El agro pampeano y sus ciudades fueron narradas como paisajes masculinos y heterosexuales. ¿Qué pasa y cómo viven las personas lesbianas, travestis, gays, bisexuales, no binaries en territorios en los que el género suele construirse de manera binaria y tiene como principal protagonista al macho pampeano? Johana Kunin y Patricio Simonetto indagan en las biografías de quienes no cumplen con los mandatos de la heterosexualidad: las violencias de las que son víctimas pero también las incipientes organizaciones que crecen en las ciudades y pueblos del corredor sojero.




 

La panadera te mira. La amiga de tu prima cuchichea con la vecina sobre vos. Tu mamá recibe comentarios inquisidores sobre con quién salís en el trabajo o en la peluquería. Los baños de tu escuela dicen tu nombre al lado de insultos amenazantes. Crean páginas de facebook para que reconozcas “lo puto que sos”. Expresar afecto en público se torna una decisión con potenciales costos. Una pareja toma mate en la vereda y cuando pasás te miran con asco e incredulidad sin ningún tipo de disimulo. Una profesora un día te pregunta qué te pasó, si ella te dio “educación cristiana”. Te gritan “torta de mierda”. Sos cajere en el supermercado y la gente sobrepuebla la fila de la otra caja con tal de no toparse con vos. Sos enfermere y ves a muchos pacientes hundirse en el colchón al entender que vos los atenderás. En tu adolescencia tu mamá te pregunta “qué hice yo para merecer esto”. Tu familia presenta siempre a tu compañere como tu “amigue”. Te persiguieron en auto hasta tu casa mientras vos venías en bici y subieron el auto a la vereda queriéndote atropellar. Algunas noches, cuando todos duermen, te da miedo volver solx a casa: temés que un grupo de hombres quiera “corregirte”. 

 

Experiencias similares a las que muches estamos expuestes en CABA y otras zonas metropolitanas del país se intensifican en los cruces entre una sociabilidad próxima que da poco lugar al anonimato y una heterosexualidad atravesada por una mirada masculina que es defendida por muchos frente a la amenaza que entienden representan las experiencias alternativas al modelo hegemónico. La expresión más terrible de este rechazo quedó expuesta en las 60 puñaladas que recibió Pablo Fullana Borsato, un jóven artista, activista y gestor cultural. El crimen catalogado de odio por su identidad sexual ocurrió en Colón, una localidad parte del núcleo sojero argentino ubicada a menos de 300 km de la ciudad de Buenos Aires. El asesinato se suma a la ignorada lista de travesticidios que superaron los 70 en 2019.

 

Dejando de lado el exotismo binario que tienta a reiterar el modelo de una ciudad “inclusiva” frente al mundo sojero dominado por el ícono de macho pampeano, visibilizar las experiencias de quienes crecieron y viven en estas regiones es una vía para entender cómo funciona y pervive una forma de habitar la heterosexualidad aterrizada en la pampa húmeda bonaerense. Allí, muchas dinámicas sociales y productivas giran en torno al agro y movilizan relaciones de género en el espacio público donde se hiperboliza y festeja la heterosexualidad y modelos de género binarios.

 

El agro pampeano y sus ciudades fueron narradas como paisajes masculinos y heterosexuales. Destacados como reservas morales de una patria amenazada por los elementos disolventes de la modernidad urbana o, por el contrario, señalados como fuentes conservadoras de atraso cultural, fueron valorados como espacios hostiles para las disidencias sexuales. Las presencias de lesbianas, travestis, gays, bisexuales, no binaries en estos territorios problematiza la construcción política y cultural de una (hetero)sexualidad que extremiza el carácter binario del género y que tiene como principal protagonista al macho pampeano. Este es presentado como portador de una masculinidad bestial que hace frente a las “dificultades de la naturaleza”. El gaucho macho que duerme a la intemperie es un hiper-ícono de la tradición nacional. El resto, son todos putos.

 

***

 

“Yo me autopercibo desde los primeros recuerdos. Mi papá falleció cuando tenía 7 años y el nuevo marido de mi mamá no me aceptaba. A los 10 años me regalaron a un hombre que me crió, un amigo de mi familia. Ese tipo hizo de mí lo que quiso, abusó de mí. Era enfermero y lo único bueno que hizo es hacerme estudiar. Tuve que irme de Bragado porque cada vez que salía a la calle iba presa”. Victoria Ocampo es una mujer trans de 51 años. Es enfermera profesional en el hospital y hace cinco años atiende en el Consultorio Amigable de Chivilcoy (CACH). Allí trabaja junto a un médico generalista, dos trabajadoras sociales y tres psicólogues. Ofrecen testeos rápidos de VIH y atienden a usuaries que vienen también de otras localidades como Alberti, Bragado, Pergamino o San Andrés de Giles. Su historia es representativa de la trayectoria de muches expulsades de su hogar en la niñez o temprana juventud en un circuito de violencia seguida de migración. También pone en valor el carácter político de las disputas cotidianas en la que estas trayectorias se alejan de los mandatos de expulsión local y pujan desde estas localidades la construcción de un ambiente más habitable y más justo. Son prácticas que se navegan con altos costos, como el de Victoria, que tuvo que cursar toda la carrera disfrazada de varón para evitar el castigo institucional.

 

En esta clase de ciudades prima el anti-anonimato y la sensación de tener al alcance de la mano la vida y los secretos de todos, a qué familia pertenecen y a qué se dedican. Sentir “vergüenza” por aparecer como extraordinarie públicamente es lo esperable: temer ante la mirada ajena es lo habitual. La “vergüenza” aparece como un imperativo moral. La “pérdida de la vergüenza”, como en muchos lados dicen para implicar a quienes ya no se guían tan severamente por las expectativas sociales, coloca a los individuos en situación de relativa inmoralidad o anomia.

 

Cristian tiene 30 años y es docente en Junín. Vivió toda su adolescencia como heterosexual. No sintió violencia explícita en parte porque su expresión de género se corresponde con cierto estereotipo de varón heterosexual. “Tengo amigos/as que no la han pasado muy bien en la escuela”. Le tomó un tiempo a él y su compañero mostrarse afectivos en el espacio público.

 

La presión social trabaja sobre los detalles que garantizan la expresión pública de la heterosexualidad. Iñaki, estudiante de gestión de la moda oriundo de Bragado, comenzó a percibir un fuerte acoso cuando el resto de sus compañeros notaron que era diferente: sus gustos y su comportamiento eran considerados femeninos. “Sufrí un montón. Si querés ser una persona medianamente social tener que ceder, en su momento cedí mi identidad”.

 

Iñaki se guareció en la amistad de sus compañeras -“me refugié en las mujeres, el lugar en el que la sociedad me ponía”-, aunque ello traía aparejado algunas desventajas: sus amigos eludían invitarlo a fiestas y lo excluían de una sociabilidad en la que consideraban que sus gestos no pertenecían. Migrar le dio un potencial transgresor y le permitió estudiar diseño de modas, una carrera prácticamente inimaginable para un varón bragadense: “te hace más puto de lo que ya sos”. Pero como la heteronorma no respeta territorios, la primera violencia explícita que vivió fue en CABA: se besó con un chico y un señor mayor lo atacó a gritos.

 

Para las travestis el costo siempre es mayor. Jennifer Ausejo de Bragado interpreta el tono burlón, el chiste y la ofensa cotidiana como un mensaje claro: “Pagamos un alto precio, nos ven como seres aberrantes que no tienen derecho a ser parte de esta sociedad”. Una vez, en una mateada por la diversidad una señora gritó: “Deberían dividir a Junín en dos, la mitad para nosotros y la otra para ustedes”.

 

Mientras que la falta de anonimato les vuelve más vulnerables, la sensación de “conocerse todos” le da “cara” e “identidad” a las disidencias y las convierte en “les primes”, “les vecines” y “les hijes de”, desestabilizando los fantasmas abstractos que les separan de su comunidad. La presencia desafiante de las disidencias sexuales en un espacio público heterosexuado moviliza deseos de segregación entre quienes creen ven morir los valores morales en los que fueron educados y, en simultáneo, produce personificación y potencial humanización dadas por la pequeña escala. “Todes nos conocemos y eso hace que nuestros vecinos sin querer tengan contacto con alguna persona del colectivo LGTB y un relato que se trata en primera persona. La gente lo ve de otra manera, cuando les contas de todos los problemas que tuvimos que atravesar por ser “distintes” se sensibilizan de otra manera”, cuenta Vicky de Chivilcoy.

 

Maile es une activiste no binarie de Piedritas (un pueblo de 2000 habitantes) que encontró en la sociabilidad cara a cara un potencial para sus prácticas: “al haber poca gente, todes accionan con miedo a lo que se diga de une porque no pasas desapercibide”. Aunque la mayoría de los comentarios sobre elle son negativos, destaca que su presencia tiene una “gran repercusión” y que la visibilidad que consigue aunque sea negativa obliga a los vecinos a abrir el debate. Elle misme es un emergente como lo es el “lenguaje inclusivo”, un tema ineludible en las conversaciones ante su presencia.

 

Conocer a un igual es un acto revelador. Para Marcela, una mujer trans de Salto, fue crucial en su migración a lo largo y ancho de la provincia encontrar en un pueblo a una persona trans mayor que tenía “conocimiento de la diversidad de género” que le permitió reinterpretar su propia experiencia en comunidad con otra. Los mismos rumores que la condenaron fueron también archivos disponibles para encontrarse con presencias pasadas que legitimaban su existencia. La madre de Marcela le contó la historia de un vecino sastre que era al igual que ella: “hermafrodita”, un término patológico con el que se definía a las personas intersexuales. Relatos con los que el pasado heterocis sexual local se resquebrajaba habilitando prácticas en la construcción de presentes y pasados posibles para ella y su comunidad.

 

***

travas putos tortas 2

 

La personificación del gaucho se transformó en un elemento clave de la tradición nacional en oposición a una inmigración transatlántica que durante la primera mitad del siglo XX desilusionó progresivamente a las elites criollas. Como figura ambigua, fue soporte de la movilización de una cultura popular largamente rechazada por quienes la creían una agente de desestabilización del blanqueamiento nacional. Su apelación en la fiesta del caballo en Bragado, la combinación de las bombachas de campo con las boinas y una actitud viril con la que los contingentes masculinos se hacen de la calle de la ciudad, repone la metáfora de la valentía del varón de campo expuesto a los desafíos de la intemperie. De esta forma, se deposita en el agro una potencia viril capaz de hacer frente al amaneramiento que supone el cosmopolitismo de las ciudades y que a lo largo del tiempo funcionó como una fuente inconmensurable de poderío simbólico.

 

La garantía de la hegemonía heterosexual es acompañada por rituales públicos que movilizan metáforas con las que se delimitan las fronteras de lo admisible a la vista de todos. Las fiestas del “caballo” y del “mariposón” de la ciudad de Bragado, por ejemplo, habilitan un conjunto de performances en las que los varones sobre-actúan figuras como las del macho pampeano, ligado a la figura del gaucho y a la humillación a les amanerades, cercenando expresiones públicas de disidentes sexuales.
La fiesta del caballo exalta mediante la figura de los dromedarios algunos de los imaginarios claves del paisaje pampeano: el gaucho, los fogones, el asado y la doma. Presentada como la idea de “un grupo de amigos”, legitima icónicamente la iniciativa masculina en el espacio público. 

 

Lejos de ser una escenificación de entelequias abstractas, la manifestación de una heterosexualidad hipervirilizada potencia una expulsión fundante de les disidentes de las fiestas. Jennifer dice: “Nosotras no podemos asistir a la fiesta del Caballo porque son muchos hombres, sería meternos en la boca del lobo, nos agreden, se ríen. Ese día no podemos aparecer entre tanto macho suelto”. En grupo la personificación de una masculinidad imaginada como naturalmente indomable se materializa en una amenaza física y simbólica al cuerpo del otre. “Es una fiesta en la que hay más varones que mujeres. Es donde más agresiva la gente se pone, están todos tomando desde muy temprano en los fogones. Entonces si vamos es para que nos agredan o para terminar peleando. Es un lugar que evitamos. ¿A quién le gusta que la humillen a punto tal de levantarle la mano? Porque, para ellos, nosotras somos una vergüenza”.

 

En la fiesta del mariposón los varones heterocis egresados de las escuelas secundarias bragadenses personifican personajes femeninos para desfilar en carrozas por la ciudad en un tono carnavalesco con el que entre bromas, alcohol y fotos injurian a quienes no pertenecen al culto heterosexual. Una celebración popular en la región que se repite en ciudades como Tandil y Arrecifes, entre otras. Aunque producto del cuestionamiento la fiesta comienza a ser reemplazada por un desfile de estudiantes, ha sido una marca distintiva para varias generaciones. Cuando vivía en Bragado Iñaki participó a pesar de ser gay: “lo tenía tan naturalizado, que no le prestaba atención. Si yo no me hubiera disfrazado, habría dado más sospechas. Si no lo hacías todos iban a decir que era porque sos puto”. Jennifer lo vive como una humillación pública en el que el pueblo se ríe de las travestis y se celebra “la falta de empatía”.

 

A lo largo del siglo la referencia a los personajes del agro ha sido objeto de múltiples usos. Frente a la crisis de la Argentina liberal entre las décadas de 1920 y con mayor fuerza en la de 1930, los conservadores nacionalistas respondieron a las ideas socialistas y anarquistas de los migrantes, como también a las supuestas degeneraciones sexuales que éstos importaron, con la revalorización del héroe gaucho y del campo. Al amaneramiento y al desorden social de las ciudades, le oponían el orden natural del agro como la gran metáfora y motor de la esperanza nacional. En otro sentido, como destacó recientemente Ezequiel Adamovsky, el peronismo recuperó la potencialidad política del criollismo, emblema que había hasta entonces sido capturado por la derecha nacionalista. Por otro lado, la valorización de los migrantes internos que llegaron de las provincias – les cabecitas negras – fue para el peronismo un elemento virilizador de la clase trabajadora que se imaginó como una comunidad de grandes hombres frente a una oligarquía feminizada.

 

Los gauchos han sido históricamente símbolos inestables e incontrolables. El potencial político y efímero de estas figuras sigue latiendo en nuestra nación. No es casual que como respuesta a la llegada de un nuevo gobierno, sectores conservadores actualicen un registro tutelar y paternalista al definirse como “Guardianes” de una república feminizada a la que deben cuidar de la amenaza bárbara populista que pretende pervertirla.

 

Paradójicas, las fuentes simbólicas del dominio en el agro ha sido asediadas durante las últimas décadas por representaciones culturales que demandan despatriarcalizar los emblemas nacionales. Diversas expresiones artísticas han retratado la aparente paradoja entre la representación de la cercanía de la naturaleza (el “campo”) como libertad y el intenso control social que viven las disidencias. En 2006, la revista Veintitrés anunciaba en tapa la caída del último mito del machismo nacional: el gaucho gay. La crónica de la revista exponía los encuentros entre peones rurales, travestis y vecinos en un galpón rural devenido boliche en un predio cercano a Suipacha. La emergencia de narrativas fuera de la metrópolis como Las aventuras de la China Irón de Gabriela Cabezón Cámara directamente alojada en el agro o la referencia a la vida en las sierras o en otras potentes capitales como Córdoba en la literatura de Camila Sosa Villada, hacen una relectura del pasado en el que se desvía la atención hacia otros cuerpos y formas de vida marcados por la violencia de la virilidad criolla. Esta vuelta al pasado mina algunas de las figuras a las que continúan apelando los rituales heterosexuales en estas ciudades y socava su eficacia al contrastarlos con formas alternativas a la narrativa “pura” del gaucho. Re-elaborar el pasado es una forma de imaginar otros presentes y futuros posibles.

 

Para Alejandra Laera, investigadora y docente de la UBA/CONICET, “hay una zona acotada de la literatura gauchesca de corte político y partidario, la de los años 30 con el federal rosista Luis Pérez y en menor medida de los 40 con el unitario Hilario Ascasubi, que llegó a practicar una distribución de géneros (las gacetas El gaucho y La gaucha, el poema “Isidora la Federala”) en los que se jugaba con las disidencias políticas. En esos juegos, precisamente, emerge también la injuria al opositor político en términos de disidencia sexual: los opositores son feminizados, invertidos, incluso sodomizados. A la vez, crecientemente, en la gauchesca y en la novela popular con gauchos de los años 70 y 80 se fortalece la amistad amorosa entre varones: la convivencia de Martín Fierro con el sargento Cruz, el beso en los labios que sella la amistad de Juan Moreira con su amigo Julián son los ejemplos más conocidos. Sin embargo, esas representaciones del amor entre gauchos, que rozan el homoerotismo, no son la manifestación indicial de una disidencia sino que, por el contrario, refuerzan una masculinidad, un pacto de masculinidad exclusivo y excluyente, a la vez que hegemonizan los roles y las prácticas del mundo de los afectos. Esa suerte de paradoja constitutiva refunda imaginariamente, en términos de territorialización viril, la nación deseada que con la consagración cultural y estatal del Martín Fierro de Hernández se ratificaría en las primeras décadas del siglo XX”.

 

Lejos de resignarse a privatizar sus vidas, insistentes generaciones de activistas se han propuesto desmontar los mandatos públicos. Un activismo con una impronta radical que atenta contra los registros de las tradiciones locales ha construido un andamiaje paralelo de producción de espacios de símbolos capaces de renegociar su lugar de pertenencia en la comunidad. Al busto de Belgrano de la plaza central se le colocó una capa multicolor en la última marcha del orgullo en la localidad de Nueve de Julio; en la puerta del municipio de Colón -frente a la plaza, a media cuadra de la comisaría y a una cuadra de la iglesia y una escuela religiosa- flamea la bandera del orgullo junto a la Argentina en fechas importantes para la comunidad LGTB como la de la promulgación de las leyes como el Matrimonio Igualitario o la de Identidad de Género, desde que se aprobó en 2017 un proyecto en el concejo deliberante; y un mural de 12 metros se pintó en una de las plazas principales de Chivilcoy. Todas estas acciones transmutan espacios comunes de sociabilidad, muchas veces resistidos y rechazados por sus vecinos, pero que los obliga a reconocer la existencia de otras formas de vida.

 

También hay quienes deciden agenciar el silencio y la discreción, administrar su vida frente a otros para gestionar un mundo en el que afectos, sexualidad, mundo privado y público se separan. Como una estrategia capaz de evadir la pérdida de privilegios o simplemente como expresión de un deseo mesurado a su habitación, negocian su pertenencia a una comunidad en su calidad de “diferentes pero similares” (tan vecino como cualquier otro). Sin embargo, no debe pensarse este aspecto desde el lugar de la falta, de la carencia o de una necesaria opresión. Muches viven sus elecciones sexoafectivas en la privacidad y sin mucha o ninguna “exposición”, conscientes de los riesgos a los que se exponen.

 

Para muches de les que han migrado temporalmente y que luego terminaron regresando a sus localidades, volver fue una politización de su proyecto de vida. Mariana tiene 44 años, es lesbiana y formó parte de la organización de Otros Cuerpos, un encuentro artístico que reúne las disidencias de la zona de Nueve de Julio. “Hace tres años que regresé de La Plata. Este año tenía dudas sobre mi participación en la marcha del orgullo por diferentes cuestiones, entre ellas: lo laboral y la exposición. Finalmente fui. Bajo perfil al inicio, seríamos entre 30 y 40 personas. A medida que avanzabamos fue más fuerte la sensación de pertenencia y la alegría que me producía estar ahí. Terminé saltando y bailando con la bandera en la plaza central. Me ganaron las emociones con la causa y lo disfruté muchísimo”.

 

Julieta, mujer cisgénero bi/pansexual, cuenta: “Es un evento de tres días donde se generan talleres, debates, intercambios, confesiones, amores, números artísticos, bailes, fiesta y la marcha del orgullo como cierre, desde la estación del ferrocarril hasta la plaza del centro. Este encuentro significa para mí un espacio donde habitamos cuerpos diversos, con orgullo y afecto, entre redes de contención afectiva y de ternura, la militancia y la visibilidad. Encontrarse siendo quienes somos viviendo estos procesos desde lo individual y fundamentalmente desde lo colectivo”.

 

Poner en circulación contra-discursos a través de la ESI en tanto docentes o como invitades a dar charlas en escuelas, organizar marchas regionales, armar espacios propios, o conseguir el apoyo del poder público local son algunas de las prácticas de les activistas. Juli Miranda, docente, madre y activista lesbiana de Junín, se frustró en muchas oportunidades frente a la dificultad de reunir gente. Junto a su colectiva organizó mateadas en la que se reunían menos de una decena de personas pero con las que pretendían “plantarse” en la plaza frente a la municipalidad y la iglesia. Algunes que querían ir le pidieron que organizara el encuentro sin banderas LGTB. Lo hizo y aún así contó a les asistentes con los dedos de una mano. Marcela, por su parte, también experimentó otras formas de refugio frente al asedio heterosexual. Durante muchas décadas las chicas trans de la zona organizaban bailantas aparte – “a mí no me gusta mucho esa música, pero es lo que había” – hasta que lograron que les permitieran entrar a los principales “bailes de la zona”: “era un show porque me sacaban a bailar los chicos porque yo soy muy femenina”.

 

travas putos tortas

 

Victoria Ocampo está orgullosa de los significativos logros que consiguieron en el municipio: “Ahora tenemos una plaza con un mural de doce metros a una cuadra de la municipalidad. Fue mencionada por un ante proyecto de ordenanza y lleva el nombre de Daniela Charo Latessa, una de las primeras mujeres trans públicas de la ciudad y presidenta de ATTTA”.

 

Todes coinciden en que la convergencia entre los derechos sociales como la Ley de Matrimonio igualitario, la Ley de Identidad de Género y la Educación Sexual integral, así como también la persistencia de una guerrilla de activistas en la disputa por el sentido cotidiano y la proliferación cada vez más intensa de la “marea verde” entre les jóvenes, colaboró en un importante cambio generacional. Fiestas como las del “mariposón” reciben por primera vez críticas, algunos municipios aprueban leyes como la del cupo laboral trans o abren oficinas dedicadas a la política de diversidad sexual. Los cuestionamientos son también acompañados por el crecimiento territorial de movimientos religiosos que prometen certeza frente a verdades que parecen desvanecerse en el aire.

 

Aputasar las agrociudades es una herida al poderío simbólico con el que aún el macho pampeano detenta la regulación de lo público. La bandera del orgullo bragadense incluyó al caballo insignia de Bragado. “El caballo simboliza a Bragado y en realidad nosotres también somos parte de esta ciudad y sociedad. ¿Por qué el simbolismo no tiene que ser también para la comunidad LGTBIQ+?”, se planta Jennifer. Irse para realizar proyectos de vida, volver para politizar tu ciudad, negociar o desafiar los límites para la disidencia pública, son parte de las disputas cotidianas para fabricar un espacio común más habitable. Los proyectos truncados de Pablo Fullana Borsato abrían nuevos horizontes de sociabilidad posibles. Una presencia que intentaba y aún busca, vía sus compañeres, dislocar las restricciones expulsivas a les disidentes sexuales y minar las raíces de formas virulentas de vivenciar la heterosexualidad. Es un trabajo cotidiano y sin fin: aunque la bandera del orgullo flamee en algunas oportunidades en el municipio de Colón, no muy lejos estará un recientemente anunciado monumento a la biblia creado bajo Ordenanza Municipal. En el mundo de la soja, en el que parecen reinar solo los patrones rurales y los machitos pampeanos, las disidencias sexuales potencian las fisuras que -siempre bajo las múltiples amenazas de un poderío que se percibe amenazado- construyen otras formas de vida posible.

 


¿Te gustó la nota?

AUTORES