En una cultura gordofóbica, la anorexia es un juego con reglas engañosas que promete éxito y amor. Pero la huella de la “injuria patologizante” se vuelve sobreadaptación a los imperativos de la delgadez extrema. Es hora, dice Florencia Lico, de tejer redes con otros activismos por la diversidad corporal. “A las anoréxicas sólo se nos da espacio para contar lo mal que la pasamos”: la propuesta es valorar las ganas de vivir y reafirmar el deseo de organizarse.



A los dieciséis me tomaba el 62 de vuelta a Constitución para luego seguir en tren hasta mi casa en el conurbano. Subía al colectivo en Av. Pueyrredón tres veces por semana a la salida del tratamiento por anorexia y me asaltaba una observación recurrente. Me incomodaba salir de un espacio donde, con otras compañeras en distintos grados y etapas, intentábamos resolver qué nos pasaba con nuestros cuerpos y de ahí con nuestras familias, parejas, afectos, con la escuela, la facultad y el trabajo, o incluso al revés: de qué forma todo eso impactaba en la relación que teníamos con la alimentación y con el cuerpo. Pasábamos largas horas, más el tiempo de viaje, tratando de encontrar la punta del ovillo. Cuando salía de las sesiones estaba cansada, enojada, triste o más confundida que antes; pero cuando el colectivo cruzaba Plaza Miserere, algo me zumbaba en la cabeza más fuerte que la misma avenida en hora pico: las marquesinas. Esas gigantografías con modelos semidesnudas que promocionaban lenceria me desaprobaban a mí y a todo mi esfuerzo en el otro lado de la vereda. El contraste tan brusco entre el espacio donde buscábamos “la cura”, observadas bajo el cristal de la patología, y la salida al mundo exterior donde no hay amor propio que aguante, fue el comienzo de un proceso por el cual pude empezar a objetivar críticamente mi experiencia. La semilla para mí está en la línea 62, pero realmente se  enraiza en una larga historia de prácticas y discursos provenientes de décadas enteras de alianzas conflictivas entre los feminismos, las disidencias sexuales y los movimientos por la diversidad corporal.

 

A menudo pienso: ¿por qué dentro del activismo por la diversidad corporal sólo pude dialogar con personas gordas para pensar críticamente la diferencia de mi cuerpo? Quizá primero hay que definir qué entiendo personalmente por la experiencia anoréxica, que se da tan por sentada y es tan confusa y tan convenientemente velada. Pienso la anorexia como modo de sobreadaptación obsesiva a los imperativos de la delgadez obligatoria. Es decir, a pesar de que la diferencia de nuestros cuerpos nos exponga como personas inadaptadas – por nuestra delgadez extrema- somos todo lo contrario. Nosotras entendimos muy rápido las reglas del juego. Un juego que nos promete ser exitosas y amadas poniendo en riesgo no sólo nuestra vida, sino todo lo que subjetiva y materialmente la conforma: deseos, relaciones sociales, recursos y trayectorias institucionales. Ser amadas y deseadas es un motor en estos procesos que parecen tan ligados a la muerte pero que son pura pulsión de vida. Las personas con anorexia tenemos muchas ganas de vivir, pero en vez de organizarnos y rebelarnos contra la opresión que nos toca, perdemos mucho tiempo y vida tratando de amoldarnos a sus requerimientos.

 

¿Por qué es tan difícil compartir miradas despatologizantes sobre la experiencia anoréxica? Creo que la forma en la que interiorizamos en nuestros cuerpos la rigidez de nuestra disciplina obsesiva y el imperativo del encogimiento produce apatía y la dificultad para expresarnos corporalmente. Esto implica un distanciamiento social, una de las consecuencias menos deseadas para la persona afectada. Principalmente porque el aislamiento al que se somete una persona con anorexia, incluso en su inmenso deseo de acercarse y pertenecer, impide tejer redes de diálogo, militancia y ayuda mutua. A diferencia de, por ejemplo, los movimientos gordos, intersex o diversofuncional, las personas con anorexia no estamos organizadas, es decir, no estamos juntas. ¿Por qué? Es muy difícil organizarse con alguien que está convencida de que tiene que cambiar. 

 

Además este aislamiento se ve reforzado cuando nuestra palabra es validada sólo en calidad de testimonio, envuelta en la épica de la valentía o instrumentalizada como “esto es lo que no hay que hacer”, “así actúa el patriarcado”, “así nos matan los estereotipos de belleza”. La anorexia se vuelve una mera experiencia vergonzante, de locas, de privilegiadas, de hegemónicas lloronas o de simples taradas.

 

Esta es otra de las características que definen nuestra experiencia: la infantilización. Es decir, esa forma de abordarnos como locas, enfermas o  víctimas, importante para pensar la instrumentalización de nuestro testimonio que es la única forma en la que podemos hacernos presentes, incluso en el feminismo. A las anoréxicas se nos da espacio solamente para contar lo mal que la pasamos siendo como nosotras, para recibir respuestas de una empatía paternalista o de indignación inoperante, que de alguna u otra manera no logran que se modifique demasiado a nuestro alrededor. La violencia que opera sobre la experiencia anoréxica funciona como sostén de una serie de industrias millonarias, como las dietas y los suplementos dietarios, la cosmética, la moda, el espectáculo, las revistas para mujeres, la cirugía estética, el fitness y hasta algunos fármacos, incluidos los laxantes.

 

Pero entonces, ¿se trata sólo de la forma de nuestro cuerpo? No siempre. Un trastorno alimentario (lo llamaremos así por ahora) se desata por cuestiones multicausales que exigen un tratamiento singular del tema por lo que es urgente que la ley de Trastornos Alimentarios distinga las particularidades de la anorexia y la bulimia, eximiendo a la gordura (no es un trastorno de la alimentación), y asuma una perspectiva integral, interseccional y no patologizante. Me gustaría ser clara en esto: uno de los principales problemas sigue siendo el modo en que nos percibimos, pero especialmente la manera en que internalizamos la gordofobia. Nacemos culturizadas en un entorno ultra gordofóbico. Me animo a desafiar a que alguna de nosotras niegue esa experiencia. La clave no es negarlo, sino observar la gordofobia internalizada en cada una de nosotras para poder distanciarse de ella y tomar una postura crítica. En mi caso entiendo que la gordofobia opera no como un desprecio hacia las personas gordas sino como un temor de lo que pueda pasar conmigo si desobedezco la representación normalizante de los cuerpos que me impone la delgadez obligatoria a la que me sobreadapto.

 

Otro de los rasgos más frecuentes de la experiencia anoréxica es que nos recuerden que aquello que vemos y queremos arrancarnos es algo que no está. Cuando miro mi reflejo dismórfico, como si se tratara de un espejo de feria, lo que veo es lo que está a punto de suceder si me equivoco. Y ese equívoco es comer. ¿Cuál es el peligro? Quedar por fuera de las condiciones que se exigen para pertenecer socialmente, y sobre todo fuera del amor, fuera del deseo.

 

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Soy una persona delgada, aunque la experiencia anoréxica no me permita verlo. Pero lo sé. Me lo dicen otras personas muchas más veces de lo que me gustaría. Lo sé porque nadie me miraría mal si repitiera un plato. Lo sé porque puedo probarme ropa en cualquier lado. Lo sé porque nadie me manda de manera directa a hacer dietas ni menciona el estado de mis arterias. Quienes tenemos un peso y altura que entra en los estrechos márgenes aceptables para el modelo médico hegemónico, cómplice de la industria dietaria, percibimos beneficios que no reciben quienes están por fuera del régimen de la delgadez obligatoria.

 

Pero incluso partiendo del reconocimiento del privilegio que otorga la delgadez, al cuerpo anoréxico no se lo lee ni se reacciona frente a él de la misma manera que frente a otros cuerpos delgados, y mucho menos que frente a los cuerpos fitness. A las personas anoréxicas también nos ven con ojos de muerte lenta y con mirada patologizante. También nos hacen comentarios no pedidos y nos da consejos de salud cualquiera que camine por la calle. La reacción frente a la anorexia puede ser o bien la violencia y el desagrado, con el sello habitual del doble estándar, o la indiferencia forzada, porque la aberración de nuestros cuerpos deviene en tabú, en invisibilidad. Esa es la razón por la que me apropio del término “anoréxica”: es una injuria patologizante que imprime tal huella en mi identidad que decido que nadie más se atreva a ignorarlo o tomarlo a la liviana.

 

Necesitamos cambiar el foco de abordaje sobre la anorexia, también de la bulimia y de otros trastornos no especificados de la alimentación. Pensarnos sólo desde la patología, reducidas al lenguaje estigmatizante del “trastorno”, de la superficialidad de la “apariencia”, tiene efectos amordazantes que no contribuyen a modificar nada si son las vidas de todos los cuerpos las que quedan expuestas a los efectos punzantes y abrasivos de la delgadez obligatoria, efectos que son distintos entre sí y que es urgente tratarlos por sus singularidades propias. Que no haya una conversación crítica sobre la anorexia, y en su lugar se lea sólo la aspiración a un privilegio, no solo es muy positivo para los sectores y las industrias que se benefician a costa de esos cuerpos. En cambio, los pone aún más en riesgo, arrojándolos hacia una vida apenas sostenible.

 

Las anoréxicas necesitamos romper la brecha silenciadora sobre la patologización de nuestra experiencia. Aunque algunos espacios terapéuticos suelen ser de mucha ayuda, volvernos parte de los movimientos de la diversidad corporal puede abrirnos un espacio para trabajar y entrar en diálogo sobre la particularidad de nuestra experiencia, más allá del reconocimiento de nuestros privilegios. No para reclamar el derecho a ser anoréxicas, sino para construir herramientas que ayuden a que no haya más personas atravesando procesos de vidas corporales invivibles. 

 

Es vital organizarnos y cuestionar colectivamente las categorías que nos colocan sólo bajo el ala del trastorno y tras la expectativa de la cura. Abrir entre nosotras estos espacios de cuestionamiento que no pueden ser sino plurales e interseccionales y con ello mirarnos a través de las perspectivas críticas despatologizantes del movimiento de la diversidad corporal y de los feminismos. Espacios donde no nos pensemos como enfermas sino en una relación crítica con los procesos por los cuales la normalización de los cuerpos produce distintos efectos, consecuencias y realidades dolorosas: puede servirnos para repensar lo que sabíamos hasta ahora de nuestra vida como anoréxicas. Eso incluye los tratamientos a los que nos vemos sometidas y donde muchas veces nos hemos apropiado de las narrativas médicas para contar nuestras biografías, los vínculos sexoafectivos que establecemos con las personas, las relaciones de pertenencia con instituciones. Y puede servirnos especialmente para discutir con urgencia una mirada activa contra las industrias y la cultura de la dieta, la manipulación emocional que pone en juego nuestra vida y la explotación económica del encogimiento de nuestros cuerpos.

 

¿Así vamos a conseguir bajar las marquesinas de Av. Pueyrredón? Tal vez no suceda hoy. Pero sí trazando redes y canales de diálogo es posible construir una barrera política propia, protectora del impacto de estos mensajes sobre nuestras vidas, psiquis y cuerpos; sobre los universos materiales y simbólicos que conformamos. No en un futuro utópico sino en un presente que apremia y que requiere de nuestra presencia.


Agradezco especialmente a Nicolás Cuello por su acompañamiento en la escritura de esta nota.


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