El Covid-19 pone en jaque los sistemas de salud y las economías del mundo, pero también el modo en que le damos sentido al presente y al futuro: ante la pandemia, las formas en que pensamos se revelaron frágiles. Si vivimos en un mundo dinámico y complejo, debemos evitar los pensamientos lineales, las teorías conspirativas o los binarismos triunfalistas o distópicos. E indagar en las contradicciones de este momento para explorar horizontes posibles. Porque el desafío no es entender el orden de las cosas sino su devenir, dice Pablo Pellegrini.



La pandemia de COVID-19 expuso la fragilidad de los sistemas de salud y de las economías de casi todo el mundo: resquebrajó como un castillo de naipes lo que apenas unos meses atrás parecía invulnerable. Pero la crisis repercute en otros ámbitos también, como en el del pensamiento. La fragilidad de las ideas imperantes para dar cuenta del nuevo virus quedaron expuestas en las teorías conspirativas, los argumentos negacionistas, y otros desvaríos iniciales. También en el modo en que muchos intelectuales intentaron darle sentido a lo que estaba ocurriendo.

 

Distintos pensadores exclamaron que la reacción frente a la pandemia es absurda y sin sentido, luego minimizaron la existencia del virus, y finalmente afirmaron que el real problema estará después, en el futuro, en un futuro distópico y amenazante (como si las múltiples crisis que disparara la pandemia hoy no alcanzaran como amenazas) donde los Estados aprovecharán esta pandemia para volverse totalitarios y opresivos. Quizás estas interpretaciones sean formas discursivas de la negación, como si la insistencia en que el problema está en otro lado permitiera convencerse de que hoy y aquí no hay una amenaza. Quizás no están buscando explicación sino consuelo. Probablemente sean las dos cosas al mismo tiempo. Lo cierto es que sirven como banderas de alarma: los momentos donde lo inesperado se filtra en las representaciones habituales son los más propicios para cuestionar su validez. A ello vamos: explorar esa fragilidad con la que nos representamos al virus es una oportunidad para ver cómo pensamos.

 

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A medida que las noticias sobre un nuevo virus comenzaron a propagarse, y China implementaba la mayor cuarentena de la historia de la humanidad, en enero y febrero de 2020, una primera reacción frecuente fue la de situar el acontecimiento como una construcción mediática. Los medios de comunicación hegemónicos, se argumentó, estaban imponiendo el tema del coronavirus, ya sea para infundir miedo en la población o para desviar la atención de otros problemas. En el fondo, la lógica argumental era que el nuevo virus existe más como construcción mediática que como realidad biológica.

 

La idea de que los medios de comunicación tienen la capacidad de imponer modos de pensar lleva ya varios años. Por supuesto, algo de eso hay. Los temas que circulan en el debate público siempre son limitados (en parte, porque la atención es limitada y no podemos hablar de todos los temas posibles al mismo tiempo), y pocos tienen la capacidad para instalar una discusión. Sin embargo, una cosa es reconocer la mayor facilidad con la que los medios de comunicación pueden instalar un tema en el debate público, y otra es asumir que manipulan las mentes a su antojo. El problema de esta última visión es que asume que el discurso de los medios de comunicación es la plena materialización de sus intereses, y que el público es netamente pasivo y receptor. Esa forma de pensar no deja lugar a la heterogeneidad de lo real.

 

Los medios de comunicación tienen sus agendas e intereses, pero eso no quiere decir que lo que digan sea ficticio. Además, el público puede alimentarse de esos medios y a la vez desarrollar acciones contrarias a sus intereses. Por su parte, los medios de comunicación alternativos pueden seguir otros intereses y sin embargo no ser mejores para mostrar la realidad (basta pensar en la pavorosa multiplicación de fake news). Todo ello es asumible en la medida que uno despliegue un pensamiento dialéctico, donde la contradicción es inmanente, en lugar de esperar comportamientos lineales.

 

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Cuando el pensamiento es lineal y no admite contradicción, un resultado frecuente es la concepción del mundo como una totalidad homogénea sin fisuras. Como resultado de esa manera de ver las cosas, las noticias sobre el nuevo coronavirus fueron muchas veces desdeñadas como un invento mediático.

 

De un modo general, las teorías conspirativas son expresión de un razonamiento que no contempla las contradicciones. La realidad, para cualquiera de esas teorías conspirativas, es resultado de un grupo de poder que puede hacer con el mundo lo que quiere. Las teorías conspirativas desfilaron entonces para explicar al coronavirus: Estados Unidos desarrolló el virus y se lo implantó a China; el virus se originó en un laboratorio chino; poderosas empresas de la corporación farmacéutica desarrollaron el virus para vender luego su cura. Si uno cree que la realidad es construida sólo desde los centros de poder, le va a costar reconocer que –por acción u omisión- los demás también actuamos, siempre (incluyendo a los virus, que mutan y evolucionan quieran o no los grandes centros de poder).

 

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Durante las semanas siguientes a la declaración de emergencia de salud pública que dictó el Comité de Emergencia de la OMS, una reacción habitual fue la de minimizar al nuevo virus comparando esas cifras iniciales de muertes y contagios con otras dolencias. El 1 de febrero el Washington Post publicó una nota titulada “Get a grippe, America”, en la que acusaba al nuevo coronavirus de llevarse toda la atención por un puñado de casos, cuando la gripe constituía una amenaza mucho mayor. Curiosamente, un siglo atrás otro periódico estadounidense había publicado una nota de tinte similar, titulada “Get the flu and be happy” (Contagiate de gripe y sé feliz), minimizando la peor pandemia del siglo XX, la gripe española.

 

Incluso cuando el nuevo virus ya había comenzado a transmitirse en Estados Unidos, el presidente Trump advirtió que sólo tenían 22 muertes por coronavirus, mientras que la gripe mataba al año decenas de miles y nada se frenaba por ello. En un tono similar, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, consideró que el nuevo virus era apenas un resfriadito.

 

Pero estas comparaciones no se limitaron a un espectro ideológico, ni fueron pronunciadas sólo por algunas autoridades, sino que circularon por doquier en las redes sociales. El nuevo coronavirus fue comparado así con la cantidad de muertes por femicidios, por tuberculosis, por dengue, por diabetes, por ébola. Cuando apenas unas semanas después los contagios confirmados en el mundo llegaron a un millón y las muertes superaron las 50.000, la mayoría de estas comparaciones quedaron en el olvido. Aun así, constituyen un valioso testimonio de la dificultad para pensar al nuevo virus. No se trata simplemente de haber minimizado un problema, sino que de fondo hay un estilo de razonamiento sobre el que conviene reflexionar.

 

Al comparar la cantidad de muertes en los inicios de la pandemia, se estaba asumiendo al nuevo coronavirus como una realidad fija, estática. El virus era eso, un número preciso tomado en un momento y siempre pequeño en comparación a cualquier otra tragedia. Costaba pensar en términos más dinámicos, como un problema en expansión cuya amenaza residía no en lo que era en ese momento inicial sino en lo que podía convertirse. El virus no tenía pasado ni futuro, se resumía a una pequeña cifra concreta de muertes.

 

Si el nuevo coronavirus constituyó una amenaza desde el principio -y así lo consideraron los expertos de la OMS y de China, entre otros- es porque se contagiaba con mucha facilidad, no había inmunidad en la población y los síntomas tardaban varios días en aparecer. La tasa de mortalidad era más incierta, con datos que oscilaban entre 0,7% y 4%. El peligro no residía en las pocas muertes que el virus había causado en los primeros días de 2020, sino en lo que podría devenir.

 

En un pensamiento dialéctico, el tiempo y el objeto no están separados, no se asume que las cosas estaban fijas y de pronto cambiaron, sino que cambian todo el tiempo. Cómo se desarrolla un objeto es parte de ese objeto.

 

Los virólogos y epidemiólogos, en su mayoría, advirtieron la amenaza del nuevo virus incluso antes de que apareciera. No se debe a que fueran mágicos oráculos, sino a que tienden a compartir al menos esta premisa con la dialéctica: la de que los sistemas biológicos no son estáticos sino que están en continuo cambio. La perspectiva de la evolución, señalan Lewontin y Levins, “implica un compromiso en la creencia en la inestabilidad y el constante movimiento de los sistemas en el pasado, presente y futuro”. Quienes pensaban en términos dinámicos y evolutivos estaban más preparados para prever una pandemia. En cambio, quienes sólo percibían la realidad a través de imágenes congeladas, tendían a recibir las noticias iniciales sobre el virus como una sorpresa irrelevante y sobredimensionada.

 

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En la comparación de muertes entre tragedias hay otra cuestión que resulta problemática. Incluso para quien las conciba como algo estático. Al enfrentar las muertes iniciales por coronavirus con las muertes por femicidio o por dengue, el mensaje que se pretendía transmitir era: “dejen de darle tanta atención a ese virus, esta otra tragedia causa más muertes”. Ese razonamiento no sólo impedía pensar en términos dinámicos sino que además exigía depositar la atención en una tragedia mayor. Pero eso lleva implícita una pésima idea: pensar en un ranking de tragedias. ¿Deberíamos dejar de prestarle atención a los femicidios sólo porque la tuberculosis causa más muertes diarias?

 

En ese ranking, el podio lo encabezan las muertes asociadas al hambre, con alrededor de 25.000 muertes por día en el mundo. Sin dudas, allí radica la mayor de las desgracias y a todas luces evitable. Pero no por ello resulta injusto prestarle atención a otras dolencias. La idea de que la tragedia que a uno le preocupa en particular debiera ser la única que concite la atención sólo agrega mezquindad al océano de injusticias.

 

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Diversos países dispusieron drásticas medidas para contener la expansión de la pandemia, como las cuarentenas obligatorias. En algunos, se utilizaron tecnologías en los celulares para rastrear, garantizar el distanciamiento social y tratar a los contagiados. Varios intelectuales vieron despertar oscuras fantasías totalitarias detrás de esas medidas: el virus era sobre todo la excusa de los gobiernos para imponer un futuro de mayor control y vigilancia sobre el individuo.

 

Para Agamben, las medidas que disponen varios gobiernos para frenar la pandemia del coronavirus se deben más bien a la búsqueda por instaurar un paradigma de estado de excepción, imponiendo el miedo y el control de la población como un fin en sí mismo. Lo real es la búsqueda de control totalitario, mientras que el coronavirus no sería más que una gripe común (la idea de que el virus no es tan real como el totalitarismo lo refleja el título mismo de su artículo: “La invención de una epidemia”). En la misma línea, María Galindo expresó que “el coronavirus, más que una enfermedad, parece ser una forma de dictadura mundial multigubernamental policíaca y militar”. Aquí no importa el virus, la falta de tratamiento ni vacunas para prevenirlo, su gran facilidad de contagio o lo antiquísimo de la medida de la cuarentena (anterior a los Estados modernos). Nada de eso importa para el manual que dice que el Estado oprime y si el Estado está mandando a hacer cuarentena es porque está oprimiendo más.

 

Byung-Chul Han se suma a la preocupación por el totalitarismo de Agamben, pero le agrega un condimento: en Oriente, dice Han, el régimen policial digital resultó exitoso al utilizar big data contra la pandemia porque allí “no existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga”. En rigor, no cuestiona que los Estados utilicen datos individuales para combatir la pandemia. Su temor es que los datos individuales sean empleados para perseguir e imponer un régimen totalitario.

La generación y uso de datos masivos está presente en nuestras sociedades contemporáneas y su alcance es, sin dudas, debatible. Pero está presente en una relación compleja con muchos otros elementos, ninguno de los cuales define por sí mismo a una sociedad.

 

Un pensamiento dialéctico tiende a pensar que las partes y la totalidad en la que se involucran se constituyen mutuamente. Por el contrario, un pensamiento lineal tiende a pensar que ambas esferas son independientes, y que una impacta en la otra. El reduccionismo exacerba ese pensamiento lineal, pues reduce la complejidad de lo social a un único elemento que preexistiría a las relaciones e impactaría en todo lo demás.

 

Byung-Chul Han reduce los problemas sociales a una cuestión de conciencia; en este caso, conciencia sobre la digitalización de los datos individuales. Ya en otros trabajos había argumentado que la conciencia individual determina a una sociedad que se caracterizaría por individuos que buscan explotarse a sí mismos, que se avergüenzan y se responsabilizan a sí mismos por su productividad. Esta perspectiva lo deja a Han al borde del idealismo, en tanto supone que las ideas configuran por completo lo real. Se vuelve dudosa la existencia de un sistema capitalista (“la lucha de clases se transforma en una lucha interna consigo mismo”, dice Han), toda vez que lo único que observa son individuos con una conciencia de autoexplotación. Ahora, frente a la pandemia, Han agrega que el futuro está signado por la conciencia ante el big data.

 

Desde luego existe la conciencia individual, existe el big data, existe el Estado, pero pensar que hay una relación causal y lineal entre ellos es, como dirían Levins y Lewontin, una forma alienada de razonamiento, porque asume que “las partes están separadas de los todos y reificadas como cosas en sí mismas, un mundo en que las causas están separadas de los efectos y los sujetos de los objetos”.

 

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Resulta curioso que los fantasmas totalitarios se les disparen a estos pensadores cuando ven a un Estado disponer del big data para controlar la pandemia, pero no lo vean en otros escenarios. ¿Acaso esa potencialidad no se encuentra también cuando grandes corporaciones como Amazon o Facebook recaban muchísima información sobre nuestros gustos y acciones? La potencialidad de usar big data con información individual para fines opresivos está latente, pero eso no significa que ocurra de hecho. Lo curioso es que les alarme esa potencialidad en este escenario de pandemia. ¿No será que el big data les resulta confortable cuando alimenta el consumo individual, pero alarmante cuando alimenta el bien público? De un modo completamente inverso, activistas que suelen denunciar la recopilación masiva de datos de los ciudadanos por parte de grandes corporaciones se han mostrado favorables a la decisión del gobierno de “usar medios tecnológicos que ayuden a prevenir contagios, salvar vidas, optimizar el sistema sanitario y acabar con la pandemia del COVID-19”. Es que una cosa es el modo concreto en que se emplea el big data ahora para rastrear a los contagiados y controlar la dispersión del virus, y otra cosa es la potencial pérdida de privacidad y los regímenes totalitarios. Pueden estar relacionados, pero no de un modo lineal y unilateral.

 

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Las predicciones distópicas, de todos modos, tienen el valor de indagar en el futuro. El problema es que sólo toman un elemento del presente, incapaces de ver las contradicciones que los múltiples elementos de la realidad despliegan.

 

En ese ímpetu por pensar la contradicción, Frederic Jameson recuerda que el pensamiento dialéctico exige encontrar los términos positivos y negativos al mismo tiempo, exige “llevar nuestro pensamiento hasta el punto en que podamos comprender que el capitalismo es, al mismo tiempo y en el mismo sentido, lo mejor y lo peor que le ha sucedido a la especie humana”, evitando “esa posición mucho más confortable que consiste en limitarse a emitir proposiciones morales ”cuando la urgencia de la cuestión exige que hagamos un esfuerzo para pensar dialécticamente”. La exploración de “mundos posibles”, dice David Harvey, es parte integral del pensamiento dialéctico. Precisamente porque la realidad contiene elementos contradictorios y heterogéneos, el futuro está indeterminado. Explorar esas contradicciones ayuda a comprender la realidad y a atisbar futuros posibles. El desafío no es entender el orden de las cosas, sino su devenir.

 

La crisis económica global que acompaña a la pandemia, con la caída del comercio y parálisis de actividades laborales, se avizora de grandes proporciones, aumentando el desempleo y la pobreza. En una sociedad desigual las tragedias impactan de un modo desigual. Con todo, el futuro es incierto precisamente por las contradicciones latentes. En el siglo XIV, la peste negra dejó una oleada de muerte en una Europa ya asolada por carestías y epidemias. Pero, curiosamente, esa pandemia contribuyó también al debilitamiento de los señores feudales que, ante las pérdidas y la escasez de mano de obra, se vieron obligados a arrendar sus tierras o pagar mayores salarios. Y así, junto a otros factores, con el declive del poder feudal la Edad Media dio lugar a una etapa más luminosa.

 

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El rol del Estado es uno de los elementos que más está cambiando con la pandemia del coronavirus. Gobiernos de países centrales están llevando a cabo medidas impensadas apenas unos meses atrás, como nacionalizaciones y socializaciones de hecho de diversos sectores (Irlanda transformó los servicios de sanidad privada en parte del servicio público de salud, y otros países siguieron con medidas similares; Italia, Alemania y Francia se preparan para nacionalizar diversas empresas). Es cierto que, como dice Alain Badiou, este tipo de medidas se ven también en una guerra, donde los Estados cambian sus reglas de juego y sus intereses sectoriales con vistas a salvar su capitalismo local. En otras palabras, puede ser que restaurada la normalidad ese tipo de medidas sean desarmadas. Sin embargo, su repercusión en el imaginario social es imprevisible: el Estado como real garante de la salud y del bienestar general y la idea de que el cuidado debe ser colectivo para que la salud individual sea preservada son huellas que también podrá dejar la pandemia. Huellas que podrían generar expectativas y exigencias para otro tipo de orden social, más justo y solidario.

 

Otra de las estelas que puede dejar el nuevo coronavirus es el rol de los expertos. Por un lado, la disposición de China para decodificar y hacer pública la secuencia genética del nuevo virus disparó tanto la colaboración como la competencia en el plano científico para conocer más sobre el virus y para obtener vacunas, que seguramente resulte clave para conseguir avances más rápidos en las investigaciones. Por otro lado, en un sentido más amplio, las fuentes del saber también han sido trastocadas durante la pandemia. Todos acuden a virólogos y epidemiólogos para entender lo que ocurre. Si al principio proliferaban las recetas mágicas y las opiniones sin fundamento, pronto todos nos encolumnamos detrás de los expertos. En una época que venía plagada de posverdades, se produce un giro que puede dejar su impronta.

 

Hay quizás un hilo conductor en esos comportamientos: la pretensión individualista de no necesitar al Estado porque “me las arreglo solo”, se refleja también en prescindir de los expertos porque “yo sé solo”. La pandemia muestra que no podemos solos. Que no da todo lo mismo. Cómo se reconfigure de aquí en más el rol del Estado, de los expertos y de lo colectivo, es algo que está por verse.


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