Este verano sus playas también se llenaron. Concurridas y promiscuas como pocas, lograron respetar la distancia social. Mar del Plata es el destino de la sobredosis. Los estímulos te chocan, te rodean, te asaltan, te contagian. Igual que los recuerdos. Estimulos visuales, sonoros, táctiles. El ocre de los edificios y los colores primarios de su vida cotidiana, el voceo de los vendedores ambulantes de la playa y el rugido del mar, las piñas de la arena trasladada por el viento. Será un destino popular como Bariloche o Cataratas, pero Mar del Plata es Mar del Plata. Es Victoria Ocampo y es Perón al mismo tiempo. Pirulines, barquillos, curitas; capelinas a lo Piluso o Sara Kay; autos que ya no pagan patentes; los sweters más suaves del mundo en la Juan B. Justo; las almas en pena y su arte callejero en la rambla. Es la comunidad gitana. Las altas tasas de desempleo. Es la Bristol, Ferimar, el puerto y los cornalitos, los bodegones de manteles blancos, tela gruesa. Es donde Monzón mató a Alicia Muñiz, donde Alfonsina y el mar, donde el tiempo no pasa; es un museo a cielo abierto, patrimonio vivo.



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