Los gobiernos del mundo se están alineando contra el cambio climático. El plan demanda tanta audacia política que lo comparan con la misión Apolo, la que permitió llegar a la Luna. Entre las evidencias de la gestión Trump y las promesas de campaña de Joe Biden: por qué es clave quién tome las riendas del poder en Washington y lo que haga con él.



Haré la transición. La industria petrolera contamina y tiene que ser reemplazada por la energía renovable dijo Biden en el último debate presidencial. 

 

Trump saltó como una rana: 

 

¿Te acordarás de eso, Texas? ¿Se acordarán de eso, Pennsylvania, Oklahoma, Ohio? 

 

Así de política es la cosa.

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Ni aun con salvajes incendios quemándole la piel del rostro o huracanes despeinando esa cabellera amarilla pegoteada por el spray, Donald Trump podría comprender qué es el cambio climático y qué lo produce. Esa necedad intelectual, cuyas consecuencias se hicieron tan patentes con el catastrófico número de muertos en la pandemia de covid, tiene un efecto todavía más aterrador cuando se trata del calentamiento de la atmósfera terrestre. 

 

Como dijo Michael Mann, uno de los más prestigiosos climatólogos de los Estados Unidos, si el actual presidente gana otra vez la Casa Blanca es el “game over” para el mundo entero. No es que Mann sea un alarmista, es que las cuentas no cierran. No hay fronteras en la atmósfera. Y su realidad física y química determina que el tiempo es demasiado corto para detener a este caballo desbocado en el que se convirtió la temperatura mundial por el alto grado de concentraciones de CO2, algo que no sucedía desde hace 800 mil años. 

 

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El panel científico de la ONU que estudia el clima, conocido con la antipática sigla IPCC, sentenció en 2017 que sólo había un puñado de años para pisar el freno en la escalada loca del termómetro. Lo que hagamos de aquí a 2030 puede determinar la diferencia entre un planeta vivible y otro inhabitable. Por eso, es clave quién tome las riendas del poder en Washington en este período y lo que haga con él. No hay más espacio para más frivolidad.

 

Es paradójico. Estados Unidos es uno de los lugares del mundo donde los efectos del cambio climático son más que evidentes y han costado miles y miles de millones de dólares, además de vidas y trauma colectivo. Ya hubo tormentas de una intensidad de viento inusitadas o que contenían una humedad tan impresionante que provocaron lluvias bíblicas, como lo fueron los huracanes Harvey y María (ambos ocurridos durante el gobierno de Trump); arrasadores incendios forestales en California, Oregon, Colorado. Los glaciares están desapareciendo en Alaska junto al permafrost (suelo congelado), que se derrite. La acidificación del océano, producto de la saturación del agua con el CO2 que absorbe de la atmósfera, repercute en la reproducción de crustáceos, y por ende, del recurso que pueden obtener los pescadores. En Estados del Golfo de México, este año se registraron condiciones gemelas de temperatura y humedad que hacen imposible la vida humana porque impide que el cuerpo pueda sudar y enfriarse. En California hubo temperaturas jamás antes marcadas. Y así.

 

Vamos hacia un mundo todavía más caliente: ya subió 1,1C en 200 años, y vemos estos efectos. El objetivo es que la temperatura no se dispare de aquí a fin de siglo 3C, y detener esa escalada en 1,5C. La tarea es titánica, también incierta.

 

 

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Por mucho tiempo, el lobby petrolero y del carbón logró convencer a una enorme audiencia de evangélicos que si el clima cambiaba era porque Dios lo quería y no porque el hombre lo provocaba, forjando una alianza anti-intelectual y anti-ciencia que le dio a gente como Trump un lugar cómodo para decir cosas como que el “cambio climático es un cuento chino”. Después de todo, este es el país donde aún se discute si hay que enseñar creacionismo junto a la teoría de la evolución, como para dar dos campanas.

 

Pero la taba de la conversación empezó a cambiar en los últimos años con una movilización tenaz. Sucedió gracias a gente extraordinaria como Bill McKibben, que lanzó el llamado movimiento de “desinversión” en energías fósiles en los campus universitarios, inversionistas de Wall Street y juntas corporativas. Esto que hace un lustro parecía delirante hoy es normal: invertir en fósiles se está convirtiendo en un quemo. 

 

El debate político se agitó como nunca gracias al espíritu combativo de la congresista Alexandria Ocasio Cortez (AOC) o Bernie Sanders, entre otros, que impusieron a nivel global el concepto del Green New Deal, que antes no existía. Y, por supuesto, al activismo de jóvenes como los del Sunrise Movement; hicieron cosas audaces como ocupar las oficinas de gente poderosa, como la presidenta de la Cámara Baja, Nancy Pelosi. 

 

Las nuevas generaciones -con razón- ven la catástrofe encima suyo.  Por eso el tema pasó a ser uno de los más importantes de la agenda política nacional, junto al debate del sistema de salud y de la redistribución del ingreso. 

 

El desafío que tenemos es un experimento humano como ningún otro. Es necesario revertir un proceso que tiene escala geológica, que afecta desde los polos a las selvas, desde los ríos a los mares más profundos; replantear la producción de alimentos; el comercio internacional; proteger la biodiversidad que se esfuma aceleradamente ante nuestra vista, enfrentar con empatía y solidaridad posibles dolorosos procesos migratorios y de injusticia social. 

 

Todo esto exige de una compleja maquinaria de decisiones apoyada en la ciencia, en la que no hay margen de error, que implica fomentar una escala de innovación nunca vista, un recambio tecnológico en la producción de electricidad, el transporte terrestre, aéreo y marítimo, secuestrar carbono de la atmósfera, promover una diplomacia articulada -aún con tus peores enemigos- y terminar para siempre con un lobby ultra poderoso que fue el que nos llevó hasta esta encrucijada: el del petróleo.

 

La buena noticia es que tenemos muchas herramientas para empezar el cambio ya. La mala es que los negacionistas todavía sobran. Trump nunca podría impulsar esta transformación, lo que equivale una amenaza para todos los seres vivos, humanos o no. El plan demanda gran audacia política, no de charlatanes y pelafustanes. En los Estados Unidos y Argentina también, donde los incendios nos están comiendo crudos, la sequía muerde la economía y la imprevisibilidad de las estaciones agrega más incertidumbre a la que tenemos como país. 

 

Las fuerzas de la historia ya están cambiando, pero no están a la altura de la urgencia que el problema requiere. 

 

Trump llegó al poder prometiendo más y más energía a base de carbón (como aquí, en Río Turbio), y sin embargo, ese mercado colapsó. Es lo que le permite decir sin que lo desmientan que las emisiones de los Estados Unidos bajaron. 

 

Pero la maquinaria de desregulación que puso a andar para destruir las medidas ambientales que había dejado en pie su antecesor, Barack Obama, con una Suprema Corte adicta, podría volver para atrás. Sobre todo con lo que tiene que ver con las fugas de metano, un gas de efecto invernadero potente; esas fugas se producen en cantidades desorbitantes con el fracking. 

 

Sin embargo, el negocio del fracking en los Estados Unidos también está en serios problemas aún bajo Trump, pese a haber alcanzado un récord de producción durante su gestión, que convirtió al país en el mayor productor mundial. Y esto es porque las empresas deben más plata que toda la Argentina junta. 

 

Esta técnica maldita -revienta la roca en el subsuelo para sacar petróleo o gas- es tan intensiva en su demanda de capital que ni ellos (y mucho menos nosotros, en Vaca Muerta) la pueden sostener.

 

Apenas asumió, Trump anunció su salida del Acuerdo de París. Ese día hacía tanto calor en el jardín de rosas de la Casa Blanca que no se podía estar bajo el sol sin cocinarse. Y aunque eso no provocó una estampida de huída del tratado de otros países, como podría haber sido el caso de Brasil con Jair Bolsonaro o Arabia Saudita, los mecanismos de negociación quedaron debilitados.

 

Esto se reflejó en un estancamiento en la resolución de aspectos técnicos por el boicot activo de los Estados Unidos. Tiempo perdido que no teníamos el lujo de perder.

 

Revertir todo esto exige pensar a lo grande de verdad. Muchas veces se comparó la magnitud de esta tarea con el programa Apolo, que en los años 60 llevó a los Estados Unidos a la Luna. Pero acaso todo eso quede corto. 

 

Joe Biden, el candidato demócrata, propuso un plan de 2 billones de dólares para lograr la neutralidad de emisiones en la generación eléctrica en 2035. Y conseguir la neutralidad de carbono para toda la economía, lo que incluye el sector transporte, alimentos, la industria y los edificios residenciales o comerciales, en 2050. 

 

Como sus contrincantes en el ala izquierda de su partido, Biden ha llamado al cambio climático una “crisis existencial” y una “obligación moral” para resolver. Su compañera de fórmula, Kamala Harris, tiene en su récord haber investigado como procuradora general de California, su puesto antes de estar en el Senado, a la Exxon por haberle mentido a sus inversionistas respecto del daño que causa en la atmósfera la quema de combustibles fósiles. Su fuerte es el concepto de “justicia climática”.

 

Sin embargo, nadie se puede recostar en las promesas de ningún gobierno porque lo que hay que desmantelar es tan grande, que nada ocurrirá sin tensiones, conflictos de interés y lucha política. La movilización social bajo cualquier administración será esencial para mantener el rumbo necesario. 

 

Por ejemplo, Biden repite y jura que no prohibirá el fracking, cuyos efectos en la salud de las personas está más que demostrado así como su incidencia en la ocurrencia de temblores. Aunque esa promesa tiene que ver con un cálculo electoral, sobre todo por el margen estrecho de votos que tiene en el estado clave de Pennsylvania (ahi está la cuenca de gas de Marcellus, una de las cunas de la fractura hidráulica), es una afirmación contradictoria con lo que se supone que su gobierno haría.

 

Lo correcto del enfoque de Biden, y que bien podría ser imitado en la Argentina, es usar la necesidad de la transición como una oportunidad para generar empleos verdes, más inclusivos, mejor pagos y más estables. 

 

Después de todo, la economía del petróleo tiene ciclos intrínsecos de expansión y explosión, se mueve en función de los precios internacionales del barril, un día crea millones de puestos de trabajo, al otro día los destruye de un plumazo. En cambio, el viento, el sol, la energía del fondo de la Tierra o la de los mares, siempre están allí. Y los precios de los insumos, encima, tienden a ir a la baja.

 

Estados Unidos hoy no es el país que más emisiones produce (el primer lugar lo tiene China). Pero como el CO2 queda en la atmósfera durante siglos, es el que mayor responsabilidad histórica tiene sobre el calentamiento. 

 

Más allá de lo que haga el gobierno federal, muchos estados se han propuesto ambiciosas metas climáticas, como California y Nueva York. Incluso Texas, la cuna del petróleo, tiene una enorme industria renovable que está dándole trabajo a los empleados que expulsa esa industria con sus zigzags. 

 

Pero el papel de Washington es central en el cambio de narrativa, la forma que leemos la realidad y le damos forma. Supongamos por un momento que Biden prohiba el fracking en tierras federales, como alguna vez ha dicho. ¿Cómo lo veríamos en Argentina? Si desde el poder en los Estados Unidos se lograra enterrar la épica de que los combustibles fósiles son el símbolo de progreso, bienestar y prosperidad, habrá ocurrido algo muy importante hasta para nosotros.

 

El extraño fanatismo de Trump contra todo lo que hizo Obama ha llevado hasta a los organismos científicos del estado a eliminar el término “cambio climático” de las páginas oficiales en internet. Como si borrando con el codo el concepto hiciera desaparecer el problema. 

 

La diplomacia de Obama fue central para lograr el Acuerdo de París, en 2015. Tal vez por eso se ensañó en contra del pacto, lo hizo con jactancia y orgullo. E ignorancia. Trump confunde agua y aire limpio con el calentamiento global.

 

La Unión Europea trabaja en su versión del Green New Deal; el Reino Unido, que será el anfitrión de la COP26, la instancia donde se realizan las negociaciones del clima, también apuesta a la ambición (net cero, 2050). China anunció la neutralidad en la emisión de todos los gases de efecto invernadero para 2060. Japón y Corea del Sur, ambos con mucha electricidad producida a carbón, para 2050. Los impactos de la suba de la temperatura son tan evidentes que ya no hay excusas. Pero si los Estados Unidos no se suman a esta movida, la acción seguirá quedando trunca, como trunca queda una mesa con tres patas. O dos. Porque, aun con el compromiso que se pregona desde muchas capitales donde se toman la cosa en serio, las medidas pueden ser todavía insuficientes. Entonces, el pronóstico de Mann podría volverse inevitable. ¿Game over? No se pierdan el próximo capítulo, a partir del 3 de noviembre, en todas las pantallas.

 

 

Este texto fue publicado el 29 de octubre de 2020.

 


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