Los jóvenes no miran TN pero igual se enteran de la violencia según los noticieros por sus padres y abuelos. Ese “acceso incidental” a las coberturas sensacionalistas y a las narrativas mediadas hacen que las nuevas generaciones vean la inseguridad como una característica social más. No reconocen sus causas exógenas pero se sienten responsables de desplegar estrategias de autocuidado. Adelanto de El delito y sus públicos (UNSAM Edita), de Brenda Focás.



De la noticia policial a la noticia de inseguridad

 

Tanto los formatos que emiten información –diarios, portales online, programas de radio y noticieros– como aquellos llamados de entretenimiento –programas magazines o reality shows–, contribuyen a alterar o a modificar el modo en que los problemas públicos son construidos (Best, 1999). En el caso de la inseguridad, se trata de un tema recurrente para los medios de comunicación que mantiene una presencia constante en la agenda mediática, tanto en tiempo como en espacio. La sobrerepresentación mediática de un tema puede hacer que el público conozca la existencia de un problema, alentarlo a pensar en él y en las posibles soluciones, e incluso llevar a movilizaciones ciudadanas. Es decir que algunos casos mediáticos desencadenan procesos de conformación o de activación de públicos con capacidades de crítica, de reivindicación, denuncia y movilización, como sostiene Schillagi (2011).

 

Los medios de comunicación hegemónicos se erigen en la actualidad como “enunciadores privilegiados” o voces legitimadas para la intervención en la discusión pública, ya que logran influir en las disputas sobre definiciones, responsabilidades y soluciones relacionadas con temas que acaparan el interés del público (Gusfield, 2014). De hecho, para muchos gobiernos, organismos internacionales y parte de la sociedad, estos actores se han convertido en culpables de la inseguridad: son sensacionalistas, exageran las noticias e inculcan temor. 

Sin duda, las imágenes truculentas y las representaciones plagadas de ribetes sensacionalistas colaboran para que las noticias policiales sean señaladas como “exageradas”, “amarillistas” o lisa y llanamente “macabras”. Sin embargo, el público no reacciona necesariamente con temor frente a estas imágenes, sino que estos discursos promueven distintas interpretaciones y sentimientos. 

 

En este entramado, no solo resultan relevantes las posturas explícitas de los periodistas de policiales televisivos, sino también los criterios de selección, edición y categorización de las noticias. Este enfoque obliga a evidenciar ciertos procedimientos enunciativos presentes de forma recurrente en las narrativas mediáticas de la “inseguridad” y la violencia urbana. Reconstruir estos procedimientos permite desandar el camino de la naturalización para dar cuenta críticamente de uno de los mecanismos de la construcción social de la inseguridad como un problema público estable de la última década. (…)

 

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Una mirada intergeneracional

 

Los roles paterno y materno, así como las relaciones intergeneracionales, son relevantes en la gestión cotidiana de la seguridad. El rol protector siempre ha sido tarea de los padres, que buscan resguardar a sus hijos de potenciales peligros. A esa función se le suma en esta coyuntura el problema de la inseguridad, que se convirtió en un tema de relevancia en la vida familiar cotidiana.

 

En esta investigación realizamos una segmentación etaria entre adultos mayores, adultos y jóvenes, y encontramos algunas diferencias significativas en torno a los sentidos y las acciones que cada grupo etario construye en relación con la prevención del delito. 

 

La comparación entre un presente inseguro y un pasado de tranquilidad, aunque con matices, es un tópico entre los entrevistados adultos y adultos mayores, mientras que los jóvenes recuperan esta misma idea a partir de los relatos nostálgicos de padres y abuelos. Para los jóvenes, la inseguridad es una característica más de la sociedad en que viven; solo es cuestión de aprender a convivir con ella. Existen entonces diversas apropiaciones del fenómeno de la inseguridad desde una mirada intergeneracional. Padres, hijos y abuelos mantienen cada cual ciertas ideas o creencias sobre las causas del problema y las formas de estar prevenidos que transmiten luego en el seno familiar. 

En las entrevistas con jóvenes, estos dejan traslucir nuevas interacciones, marcadas principalmente por la presencia constante de la temática en el núcleo familiar. A diferencia de las generaciones de sus padres y abuelos, los hijos de la década del 90 experimentan la inseguridad de formas sensiblemente diferentes. En primer lugar, para ellos es un tema común, efecto de haber crecido en un clima donde se condensaron ciertos comportamientos y creencias sobre el problema. 

 

En términos comparativos, los jóvenes son quienes se muestran más propensos a conversar sobre la inseguridad como una dimensión más de la sociedad. En todo caso, de lo que se trata es de “estar atentos” o de “no colgarse” para evitar ser víctimas del delito. Esta gestión de los riesgos no implica una restricción de salidas, sino que lo que opera es una decodificación urbana mayor que la de las generaciones que los precedieron. 

 

Alan tiene 20 años y está cursando el cbc. Al hablar sobre de la inseguridad, la piensa como una realidad con la que hay que convivir. Escucha los consejos de sus padres, pero a la vez reniega un poco porque “exageran, se ponen pesados”. En su casa, está todo el día encendida la tele en tn pero Alan asegura que no mira televisión. Solo lee “algunas noticias” que aparecen en las redes sociales y en los portales de Internet: 

 

¿Sabés que me repite todos los días mi mamá? “Tené cuidado, Alan, el barrio ya no es lo que era, no vuelvas tarde, si te asaltan, dales todo”. Es un poco insoportable con el tema. También cuando salgo me dice que no duerme hasta que no escucha que volví, me parece un poco exagerada.

 

Más allá de su postura algo escéptica y relajada, a lo largo de la conversación Alan hace a un lado el relato de sus padres y deja entrever que el tema de la seguridad ocupa un lugar importante en su gestión cotidiana. “Sé los lugares por donde moverme para que no me agarren, hay calles por las que no paso. Igual, como soy grandote no creo que me vengan a asaltar justo a mí”, comenta.

 

Estudios del miedo al crimen se han centrado en la restricción de la movilidad como estrategia protectora (McCrea et al., 2005; Walklate,

2000). En esta investigación se observa otra arista. Los jóvenes no restringen salidas, pero implementan medidas preventivas, casi de

manera natural, incluso son creativos a la hora de cuidar su propia seguridad.

 

Por otro lado, en las entrevistas se advierte una mirada inquisidora sobre aquellos compañeros o amigos que fueron víctimas del delito, con afirmaciones como “iba colgado y por eso le afanaron”, “yo la vi venir, pero ellos no”, “le robaron porque no sabe por dónde caminar”. Esta mirada, estrechamente vinculada con promover la responsabilidad sobre el propio individuo, se observa más fuertemente en las nuevas generaciones. Los jóvenes no buscan las causas sociales o exógenas del delito, sino se sienten responsables de cuidarse por sí mismos, tal como se desprende de estos testimonios:

 

A mis amigas les robaron varias veces, en los boliches o a la salida. Pero bueno, estaban un poco tomadas y se descuidan, a veces se dan cuenta cuando llegan a la casa que les falta plata o el celular. Si te colgás, estas pidiendo que te roben, más o menos (Camila, 22 años). 

Íbamos caminando con dos amigos, y de repente dobla la esquina un grupo de pibes que era fija que nos iban a afanar. Yo crucé rápido de vereda, ellos siguieron y les afanaron, pero que se jodan, porque era cantada, no estaban atentos (Jonathan, 18 años). 

 

En relación con el consumo de medios, sabemos que la televisión no es el principal soporte de consumo para los jóvenes, que acceden a las noticias por las redes sociales, portales de Internet, conversaciones, o simplemente “de rebote” al estar la televisión encendida en el living o en la cocina familiar.  “La tele está prendida todo el día, a veces presto algo de atención”, dice Jael, de 20. Luego explica que revisa por arriba los portales de los diarios, pero se informa principalmente a través de las redes sociales. “En Twitter sigo a algunos diarios o a periodistas que me gustan, lo mismo en Facebook, aparecen noticias y si me interesa alguna, como fue con lo del caso Ángeles, entro”. Jael vive en Villa Urquiza, junto a sus padres y hermanos, en una casa ubicada detrás de la de su abuela. Como la mayor parte de los jóvenes entrevistados para esta investigación, se refiere a la inseguridad como un fenómeno habitual, que está y al que hay que tratar, en lo posible, de evitar. Esta creencia no se traduce en un mayor temor o en la restricción de ciertas salidas, sino en la necesidad de “estar precavida”. En el caso de Jael, las noticias policiales le llegan de manera indirecta, en especial a través de sus familiares cercanos:

 

Mis viejos en general no son de salir mucho fuera de la casa, y mi abuela está todo el día mirando tn. Cuando pasa algo, la que más me tira datos es mi abuela, que vive en la casa de adelante, yo entro de la calle por ahí. Entonces me cuenta lo que vio en el noticiero, me va preparando… cuando llego a mi casa, mi mamá empieza: “¿Viste lo que pasó?”, y me repite todos los casos policiales que ya me contó mi abuela. Después me habla mi papá, se sienta y me dice: “Quiero que sepas que pasó esto, que tengas cuidado…” me dice cómo cuidarme, qué hacer, dónde mirar. 

 

Los jóvenes muestran, en general, una distancia mayor que los demás grupos etarios en cuanto al consumo de medios y la credibilidad que le adjudican a esos medios, pero, a la vez, exhiben una clara predisposición a estar alertas frente al avance de la inseguridad que, en ciertos casos, incluye la referencia a casos mediáticos. 

 

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En las percepciones de los jóvenes se verifica una incidencia indirecta de la información, que es recibida a través de los padres, de los círculos familiares más cercanos y de las redes sociales y que los jóvenes resignifican en las conversaciones con sus pares. 

En los jóvenes se observa entonces un consumo incidental de las noticias de inseguridad, porque a pesar de no buscarlas en los portales o en la televisión, conocen esta información y una vez que se encuentran con casos policiales en las redes sociales, los siguen. Se enteran lo que pasa por internet, ya sea por whatsapp o porque alguien comparte una noticia en redes, pero sin ir activamente a la noticia, sino que la noticia llega a ella. 

 

El acceso incidental a la información es, por cierto, uno de los modos típicos del consumo informativo de los ciudadanos en las sociedades modernas. Según Mitchelstein y Boczkowski (2017), en los últimos años este tipo de acceso al contenido de actualidad dejó de ser periférico para convertirse en central y primario, sobre todo en los usuarios más jóvenes y conectados. Además, “a mayor nivel socioeconómico, mayor percepción de acceso incidental a noticias a través de las redes sociales, sea por capacidad para reconocerlas, o por la mayor propensión de sus contactos a compartirlas” (140). 

 

El estudio también muestra, en consonancia con nuestras observaciones, que el acceso a medios tradicionales no es un factor significativo, lo que sugiere que el acceso incidental a la información en redes sociales más que reemplazar, complementa los hábitos informativos preexistentes.

 

En el caso de los adultos mayores, gestionar la seguridad es un tema central en la vida diaria. A la debilidad física propia de la edad, se suma cierta nostalgia por una época pasada en que el delito era menor o, al menos, no los afectaba. Estos factores se suman entre sí y propician un estado de vulnerabilidad emocional frente al tema. 

 

En el trabajo con entrevistas, se evidenció que para los adultos mayores la función preventiva de los medios de comunicación ocupa un rol relevante, tanto como los consejos de sus hijos adultos, en materia de seguridad. La sensación de una vulnerabilidad física hace que consideren que corren con cierta desventaja frente a un potencial agresor en el espacio público.

 

Se abre entonces un espacio circular intergeneracional de experiencias y sensibilidades relacionadas con el tema de la inseguridad: así como los más jóvenes siguen, o al menos escuchan, los consejos de sus padres en torno al problema del delito, los adultos mayores también reciben recomendaciones constantemente de sus hijos y siguen sus consejos. (…)

 

Gestionar la seguridad, esto es, realizar un diagnóstico que reconoce la situación de inseguridad y adoptar medidas preventivas, es una tarea que varía según los grupos etarios. Mientras los más jóvenes trazan sus recorridos teniendo en cuenta las sugerencias de sus padres, pero, a la vez, con la seguridad de saber por dónde y cómo moverse por la ciudad, los adultos mayores prestan más atención a las noticias a la hora de adquirir un conocimiento sobre las modalidades delictivas. En este segmento también es clave el rol de los hijos, que, en su afán por cuidar a sus padres ya mayores, les aconsejan sobre prácticas preventivas del delito. Las experiencias se entremezclan entonces con rumores y conversaciones familiares y de allí surge la información que, en última instancia, permite trazar diagnósticos y estrategias en torno a la inseguridad.  

 

 


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