Cuando comenzó la cuarentena global, uno de los debates -y chicanas- fue ¿podemos confiar en el comportamiento sensato de las personas? El Coronavirus nos impone, entre otras cosas, un cambio de hábitos. Iván Budassi y José Nesis, expertos en Economía del Comportamiento, explican cómo los gobiernos incorporan esta ciencia para diseñar políticas menos punitivistas y más persuasivas a través de “nudges” o empujoncitos que promueven conductas útiles para la comunidad.



Los que desarrollamos una “actividad esencial” seguimos yendo a nuestro trabajo. Levantarnos temprano, vestirnos más o menos prolijos y cepillarnos los dientes son algunas de las pocas cosas que resisten al cambio post COVID19. 

 

Uno de nosotros tiene que ir desde La Plata hacia la Casa Rosada, de lunes a viernes. Al salir de la habitación escucha a su hijo adolescente, el más militante, lavarse las manos mientras canta la marcha peronista dos veces. Pisa la calle, busca el auto de la cochera y saluda moviendo la mano a la distancia o con una breve inclinación de cabeza. Sube a la autopista: tres retenes. En cada uno, largas filas. Incoherencia entre policías y agentes de tránsito sobre qué documentación exigir y qué carril tomar. Finalmente estaciona el auto en la calle semidesierta en pleno microcentro. Con el tapabocas bien colocado, muestra la identificación a lo lejos al agente de seguridad, saluda asintiendo a la distancia a quienes se le cruzan, entra a la oficina, se unta con alcohol en gel, enciende la compu. Entre los pocos funcionarios que asisten se reparten las tareas y arrancan las interminables sesiones de zoom. Luego, el regreso hacia la calle semivacía, los tres retenes y los saludos sin contacto.

 

El otro autor de este ensayo es médico, con una especialidad que le permite –excepto en las emergencias– atender en forma remota a través de la plataforma que mejor funcione ese día. Los colegas que están en el hospital corren otra suerte, les toca tomar decisiones difíciles: ¿cuándo y cuánto se justifica suspender o reanudar las prácticas habituales por temor al contagio? Hay un trayecto complejo entre el riesgo de contraer COVID19 y dejar en stand by la realización de tratamientos para los que, hasta ahora, hay más lugar que de costumbre. Les toca también recibir miradas temerosas de los vecinos, los mismos que aplauden a las 21. 

 

El COVID19 no es sólo enfermedad, incertidumbre y miedo. Es para todos nosotros un cambio de conductas. ¿Y los gobiernos? Su desafío es diseñar políticas que permitan lograr que esos cambios se instalen y definir cuáles serán las herramientas regulatorias más eficaces para sobrevivir en esta nueva realidad de lejanías, desinfección, barbijos y aislamiento.

 

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El modelo racional

Hasta hace un par de décadas, la idea predominante en quienes decidían sobre las políticas públicas era bastante sencilla. El ser humano es racional, por eso se nutre de la mejor información posible, luego reflexiona, selecciona los datos y recién entonces decide. Y lo hace respondiendo a dos clases de incentivos que, en un sentido muy amplio, comprenden a los premios y a los castigos. Si quiero establecer una cuarentena o la obligación de usar barbijo incluso al acostarme a dormir, impongo multas y penas de prisión: cuanto más alta la pena y más policía en la calle, supongo que más alto será el cumplimiento de la norma. Si quiero que la gente se vacune o se haga tests, ofrezco estímulos económicos.

 

Esta simplificación dual no es solamente la idea de los policy makers (como se llama a quienes diseñan las reglas del juego): son creencias compartidas por gran parte de la población. Así es que se pide la imposición de penas draconianas no solo para los delincuentes comunes sino para quienes infringen una simple regla de tránsito, y se suele creer que basta con el dictado de una norma severa para que se abandone una conducta determinada. Esa hipótesis de la zanahoria y el garrote como herramientas para el cambio conductual nos atraviesa desde la niñez, como destinatarios al principio, y como sujetos activos de ese dispositivo de estímulo y respuesta, al poco tiempo. 

 

La revolución de la economía del comportamiento

¿Qué pasó hace unos veinte años? Un pequeño grupo de psicólogos y economistas empezó a notar que las decisiones que tomaban las personas no siempre se regían por esa lógica que llamamos “racional”, más allá del nivel educativo o incluso de cualquier otra variable. La mayoría de las veces resolvemos de manera automática, intuitiva, rápida, yendo del estímulo a la acción en forma directa. Sin pensar. 

 

Cuando se le explicaba a la gente que frente a una enfermedad que padecía, la cirugía le daría un 80 por ciento de posibilidades de sobrevida, la mayoría se inclinaba a esa práctica. Pero si se le comunicaba que tenían un 20 por ciento de posibilidades de morir, aumentaba sensiblemente la cantidad de pacientes que optaba por otro tratamiento, como la radiación. Frente una ecuación matemáticamente idéntica, el cómo se presentaban las alternativas adquiría mayor importancia que el qué implicaba cada una de ellas. 

 

Las personas tienen más chances de elegir comidas saludables si en el supermercado están ubicadas a la altura de los ojos. Y de consumir menos agua o energía si la factura les informa que sus vecinos lo están haciendo mejor. No importa si se les va a cobrar menos o más. Somos, como dice el psicólogo israelí Dan Ariely, predeciblemente irracionales: un oxímoron que habla de una lógica subyacente a decisiones en apariencia incoherentes o inexplicables. Y esa secuencia automática está determinada por los llamados sesgos. 

 

Un sesgo de la conducta es la tendencia a reaccionar de determinada manera ante un estímulo, una orientación que inclina el pensamiento y la acción en una dirección que es posible predecir. 

 

Para reemplazar las conductas automáticas que pueden ser perjudiciales personal o socialmente por otras que resulten beneficiosas debe darse un “pequeño empujón” o nudge.

 

Un ejemplo es pintar rayas oblicuas en el pavimento antes de una curva peligrosa que hagan vibrar el auto y “despierten” quien conduce para que la perciba. O la demarcación de carriles angostos: inconscientemente el chofer para seguir el dibujo de las líneas sobre el asfalto baja la velocidad y, sin darse cuenta, respeta las normas. En ambos casos la idea que sostiene el diseño de estas medidas es que la mayor parte del tiempo manejamos los vehículos en forma casi automática, pensando en otra cosa. ¿No se han preguntado más de una vez, al llegar a destino, “cómo llegué hasta acá”? 

 

Los sesgos, a menudo, son muy útiles porque nos permiten actuar con rapidez. Fueron una ventaja para nuestra especie: estas decisiones exprés salvaron a nuestros ancestros de ser devorados por algún dinosaurio carnívoro. Pero como todo legado evolutivo, tienen ventajas y desventajas. Y los nudges son las nuevas herramientas para abordar estas últimas. A veces son sencillas: un recordatorio por Whatsapp contrarresta la sobrecarga cognitiva diaria y evita la distracción frente a asuntos tan importantes como llevar a un hijo al control pediátrico. 

 

Dado que los modelos racionales eran la base de los análisis económicos y jurídicos, los aportes de las Ciencias del Comportamiento constituyeron un cambio central y revolucionario. En 2002 el psicólogo Daniel Kahneman fue el primer no economista en ganar el Premio Nobel a esa especialidad. En 2017 Richard Thaler, uno de los “Papas” de la denominada “Economía del Comportamiento”, fue galardonado con la misma distinción. Y en 2019 los premiados Abhijit Banerjee, Esther Duflo y Michael Kremer también usaron herramientas conductuales en su camino al Nobel.

 

En el mundo hay ya más de 200 unidades gubernamentales -llamadas nudge units- que trabajan sobre estos principios, enfatizando que no es suficiente con las políticas públicas clásicas que apuntan a influir sobre la racionalidad de las personas. Por ello tratan de entender cuáles sesgos influyen en las conductas, para luego diseñar nudges que las modifiquen con un fin social útil.

 

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Los sesgos y los nudges en la pandemia. 

 

Por el COVID19, los gobiernos han descubierto mucho de nuestro comportamiento sesgado y la conveniencia de emplear nudges para cambiar las actitudes sociales en relación a la higiene personal, el distanciamiento social y nuestra forma de relacionarnos. 

 

Por ejemplo, influye en nuestra conducta el llamado sesgo optimista, esa inclinación comportamental que expresa el típico “a mí no me va a pasar” y que lleva a mucha gente a tomar riesgos para sí mismos y para los demás. Estamos también afectados por el sesgo del presente, nuestra preferencia por el beneficio inmediato y no por un futuro que, ante nuestro deseo de hacer algo hoy, aparece como lejano y se diluye en el horizonte; es quizás el peor enemigo de las dietas. No parece fácil luchar contra algo invisible con medidas de las que no percibimos un efecto inmediato, y de las que sólo tenemos promesas a mediano plazo (como el famoso “aplanamiento de la curva”). 

 

Y en épocas de pandemia, todo aquel que pasa por un medio de comunicación opina sobre COVID19, cuarentenas, mutación viral, mortalidad mundial y el futuro de la humanidad; la audiencia escucha y, muchas veces, “compra”. Esto sucede porque asumimos implícitamente que las personas famosas, lindas o prestigiosas están rodeadas de un aura. No importa si se han destacado en la moda, el deporte o la literatura: la autoridad y conocimiento de su respectivo campo se extiende al resto. Así encontramos periodistas, astrólogos, abogados, modelos o poetas hablando de temas básicamente técnicos como el COVID 19 y su circunstancia.

 

Es que desde la infancia se nos refuerza la asociación de lo lindo con lo bueno, y de lo feo con lo malo: la hermosa Cenicienta, el apuesto príncipe azul y las “hermanastras feas”. Simba y Scar; los elfos de Tolkien y los orcos; Harry Potter y Dark Lord Voldemort; Batman y el Pingüino o el Guasón, y mil etcéteras. 

 

Y de allí el llamado “sesgo halo”. Es muy diferente si desde las redes o la tele alguien con parámetros canónicos de belleza nos vende un producto a si lo hace una persona “normal”; no es lo mismo si el doctor de la publicidad tiene buena pinta y usa guardapolvo blanco o no. Los publicistas conocen bien ésto, y lo explotan. 

 

Aislamiento y legitimidad

Junto con el nudge nació el sludge. Literalmente significa “lodo”, y se lo emplea para describir aquello que en lugar de empujar hacia el beneficio, impone fricciones u obstáculos que dificultan el avance hacia algo positivo. 

 

La pandemia es el momento más adecuado para remover los sludges, en particular en la administración pública, para facilitar los trámites y levantar barreras administrativas verdaderamente innecesarias. El papeleo cuesta cifras astronómicas en todo el mundo e, independientemente de los intereses creados, se sigue sosteniendo por la existencia de otro sesgo, el del status quo, es decir la preferencia de mantener el estado actual de las cosas, también conocido como sesgo de inercia. Estamos ante una oportunidad única para desarrollar una billetera electrónica estatal, eliminar trámites, colas, y tantas pequeñas crueldades que hoy más que nunca nos imponen y exponen a estar en contacto con quienes no queremos ni necesitamos, con el consiguiente riesgo.

 

Entre nosotros empezamos a vislumbrar el uso de los recursos de las Ciencias del Comportamiento: el gobierno se ha dado cuenta que no había herramientas legales para obligar a la gente a lavarse prolongadamente las manos o usar alcohol en gel. Por ello sugirió como regla cantar dos veces el Feliz Cumpleaños durante el lavado. Los funcionarios se saludan en público con el codo, se rodean de científicos para reforzar su poder de persuasión y les ponen barbijos a las estatuas de las ciudades. El Presidente (con la ayuda de datos objetivos) remarca el gran cumplimiento del aislamiento. De haberse centrado en los incumplidores, habría reforzado una sensación de legitimación inconsciente: “si nadie lo respeta, ¿por qué lo tengo que respetar yo?”. Inicialmente no se hablaba sobre cuándo podría terminar el aislamiento; pero luego, consciente de la importancia del efecto marco, se fijó un ancla objetiva que nos permite ver la luz al final del túnel: cambio de fases en relación a los días en que se duplican los casos. 

 

Viene ahora el desafío de luchar contra el sesgo de normalidad o efecto avestruz: esa tendencia distorsionada de creer que las cosas siempre funcionarán de la manera en que normalmente han funcionado, subestimando la probabilidad de un desastre. Las personas individualmente pueden considerar que los levantamientos parciales de la cuarentena ya los llevan al status quo anterior, haciendo fracasar el esfuerzo de los pueblos y los gobiernos para contener al COVID 19.

 

Lo que subyace a este último patrón de conducta es que, con toda lógica, los ciudadanos en las sociedades democráticas no adherirán fácilmente a normas que restrinjan la libertad. Incluso aunque los gobiernos estén dispuestos a transitar el filoso camino de una apertura regulada de las cuarentenas, reconociendo que no hay margen para un aislamiento indefinido. En efecto, y como lo señaló en estos días Julia Marcus, profesora de la Escuela de Medicina de Harvard, la fatiga social que genera la cuarentena corre el riesgo de incrementarse si se insiste en medidas binarias de todo o nada. Un camino posible residirá en favorecer las conductas que disminuyan el riesgo de contagio, y no necesariamente de suprimirlo por completo. 

 

Por un tiempo puede funcionar una apelación a las llamadas normas sociales: saber que la mayoría se comporta cumpliendo con la ley tiene más fuerza que las reglas escritas por sí solas. Pero a la larga, y como dice el profesor de Psicología y Derecho de Yale, Tom R. Tyler, lo que cuenta es la legitimidad, mucho más que la disuasión. Es más probable que la gente cumpla con una norma -aun cuando le resulte incómodo- si considera que emana de una autoridad legítima, que si lo hace bajo la amenaza de un castigo. 

 

El desafío que entraña la actual pandemia pone a prueba y al mismo tiempo apresura la construcción de una autoridad legítima, aquella que al fin y al cabo es la que puede entendernos, resultar justa, respetuosa, empática y expresarse en nuestro mismo lenguaje.

 


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