Con la reunificación personal y política de Alberto y Cristina cayeron muchos alambrados ideológicos. Las derrotas electorales le recordaron al kirchnerismo que el peronismo sabe construir una fórmula de gobernabilidad entre los rincones del establishment y las corrientes populares. La vuelta del partido del orden, la fraternidad y la protección social: un Estado que organice lo que el liberalismo desordena.



Alberto Fernández pasó de ser un asesor riguroso y conocedor exhaustivo de la memoria estatal a candidato a presidente. Paso de estar del otro lado de la amistad con Cristina y volvió a ella de manera decidida y amorosa. Hay algo de recomposición del “trío” que configuró el gobierno de Néstor Kirchner. La rememoración en estos vertiginosos días sobre la cercanía y sociedad entre Néstor, Cristina y Alberto no es menor para el tic tac de una política argentina con altas dosis de incertidumbre y malestar. A veces las viejas memorias visuales alivian a los ciudadanos y ciudadanas e impulsan a que el juego contingente de la política se dispare. No hay periódico, tuit o post de instagram que no haya explorado, en estos días, esas fotos del 2003. La sensación de reunificación (personal y política) convoca y otorga una base emotiva donde algo se puede sostener. Las apelaciones a la nestorización sobreabundan y, posiblemente, el  lugar del que no está aparece como clave para dotar de juego a los participantes de esta nueva escena.

 

El sábado 18 de mayo observamos una decisión política inesperada y virtuosa, pero también una apuesta emocional: la recomposición de una fraternidad averiada por desconfianzas políticas que se suscitaron desde el conflicto del campo y que se afirmaron –hasta hoy- con armados electorales diferentes. Fraternidad y encauzamiento de la política parecen ir en el mismo sentido.  Ambas están asociadas a la voluntad de establecer un territorio común para el dialogo. Por ello, la recreación de esa fraternidad entre Cristina y Alberto trae algo de alivio y proyecta. Cristina reintroduce al otro en el juego, se descentra y cede espacio.

 

La vuelta a esta amistad política tiene algo más que renovación de un lazo personal: supone la revisión de la propia Cristina Fernández, en este contexto latinoamericano y nacional, de su liderazgo y del lugar que ocupo estos años. Su presencia envolvente le restaba margen político. Proponerse como candidata a Vicepresidenta es una buena propuesta para sustraerse de la grieta y reconocer que las exclusiones y los alambrados “ideológicos” que había construido el kirchnerismo habían traído poca efectividad política y social. En momentos de desconcierto, que se profundizaron con la derrota de Cristina en la elección para senadora por la Provincia de Buenos Aires, ese baúl de herramientas y memorias que es el peronismo funcionó como un GPS. Las imágenes de cierto peronismo desbocado y asediado de los años ’55 y ’75, del todo o nada, no habían terminado bien y en parte jugaban en las recreaciones de la “grieta”.

 

La posible persistencia del kirchnerismo en la derrota electoral le recordó que el peronismo sabe construir una fórmula de gobernabilidad entre los rincones del establishment y las corrientes populares. Así este surge como partido del orden,  recreación de la fraternidad (“todos unidos triunfaremos”) y como protección social. Posee la marca una filosofía potente: el liberalismo desordena y el Estado organiza. Inclusive al laboratorio liberal menemista lo diagramó un peronismo que entendió que esa legitimidad la proveía lo más cruento de la hiperinflación. No solo eso, esa decisión era parte de su supervivencia política como partido. Un partido que dio sus frutos y que permitió acobijar biografías políticas como las de Néstor, Cristina y Alberto. Hasta que después de 2001 iniciaron otra trayectoria.

 

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Macri, en cambio, no venía a ordenar una crisis de alto calado. No tenía combustible para iniciar una remodelación severa de lo social y en parte esa es la factura que le pasan por su fracaso económico. Esa suerte ciudadanía del mundo y de apuesta por una “vida en aplicaciones”, que creyó usufructuar el oficialismo en estas épocas, se vio confrontada con los lenguajes cotidianos del Estado y de la soberanía. Los reveses electorales hablan de ello, aunque no del agotamiento de su propuesta que todavía pervive en los núcleos duros del antiperonismo. 

 

Cristina hace algunas semanas ha colocado el orden frente al “caos” macrista. Pero ha decidido que este sea construido por Alberto Fernández. En este país  convulsionado a nadie le importa el futuro, sino el orden. Una rutina con posibilidades y con pocas restricciones. El candidato a presidente trae tranquilidad discursiva, espanta fantasmas, expulsa el bolivarianismo hacia las costas del adversario: Maduro es vinculado, por sus resultados económicos, más a Macri que al kirchnerismo. También trae consigo un saber sobre el poder que, paradojalmente, suscitó entusiasmos y esperanzas en muchos y muchas. Sí, que alguien presente una mirada aguda acerca de cómo se construye poder descomprime ansiedades e incertidumbres. Alberto simboliza una necesidad de triunfo electoral pero también de relocalización del arte de la política. Es la vuelta a pensar el poder desde una estrategia de desarticulación de exclusiones y reposicionamiento del consenso en un país, de por sí, diverso en actores y trayectorias económicas.

 

Ahora bien, no todo es orden en la vida. Ni astucia, ni mercado interno. La apuesta política que se ha presentado es mucho más que eso. Es el intento de construir las condiciones de posibilidad de una democracia que pese a la globalización resista grandes desenganchamientos y padecimientos sociales. Alberto podría significar una gran apuesta a la altura de estos tiempos: limitar algunos aspectos de la globalización con parte del establishment adentro. No será fácil el proceso de negociación con otros actores, ni el proceso electoral, ni el reposicionamiento del macrismo post Alberto. Pero desde la salida del kirchnerismo del gobierno hay una hipótesis política distinta a subsidiarse con la “grieta”. Posee un candidato a presidente que no es Cristina, que no posee el carisma a la altura del presidencialismo peronista, que localiza su dialogo en la heterogenidad irreductible de la Argentina. No solo hay un lectura del destino trágico de Lula, sino de  la reformulación critica que iniciaron algunos progresismos actuales. Hay un nuevo poder en marcha. Resulte o no resulte vencedor una parte de la población, parece entusiasmada y aliviada. Cuando se ordena arriba, abajo se reajustan miradas. El poder y su lectura no siempre traen malas noticias a la vida cotidiana. En este acelerado contexto, parece que todo lo contrario.


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