Hablar del derecho al aborto es, también, hablar de maternidad deseada. ¿Qué pasa cuando una persona gestante decide seguir adelante con ese embarazo? Analía Cid es fotógrafa y tallerista en el bachillerato popular de Ñanderoga, barrio Las Flores, Vicente López. En este ensayo nos presenta a Mariana Dorado, a quien -igual que al resto de las mujeres madres del bachi- la transformó la muerte de una vecina y nombrar por primera vez a la violencia obstétrica.



Pocos territorios han dado lugar a debates y controversias como el cuerpo de la mujer embarazada. Alternado y conflictivamente naturalizado, disciplinado y politizado, este escenario ha seguido un derrotero de luchas por dejar de ser objeto de cuidados y constituirse en sujeto de derechos. Lejos de ser lineal y unívoco, este proceso histórico social entraña contradicciones que entre silencios y gritos, disputa por espacios, modos y sentidos que se la otorgan a la mujer como vientre, madre o sujeto político.” Valeria Fornes, Parirás con poder (Ediciones Ciccus)

 

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Este ensayo fotográfico nació cuando escuché hablar por primera vez de violencia obstétrica fuera del ámbito académico. Era junio del 2014. Desde hacía algunos meses yo era profe en el bachillerato popular de Ñanderoga, una organización social que trabaja desde hace más de 15 años en el barrio Las Flores de Vicente López.

 

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Fue durante una tarde que nos golpeó muy duro a todxs, cuando recibimos la noticia de que Analía Arroyo, una vecina embarazada de 41 semanas, se había muerto y en plena calle.

 

En esos días, Analía había ido muchas veces a la maternidad municipal porque sentía que el parto estaba cerca. Y cada vez los médicos la mandaron de vuelta a su casa.

 

 

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Su muerte y la de su hijo no nacido rompieron la dinámica habitual de nuestras clases, que se convirtieron en una gran ronda donde el silencio ya no tenía cabida. Quizás algunxs ya lo sepan, pero el estudiantado de los bachis populares se compone sobre todo por mujeres jóvenes con niñxs pequeñxs. En esa ronda de catarsis y denuncias improvisada apareció una voz, el relato de Mariana Dorado, 47 años, estudiante de primer año. Mariana contó su historia. Una historia de violencia obstétrica que incluye la muerte de su cuarto hijo 26 horas después de haber nacido.

 

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Mariana tiene cinco hijos/as, y sus  seis partos fueron por cesárea. Hasta los 16 años, cuando quedó embarazada por primera vez, vivió en Las Flores con su familia. En ese momento se mudó a Grand Bourg, en el municipio de Malvinas Argentinas. Cuando fue a tener a la menor, Sofía, el obstetra le dijo que se despidiera de su familia: el suyo era un embarazo de alto riesgo. La cesárea tuvo sus complicaciones. Mariana sobrevivió pero a Sofía le faltó oxígeno al nacer, y vive con una discapacidad leve.

 

¿Por qué embarazarse por sexta vez, siendo tan riesgoso para la su vida y su salud? ¿Por qué la inyección de hormonas que le colocaron en la salita del barrio falló? ¿Por qué lxs enfermerxs que se la aplicaron no previeron que ésto podía pasar?

 

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Mariana sabía de la posibilidad de los abortos, pero por su precio tan alto nunca lo consideró una opción.

 

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Lxs que luchamos por la legalización del aborto también tenemos claro que en este contexto son inevitables las nuevas preguntas que surgen en torno a la maternidad. El aborto como derecho, la maternidad como elección.

 

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¿Qué pasa cuando una persona con capacidad de gestar decide continuar con su embarazo? En un país cuyo sentido común sacraliza la maternidad y la impone como destino de más de la mitad de la población, los derechos sexuales y reproductivos ligados al embarazo, parto y puerperio son constantemente violados aún cuando tenemos disponible una legislación modelo que debería garantizarlos.

 

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La Ley de Parto Respetado, sancionada en el 2004, garantiza los derechos pre y pos embarazo de las mujeres gestantes (por ahora la ley no habla de otras identidades gestantes como varones trans o personas no binarias). El acceso abarca, por supuesto,  

a las instituciones de atención de la salud, tanto públicas como privadas. El incumplimiento de estas obligaciones es contemplada por otra norma más reciente y de vital importancia para el movimiento feminista, la ley 25485 de Protección Integral a las Mujeres, y tiene un nombre muy preciso: violencia obstétrica.

 

“La violencia obsétrica es la que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, de conformidad con la Ley 25.929”, sintetiza en Las Casildas. La organización acaba de presentar los resultados de la última encuesta realizara por OVO, Observatorio de Violencia Obstétrica. En la Agentina, cada 60 segundos una mujer se convierte en madre, y cuando este momento está atravesado por la violencia, las cicatrices invisibles señalan  rechazo hacia su cuerpo, negación a tener más hijxs, dificultad en el vínculo con ese hijx, pesadillas, vergüenza, sensación de estar falladas, problemas de infertilidad, daños en el suelo pélvico, prolapso. El 100% de las encuestadas no denunció de ninguna forma la violencia que padecieron.

 

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Luchar por el acceso a los derechos de su hija Sofía a Mariana le abrió los ojos. No sólo puso en su boca el diagnóstico: “violencia obstétrica”. En el 2014 se propuso terminar la secundaria siguiendo a su hija Noelia, que desde el año anterior estudiaba en el bachillerato popular en el que comienza la historia. Los años pasaron,  Mariana consiguió su título y se convirtió en una de las referentes barriales de Ñanderoga. Prepara la merienda para los/as hijos/as de las estudiantes, forma parte del Espacio de Géneros y los jueves coordina junto con otras compañeras una formación de promotoras contra las violencias. 

 

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Yo fui madre niña. Si hubiera tenido contención, información y educación sexual, mi historia sería otra- escribió Mariana en el Facebook de Ñanderoga hace tiempo, en respuesta a aquella editorial de La Nación Niñas madres con mayúsculaque sacralizaba el embarazo infantil.

 

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Hace poco fue diagnosticada con fibromialgia, un síndrome que altera la percepción del dolor y hace que Mariana sienta dolores repentinos y constantes en todo e cuerpo; ella dice un poco en chiste que se le hicieron carne los sufrimientos de toda una vida. La fibromialgia la afecta pero no la voltea; ya no puede ir a tantas movilizaciones como antes y prefiere guardar las energías para las que son plenamente feministas, como el próximo Encuentro de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans.

 

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Este ensayo fue realizado gracias al apoyo de la red Women Photograph y el Women’s Equality Center.


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