Serena Williams fue multada en la final del US Open y acaparó la atención de todos los medios. ¿Cómo se las representa? ¿Con qué palabras las describen? El Doctor en Antropología Alejandro Frigerio analizó fotos, titulares y frases: allí es donde se esconde la punta del iceberg, esa que da pie a una aberrante lista de comentarios de lectores que explicitan y exacerban todo lo que algunos periodistas apenas sugieren.



Las repercusiones mediáticas de la final del US Open entre Serena Williams y la japonesa Naomi Osaka repiten algunas dinámicas discriminatorias que ya vimos en otros casos. 

 

Como aquel sábado de noviembre en el que dos eventos inéditos se superpusieron en nuestra ciudad. Por un lado, se realizó el primer Buenos Aires Celebra la Comunidad Afro, con la organización del gobierno de la CABA -una de las postreras instancias del año de los “Buenos Aires Celebra” a diversas comunidades étnicas. Por otro, visitando por primera vez el país, las hermanas Serena y Venus Williams se enfrentaron en un partido exhibición en el Buenos Aires Lawn Tennis Club. Ambos eventos desmintieron dos afirmaciones que solemos repetir como unos de los (varios) mantras de nuestra identidad nacional”: “No hay negros en Argentina” y “la Argentina no es un país racista”. El primero, porque a través de una cantidad de puestos instalados y actividades culturales realizadas a lo largo de la Avenida de Mayo mostró la numerosa presencia de afroargentinos, afroamericanos y  africanos en nuestra ciudad. El segundo, porque las reacciones que suscitó en la web la presencia de ambas tenistas afroamericanas no hizo más que confirmar la vigencia de prejuicios y preconceptos centenarios respecto de los negros en Argentina.

 

Bellas, millonarias y exitosas, recibidas por el Jefe de Gobierno de la Ciudad, entrevistadas por los medios más importantes, las hermanas Willliams seguramente se hubieran sorprendido de leer algunos de los (varios) comentarios dejados por lectores de  La Nación o de Clarín. Mientras ellas declaran que “es un placer estar en Argentina”, los lectores responden cosas como:   “que negras feas puro carne, pero cero cerebro”, “estas dos gorilas se la llevan en bolsa”, “estas minas ganan todo porque son hombres con peluca”, “para mí que mean de dorapas”, “las chimpance y garcri (Macri) a las jaulas definitivamente”.  Algún lector más culto incluso hace gala de su racismo en latín: “Hic niger est, hunc tu, romane, caveto (de aquello que sea negro, protégete romano -dicho romano)”.

 serena_1_izqda

 

Luego de que, entrevistada por un periodista de La Nación, Serena afirmara que no se siente una leyenda, “sino una chica normal”, los lectores retrucaron con: “ni chica ni normal”, “una chica normal con un megatrasero”, “menos terrible ortubey que tiene, todo lo demas es normal”, “la novia de Maguila”, “una chica como las otras, salvo por sus malos modales y su falta de clase.” Probablemente para el periodista que la entrevistó, este tipo de comentarios no necesariamente afectarían a la famosa tenista, ya que según la descripción con que comienza la nota, Serena sería una especie de máquina inhumana: “No tiene límites. No teme. No padece vergüenza, no se sonroja, no tiene miedo al ridículo. No piensa en el qué dirán. Nada le provoca celos. No piensa en la muerte, pese a haber jugueteado dramáticamente con ella. Vive y lo hace con pasión. Es una fiera, pero también es sensible.”

 

El tenor de los comentarios no representa una novedad, ya que en las notas de los diarios sobre las Williams este tipo de afirmaciones ha visto la luz una y otra vez a lo largo de los últimos años. Varias de las notas sobre Serena, particularmente, escapan a su desempeño deportivo y se centran, de manera desproporcionada, en su físico, en la ropa que usa (y que lo evidencia) y en los momentos en los que el fragor de los partidos deja a la vista sus atributos corporales  (“El audaz vestido verde de Serena Williams tras ganar el US Open”). Se pueden referir también a sus supuestas actitudes incitantes (“La dulce Serena, siempre provocando”, “Serena pone nerviosos a todos”), resaltando su “sinuosa y generosa anatomía”, “su exuberante y sinuoso cuerpo” o “sus voluptuosas y trabajadas curvas” que luce “sin complejo alguno” -“Elogio de la desmesura” se titula, por ejemplo, un recuadro que muestra una foto suya en bikini.

 

La sesgada mirada local se revela al comparar la presentación, en la ediciones argentina y norteamericana, de una larga entrevista que dio para la revista Rolling Stone. En la edición local, el título es “La Bella y la Bestia”, y está ilustrada por una foto de Serena con un short de cuero, un corpiño negro que le hace juego, resaltando su cuerpo musculoso. Lleva el cabello suelto y muy enrulado, casi como batido en un gran “afro”. La edición norteamericana, por el contrario,  titula la nota “Serena: La grande” y muestra una foto suya con vestido, el pelo recogido, en una actitud de concentración en un partido de tenis. Una deportista de élite en una nota, una negra motuda y musculosa (“bella” y “bestia”), en otra.

 

Las notas de los diarios, con sus fotos, titulares y frases instigadoras, son apenas la punta del iceberg, ya que dan pie a una asombrosa y aberrante lista de comentarios de lectores que explicitan crudamente y exacerban todo lo que los periodistas apenas sugieren: para la mayoría, Serena es “King Kong”, es una “mona”, “un orangután”, es una “negra fea”, es “un macho”, es “un travesti”, “parece Mike Tyson” -epítetos aún más fuertes que los que aparecieron durante su visita en estos dias.

 

Estas apreciaciones no surgen de la nada. Forman parte de una serie de imágenes del Otro (racial, y también de género, la Otra) vigentes en la Argentina hace al menos cien años, ya que se pueden rastrear hasta comienzos del siglo XX, cuando evaluaciones muy similares eran realizadas respecto de los afroargentinos en un momento en el cual todavía eran bastante visibles socialmente. 

 

serena_2_dcha

Imágenes raciales en Argentina

 

Cuando los negros argentinos todavía eran una población socialmente visible (principios del siglo XX) las reglas de civilidad de la época parecían desincentivar la expresión explícita de opiniones denigratorias -de ahi la costumbre que llega hasta nuestros días de dirigirse a un “negro” -en su cara- como  “moreno”. Las opiniones en los medios eran irónicas pero expresadas entre líneas si se hablaba de individuos específicos, y más libremente brutales si  se trataba de “negros” (anónimos) protagonistas de relatos de ficción, chistes o avisos. La imagen social prevaleciente en la época -que como veremos está lejos de haber desaparecido- se resume bien en el dicho “cosa de negros” -los “negros” eran visualizados como poco educados, poco confiables (por incompetentes o taimados), y por lo tanto se pensaba que era difícil que pudieran hacer algo bien. Ni aún la élite negra -que remedaba los gustos culturales y formas de vestir de la blanca- podía escapar de estos juicios  peyorativos. Varias imágenes producidas durante la primera mitad del siglo XX, muestran a parejas negras muy bien vestidas pero dibujadas de manera animalizada o estupidizada -objetos de burla por pretender ser lo que (se consideraba) no eran (socialmente).

 

Avanzado el siglo XX, los negros (“personas de raza negra”) argentinos dejaron de ser visibles como un colectivo social existente  en Argentina (a través una serie de mecanismos que no podremos detallar acá pero que incluyen el creciente mestizaje, las modificaciones en las categorizaciones raciales, su suburbanización y la gradual desaparición de las  organizaciones sociales y recreativas que los nucleaban). Su invisibilización, sin embargo, no impidió la continuada vigencia de estereotipos denigratorios. Una de las maneras privilegiadas de transmisión de estos estereotipos fue (y aún es) a través de los medios de comunicación, particularmente mediante el “discurso racial” que se generó sobre y alrededor de determinados “negros” emblemáticos -personas negras, nativas o extranjeras, que por algún motivo adquirían cierta relevancia en determinado momento histórico. Estas imágenes desfavorables -que no sólo se transmitieron a través de los medios, sino en ocasiones también a través de textos escolares, chistes, o formas cotidianas de interacción- muestran una notable continuidad con el pasar del tiempo.

 serena_3_izqda

 

La primera línea de continuidad, es que una persona (considerada socialmente) negra será, principalmente, un “negro” -o una “negra”. Su cualidad de no-blanco afectará la mayor parte de sus interacciones, las opiniones de otros respecto de su persona, y aún sus propias percepciones.  Pese a que sabemos que no existen razas biológicas, la construcción social de las mismas es tan fuerte que aún en una sociedad en la cual se supone que ya no existen las razas (porque todos somos “blancos”) las marcaciones raciales continúan siendo primordiales. La segunda línea de continuidad, es que todavía creemos que alguien por ser “negro” es un ser distinto a los “blancos”, y usualmente, de clase inferior. La sensación de otredad construída alrededor de los “negros” sigue siendo (casi) tan fuerte como cuando, a principios del siglo XIX, constituían el 30 % de la población de la ciudad de Buenos Aires.

 

Un buen ejemplo de esta continuidad de las imágenes raciales manifestadas a través de [email protected] emblemá[email protected]” es la manera en que las revistas de la época (1928-1930) se referían a Josephine Baker, la bailarina afroamericana que triunfaba en París y que en esos años visitó Buenos Aires. La Baker, llamada la Venus Negra, fue probablemente la primer mujer afrodescendiente que adquirió una fama mediática global y sobre la que se generó un discurso específico local -en un país en el que las mujeres negras fueron especialmente invisibilizadas (¿alguien conoce el nombre de alguna afroargentina?).

 

serena_williams_portyap_B 

 

Queda claro de las varias notas y referencias sueltas que, por ejemplo, la revista Caras y Caretas le dedica, que el principal atributo que para nosotros la define es que es (una) negra. Su color adjetiva casi todas las referencias que de ella se hacen. Por un lado, e interesantemente, es la primera mujer negra a la que explícitamente se le realizan algunos elogios por su atractivo físico en un medio de comunicación (“la hermosa mulata” (1/6/29) o “una negra escultura que ofrece generosamente el encanto de sus curvas armoniosas” (18/2/28)). Aún más comunes, sin embargo, son los adjetivos y metáforas que evidencian una incomodidad respecto del grado de otredad que representan la Baker y su arte, cuando no una clara animalización de su persona -a veces entremezcladas en la misma nota. Se dice de ella: “Esa mujer extraña, en cuyo cuerpo elástico se encierran todos los ritmos exóticos de su raza, es la triunfadora del momento actual (…) dicta su cátedra frenética desde su trono fugaz de la ciudad Luz”. Se la describe con adjetivos como “estridente”, “endiablada”, “demoníaca”, “frenética”; se dice que “se agitaba con movimientos epilépticos de un  ritmo salvaje”, en “bailes, fronterizos con la epilepsia”. Su animalización, quizás no exenta de atractivo, se evidencia en frases como: “de alegre y brava animalidad sus bellos ojos”,  “Su cuerpo esbelto, de elasticidades de felino”, ” su dentadura leonina”, o: “(ahora) no es más la pantera joven. Ahora es ya un leopardo magnífico”. Muestras directas de desdén no son infrecuentes:  un par de notas se congratulan de que su show haya sido prohibido en Viena: “Europa se americaniza, se charlestoniza. Los negros han tomado París (…) Frente a la desnudez centroafricana de una negra con unos plátanos colgados de la cintura que triunfa en París (…) Viena y sus muchachitas es una de las pocas cosas que nos van quedando del viejo espíritu europeo después del tirón hacia la selva que nos están dando los americanos” (mi énfasis).  

serena_4_izqda 

 

Las formas de la “Venus negra”

 

La construcción del cuerpo de la mujer negra como algo diferente a lo propiamente o adecuadamente humano tuvo una temprana difusión global. En su sentido más bestializante, al menos desde comienzos del siglo XIX -con la “Venus Hotentote”- y la curiosidad por las proporciones consideradas exageradas de sus atributos corporales ligados a la sexualidad. Un siglo más tarde, en un sentido algo más “positivo”, concebido a través de una cuasi-animalidad no exenta de atractivo, como vimos en el caso de Josephine Baker, pero también en las últimas décadas en los de Grace Jones o de la modelo somalí Imán (cuerpos estilizados y exotizados reinterpretados a través de imágenes felinas). De ambas maneras, repulsivo o -crecientemente- atractivo, el cuerpo negro, tal como construído por el discurso racial está en falta respecto de los padrones de belleza “blancos”.

 

Volviendo al caso de Serena Williams, es sintomático que llamen la atención -casi tanto como sus inéditos éxitos deportivos- determinadas partes de su cuerpo,  su ropa o su actitud. Algunos de los titulares de las notas no parecen sino un remedo de las ironías indirectas hacia los afroargentinos de principios del siglo XX, La acumulación inexplicable de estas notas banales no se justifica sino en vigencia en nuestra cultura de la remanida frase “cosa de negros”: Serena se viste mal, Serena provoca, Serena tiene curvas desproporcionadas.  Serena ocupa un lugar que una negra no debería ocupar: es la número uno de un deporte blanco de élite y su figura y su comportamiento no corresponden a un deporte que ahora concita la atención mundial más por la belleza ansiada de sus tenistas europeas que por su desempeño deportivo. Serena y su hermana Venus vienen del gueto, son negras y ostentan un tipo de belleza física que está muy alejado del padrón clásico europeo y que se conecta con recurrentes imágenes de barbarie y animalización que tienen al menos dos centurias de antiguedad. Repitiendo los insultos para remarcar su lógica subyacente, es “King Kong”, una “mona”, “un orangután”, una “negra fea”, “un macho”, “un travesti”, “parece Mike Tyson”. Como la elegante élite negra argentina a principios del siglo XX, es alguien que se hace pasar por lo que no es: una exitosa y atractiva mujer (“la mona aunque se vista de seda, mona queda”). Si alguien cree que la “musculosidad” de Serena lo explica todo, hay que tener en cuenta que -aunque con menos frecuencia- cantantes negras tan diferentes como Beyoncé o Rihanna también han recibido comentarios racistas locales parecidos. Quizás aún más que la constatación cruda y repetida de los prejuicios vigentes y la manera en que se expresan despreocupadamente en determinados contextos de impunidad llama la atención cómo estos son permitidos por los diarios. Siendo que algunos aparecen censurados, cabe pensar que o eran mucho peores (algo difícil de imaginar) o a los moderadores no les parecen suficientemente racistas o insultantes los comentarios que publican. De todas maneras, ahora como antes, el racismo argentino al palo.


¿Te gustó la nota?

Suscribite al boletín de Anfibia

AUTORES

LECTURAS RELACIONADAS