A partir de la crisis económica y política iniciada en 2015, la presidenta Rouseff y sus votantes, asistieron el paso a paso de un maestro de la conspiración. Temer, elegido por el mismo Lula para acompañar a Dilma, se presentó en el bautismo del nuevo gobierno con los estandartes de la familia y patria, y también de empresas y negocios, dice el profesor brasileño Henrique Estrada Rodrigues. ¿Cómo logró llegar y mantenerse?



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Fotos: Lula Marques/Agência PT

 

Poeta y abogado; diputado federal de muchos mandatos; oficialista por vocación; aliado de casi todos los presidentes brasileros desde el fin de la dictadura; ex-presidente de la Cámara de Diputados; notable articulador político; ex-vice-presidente de la República; actual presidente del Brasil. Resumir la trayectoria política de Michel Temer, a partir de la redemocratización del país, no es poca cosa. Pero tal vez podamos destacar un trazo de su fisionomía que, año a año, fue ganando pliegues cada vez más visibles: el de artesano de la articulación política, capaz de costurar acuerdos entre Dios y el Diablo. Y de desatar nudos con la cuerda ya en el cuello. Cuando el Partido de los Trabajadores, con Lula a la cabeza, lo elige en 2010 como el vice ideal para la campaña presidencial de Dilma Rousseff, muchos celebraron el acuerdo en nombre de la futura gobernabilidad. Sin embargo, algunos pocos habían alertado sobre el riesgo de tener como futuro vice-presidente a un hombre tan espinoso como ambicioso.

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El resto ya es historia: a partir de la crisis económica y política iniciada en 2015, la presidenta electa y reelecta en 2014, y con ella sus votantes, asistieron el paso a paso de un maestro de la conspiración. Alternando alianzas con la mano invisible del mercado y negociando movimientos con los derrotados en las urnas, capitanea la desilusión con el gobierno de Dilma y se muestra como bote salvavidas. Con el impeachment de 2016, llegó victorioso hasta el sillón presidencial, ungido por los dioses de los hombres buenos: la familia, la propiedad, la patria y los Marinhos (familia propietaria de mayor imperio de comunicaciones del Brasil, Globo). Familia y patria, así, se presentan en el bautismo del nuevo gobierno. En una mueca de orgullo, el nuevo presidente revela al país: el lema de su gestión había sido sugerido por su hijo de pocos años, afecto a las palabras que atraviesan la bandera del Brasil: “orden y progreso”. Al fin, en medio de la nueva prosa patriótica, el viejo juglar Michel Temer se despide de las musas y abandona la poesía.

 

Porque en Argentina quizás pocos lo sepan pero Temer es poeta. Aquella faceta de artista fue ironizada y despertó parodias en el país. En una nota del New York Times en español se informaba en año pasado que, en 2013 su libro Anónima intimidad “se ganó los bostezos de los brasileños”. Y que sus temas rondan el lamento por la pérdida de la correspondencia en la era de los mensajes de texto, el orgullo de un abogado principiante al ganar un caso y el “ardor lujurioso de septuagenario: después de todo, había conquistado a una novia 42 años menor que él”.

 

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Sin embargo, en Brasil, la menor distancia entre el orden y el progreso suele ser un laberinto. Si la verdadera musa de Michel Temer siempre fue la del contubernio y la penumbra, abandonarla parece haber dejado al nuevo presidente un poco ofuscado. Acaso por eso su mayor triunfo esté produciendo, como salta a la vista, su mayor fracaso. No es apenas su fraseado hueco y su retórica desarreglada que impresionan cuando salen a la luz. El dato inesperado es constatar, a velocidad mareante, como su enorme fuerza no logra sobrevivir lejos de las zonas oscuras y sombrías que siempre fueron su medio natural. Llamado constantemente a la escena pública, sus apariciones son verdaderos desastres. Las últimas noticias divulgadas, dando cuenta de sus órdenes y de sus progresos en hacer del palacio presidencial un mostrador de negocios, también revelaron, una vez más, su creatividad retórica: en cadena pública, afirma y reafirma que no renunciará. Y así el propio presidente se encarga de llevar a la boca del pueblo la palabra “renuncia”, que, horas antes, le fuera soplada en el oído.

 

Por ahora es difícil pensar cuál será el desenlace de este embrollo. Como se dice por ahí, es posible que todo suceda, inclusive nada. De todas formas, hay un riesgo de los más graves: ver Michel Temer salir de la presidencia para volver a la poesía. Pero si ese fuera el precio a pagar, paciencia. Se sugiere, entonces, una salida honrosa: calmar sus ambiciones presidenciales nombrándolo Presidente de la Academia Brasilera de Letras, donde podrá renegociar su vieja intimidad con las musas y consagrarse a la convivencia poética con nuestros inmortales letrados. En Río de Janeiro, sede de la Academia, no faltarán bombas de gas lacrimógeno, lanzadas por la policía-poética, para llevarnos hasta las lágrimas.


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