La resistencia no nació ayer, como se dijo en el acto del 21F, pero si cobró un volumen político inédito a pocos meses del triunfo electoral del oficialismo. La diversidad de voces y banderas mostró el esfuerzo de los actores de la protesta -en su mayoría trabajadores- por suspender transitoriamente las diferencias para confluir en un “nosotros” que por ahora resiste sin un programa claro.



El 21F expresó un núcleo de solidaridad opositora frente al gobierno nacional, que se presenta como el principal obstáculo a la agresiva acumulación por desposesión que sufren, bajo el actual modelo económico, distintos sectores sociales en el país. La movilización masiva, uno de los principales repertorios de acción colectiva, sirve para reactualizar la dirección grupal, crear un “nosotros” y fortalecer alianzas. Pero todavía se trata de un “nosotros” resistente e inestable.

 

El capital, por definición, sufre una intolerancia a los límites que se le presentan. Su prístina expresión política actual, la alianza en el gobierno que conforma Cambiemos, dispone de medios de acción potentes, modernos y con capacidad hegemónica. La campaña política-mediática lanzada contra el sindicalismo se muestra eficaz en tanto hace uso de los fangosos vicios que ofrece el mundo sindical. De allí que el oficialismo haya podido etiquetar el 21F como una reyerta entre un dirigente y la Justicia para intentar esmerilar su potencialidad política.

 

La movilización masiva y variopinta, el poder de convocatoria del que todavía dan cuenta algunas fracciones de la clase trabajadora, no parece enseñar una cercana proyección política unitaria. Los motivos de las divergencias son, obviamente, varios. Pero como contrapeso, el 21F dejó ver resultados positivos de un destacado esfuerzo que vienen realizando distintos actores de la protesta por suspender transitoriamente concepciones ideológicas sobre la acción sindical y política y confluir sobre la base de esa suspensión.

 

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Existe un extendido argumento académico, periodístico y político que sostiene que cada sindicato sólo cuida a su propia asociación. La historia argentina obliga a revisar esa afirmación: los gremios aportan cuantiosos recursos a los partidos políticos (a todos) y despliegan a sus representantes para participar en redes políticas (de izquierda a derecha, del peronismo o Cambiemos al Frente de Izquierda y de los Trabajadores). ¿Pueden ser la punta de lanza de una unidad política partidaria? ¿Son la base de ésta? ¿Tienen deseos de serlo? Estas preguntas cobran sentido porque los intereses puestos en juego en la movilización son diversos. Tan diversos como la composición social de sus actores. Los vectores de la fragmentación pudieron observarse bajo la lupa de un dron: lo destacado es que los primeros trescientos metros frente al palco estuvieron ocupados por el movimiento obrero, el corredor de la avenida 9 de Julio que se dirige hacia el Río de la Plata, por movimientos sociales, y el corredor hacia la zona sur, por los sectores formales. Esto permite definir a la movilización como de una oposición principalmente trabajadora. La lista de oradores aporta mayor claridad: Pablo Micheli y Hugo Yasky (las dos CTA), Sergio Palazzo (Corriente Sindical), Esteban Castro (CTEP) y Hugo Moyano (Camioneros). Cuatro líderes sindicales de la economía formal y uno de la economía social.

 

Los movimientos sociales –todavía mal llamados “piqueteros” por algunos medios y periodistas- han demostrado una vez más un poder fenomenal de disputa por la calle. No precisan de alianzas sociales o políticas para conseguir recursos que garanticen su subsistencia. Pero el acto de ayer les enseña que es el momento de que las alianzas funcionen para dar forma programática a un modelo de sociedad que no los tenga como simples “sobrevivientes”. Argumentos no les faltan para transformar el discurso contra “las políticas de hambre” en uno que, como suelen decir, empiece a discutir la riqueza y no la pobreza. La CGT también muestra la carencia de un programa que pueda dar respuesta a la fragmentación del campo opositor.

 

 

 Ninguna mujer habló en el acto, aunque las hubo en el palco y en la concentración. Sí hubo dos mujeres que hicieron la locución del acto: Estela Díaz, secretaria de género de la CTA, y Claudia Lázzaro, secretaria de Género y de Derechos Humanos del Sindicato de Curtidores de la República Argentina. Hay un elemento destacado de los cambios en la sociedad que no está siendo leído por el gremialismo. Sólo el referente de la CTEP manifestó con claridad, al referirse al paro de mujeres del 8M, una realidad que es mucho más potente en los sectores de la economía popular. Dar cuenta de esos cambios podría potenciar notablemente a todo el movimiento resistente.

 

Nació la resistencia se dijo ayer. No es estrictamente así. Para muchos, quizás la mayoría de los actores presentes, se inició apenas se instaló la nueva alianza en el gobierno. Pero el hito del 21F es que esa resistencia cobró un volumen político inédito en un mal momento para el oficialismo, con una economía que no arranca y se muestra cada vez más vulnerable, y una imagen que se desgaja frente a tropiezos –algunos graves- de funcionarios del gobierno (desde el caso Triaca a Díaz Gilligan). Las referencias en los discursos a la persecución contra sectores sindicales quizás hayan sido excesivas. Dieron cuenta con mucha más razón del acto defensivo y sin potencia hegemónica. Las críticas al “modelo del hambre” resultan lógicamente más eficaces. Sin embargo, pareció haber faltado mayor claridad al expresar el quid de la resistencia de los trabajadores: la reforma laboral y el ataque que implica para el trabajo como un todo. Allí también se encuentran las razones de la fractura de la principal central obrera.

 

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Existe una notable crisis de las direcciones sindicales. No se puede generalizar, pero muchas conducciones se encuentran acorraladas por la movilización de sus bases y la presión de sus cuadros intermedios, que se muestran radicalizados y prestos a la lucha. Mientras el gobierno tiene una capacidad de maniobra que arrastra una larga historia. Se permite así superar sectorizadamente los obstáculos a la “modernización” de las relaciones de trabajo.

 

Tomemos un caso, el ferroviario: la dirección de la Unión Ferroviaria aceptó la promesa de “futuro” hecha por el ministro Dietrich, que fomenta el transporte ferroviario de carga en el norte del país. El acuerdo recientemente firmado redujo de diez a dos los convenios colectivos que rigen para treinta mil trabajadores del riel (75% del total): amplía las competencias por funciones y crea la categoría de “aprendiz” para el período de un año y con un salario 30% menor. Tres ministros se adjudicaron el acuerdo (Triaca, Dietrich e Ibarra) por parte del gobierno. Del lado obrero, un sector que responde al nucleamiento denominado MASA y que pretende -contando con el apoyo del gobierno- hacerse con la caduca conducción cegetista. Tres de los cuatro gremios ferroviarios no convocaron a la marcha (UF, Fraternidad y APDFA; Señaleros sí convocó). Sin embargo, sus regionales de Lanús-Avellaneda, La Plata, Lomas de Zamora, entre otras, lo hicieron, en base a demandas específicas de los cambios que afectan al sector: cierres de ramales, despidos, flexibilización.

 

El 21F fue convocado por Moyano. A diferencia, por ejemplo, del recordado acto de 2011 en el mismo lugar, en esta ocasión contó con menor respaldo de la CGT y del peronismo (ambos fragmentados). Desde su ruptura con el FPV, Camioneros desplegó una estrategia tendiente a ampliar sus lazos políticos con sectores como el radicalismo o la izquierda. Este reposicionamiento en el espacio político-partidario le permitió asegurar la red de apoyos desplegada para sostener la convocatoria.

 

Hubo libertad de acción en federaciones y uniones de la CGT, lo que permite evitar que las fricciones se traduzcan como rupturas, pero la crisis es profunda. ¿Cómo cristalizará en cada caso esta verdadera grieta? En este proceso interno puede haber una clave para transformar un obstáculo en una salida positiva.

 

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Informe periodístico: Lucía Azrak


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