El materialismo histórico demostró cómo el capitalismo explota a las mujeres. Pero a una filosofía que plantea "Madame la Terre, Monsieur le Capital" le falta perspectiva de género. Eso entiende Silvia Federici. Por eso junto a las intelectuales del grupo Salario para el trabajo doméstico le sumaron impronta feminista a la teoría marxista. ¿Cómo sería la historia contada no desde las fábricas sino desde las cocinas? Fragmento del libro El patriarcado del salario (Tinta Limón).



 

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Ahora que revive el interés por el marxismo y el feminismo y la concepción que tenía Marx sobre el “género” recibe una atención renovada, han surgido entre las feministas algunos puntos de consenso que a su vez están modulando mis propios planteamientos. Para empezar, aunque la denuncia de la desigualdad de género y del control patriarcal en la familia y en la sociedad aparece pronto en la obra de Marx, estas obras señalan que “no tenía mucho que decir sobre el género y la familia” (Brown, 2012: 143) y si queremos reconstruir su postura en El capital, debemos hacerlo a partir de unas cuantas observaciones dispersas.

 

Esto no quiere decir que el trabajo de Marx no haya supuesto una importante contribución al desarrollo de la teoría feminista, si bien esta contribución no se basa principalmente en sus pronunciamientos directos sobre el asunto. El método que él propugnó, el materialismo histórico, ha permitido demostrar que las jerarquías de género e identidad son una construcción (Holmstrom, 2002: 360-376) y, además, sus análisis de la acumulación capitalista y la creación de valor han proporcionado poderosas herramientas a las feministas de mi generación a la hora de reconsiderar las formas específicas de explotación a las que están sometidas las mujeres en la sociedad capitalista y la relación entre “sexo, raza y clase”. Sin embargo, el uso que las feministas han hecho de Marx, afortunadamente, las ha llevado a seguir un camino distinto al que él abrió.

 

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Así pues, escribir sobre el género en El capital supone reconciliarse con dos Marx distintos y dos concepciones diferentes del género y la lucha de clases. En consecuencia, este texto está dividido en dos partes. En la primera, examino la visión de Marx sobre el género, según la articula en su análisis sobre el empleo de las mujeres como mano de obra industrial, incluido en el Libro I de El capital. También comento sus silencios, en especial en lo referido al trabajo doméstico, pues resultan elocuentes acerca de las preocupaciones que estructuraban su pensamiento cuando lo escribió. Mi argumento central es que Marx no teorizó sobre el género, en parte, porque la “emancipación de la mujer” tenía una importancia secundaria en su obra política; es más, naturalizó el trabajo doméstico y, al igual que todo el movimiento socialista europeo, idealizó el trabajo industrial como la forma normativa de producción social y como un potencial instrumento de nivelación de la desigualdad social. Así, él creía que las distinciones basadas en el género y la edad desaparecerían con el tiempo, y no consiguió ver la importancia estratégica que tiene la esfera de actividades y relaciones mediante las cuales se reproducen nuestras vidas y la fuerza de trabajo, tanto para el desarrollo del capitalismo como para la lucha contra él, empezando por la sexualidad, la procreación y, por encima de todo, el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres.

 

Estas “lagunas” en lo que respecta a la importancia del trabajo reproductivo de las mujeres han supuesto que, a pesar de su condena de las relaciones patriarcales, Marx nos haya dejado un análisis del capital y la clase realizado desde un punto de vista masculino –el del “hombre que trabaja”, el trabajador industrial asalariado en cuyo nombre se formó la Internacional, considerado el portador de una aspiración universal a la liberación de la humanidad–. También ha hecho posible que muchos marxistas traten el género (y la raza) como un asunto cultural, disociado de la clase. El movimiento feminista tuvo que empezar por la crítica de Marx.

 

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Por eso, mientras esta parte se centra en cómo se trata el género en el texto fundamental de Marx, en la segunda reviso brevemente la reconstrucción de las categorías de Marx desarrollada por algunas feministas en la década de los años setenta, especialmente por el movimiento “Salario para el trabajo doméstico” [Wages for Housework], del que formé parte. Sostengo que las feministas de “Salario para el trabajo doméstico” encontramos en Marx los cimientos de una teoría feminista centrada en la lucha de las mujeres contra el trabajo doméstico no remunerado porque leímos su análisis del capitalismo desde el activismo, desde una experiencia personal directa, en busca de respuestas a nuestro rechazo de las relaciones domésticas. Así pudimos llevar la teoría de Marx a lugares que habían quedado invisibilizados en la propia obra de Marx. Al mismo tiempo, leer a Marx desde el activismo reveló las limitaciones de su marco teórico, demostrando que, aunque la perspectiva feminista anticapitalista no puede ignorar la obra de Marx, al menos mientras el capitalismo siga siendo el principal modo de producción (Gimenez, 2005: 11-12), tiene que superarla a pesar de todo.

 

(…)

 

El feminismo, el marxismo y la “reproducción”

 

Aunque Marx inspirara a generaciones de socialistas con su propuesta de “emancipación de las mujeres” a través de la participación en la producción social, entendida principalmente como trabajo industrial, en los años setenta las feministas descubrieron un Marx distinto cuando, en plena revuelta contra el trabajo doméstico, la domesticidad y la dependencia económica de los hombres, buscaron en su obra una teoría capaz de explicar las raíces de la opresión de las mujeres desde el punto de vista de clase. El resultado fue una revolución teórica que transformó tanto al marxismo como al feminismo.

 

El análisis de Mariarosa Dalla Costa sobre el trabajo doméstico como elemento clave en la producción de fuerza de trabajo (Dalla Costa, 1975: 31); Selma James, cuando pone al ama de casa en un continuo con los “no-asalariados del mundo” (James, 1975) quienes, no obstante, han sido claves para el proceso de acumulación de capital; la redefinición por parte de otras activistas del movimiento de la relación salarial como instrumento para la naturalización de áreas completas de explotación y la creación de nuevas jerarquías dentro del proletariado: todos estos desarrollos teóricos y los debates que generaron han sido descritos en ocasiones como el “debate sobre el trabajo doméstico”, supuestamente centrado en la cuestión de si el trabajo doméstico es o no productivo. Pero esta es una gran distorsión. Darse cuenta de que el trabajo femenino no remunerado que se realiza en el hogar es fundamental para la producción de la fuerza de trabajo no solo redefine el trabajo doméstico, sino la naturaleza del propio capitalismo y de la lucha en su contra.

 

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No es ninguna sorpresa que la discusión de Marx sobre la “reproducción simple” alumbrara teóricamente este proceso, además de confirmar nuestras sospechas de que la clase capitalista nunca habría permitido la pervivencia de tanto trabajo doméstico si no hubiese visto la posibilidad de explotarlo. Que Marx estableciera que las actividades que reproducen la fuerza de trabajo son esenciales para la acumulación capitalista proporcionó la dimensión de clase a nuestro rechazo. Hizo evidente que este trabajo tan desdeñado, tan naturalizado, tan despreciado por los socialistas por su atraso, en realidad constituye el pilar fundamental de la organización capitalista del trabajo. Así se resolvía la espinosa cuestión de la relación entre género y clase, y así obteníamos las herramientas para conceptualizar no solo la función de la familia, sino también la profundidad del antagonismo de clase en los cimientos de la sociedad capitalista. Desde un punto de vista práctico, se confirmaba que las mujeres no tenían que seguir a los hombres a las fábricas para ser parte de la clase trabajadora y participar en la lucha anticapitalista. Podíamos luchar de manera autónoma, comenzando por nuestro propio trabajo en el hogar como “centro neurálgico” de la producción de la fuerza de trabajo (Fortunati, 1997: 125). Y en primer lugar teníamos que luchar contra los hombres de nuestras familias, pues mediante el salario del hombre, el matrimonio y la ideología del amor, el capitalismo había dado al hombre el poder de mandar en nuestro trabajo no remunerado y de imponer disciplina en nuestro tiempo y espacio. Así que, irónicamente, nuestro encuentro con la teoría de la reproducción de la fuerza de trabajo de Marx y nuestra apropiación de ella, que consagraba la importancia de Marx para el feminismo, también nos proporcionó la prueba concluyente de que teníamos que darle la vuelta a Marx y emprender nuestro análisis y nuestra lucha precisamente desde esa parte de la “fábrica social” que él excluyó de su trabajo.

 

Al descubrir la centralidad del trabajo reproductivo para la acumulación capitalista, también surgió la pregunta de cómo sería la historia del desarrollo del capitalismo si en lugar de contarla desde el punto de vista del proletariado asalariado se contase desde las cocinas y dormitorios en los que, día a día y generación tras generación, se produce la fuerza de trabajo. La necesidad de contar la historia del capitalismo desde una perspectiva de género –más allá de la “historia de las mujeres” o de la historia del trabajo asalariado– fue la que me llevó, junto a otras estudiosas, a reconsiderar la noción de Marx de acumulación primitiva y a descubrir que la caza de brujas de los siglos XVI y XVII constituyó el momento fundacional de la devaluación del trabajo femenino y de la aparición de una división sexual del trabajo específica del capitalismo (Federici, 2004: 92-102). Al mismo tiempo, entender que la acumulación primitiva se ha convertido en un proceso permanente, al contrario de lo previsto por Marx, también pone en duda su concepción de que la relación entre capitalismo y comunismo es necesaria. Queda invalidada la visión de Marx de una historia por etapas, en la que el capitalismo representa el purgatorio que tenemos que habitar en la progresión hacia un mundo libre, y la industrialización tiene un papel liberador.

 

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El surgimiento del ecofeminismo, que puso en relación el poco valor otorgado por Marx a la reproducción y a las mujeres con su idea de que la misión histórica de la humanidad es dominar la naturaleza, vino a reforzar nuestra postura. La obra de Maria Mies y de Ariel Salleh es de especial importancia, pues demuestra que la omisión de las actividades reproductivas en la obra de Marx no es un elemento accidental, supeditado a las tareas que asignó a El capital, sino sistémico. Como explica Salleh, en Marx todo implica que aquello creado por el hombre y la tecnología tiene un valor superior: la historia comienza con el primer acto de producción, los seres humanos se realizan a través del trabajo, la medida de su autorrealización es su capacidad de dominar la naturaleza y adaptarla a las necesidades humanas, y todas las actividades transformadoras positivas se conciben en masculino: el trabajo se describe como el padre, la naturaleza como la madre (Salleh, 1997: 72-76) y también la tierra es considerada femenina –Marx la llama Madame la Terre, en contraposición a Monsieur le Capital–. Las ecofeministas han demostrado que existe una fuerte conexión entre el desdén hacia el trabajo doméstico, la devaluación de la naturaleza y la idealización de todo lo que produce la industria y la tecnología humana.

 

Este no es lugar para reflexionar sobre el origen de esta visión antropocéntrica. Baste decir que el enorme error de cálculo de Marx y de varias generaciones de socialistas marxistas en lo que respecta a los efectos liberadores de la industrialización resulta demasiado obvio a día de hoy. Nadie se atreve ya a desear –como hizo August Bebel en Woman Under Socialism [La mujer en el socialismo] (1903)– que la comida sea un compuesto químico y todo el mundo lleve encima cierta cantidad para cubrir sus necesidades alimenticias de proteínas, grasas e hidratos de carbono, sin importar el momento del día o la estación del año. Con la industria comiéndose la tierra y los científicos al servicio del capital jugando a producir vida fuera del cuerpo femenino, la perspectiva de extender la industrialización a todas las actividades reproductivas es una pesadilla peor que la que ya estamos viviendo con la industrialización de la agricultura.

 

No sorprende ver cómo en círculos radicales se está produciendo un “cambio de paradigma” conforme la esperanza puesta en la máquina como motor de “progreso histórico” va siendo reemplazada por una reorientación del trabajo político hacia los temas, valores y relaciones vinculadas a la reproducción de nuestras vidas y de la vida de los ecosistemas que habitamos. Se dice que, durante sus últimos años de vida, también Marx reconsideró su perspectiva histórica y, después de leer sobre las comunidades igualitarias matrilineales del noreste del continente americano, empezó a replantearse su idealización del desarrollo capitalista industrial y a apreciar el poder de las mujeres.

 

Con todo, la visión prometeica del desarrollo tecnológico defendida por Marx y la tradición marxista al completo, lejos de perder su atractivo, está volviendo, y hay quienes consideran que la tecnología digital cumple el mismo papel emancipador que Marx asignó a la automatización, así que el mundo de la reproducción y los cuidados –valorado por las feministas como el terreno de la transformación y la lucha– vuelve a correr el riesgo de verse eclipsado por ella. Por eso, aunque Marx dedicara un espacio limitado a las teorías de género en su trabajo, y aunque pueda haber cambiado alguno de sus puntos de vista con los años, sigue siendo importante discutirlas y hacer hincapié (como al menos he intentado yo en este texto) en que sus omisiones sobre este asunto no son por descuido, sino la prueba de que hay un límite que su obra teórica y política no pudo superar; la nuestra debe poder hacerlo.

 

Fotos: Nicolás Cardello / Cuadro de portada: Paula Otegui

 

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