¿Qué pasa cuando nuevos lenguajes se alían para narrar las violencias? La obra de teatro Jauría fue guionada íntegramente con textuales del juicio a “La Manada”. Recién estrenada en Argentina, planea hacer funciones para estudiantes secundarios en el marco de un programa de formación de nuevos públicos con perspectiva de género. Desde el escenario, el caso de violación en España repercute al calor del Ni una menos y los debates sobre el derecho al goce.



Jordi, no hagas esto. 

 

Cuando terminó de darle forma al texto de Jauría, la obra que por estos días puede verse en el Teatro Picadero, el dramaturgo catalán Jordi Casanovas le pidió a su pareja que la leyera y le hiciera una devolución. Ella abrió el documento, avanzó unas páginas y le dio un consejo: que no se metiera donde se estaba metiendo. 

 

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El texto tenía una particularidad que justificaba los reparos: había sido creado íntegramente a partir de los testimonios del juicio a los integrantes de La Manada, un grupo de cinco varones acusados de –y, más tarde, condenados por– violar a una mujer durante las fiestas de San Fermín, en Pamplona, el 7 de julio de 2016. Cuando dos años después llegó a la Justicia, el caso se convirtió en uno de esos sucesos públicos que monopolizan la atención mediática: en España fue tema de tapa durante semanas.

 

La noticia también llegó de este lado del Océano cuando el caso ya estaba casi cerrado: cinco hombres acusados de violar en grupo a una joven de 18 años en España habían sido condenados por abuso sexual pero absueltos del delito de violación, en un fallo que indignó a los movimientos feministas al grito de “No es abuso, es violación”. Los cinco amigos, conocidos como “la manada” por el nombre del grupo que los reunía en Whatsapp, filmaron el ataque a la joven durante las fiestas de San Fermín en Pamplona, en julio de 2016. En 2018, los cinco fueron condenados a 9 años de cárcel. Después de la apelación, el Tribunal Supremo finalmente endureció la pena a 15 años de prisión. 

 

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Durante los meses del juicio, muchos diarios españoles hacían una cobertura extensa que incluía la transcripción de todo lo que había pasado en el Tribunal. El lector que quisiera seguir los detalles del juicio podía acceder, letra por letra, a las declaraciones de la denunciante, saber qué habían alegado los acusados y sus abogados, cómo habían intervenido los fiscales. Como estaba prohibido grabar las audiencias, los periodistas anotaban todo lo que oían y por la noche bajaban a texto las palabras de cada uno de los presentes, como si se tratara de un guión. Al día siguiente, ese guión se publicaba completo. Esa fue la materia prima de Jauría: Jordi tomó y leyó esos recortes recopilados por semanas, cotejó versiones contrapuestas –con ayuda de Isabel Valdés, una periodista del diario El País que cubrió el juicio– para luego ordenar, seleccionar, editar. No incluyó una sola línea ficcional, para que el pacto con los espectadores de las futuras puestas fuera claro: todo lo que se escucha sobre el escenario –incluso algunas respuestas que cuesta dar por ciertas– fue dicho así, tal cual. 

 

No era la primera vez que Jordi Casanovas hacía uso de este procedimiento. Ya lo había hecho con las transcripciones del juicio a Luis Bárcenas, un funcionario del Partido Popular involucrado en incidentes de corrupción. También con el caso de Port Arthur, el mayor tiroteo perpetrado por una sola persona en Australia, en el que murieron 35 personas y fueron heridas otras 23. El juicio, filtrado por los Wikileaks, tenía un ingrediente que lo volvía complejísimo y fascinante a la vez: el asesino no se acordaba de absolutamente nada de lo que había hecho. 

 

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El dramaturgo llama “dramaturgia verbatim” (del latín, textualmente) o “dramaturgia de material encontrado” a esta forma de trabajo. En su computadora va juntando archivos de transcripciones y otros textos robados a la vida; eventualmente los abre y los lee para probar si tienen potencial escénico. Se dio cuenta enseguida de que el caso que había inspirado Jauría tenía todo para convocar el interés del público: estaba fresco en la memoria colectiva, tocaba una fibra de época y había convulsionado a la sociedad española como pocos. 

 

Empezó a leer las transcripciones del juicio sin la certeza de que encontraría material para llevar a escena, porque el caso había sido tan mediatizado en España que supuso que ya no habría demasiado que contar. “Pero cuando noté cómo los abogados de la defensa acababan indagando en la intimidad de la denunciante muchísimo más que en la intimidad de los acusados y tomé dimensión de que, como lector de los periódicos sabía mucho más sobre la vida privada de ella que sobre la de ellos, entendí que había algo que valía la pena contar y seguir pensando”, dice. 

 

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Esa revictimización de la joven durante el juicio a través de preguntas (que siempre parecían tener como fin la transferencia de la culpa a la denunciante) y la poca reflexión de los medios respecto de esa desigualdad de información que circulaba fueron aspectos que Casanovas puso en foco. Otros, por el contrario, perdieron peso durante la transposición. “Los detalles más escabrosos sobre la violación, que en el juicio tienen bastante importancia, para mí no la tenían en absoluto. En cambio, aluciné con algunas declaraciones de los acusados y decidí darles un rol preponderante. Me sorprendió que los cinco hombres estuvieran tan convencidos de no haber hecho nada malo” 

 

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Igual que la versión española, la adaptación argentina de Jauría está dirigida por un hombre, Nelson Valente, e interpretada por otros cinco varones –en el papel de los integrantes de la manada y de los abogados– junto a una actriz que alterna el papel de la denunciante y la fiscal. Si bien la ficha de la obra incluye nombres femeninos en varios rubros técnicos, Vanesa González fue la única mujer en la mesa chica de Jauría

 

“Entre mujeres hay una comprensión inherente sobre estos temas, no hace falta explicar nada: a medida que leés o escuchás el texto, es difícil huir de lo que te pasa en el cuerpo. Por suerte, me tocó un equipo con compañeros con los que fluyó hablar de todo, incluso de nuestras experiencias personales”, cuenta Vanesa González. 

 

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“A veces parecería que, como mujeres, tenemos habilitada una sola forma de ser víctimas”, reflexiona la actriz, que durante todo el proceso de ensayos –interrumpido por la pandemia– trabajó para ofrecer una interpretación lúcida y corrida de los lugares comunes de esta mujer, a la que siempre se referirá como “ella” porque, claro, es el único personaje del que no sabemos el nombre.

 

 “Cuando ves la obra, lo primero que te llama la atención es que a ella la criticaban por hablar de forma directa de lo que le pasó, por no exagerar, por viajar a la playa después de la violación en vez de quedarse en su casa sufriendo. ¡Y eso que viajó con la mamá de una amiga, que era psicóloga, buscando la forma de reponerse! Todo el tiempo sobrevuela algo del estilo ‘bueno, entonces tan mal no la pasó’ en las preguntas de los abogados. Parece que el foco muchas veces no está puesto en que te lastimen sino en que cuando lastimen, vos grites de cierta forma. Si no, la loca sos vos.” 

 

Los parlamentos de la protagonista tienen un gran potencial para descolocar a quienes solo pueden concebir una sola forma de pensar a una víctima: cuando, durante el juicio, le preguntan si sintió dolor, ella responde ‘creo que no’. Después tiene que responder si fue forzada a irse de la fiesta con la manada: también lo niega y alega que fue por voluntad propia, que caminó con el grupo de amigos por las calles de Pamplona porque “no creía que iba a pasar lo que pasó”. “Ella podría haber exagerado para subrayar su papel de damnificada y no lo hace, es totalmente honesta con lo que recuerda. Esta objetividad respecto de los hechos le marcaba a Vanesa un tono de actuación muy claro: había que tratar de contar las cosas como pasaron. Ni más ni menos”, dice Valente.

 

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La zona gris por la que por momentos parece navegar Jauría deja espacio para algunos efectos interesantes: por empezar, confronta al público con sus propios prejuicios y la falta de herramientas que muchas veces existe para decodificar machismos subterráneos. La propia protagonista se pregunta: ¿Es posible que la manada simplemente no supiera leer las señales de disgusto y no tuviera intenciones de hacerle daño? ¿Por qué ella jamás gritó para pedir ayuda? ¿Es ella capaz de “arruinarle la vida” a ese grupo de amigos mandándolos a la cárcel por no haber dicho que no a tiempo? Luego, el texto regala algunas hipótesis sobre el callejón sin salida en que parece meternos; quizá la más evidente sea que las mujeres aprendimos a naturalizar el comportamiento violento de los hombres para poder soportarlo. 

 

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En los casos de abuso, la denunciante siempre tiene “una doble obligación: probar que una persona lo cometió y probar que tiene una víctima sumisa y adecuada. Porque aunque la ley no exige dar con el piné de una buena víctima, lxs jueces habitualmente sí. Donde aparezca algún atisbo de autonomía, ejercicio de libertad, etc., estamos perdidas”, como escribieron Ileana Arduino y Leticia Lorenzo en su análisis del fallo sobre el caso Lucía Pérez. Las abogadas escribieron, en realidad, sobre la justicia patriarcal y el imaginario vinculado al rol de la víctima. 

 

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En Argentina, con el eco del caso de la manada de Chubut, al calor del Ni un menos y los debates sobre la violencia de género y derecho al goce, Jauría comienza un recorrido que incluirá funciones para estudiantxs de colegios secundarios e institutos de educación superior. Se realizará en el marco de un programa de formación de nuevos públicos con perspectiva de género. La ambición es llegar, pese al aforo reducido que impone la pandemia, a la mayor cantidad posible de público, también en otras provincias. 

 

“Las noticias sobre violaciones y asesinatos de chicas a veces pasan como una noticia más. Si pudiera decirte qué espero que pase con la obra, sería conmover de verdad. Pienso en Jauría como un medio de comunicación en movimiento”, agrega la protagonista. 

 

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“Termina de leerlo”, le pidió Jordi a su compañera cuando, frente a las primeras páginas del texto, ella le sugirió no avanzar con el proyecto. Al terminar, ella también se convenció de que ahí había una potencia: la que ofrece el arte para tocar zonas de reflexión a las que otros discursos no llegan.

 

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Fotos: Jacarandá Fotografía

 


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