El ex ministro de Economía Prat Gay cayó en su ley. No es la primera vez que le toca perder: en 2004, cuando era presidente del Banco Central quiso más poder y terminó eyectado. Entre la banca internacional, las fortunas de los ricos argentinos y la política, supo recomponer su carrera y fue por unos meses la estrella del gobierno de Cambiemos. Dejó de brillar a medida que se apagaba el slogan del “segundo semestre”. Macri optó por exponerlo como el culpable de uno de los peores años de la economía de los últimos tiempos. El presidente, como Kirchner en su momento, decidió asumir las riendas de la política económica.



Fotos: DYN

 

En los primeros días del gobierno de Cambiemos, allá lejos y hace tiempo, Mauricio Macri delineaba con sus cuadros puros, los de la génesis del partido PRO, los nombres de los gabinetes. La cartera económica, el pago chico de los personalismos de toda la historia argentina, era uno de los mayores desafíos. Alfonso Prat Gay aceptó las condiciones: sería ministro de Hacienda y Finanzas en un marco de horizontalización del Ministerio de Economía, que incluiría toma de decisiones divididas entre Producción, Comercio, Agro y Energía. Con una mirada global controladora, muy cercana a las acciones, por parte de la Jefatura de Gabinete y sus alfiles. Un amigo personal de Prat Gay, con las mañas de años en la política, le explicó al ex JP Morgan que esa posición iba a ser compleja para su supervivencia en la función pública. Y le contó una anécdota de los años de Néstor Kirchner presidente, cuando todavía el país atravesaba la curva positiva dela economía. Le relató que antes de irse del gobierno, Roberto Lavagna, ex ministro de Economía hasta noviembre del 2005, intentó renunciar en varias ocasiones. Uno de los diálogos entre Prat Gay y el alto funcionario kirchnerista es útil para entender el recambio de ministros que hizo Macri en la Navidad.

 

—¿Por qué te querés ir? decime a ver si lo podemos arreglar —le preguntó el alto funcionario a Lavagna.

 

—¿Sabes qué pasa? Estoy harto de ser yo el que consigue la plata que se gastan los otros. Yo recaudo y hay funcionarios que reparten subsidios al agro y la industria a diestra y siniestra.

 

Su interlocutor lo miraba en silencio. Lo dejaba hablar.

 

—Si quieren que me quede, eliminen el Ministerio de la Producción.

 

Lavagna quería resolver el tema deuda y luego ser Canciller. Penaba por el manejo de la economía en muchas manos y perseguía un retiro pacífico. Quería el bastón de mando para que las cosas no se le escaparan. Eso o nada.

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—Está bien —le respondió el hombre que hablaba con Néstor todos los días.

 

El Ministerio de Producción cerró sus puertas y Lavagna manejó los recursos hasta donde pudo. Al tiempo se fue, en parte por estas mismas diferencias y por no acordar con la conducción económica del propio Kirchner.

 

Prat Gay escuchó esta anécdota apenas fue designado Ministro de Hacienda y Finanzas en diciembre de 2015. Después de recrearle aquel diálogo, su amigo, el ex alto funcionario de Néstor, le dijo:

 

—Mandale este mensaje que te doy a Mauricio, contale esta anécdota. Decile que cuando hay muchas manos en un mismo plato las cosas suelen no salir bien.

 

Prat Gay cumplió y unas horas después retornó con una devolución del presidente:

 

—Mauricio dice que gracias, pero que él confía en el armado de equipos.


 

Un día después de Navidad el presidente despidió a Prat Gay de su cargo por no “saber trabajar en equipo”, según explicaron diferentes fuentes oficiales. Hacía días que sus voceros intentaban minimizar las diferencias políticas del saliente funcionario y con las otras cabezas que asignó el Ejecutivo para controlar los diferentes problemas de la economía. Un esquema que no le trajo al Gobierno ningún resultado positivo al menos en su primer año de ejercicio del poder.

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Prat Gay cayó en su ley. No es la primera vez que le toca perder. Cuando era presidente del Banco Central (BCRA) pidió que le acepten la renuncia. No quería que Lavagna le manejara la designación de directores del BCRA. Quería el poder total para encolumnar a la tropa de acuerdo a sus intereses supremos: la preservación de la moneda. Se quedó un tiempo, y luego se fue. El que decidió que el mando de Lavagna prevaleciera, entonces, fue Kirchner. Hoy, es Macri el que se inclinó por soltar lastre y exponerlo a Prat Gay como culpable de uno de los peores años de la economía después de las crisis de los períodos 2009 y 2014. El ego del ex banquero pesó más que la comprensión de su rol real. Macri tenía preferidos, y él no estaba en esa lista. Además, el jefe de Estado actual, como Kirchner en su momento, decidió asumir las riendas de la política económica.

 

Tan malo es el escenario económico en el que se da la expulsión de Prat Gay que hasta el sector empresario hizo leña del árbol caído. La Cámara Argentina de la Mediana Empresa (CAME), una agrupación históricamente oficialista de todos los gobiernos, lo culpó por haber calculado mal los efectos inflacionarios de la salida del cepo cambiario instaurado por Cristina Fernández. Le recordó que los precios de la economía, tal como decía todo Cambiemos, no estaban fijados en 16 pesos antes de abrir el cepo. Y que cuando se habilitó la compra de divisas los valores se dispararon una vez más. Ese fue el germen de una inflación ya elevada y heredada que se recalentó a niveles difíciles de apaciguar sin congelar la economía.

 

Paradójicamente, Prat Gay se vanagloriaba de haber sido el artífice de la salida exitosa del cepo y de haber capeado una compleja situación en la negociación con los holdouts. Fueron, hasta ayer, los dos únicos puntos que hasta el propio presidente destacó de la gestión del ex banquero.

 

Prat Gay se dio cuenta de que sus días estaban contados cuando un hombre con el que dialogaba seguido, con años de militancia en el radicalismo, le recomendó tener cuidado: “La política económica la están manejando otros, pero vos vas a tener que poner la cara para explicar por qué no arranca la cosa”. Ya corría la mitad del 2016 y las variables cedían fuerte, casi en bloque: la construcción con un derrumbe cercano al 20%, el consumo con caídas del 8% y la industria con casi 5% de baja promedio.

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Desde el entorno del ahora ex ministro, una especie de mundo paralelo donde faltaba cintura política, cada vez que la prensa se interesaba por conocer detalles de la marcha de la economía, respondían que ni la inflación ni el consumo ni la industria eran temas de Hacienda y Finanzas. Hasta que lo terminaron siendo. Todos menos él sabían que la mecha ya estaba casi consumida.

 

En sus formas, en las maneras de comunicar, Alfonso Prat Gay sonaba siempre pedante. Tiene, dicen los que lo conocen, un ego a prueba de balas. Son dos características que comparte con muchos banqueros de su estirpe, una elite del mundillo financiero que lleva una vida inalcanzable para la inmensa mayoría. Prat Gay se acostumbró a hacer y deshacer. Se habituó a mandar a voluntad. Lo hizo con la fortuna de Amalia Lacroze de Fortabat, sugiriendo lugares de fuga seguros para los dólares de la venta de Loma Negra y ninguneando hasta el intento de sus ex compañeros del Morgan, interesados en sacar la plata vía Nueva York. También lo logró en el Banco Central de Kirchner. Y desde su banca en el Congreso Nacional, donde en paralelo a la función pública siguió administrando activos de empresas privadas. Límites legales son laxos donde todo es posible. Esta fue, precisamente, una de las críticas de muchos ministros del gobierno actual, que lejos de aguantar ese comportamiento empezaron, como el óxido, a roerle los cimientos.


 

El flamante reemplazante en el cargo, el consejero económico de la Fundación Pensar, Nicolás Dujovne, cuestionó de manera sutil e inteligente su autoridad y su aptitud para el cargo en las últimas columnas que escribió para el diario La Nación. El resto lo hicieron el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, y sus más inmediatos colaboradores, el ex Pegasus Mario Quintana y el ex LAN Gustavo Lopetegui. Hacía tiempo que lo querían fuera de la función, pero los tiempos se aceleraron por la falta de resultados económicos. Y pagó la cabeza, que había asumido con la ambigua premisa de no ser la cabeza.

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Algo similar a lo de Prat Gay, aunque con matices, ocurrió la semana pasada con la primera renuncia de peso en el equipo económico. Isela Costantini, que rechazó un cargo en Oriente por la General Motors, se alejó de Aerolíneas Argentinas por la presión de Quintana, Lopetegui y el ministro de Transporte, Guillermo Dietrich. De ambos lados contaron una historia similar: Lopetegui convenció a Macri de que lo mejor para Aerolíneas Argentina era la apertura de los mercados y la competencia directa en rutas. Costantini reunió a su equipo técnico para elaborar un informe sobre el tema. La conclusión del trabajo fue que esa apertura le generaría a la firma estatal un estatus peor que el actual, con más pérdidas. Y que tampoco era bueno negociar el ingreso de aerolíneas lowcost. A la Jefatura de Gabinete no le gustaron las conclusiones de Costantini. Isela les anunció a los gremios su alejamiento. Y casi todos la despidieron hasta con afecto. En ese punto, la ida de Prat Gay fue diferente.


 

La ortodoxia económica tiene, como la heterodoxia, diferentes estadíos anímicos y técnicos. Alfonso Prat Gay, más allá de sus excursiones en el peronismo-kirchnerismo y las alianzas de centro, es un ortodoxo pragmático. Un hombre del establishment financiero, que supo preservarse de posiciones públicas extremas. Nicolás Dujovne, su reemplazante, no le escapa a esa lógica aunque tiene una obsesión clara por el recorte en el gasto y la baja de la carga tributaria.

 

Quien hasta ayer era columnista en el programa de TN que conduce Carlos Pagni, sabía desde hacía unos días que era el elegido de Macri. Desde Miguel Braun, el secretario de Comercio, hasta su amigo Rogelio Frigerio, hablaban con él casi todos los funcionarios del gobierno. La decisión lo encontró tomando sol en un balneario de Punta del Este. De inmediato dejó la costa uruguaya y el lunes 26 a media tarde ya estaba reunido con Marcos Peña en Casa Rosada.

 

Como cualquier elección, la de Dujovne dejó heridos. Por un lado, los radicales, que siguen sin recibir cargos de peso. Tanto que Julio Cobos y otros pares comunicaron a la prensa el pesar por la ida de Prat Gay y elogiaron su gestión. Por otro lado, aquellos economistas que, por historia compartida, mejor representan el deseo de política económica de Macri. Para el presidente, la política económica y la salida de la crisis tienen una raíz monetaria. Ergo, el que mejor representa sus intereses es el presidente del Banco Central (BCRA), Federico Sturzenegger. Hasta ahora el control inflacionario se dio por la política de tasas altas del Central, que logró vaciar la calle de pesos, contrayendo la economía y generando una baja de precios natural. Una crisis recesiva que debió explicar Prat Gay, quien no manejaba buena parte de esas decisiones pero decidió alimentar el eslogan del segundo semestre.

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En su libro “Macri Confidencial”, Ignacio Zuleta cuenta la interna previa a la interna. Según el autor, Macri  dio la orden de “pulverizar” el ministerio de Economía, preservar a Sturzenegger en las sombras y darle curso a Prat Gay, que junto al actual titular de AFIP, Alberto Abad y el embajador en los Estados Unidos, Martín Lousteau, habían sido muy cercanos en los años de la Fundación Creer y Crecer.

 

Tan relegados han quedado los menos conservadores que hasta el primo del mejor amigo de Macri, Luis “Toto” Caputo, que ya estaba en el gobierno, fue designado como  ministro de Finanzas, cargo, a priori, menor que ministro de Hacienda . Caputo tenía buen vínculo con Prat Gay. Ambos eran ex banqueros de la banca internacional.

 

En la misma línea de Sturzenegger, esperando en gateras para dar el gran salto, está Carlos Melconian, hoy presidente del Banco Nación. Macri los pensaba para una segunda etapa del gobierno, cuando con una economía recuperada podrían aplicar ajustes más fuertes o correcciones que el Gobierno considera imprescindibles. Pero la política de Cambiemos se fagocita a sus hijos predilectos. El caso más contundente fue el de el ministro de Energía, Juan José Aranguren, cuando muy suelto de cuerpo dijo que las subas de las tarifas serían de acuerdo a las escalas de un archivo de Excel.

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Desde entonces, los técnicos fueron desplazados por el “ala política”. Sólo Abad, el recaudador de la AFIP, conserva su cuota de poder. En las semanas previas a su salida, Prat Gay había sido apartado de las reuniones técnicas por las modificaciones al Impuesto a las Ganancias. El ala política exhibe triunfos políticos que al gobierno le cuestan los miles de millones de pesos que esperaba ahorrar con el ala técnica. Hubo desembolsos para el acuerdo con las organizaciones sociales, para calmar a los gobernadores y sus senadores, y para arreglar Ganancias y obras sociales con la Confederación General del Trabajo (CGT).

 

La mejor conclusión de esta crisis política en la ejecución del poder que culminó con dos renuncias en menos de una semana, la hizo un grupo de empresarios estadounidenses que almorzaron con políticos de la oposición hace unas semanas. Mientras comían bife argentino en Puerto Madero, se preguntaron por qué, más allá de la comprensión de que el BCRA debe ser independiente, en este país ese organismo no se alinea detrás de los mismos objetivos económicos del gobierno. Lo que los inversores no logran comprender aún es cuál es el rumbo económico que el Gobierno persigue. En esas preguntas, en esas dudas, también hay claves para leer el final de Prat Gay como ministro de Economía.


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