Edulcorar el peronismo de Pichetto para no detonar al círculo rojo, eludir la neogrieta república/kirchnerismo, redefinir el sujeto político al que estos candidatos les hablan, recalcular el branding declamado por Cambiemos, entonar un discurso que subraye los esfuerzos por salvar la democracia y al mismo tiempo contentar a radicales y al capitalismo financiero. ¿Es una jugada maestra o una vuelta de llave antes de dejar el poder? Flor Minici y Flora Vronsky proyectan cómo sigue la jugada que reconfigura el escenario político electoral.



Miguel Ángel Pichetto, el histórico del PJ conservador, el rosquero por antonomasia, el dueño y señor del cuerpo del Senado de la Nación le dijo que sí a Mauricio Macri. Se convirtió, de estan manera, en el precandidato oficialista a vicepresidente de la República Argentina. ¿Generó la fórmula el efecto sorpresa que buscaba justo antes del cierre de las alianzas y las listas? ¿Es una jugada lo suficientemente disruptiva como para reconfigurar el escenario político electoral y tensionar el armado del campo nacional y popular que tiene en la mano el café humeante de Sergio Massa? ¿Es una jugada maestra y pragmática o una cerradura que deja ver en un pequeño rincón la posibilidad de estar jugando para dejar el poder?

 

Como todo hecho político, esta fórmula es el resultado de diversos procesos cuya decantación se precipitó con el anuncio de la fórmula opositora Fernández/Fernández nacional, Kicillof/Magario en la provincia de Buenos Aires y la posibilidad real de un acuerdo frentista entre el PJ, el kirchnerismo y el Frente Renovador. La exigencia, encabezada por Emilio Monzó, de una mayor apertura dentro de la alianza Cambiemos venía disputándole terreno al ala ‘algoritmo’ de Marcos Peña y Jaime Durán Barba; escenario que podría haberse despejado de haberse cerrado la fórmula con el radical Ernesto Sanz como vicepresidente. Pero la negativa de Sanz fue rotunda. Primer punto claro: Pichetto no fue la primera opción; ganó la necesidad desesperada de apertura. En este punto la candidatura del histórico del Senado puede ser leída como un fracaso.

 

Previamente, Cambiemos había coqueteado con la figura de Juan Manuel Urtubey (en el lenguaje de las redes sociales y algunos medios aliados) posiblemente para medir qué niveles de aceptación podría tener una fórmula que incluyera algún elemento proveniente del universo peronista. Ese mismo ensayo con Roberto Lavagna había sido absolutamente descorazonador. Segundo punto claro: Pichetto no fue la primera opción pero, para el sector ‘apertura’ de Cambiemos, el peronismo tradicional sí. En esta línea, la inclusión de Pichetto en el armado oficialista termina siendo no sólo esperable sino también lógica, ‘racional’. No hay aquí un correlato electoral en cuanto a caudal de votos (exceptuando algunes ex massistas decepcionados que radicalizarían hacia la derecha y les votantes piso del peronismo conservador), si no otro tipo de capital; un capital simbólico que viene a revivir uno de los núcleos de la matriz cultural liberal: la salvación de la república, la protección de las instituciones democráticas y la relación carnal con el libre mercado.

 

Pichetto, según Mauricio Macri, es un ‘hombre de Estado’; un garantista de la gobernabilidad, un caballero político, el elemento con credenciales históricas suficientes para erigirse como representante de la república frente al ‘autoritarismo populista’ que sobrevendría en el caso de perder las elecciones, como tuiteó el Presidente. Tercer punto claro: el problema no es ya el peronismo, es ¡por fin! el kirchnerismo. Devenido en la nomenclatura definitiva de populismo: pero no ya un kirchnerismo como se lo creía, desgastado y aislado, sino como parte de una compleja arquitectura de articulaciones que intensamente está terminando de ser definida en estos días. Populismo, ese significante que es temor para las derechas cuando de armados antioligárquicos se trata. Y se trata, para Cambiemos -que posiblemente encuentre un nuevo nombre para las próximas elecciones-, de recoger en sus arcas ese sentimiento antipopulista que expresa al antiperonismo, paradójicamente en una figura que es, sin medias tintas a hoy, peronismo negándose a sí mismo. No puede dejar de tenerse en cuenta que, además, la jugada es sumamente arriesgada, ya que arroja a les votantes sólides de Cambiemos a un pacto con esos “70 años” que el macrismo viene esgrimiento arruinaron el país. En esta dialéctica de la negación se dirime un sin salida que quizás anuncie la debacle.

 

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La relevancia efectiva de Pichetto no radica precisamente en la fórmula, sino más bien en su posición dentro del Senado y en el canal de diálogo -todavía vivo y operante- con algunes gobernadores a quienes conoce desde hace más de 40 años. La ganancia de Cambiemos es, por ahora, más política que electoral. El fantasma del quiebre institucional y republicano (Venezuela por otros medios) recobra materialización a partir de este escenario por dos razones: ahora hay un garante del establishment que sacrifica la presidencia de su bloque en pos de la salvación de un capitalismo modernizado(r) que motoriza a la democracia neoliberal; y se ofrece una prueba extrema de la decisión de cerrar la grieta -última responsable de todo-, acordando la inyección de sangre peronista en el corazón del anti-peronismo más recalcitrante. ¿Qué más se les puede pedir? Cuarto punto claro: gran parte de la campaña va a girar sobre la noción de ‘hemos hecho hasta lo indecible para salvar a este país’.

 

Hacia adentro, el giro es casi una brutalidad. Algunes macristas rogaban que fuese una operación mediática para tensar los acuerdos y, luego de la conferencia de prensa de Pichetto, declaraban públicamente en las redes que ‘se bajaban del proyecto’ porque Roma no paga traidores y hasta acá hemos llegado; les arrepentides ya estaban transitando otros caminos nutridos por la bronca, la precarización y la decepción; una porción no menor de radicales empezaron a hacer las valijas ya en las derrotas acumuladas hasta ahora en las provincias; y el núcleo duro de votantes -que está constituido, antes de cualquier otra cosa, por una ontología anti-peronista orgullosa y combativa- guarda silencio y va mirando cada vez con mejores ojos a María Eugenia Vidal como único saldo político viable después de cuatro años de ser gobierno. Quinto punto claro: otra gran parte de la campaña va a girar sobre la operación de lavarle el peronismo a Pichetto para no detonar al círculo rojo, pero no tanto como para anular el discurso triunfante de haber cerrado la grieta histórica de una vez y para siempre. A esto hay que sumarle que, si bien el radicalismo cerró filas en la última Convención para dar apoyo a la continuidad de Macri, administró frugalmente su posición rechazando la vicepresidencia, conscientes de que un escenario incierto -tensión que va a perdurar incluso más allá de octubre- podría acabar descosiendo sus últimos flancos. El radicalismo, entonces, asiente en silencio.

 

La fórmula, en este sentido, pareciera desestabilizar la construcción interna más que fortalecerla porque el as en la manga que Cambiemos podría haber empezado a vender en el instante mismo del anuncio, termina mordiendo el polvo en la conferencia de prensa de Pichetto: se declara en contra de la hiperjudicialización, del uso excesivo de las prisiones preventivas, ‘de todo lo que atente contra la independencia de los poderes y el funcionamiento del orden constitucional’, y aclara que con respecto a estos temas él ‘está donde estaba’. Es decir, el statu quo del espíritu de cuerpo del Senado no se toca porque si la tocan a Cristina hoy, nos tocan a todes mañana. En principio, el acuerdo no incluiría la entrega de la llave maestra del desafuero aunque, y esto no debería sorprender, se utilice el fantasma proyectivo de esa posibilidad para paliar el desconcierto y/o la bronca de les propies -dures y moderados-. Otra vez, la ganancia es más política que electoral; aún en este presunto ‘revés’, Pichetto sigue siendo el adalid de la república. Sexto punto claro: la campaña de Cambiemos va a estar llena de fantasmas.

 

Los desafíos, en este estado de cosas, son profundos para todos los frentes. Por un lado, Cristina Fernández sigue conectando con las clases populares y gran parte de la clase trabajadora de manera irrefutable. Lo mismo podría decirse, con otro nivel de intensidad, de Verónica Magario en el escenario del conurbano bonaerense. Por su parte, Alberto Fernández lo hace con ciertas capas de las clases medias y del movimiento obrero y sindical; conexión similar que opera Axel Kicillof con las clases medias ilustradas del gran Buenos Aires. Pero ese es el piso. Al conjunto de las clases medias, que han construido a lo largo de todo el período kirchnerista una noción de progreso sinuosa y plástica según se van reconfigurando sus intereses y su posición en la escalera de la movilidad ascendente, hay que hablarle ahora -y también- en otros lenguajes. Cerrar el acuerdo con Sergio Massa sería establecer el pivote sobre el cual va a girar la conversación con ese sujeto político, con ese interlocutor que ya está ahí esperando que le hablemos. Séptimo punto claro: la campaña acá va a tener que eludir la neogrieta república/kirchnerismo, evitar hablar de peronismos buenos y peronismos malos y centrarse en el plan de gobierno fruto de los esfuerzos por la unidad.

 

Pero, ¿a quiénes les hablan Mauricio Macri y Miguel Ángel Pichetto? El Presidente es una figura que carga con un desgaste ineludible que anula ciertos núcleos discursivos de la campaña del 2015. Pobreza cero, bajar la inflación, etcétera. Pero otros núcleos que sobrevivieron hasta hace cinco minutos como la nueva política, el recambio generacional, la vida tecnológica, la modernización y la estética millennial del branding político en clave red social no pueden enlazar con un cuadro como Pichetto, figuración indiscutible del campo semántico y estético exactamente opuesto a todo lo anterior. La conexión con las clases medias ilustradas se puede volver aún más problemática que la conexión todavía difícil de imaginar con las clases populares. Fuera del anti-peronismo histórico y del gorilaje siempre vivo de las élites, su sujeto político lleva un cartel que reza ‘en construcción’. En este sentido, se puede decir que versus el cómputo, el algoritmo y el diseño corporativo, en la jugada pichettista de Cambiemos -y en contra de su voluntad-, ganó la política. Octavo y último punto claro: no hay política en Argentina sin peronismo; el campo de batalla volvió a las bases y queda en manos del campo nacional y popular hacer una campaña afectivamente inteligente para volver mejores; para inscribir en la historia un neopopulismo capaz de poner de pie al país con un proyecto nacional, popular, democrático y feminista. Alea jacta est; ahora sí empezó la campaña.

 

 


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