La inserción de los feminismos en la política partidaria supone un conflicto pero también la oportunidad de construir un espacio más amplio y con mayor capacidad de incidencia. Del debate por el aborto legal, seguro y gratuito en 2018 a las elecciones de octubre de 2019, Marina Mariasch y Celeste Abrevaya desgranan la composición del movimiento y detallan las disputas y desafíos de una generación que se politizó volcándose a la marea verde.



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La plaza de los dos Congresos se puso verde otra vez. Como hace un año, en el pañuelazo de febrero pasado, como el 13J cuando el proyecto se aprobó en Diputadxs y en la vigilia del 8A, las plazas del país se llenaron de pañuelos y en CABA el entramado de feminismos se concentró frente al parlamento para exigir aborto libre, seguro y legal. También se vestirá de verde el 8M, durante la huelga feminista. Pero, ¿cómo se traduce ese consenso por el aborto libre en las urnas?

 

El glitter, los pines y las viseras de femininjas son insignias, contraseñas que nos identifican en un marco de consensos que incluso excede el reclamo por el aborto. La convocatoria incluye el reclamo por “Ni Una Menos”, el “Mirá cómo nos ponemos”, el “Yo sí te creo, hermana”, un concepto un poco amplio e interpretable de “sororidad”, y también buena parte de oposición a Cambiemos. ¿Qué composición se desgrana en esa marea verde a la hora de votar en las elecciones que tenemos por delante?

 

Si existiera un mapeo aéreo que cubriera por colores las zonas de acuerdo, probablemente una porción importante se teñiría de un tono marcando el antimacrismo. Otro color abarcaría la demanda por la autonomía de los cuerpos, con algunas zonas incluso superpuestas, dejando afuera de esa intersección a los pañuelos verdes liberales, mientras que otro juntaría a la oposición, a la vez dividiendo entre kirchneristas y filokirchneristas, las izquierdas, lxs “apolíticxs”, la nueva generación que, como toda emergente, inscribe en la necesaria ruptura y rebeldía un tema de la época.

 

En esos pañuelos que se atan en puños, en mochilas, que se agitan y se tensan al unísono en miles de triángulos isósceles, hay un amplio reclamo contra un espectro de opresiones. Desde los feminismos se resumiría tal vez en “opresiones sobre nuestros cuerpos”, pero de nuevo ese arco abarca desde el hambre y las precariedades -que también probablemente sea un consenso a combatir por la plaza entera, aunque desde distintas modalidades- hasta la consigna “mi cuerpo es mío” -entendida desde una perspectiva autonomista o como una propuesta de salud pública integral-.

 

 

Los feminismos venimos a discutir el lenguaje, el poder, la cultura, la economía, y todo lo que se resume en la idea de patriarcado. También la política electoral. En la última asamblea de mujeres, lesbianas, travestis, trans, bisexuales y no binaries en CABA, de cara al armado del 8M, varias intervenciones señalaron que nuestra tarea este año es ganar las elecciones. La asamblea feminista se define anti biologicista, anti fascista y anti macrista. Pero las plazas por el aborto y las marchas de cada efeméride son mucho más heterogéneas que las asambleas donde se dirimen las consignas y logísticas de cada movilización.

 

El aborto legal, seguro y gratuito es una batalla primordial pero no la única que nos define. En el proceso que se dio durante 2018, la alianza táctica con otras fuerzas, incluidxs dirigentes de Cambiemos, fue en un contexto en que la sanción de esta reivindicación histórica estaba a la vuelta de la esquina. De cara a las elecciones de octubre de 2019, el escenario económico empeoró, el tejido social siguió desmembrándose, y por lo tanto son otras las disputas: lo que está en juego hoy es la continuidad o no de un proyecto de hambre y exclusión. Los feminismos tenemos la experiencia de tejer lazos estratégicos para ganar ciertas batallas. Pero también sabemos conformar alianzas que no estallen al día siguiente de la elección sino que permitan mirar por encima del hombro de los egos para lograr objetivos. Sabemos escucharnos. Sabemos que nuestra verdad se construye en el debate entre las diferencias, y eso fundamentalmente nos distingue de la narrativa machista de discurso único de la política.

 

La incorporación masiva de jóvenes a la política durante la década kirchnerista, con un punto de inflexión ineludible después de la muerte repentina de Néstor Kirchner, requirió un encuadramiento de toda esa efervescencia que se sumaba a militar desde la emotividad, que se sentía interpelada por la retórica de la épica y la mística, del sentirse parte de la historia, de la transformación. Había que llenar de contenido esa ebullición.

 

En ese entonces, allá por 2011, las discusiones giraban en torno a cómo recibir a las militancias que brotaban casi como al grito de una moda. La vinculación de organizaciones juveniles kirchneristas con estructuras partidarias tradicionales como el Partido Justicialista provocó resistencias, algunas con fundamentos sólidos y otras que tenían que ver con la desconfianza a lo partidario en sí.

 

 

Hoy esa repolitización se fue encauzando hacia los feminismos. Hay una nueva generación que encuentra ahí la causa de su época. Primero con el Ni Una Menos, después con la lucha por el aborto legal. Hubo un cierto flujo del caudal de las organizaciones políticas que conducían los centros de estudiantes de los colegios secundarios, por ejemplo, a ser desplazadas en muchos casos por organizaciones feministas. Esa politización que en un momento se volcó masivamente al kirchnerismo, hoy se vuelca a los feminismos. ¿Pero cuántas de esas pibas que se sumaron a la lucha feminista en los últimos años se volcaron a la política partidaria? ¿Esas acciones feministas se capitalizan para el armado electoral de cara a Octubre de 2019?

 

En ese sentido, la metamorfosis que experimentaron las organizaciones políticas y sociales a partir de la irrupción de los feminismos como perspectiva ineludible de los proyectos de transformación, nos da un impulso para pensar la articulación entre feminismo y política partidaria. La creación de protocolos de actuación ante casos de violencias, la conversión de mesas de mujeres a Frentes, la necesidad de formar cuadros con perspectiva de género, y la transformación de ciertas lógicas y dinámicas que ya no son tolerables, son quizás la punta del ovillo que debe desplegarse para contener esa marea verde.

 

La transversalidad como norte

 

Dentro de la extensión y heterogeneidad de los feminismos hay una parte importante que elige vincular esta lucha a las luchas contra el neoliberalismo como modo de organización social. ¿Vos qué estás haciendo para frenar la avanzada neoliberal?, interpela Ofelia Fernández desde esa bisagra que articula juventud, feminismos -fue la primera presidenta dos veces electa del Centro de Estudiantes del Carlos Pellegrini- e integrante orgánica de una de las fuerzas que se presenta en el camino eleccionario hacia octubre, con Juan Grabois a la cabeza y Cristina Fernández de Kirchner al poder. “En nuestro espacio hay pañuelos verdes y también pañuelos celestes, y tenemos que aceptarlo”, dijo Cristina Fernández de Kirchner en el marco de la 8va conferencia de CLACSO, considerada una suerte de contracumbre del G20. Un terreno tal vez hostil para animarse a esa reflexión. Pero fue ella también quien en su discurso en el Senado, durante el debate por el aborto, habló de la necesidad de actualizar la caracterización de Nacional y Popular, para incorporar los feminismos. Nacional, Popular, Democrático y Feminista. ¿Hay contradicción ahí? ¿O hay una vocación infranqueable de construir transversalidad con miras a un objetivo mayor? No se trata de decir que las contradicciones anulan la voz de CFK sino de entender que en esa tensión que incluye mujeres de sectores populares que están en contra y favor del aborto existe un espacio fértil para diseminar y profundizar, también, la agenda feminista.

 

 

 

La creación de un Frente social, cívico y patriótico que logre nuclear a todos los sectores agredidos por el neoliberalismo incluye necesariamente a esa marea de pibas, a esas hijas de esta revolución en marcha, que se sintieron convocadas por la causa que sacudió a su generación, que les dio una identidad, un sentido de pertenencia. Ese Frente no es un Frente ya dado, sino que tiene que resultar de la articulación de demandas y que, como consecuencia del impacto del neoliberalismo y la creación de múltiples antagonismos, es amplio y heterogéneo.

 

En este momento más que nunca tenemos que poder no sólo interpelar sino sentirnos interpelades por esx otrx que por diferente es perturbador, que es un semejante, no para coincidir, sino para encontrar, en el intercambio de miradas, los puntos comunes que hagan de la unidad una fuerza. ¿Pero cómo convocar a las más pibas de la marea verde que están convencidas de la revolución, de derribar a ese monstruo amorfo que es el patriarcado, de ser putitas golosas y ni tuyas ni yutas, desde las agendas de trabajo o previsión social? Les adolescentes no son ingenuas pero lo cierto es que en muchos de los casos sus activismos de género están más cerca de las violencias que de las agendas económicas, de problemáticas como la reforma laboral que este año el gobierno implementará a cuentagotas flexibilizando los deberes patronales y debilitando los derechos de les trabajadores. Más lejos todavía están de la problemática previsional.

 

La construcción de esa masa que los feminismos supieron interpelar tiene una potencia política a desarrollarse, pero no solo para el enriquecimiento de las arcas partidarias, sino también para construir un espacio más amplio y con mayor capacidad de incidencia, que se inserte en las estructuras y las transforme. Las reivindicaciones feministas llevaron a les pibxs a las vigilias por la ley de IVE pero también a exigir la implementación efectiva de la ESI, a combatir la reforma que la ministra Acuña quería imponer a los secundarios en CABA.

 

Una crisis de representatividad

 

Ahora bien, ¿es viable llevar a los feminismos al terreno de la política partidaria? En tiempos en que las representaciones son puestas en tensión, y que el movimiento se propone a sí mismo sin popes o lideresas, quizás corre el riesgo de adaptarse en teoría al esquema global que se impone hoy, al “sí se puede”, a Ravi Shankar profesando el arte de vivir, en donde lo colectivo se diluye y el sujeto individual toma fuerza. El neoliberalismo necesita voluntarixs, como también un espacio feminista aislado con reivindicaciones puntuales que no se sumen a una cadena de demandas. Y ese es el feminismo liberal cómodo para el poder.

 

 

Pareciera que Ni una Menos dejó de ser simpático para los medios hegemónicos de comunicación cuando un sector de la sociedad comenzó a trascender la condena al femicidio como máxima expresión de la violencia machista, y cuando el movimiento se inscribió de manera contundente dentro del feminismo popular. Hay consensos sociales que se desarman rápidamente en cuanto atraviesan una barrera para convertirse en reclamos netamente políticos. Por eso, la aglomeración desde los feminismos y el pañueloverdismo que produce un tipo de poder que está corrido de la política partidaria, ¿se vincula con esta tendencia posmoderna en la que se debilitan las mediaciones? Seguramente este fenómeno nos hable de la crisis de representatividad política, que en general se sintetiza en crisis de los partidos. El neoliberalismo es productor de subjetividades y no es algo residual o algo que apareció en la década de los ´90. Se superó en parte durante el Kirchnerismo, y volvió a emerger con Macri.

 

El movimiento feminista se caracterizó históricamente por tener un espíritu asambleario y horizontal. Pero eso no quita que tengamos que dejar la ingenuidad de lado para comprender que los feminismos no son una suerte de purismo que se construye sin sortear las dificultades propias de toda práctica eminentemente política. No somos Heidi en la pradera, tenemos diferencias, referentas con legítima ambición de poder, serruchadas, internas.

 

La respuesta, entonces, quizás no esté del lado de los feminismos sino de los propios partidos. “La política es con nosotras”, dicen muchas que sí juegan en los armados. Pero si se quedan hablando solas o nos lo decimos a nosotras mismas no sirve. Es hora de que los machirulos que definen candidaturas y listas abran ojos y oídos a esa marea que arrasa, no para adornar sus plataformas, sino para constituir un cambio real en la composición partidaria. No se invita a mirar jugar, se invita a formar parte del juego, se arma un juego conjunto. Aunque se trate una vez más de una elección más “en contra” que “a favor”, los feminismos -y quienes se asuman parte-, están en condiciones de jugar esa partida. El de Argentina es un feminismo popular, que se posiciona sin titubeos contra Macri.

 

Está claro que la inserción de los feminismos en los partidos políticos implica un conflicto pero también una oportunidad, definida justamente por el aggiornamiento de ciertas estructuras. Hay una ventana que se abre en este momento y no sabemos si en otra coyuntura se pueda cerrar.

 

Un desafío es hacer intervenir la acumulacion de fuerzas feministas en los dispositivos reales y concretos que hoy producen la vida social al mismo tiempo que el movimiento sigue acumulando potencia. La intervención en los partidos es indispensable como llave de acceso para transformar situaciones concretas desde la política pública, sin dejar el carácter de los feminismos para ampliar la fuerza y la crítica de lo existente.

 

La apuesta entonces de este movimiento que construimos a base de organización y prepotencia de trabajo debe ser erigirse, al decir de Chantal Mouffe, en un principio articulador de demandas que excedan las que específicamente atañen a mujeres y disidencias, y así convertirse en símbolo de todas las luchas para la radicalización de la democracia. El próximo 8M, el movimiento feminista, de la mano de distintos sindicatos de las centrales obreras, le realizará a Macri el primer paro general en este año electoral. Esa es la potencia que tenemos. Todas, toditas, y todes invitades a sumarse.  

 

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