenta, Berni también reafirmaba el paradigma vocacional y sacrificial que oblitera cualquier política pública reconocedora de derechos laborales básicos, como aquella que se busca construir desde otras oficinas estatales. Mientras muchos aceptan, más o menos a regañadientes, al uso de la fuerza en la cuarentena como un mal necesario, mientras otros advierten los peligros de un cheque en blanco a los agentes que, desde hace mucho y hasta hace poco, muestran la peor cara de la violencia institucional, escasas son las voces que se interrogan por las condiciones de trabajo de esos hombres y mujeres que mandamos a la línea de frente.

 

Al fin y al cabo, ¿quiénes eligen de qué trabajar y en qué condiciones? La pregunta de los policías como trabajadores es incómoda, pero no es nueva. Desde la agitada Italia del 68, Pier Paolo Pasolini, ya expulsado del Partido Comunista por homosexual, publicó en el Corriere della Sera un poema que arremetía contra cierto clasismo larvado en el odio visceral al policía: tras un enfrentamiento en Valle Giulia, les recordaba a los manifestantes del PC que, si elegían leer la reyerta en lenguaje de clases, había más pobres del lado de los vigilantes. “Estamos obviamente de acuerdo contra la institución de la policía – escribía Pasolini – ¡Pero agárrensela contra la Magistratura, y ya verán!”. 

 

Desde el punto de vista de un historiador, preguntarse por la policía como trabajo no significa concederle al oficio ninguna dignidad excepcional, sino cuestionar el discurso que le atribuye una misión esencial e inmutable, patriótica o antipatriótica, popular o antipopular, pero siempre fuera del tiempo. El médico militar Sergio Berni marcó la cancha, una vez más, dejando claro que la arena retórica del heroísmo es capaz de capitalizar, con igual eficacia, los éxitos y los fracasos de una operación de excepción, ya que en el martirologio de la “llama sagrada”, al igual que en 1871, hasta los muertos contarán a su favor. Tras la pandemia, sea lo que fuere que deje a su paso, habrá que cuidar que la demagogia no se lleve puesta también la posibilidad de una policía menos reñida con la democracia. 

 

 Fiembre-amarilla_05 (Foto. Ejército Argentino)

 

(1) 

http://revistas.unla.edu.ar/saludcolectiva/article/view/233

https://journals.openedition.org/rhj/531

http://www.scielo.br/scielo.php?pid=S0104-59702018000200335&script=sci_arttext


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