Cuando cayó el de Berlín, había otros 15 muros en el mundo. Hoy existen más de 70, construidos con la pretensión de zanjar diferencias políticas, económicas y religiosas. “Estamos frente al fantasmal retorno de la guerra fría en el mundo de una globalización fracasada”, dicen Ezequiel Ipar y Pablo Villarreal. Este trabajo es parte de un estudio cualitativo realizado por el equipo del GECID en Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos (LEDA – Lectura Mundi).



En determinados contextos las analogías entre el espacio físico, el espacio social y el espacio psíquico pueden transformarse en la provocadora metáfora de una época. Uno de los elementos que hoy captura esa fuerza metafórica es el muro. En medio del ultra-capitalismo de sociedades hiper-conectadas, esta figura aparece con toda su crudeza para mostrarnos las imposibilidades, las crisis y las cegueras de un tiempo en el que se va volviendo cada vez más difícil realizar eso que la ingeniería social de las redes digitales sugieren que es lo más fácil: compartir, conversar, discutir, interactuar.

 

Como si se tratase de un prisma de nuestra cultura, el crecimiento de las fronteras amuralladas nos muestran algo de las nuevas formas de la decepción, la agresividad y los bloqueos psíquicos de los sujetos contemporáneos. También nos dicen mucho sobre las divisiones sociales y los conflictos de una economía que sólo promete crecimiento allí donde se des-democratizan las decisiones. En el mismo sentido, muchas de las barreras imaginarias y los deseos subjetivos de muros van anticipando algo de lo que puede pasar luego, políticamente, con un espacio social muy fracturado y en un mundo físico agobiado por la actividad humana. La pregunta aquí y ahora sería: ¿por qué esta proliferación de deseos de muros? ¿Hacia dónde nos conducen?

 

Según Elisabeth Vallet, investigadora de la Universidad de Quebec especializada en fronteras y muros como dispositivos políticos a nivel internacional, al momento de la caída del muro de Berlín existían otras 15 estructuras similares en el mundo. En la actualidad, la cantidad ha aumentado a 70 muros (7 en construcción) que se exhiben bajo la pretensión de zanjar diferencias políticas, económicas o religiosas. En los últimos años, la construcción de nuevas barreras estuvo vinculada a políticas anti-terroristas y anti-inmigratorias, sobre todo luego del trauma global que significaron los atentados del 11-S y la profundización de la crisis inmigratoria del mediterráneo. Resaltamos un dato no menor: 36 de los 70 muros actuales fueron o están siendo construidos luego de la gran recesión financiera del 2009, momento que marcó la crisis hegemónica del neoliberalismo a nivel global y el surgimiento de neo-fascismos que intentan sostener el modelo socio-productivo nacido de los 70 bajo un clima de creciente autoritarismo. 

 

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Los muros pueden ser interpretados de diversas maneras. La más simple indica que se trata de una forma violenta de negar las diferencias y las desigualdades haciéndolas estáticas: el muro supone que la amenaza de lo desigual queda en el exterior, sin posibilidad de trastocar la homogeneidad de lo que está en el interior, bajo protección. También es una estructura que permite fragmentar lo que se suponía un todo, territorializando las diferencias y dejando en el olvido la promesa de la igualdad. El muro también puede proteger de una mirada que se desea evitar, como una cesura que pone el sujeto para evitar hablar de sí mismo en el espejo del otro. Pero la imagen del muro evoca fundamentalmente el conflicto. Bien visto, no hay nada más sintomático de una sociedad en disputa que la fantasía de un muro. 

 

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Lo más llamativo que encontramos en el deseo de muros contemporáneos es la urgencia que vive el sujeto cuando se trata de pensar una solución para las diferencias políticas. Esta determinación de la fantasía del muro aparece por lo general a la derecha del campo político-ideológico. Uno de nuestros entrevistados lo graficaba de esta manera:

 

“Me imagino tipo un muro de Berlín de la parte comunista y la parte capitalista. Está muy dividido el país a nivel del pensamiento. Hay mucha gente que piensa que tomar tierras está bien, y un montón de otras cuestiones así, comunistas. O que un montón de cosas pasen por el Estado. Y gente que no (…) Pensé muchas veces por donde tiene que pasar el muro. La verdad, es un problema: debería migrar la gente. Tenés CABA, zona norte de Buenos Aires, Mendoza, Córdoba, algunas provincias del sur… y bueno, todo lo otro, que es súper feudal, lamentablemente… Chaco, Formosa, quedaría fuera del muro.” (Jóvenes de Juntos por el Cambio).

 

El muro es imaginado como una construcción que demarca el territorio para separar a dos argentinas que se encuentran divididas de manera irreconciliable. Es un muro que encarna violencia porque en la imaginación ya implica exclusión, desplazamientos, migraciones forzadas y desaparición de otras expresiones políticas. Este deseo de muros  representa también el síntoma de una crisis de la ideología, en especial, de su capacidad de totalizar el campo de lo social. Al imaginar que la unidad de lo social bajo las condiciones que consideran adecuadas no está garantizada, los sujetos interpelados por esta ideología neoliberal y autoritaria optan por el quiebre absoluto. El muro permite entonces la separación de la parte no deseada, aquella que piensa la política de manera diferente y es moralmente inferior. Por supuesto, la autoridad sobre el movimiento de las personas y sobre quien puede ingresar y permanecer en la Nación Country es siempre de la comunidad que vive al interior del muro.

 

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El segundo sentido, presente en casi todo el espectro político, es la demanda por el fortalecimiento del control de la inmigración, para proteger y cuidar” a los argentinos, sobre todo ante los posibles problemas económicos y los conflictos que surgen por los bienes escasos”. 

 

La separación aquí es entre los argentinos y los extranjeros en términos distributivos clásicos, pero se resignifica y se profundiza en la coyuntura de pandemia. El conflicto económico no pasa exclusivamente por el mercado laboral, más bien está vinculado a la intermediación del Estado y los derechos de ciudadanía: a los extranjeros se les permite adueñarse de espacios y acceder a derechos como miembros plenos de una sociedad a la que no pertenecen”. Es el Estado argentino el que permite, con su falta de control, que los extranjeros crucen la frontera para acceder a salud y educación gratuita, cobrar jubilaciones, la AUH o incluso el IFE. En la voz de nuestros entrevistados, el Estado socializa los derechos y las coberturas sociales con los extranjeros, pero las obligaciones son solo para los argentinos, que pagan impuestos y sostienen todo ese gasto irracional. 

 

En torno a estas mitologías, necesidades y fantasías se consolida el segundo muro, que bloquea cualquier reflexión sobre la economía política de la globalización y vuelve a erigir las fronteras psíquicas y sociales de un capitalismo atávico: nosotros y ellos. 

 

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Un tercer sentido es el de las fronteras interiores, que se manifiesta en la contraposición entre el AMBA y el resto del país. Estas representaciones aparecen más hacia la derecha del espectro político y son, de alguna manera, herederas del pensamiento sarmientino, que hoy se combinan con un racismo que circula por los medios digitales “contra esos a los que hay que enseñarles a cultivar la tierra, porque no necesitan comer carne todos los días. Pueden ser vegetarianos, y si tienen una dieta equilibrada, pueden vivir tranquilamente de lo que cosechan”. 

 

La Buenos Aires moderna, capitalista, activa y digitalizada se separa de una interior que imaginan feudal, y esto le permite tener una visión condescendiente, paternalista. El segundo muro es entonces el que hace crecer este racismo cultural digitalizado, que decide de manera pre-democrática sobre lo bueno y lo malo para todos desde el resguardo de una modernidad imaginaria. 

 

Como vemos, la fantasía de las fronteras aparece hoy en el espacio subjetivo en tres sentidos. Dos de ellos son variaciones de elementos típicos de las formaciones ideológicas en Argentina, pero el deseo de un muro introduce un desplazamiento vinculado al aumento de la agresividad frente a las diferencias políticas, e incluye de manera subordinada a los otros dos sentidos de la frontera social. 

 

Todas estas fantasías no son más que una forma de pensar una fragmentación. Delimitan identidades contrapuestas, mutuamente excluyentes, alimentadas por el imaginario de la exclusión. Este quiebre es político, pero también social y cultural. El argumento se basa en una visión maniquea sobre la sociedad argentina, en la que existe una lucha entre la gente de bien y la gente de mal” cuya consecuencia lógica es una división en el país. 

 

Es interesante preguntarse entonces por lo que hay al interior del muro, esa sociedad ideal que es preciso reconstruir y proteger, de manera higienista, del resto social que todo lo corrompe. En este último sentido, el muro es, sobre todo, un símbolo del propietarismo. La comunidad de la Nación Country se distingue por su respeto absoluto hacia la propiedad privada. Para nuestros entrevistados, el conflicto de la familia Etchevehere y las tomas en Guernica marcaron un punto crucial en la posibilidad del quiebre de la sociedad Argentina, ya que si se dejaba pasar lo de Entre Ríos, nos íbamos a tener que quedar atrincherados en nuestras casas porque podía venir cualquiera, y el derecho a la propiedad de uno no iba a tener valor”. 

 

Esta defensa de la propiedad aparece sobre todo ante la amenaza del otro y el miedo que produce la posibilidad de perderlo todo. Invirtiendo las relaciones sociales, quienes así piensan no pueden ver en ese otro que reclama un desposeído, solo perciben una despersonalizada amenaza de desposesión. Los entrevistados no logran dar cuenta de las múltiples mediaciones que existen en la propiedad porque las grandes riquezas se expresan en números inconcebibles, no imaginables. En el extremo, las posiciones que plantean una redistribución de la riqueza son una amenaza a todas las formas de la propiedad. Por lo tanto, el propietarismo opera de manera abstracta como defensa llana de la posesión, sin las intermediaciones de lo real. 

 

Los propietarios amurallados articulan otros elementos ideológicos que configuran su identidad. Se describen como emprendedores, empresarios de sí mismos que destacan el esfuerzo y la resiliencia como sus principales virtudes. Esto los ubica en una posición antagónica con respecto a aquellos que no saben o no quieren ganarse la vida en una economía de competencia abierta. Esos otros han optado por una adaptación a la idea trastornada de “justicia social” que hoy constituye “el negocio de los políticos”. Y la adaptación es tan exitosa que han desarrollado un “saber hacer planero”, una capacidad formidable para apropiarse de recursos comunes de manera ilegítima. No sorprende entonces la imagen del Estado que justifica los deseos de un muro. Ya no es sólo un Estado débil o incapaz: que la propiedad privada sea puesta en cuestión, que los emprendedores se enfrenten a innumerables obstáculos o el hecho incontrastable de que los extranjeros tengan los mismos derechos que los argentinos, es algo que sucede debido a la negligencia y permisividad de un Estado corrompido por el socialismo” o el comunismo” que dominan hoy en nuestra sociedad.

 

Estamos frente al fantasmal retorno de la guerra fría en el mundo de una globalización fracasada. Frente a esta crisis, la solución que ofrece una extrema derecha para los problemas del país es un pastiche anacrónico y paradójico: si el muro de Berlín fue construido por la Unión Soviética a principios de los ’60, hoy son los sectores capitalistas pro-mercado los que demandan la separación de la Nación Country y el levantamiento de un muro para protegerse de la influencia del bloque peronista-comunista-feudal.

 

¿Quién pagará por su construcción?


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